Capítulo 12 de 25

La felicidad de Griselda

Alfredo descubrió que ambas mujeres eran amigas un domingo por la mañana.

Estaba en el departamento de Griselda, buscando una cuchara en la cocina, cuando ella lo llamó desde la sala.

—Ven a ver esto.

Sostenía una fotografía que acababa de sacar de una caja.

Alfredo se acercó.

En la imagen, Griselda y Alexandra aparecían abrazadas frente a un pastel de cumpleaños. Había otras personas alrededor, pero él dejó de mirar después de reconocer aquel rostro.

—Es mi mejor amiga —dijo Griselda—. Te he hablado de ella.

Alfredo mantuvo la expresión inmóvil.

—Sí.

—Esta fue una de las últimas reuniones antes de mudarme.

Griselda señaló un detalle de la fotografía y empezó a reírse. Él sonrió unos segundos tarde.

La mujer que había dormido a su lado el jueves conocía a la que ahora estaba sentada frente a él. No se trataba de dos vidas separadas que podía mantener lejos con viajes y nombres distintos.

Había una puerta entre ambas.

Y él acababa de verla.

⁂

Durante el trayecto de regreso, pensó en terminar una de las relaciones.

Podía llamar a Alexandra y decirle que no quería continuar. Podía contarle a Griselda que había empezado a salir con ella cuando todavía veía a alguien más.

Imaginó las preguntas.

Las fechas.

La fotografía enviada de una ciudad a otra.

Cualquier verdad podía llevar a las dos mujeres hasta la otra.

Decidió esperar.

No se limitó a dejar pasar los días. Cuando Griselda quiso enviar a Alexandra una fotografía de aquella mañana, le propuso hacerse una juntos durante la próxima visita a Morelia. Mientras tanto, dijo, podían mandar la del pastel que acababan de cortar. Griselda aceptó aquella vez, sin renunciar a presentarlo en persona. Él supo que había ganado un aplazamiento, no una solución.

Alfredo llevaba una agenda diferente para cada ruta de trabajo. Empezó a anotar también las visitas de Griselda y los planes de Alexandra. Ninguna de esas mujeres le había exigido exclusividad de información; él estaba convirtiendo la confianza de ambas en un horario que debía vigilar.

Al llegar a casa, escribió a Alexandra.

Ya volví. ¿Quieres cenar mañana?

Luego llamó a Griselda para avisarle que había llegado bien.

Las dos respondieron con cariño.

Aquella noche no perdió nada.

Ese fue el motivo por el que siguió.

⁂

La relación con Alexandra cambió de una manera difícil de señalar.

Alfredo seguía buscándola, pero organizaba los encuentros con mayor cuidado. Preguntaba quién estaría antes de aceptar una invitación y prefería cenas a solas.

Cuando Griselda regresó a la ciudad para visitar a su madre, él anunció un viaje.

Alexandra no sospechó de inmediato.

Lo que la inquietaba era otra cosa: todavía no conocía a su familia.

Una noche volvió a hablar de ello.

—Podrías venir a comer con mi mamá el domingo.

Alfredo dejó el tenedor sobre el plato.

—Este fin de semana no puedo.

—¿El siguiente?

—No sé todavía.

Alexandra lo observó. Él se dio cuenta de que aquella respuesta no bastaba.

—Tengo unos asuntos familiares. Cuando se acomoden, hacemos algo.

Ella apoyó los brazos en la mesa.

—No quiero estar otra vez en una relación que solo existe cuando estamos solos.

Alfredo bajó la voz.

—Lo nuestro existe.

—¿Para quién?

Él la miró sin responder. Alexandra sintió que la cena se le cerraba en el estómago.

Había empezado a reconocer cómo podían sonar las evasivas cuando venían acompañadas de una mano cariñosa, de un beso o de un mensaje al despertar.

No quería vivir contando excepciones.

⁂

Griselda anunció su compromiso en noviembre, dos meses después de empezar a hablarle de Daniel.

Llamó a Alexandra un sábado, poco después de las diez de la noche.

—Necesito contarte algo.

Alexandra estaba doblando ropa sobre la cama.

Al escuchar su voz, dejó una camiseta a medio doblar.

—¿Qué pasó?

—Me voy a casar.

Hubo un silencio breve.

Después Alexandra empezó a sonreír.

—¿Con Daniel?

—No, con el vecino que arregla las ventanas.

Las dos se rieron.

Griselda contó que él le había pedido matrimonio durante una cena. No hubo público ni músicos. Solo una caja pequeña sobre la mesa y una pregunta que ella había respondido llorando.

—¿Estás feliz? —preguntó Alexandra.

Su amiga tardó un instante.

—Mucho.

Alexandra sintió una ternura que no había perdido a pesar de todo.

—Entonces yo también.

Hablaron casi una hora.

Griselda quería casarse en marzo del año siguiente, en Morelia, donde ambas habían crecido. Sabía que estaban avanzando deprisa; habían hablado de dinero y de vivir juntos, y ella interpretó aquellas conversaciones como una cercanía que justificaba el plazo. Su madre seguía viviendo allí y buena parte de sus amigos también.

—Y quiero que estés conmigo —dijo—. Pero como mi amiga. No te voy a poner a trabajar.

Alexandra se sentó en la cama.

—Te puedo ayudar con algunas cosas.

—Solo si quieres.

Miró hacia el armario donde guardaba una caja con sus viejas carpetas.

—Quiero.

⁂

Fue a ver a Patricia unas semanas después.

La agencia había cambiado de distribución. Había una mesa nueva en la sala y dos personas que Alexandra no conocía.

Patricia salió de su oficina al oír su voz.

La abrazó sin preguntar primero por qué había vuelto.

—¿Cómo estás?

Alexandra sonrió.

—Mejor.

Hablaron un rato antes de llegar al motivo de la visita.

—Mi mejor amiga se casa. Le recomendé la agencia.

Patricia la observó con cuidado.

—¿Quieres que nos hagamos cargo sin involucrarte?

—Quiero estar con ella. Puedo ayudar a elegir algunas cosas, pero no quiero coordinar el día de la boda.

—Entonces eso hacemos.

Alexandra sintió alivio.

No había vuelto para demostrar que estaba curada. Había vuelto porque quería acompañar a Griselda sin tener que cargar con cada detalle.

Cuando salió, llevaba una propuesta de servicios.

Esa tarde abrió la caja de sus carpetas antiguas.

No revisó los proyectos que le dolían.

Sacó hojas limpias.

⁂

Griselda viajaba cada pocas semanas para avanzar en los preparativos.

Elegían telas, probaban menús y caminaban por jardines que todavía estaban vacíos.

Alexandra encontraba placer en algunas tareas.

Le gustó ver a su amiga reírse frente a un vestido que llevaba demasiada pedrería. Le gustó convencerla de que no necesitaba invitar a una persona con la que no hablaba desde hacía diez años.

También volvió a escuchar hablar de Daniel.

Trabajaba mucho.

No podía acompañarla a las citas.

Confiaba en lo que ella eligiera.

Alexandra hacía preguntas prácticas.

—¿Qué opina del presupuesto?

—Ya lo vimos.

—¿Y de la lista de invitados?

—Le voy a pedir que la termine esta semana.

En diciembre intentaron cenar los cuatro. Griselda llegaría un viernes con Daniel y Alexandra llevaría a Alfredo. Él preguntó la hora y dijo que no habría problema.

Dos días antes de la cena, le enseñó a Alexandra un correo de trabajo. Había pedido que le asignaran una visita a León y ahora presentaba la confirmación como un cambio que no podía controlar.

—Vayan ustedes. Yo voy a estar regresando muy tarde.

Con Griselda utilizó el movimiento contrario: dijo que un cliente le exigía quedarse en Querétaro y le propuso cambiar su viaje a Morelia por un fin de semana juntos en enero. Ella terminó haciendo el trayecto sola.

Las amigas cenaron y acordaron una videollamada para presentarlos. El domingo, Alfredo llamó primero a Alexandra desde el coche. Le dijo que había regresado, que estaba agotado y que hablarían por la noche. Después apagó ese teléfono. Durante la llamada de Griselda, hecha desde su departamento, alegó que la cámara de su portátil no funcionaba y saludó únicamente por el micrófono. Alexandra alcanzó a oír dos palabras entre cortes; se quedó esperando una presentación que no llegó.

—Esto por teléfono es un desastre —dijo Griselda—. La próxima vez vienes y ya.

Él aceptó. Había evitado el encuentro, pero ya no podía confiar en que las dos mujeres se conformaran indefinidamente con las mismas excusas.

La documentación de la boda la revisaba Patricia. Alexandra no trabajaba en la agencia y acompañaba a su amiga en las decisiones de decoración, no en los trámites. Por el momento, el apellido del contrayente seguía fuera de esas conversaciones.

⁂

Alfredo encontró un modo de medir aquellas oportunidades.

—¿Viene Griselda este fin de semana? —preguntaba a veces.

Alexandra lo interpretó como interés por su vida.

—Sí. Vamos a ver lo de las flores.

—Entonces te dejo libre.

Cuando ella propuso que cenaran los tres, él dijo que tenía un compromiso.

Al siguiente intento, un viaje.

La tercera vez, Alexandra no insistió.

—Parece que no quieres conocerla.

Alfredo levantó los ojos del teléfono.

—Claro que quiero.

—Siempre pasa algo.

—Ha coincidido así.

Ella permaneció callada. Él se acercó y le acarició el brazo.

—El día de la boda voy a llegar tarde a Morelia. Después ya podremos organizar algo sin tanto viaje.

Alexandra retiró la mano.

—No sé por qué todo tiene que ser después.

Alfredo no encontró una respuesta que no sonara a las anteriores.

⁂

En enero, después de casi diez meses de relación, Alexandra le pidió distancia.

No habían discutido. Habían pasado una tarde agradable y eso hizo más difícil decirlo.

Estaban sentados en su sala cuando ella apagó la música.

—Me estoy sintiendo mal otra vez.

Alfredo la miró.

—¿Por nosotros?

Ella asintió.

—Te quiero, pero no sé qué lugar tengo en tu vida.

Él se incorporó.

—Tienes un lugar.

Alexandra sostuvo su mirada.

—No quiero seguir intentando verlo.

Alfredo se quedó quieto. Ella había imaginado que él se enfadaría o diría que exageraba. En cambio, tomó su mano.

—Después de lo que te ha pasado, entiendo que tengas miedo. Pero me conoces, Alexandra. No soy alguien que acaba de llegar.

Alexandra sintió que empezaba a llorar.

—No quiero volver a perderme esperando a alguien.

Él prometió que harían cambios. Que conocería a su familia. Que dejarían de verse solamente en los huecos del trabajo.

Durante unos días lo buscó con mayor frecuencia.

La acompañó a una consulta médica. La llevó a desayunar y se quedó toda una tarde ayudándola a arreglar una puerta del armario.

Alexandra confundió aquella disponibilidad temporal con un comienzo.

Después los viajes regresaron.

⁂

Griselda tenía sus propias inquietudes.

Una tarde llamó desde Querétaro y le contó que Daniel parecía distraído.

—Creo que está preocupado por dinero.

—¿Lo hablaron?

—Me dijo que no quiere cargarme de problemas antes de la boda.

Alexandra cerró el libro que estaba leyendo.

—Pero también van a compartir los problemas.

Griselda guardó silencio.

—Tienes razón.

Alexandra no le dijo que ella misma llevaba meses intentando sostener una conversación parecida.

No quería convertir cada llamada en un recuento de sus temores.

—¿Y Alfredo? —preguntó su amiga.

Miró la planta junto a la ventana.

—Estamos intentando aclarar algunas cosas.

—¿Quieres hablar?

Alexandra respiró.

—Otro día. Hoy cuéntame del vestido.

Griselda aceptó.

Las dos continuaron eligiendo detalles de una celebración alrededor de un hombre al que conocían por nombres distintos.

⁂

En febrero, Alfredo recibió la llamada de Patricia.

La agencia necesitaba confirmar algunos horarios con él.

Al escuchar la voz de la mujer, supo que la fecha estaba demasiado cerca para continuar fingiendo que podría resolverlo más adelante.

—Alexandra nos ha ayudado mucho —comentó Patricia—. Pero el día del evento va a estar como invitada. Cualquier cambio debe verlo conmigo.

Alfredo apretó el teléfono.

—Entendido.

Patricia siguió explicando. Él respondió lo indispensable.

Esa noche llegó al departamento de Alexandra con una botella de vino.

Ella lo recibió sorprendida.

—Pensé que estabas fuera.

—Volví antes.

Durante la cena estuvo especialmente cariñoso.

Alexandra se permitió disfrutarlo, aunque algo en aquella atención la hizo preguntar:

—¿Hay algo que quieras decirme?

Alfredo dejó la copa.

Por un instante, pareció a punto de hablar.

Después negó.

—Que te extrañé.

⁂

La víspera de la boda, Alexandra se quedó con Griselda en casa de su madre.

El vestido colgaba junto a la ventana, cubierto por una funda clara.

En el suelo había cajas de zapatos, una bolsa con accesorios y una maleta abierta para el viaje.

Griselda se acostó a su lado, como cuando eran adolescentes.

—¿Crees que voy a poder dormir?

Alexandra sonrió.

—Si dejas de preguntar qué hora es cada cinco minutos.

Su amiga se volvió hacia ella.

—Mañana por fin vas a conocerlo.

Alexandra acomodó una almohada.

—Ya era hora.

Griselda le tomó la mano bajo la sábana.

—Quiero que se lleven bien. Ustedes son las dos personas con las que más hablo.

Alexandra le apretó los dedos.

—Mañana no te preocupes por eso.

El teléfono vibró sobre el buró.

Era Alfredo.

Voy a estar ocupado este fin de semana. Te escribo cuando pueda. Te quiero.

Alexandra leyó el mensaje y lo dejó sin responder.

A su lado, Griselda comenzó a quedarse dormida.

Ella miró la funda del vestido hasta que la oscuridad volvió indistinguibles sus pliegues.

Al día siguiente acompañaría a su mejor amiga hacia el hombre con el que esperaba compartir la vida.

Y por fin conocería a Daniel.