Capítulo 13 de 25
El nombre que faltaba
Griselda despertó antes de que sonara la alarma. Alexandra sintió que se movía a su lado y abrió los ojos. La habitación todavía estaba oscura. En el buró, los números del reloj marcaban las seis y doce.
—¿Qué hora es? —susurró Griselda.
Alexandra señaló la pantalla. Su amiga se incorporó.
—Ya no puedo dormir.
—No tenías que ensayar cómo despertarte. Eso ya sabes hacerlo.
Griselda soltó una risa nerviosa.
Durante un rato permanecieron sentadas en la cama, mirando la funda del vestido. Después llegó la madre de la novia con café y una bandeja de pan.
El día comenzó entre pequeños ruidos: la ducha, el timbre, una cremallera que se atoró y las llamadas de Patricia confirmando que todo marchaba según el programa.
Era una mañana de marzo. Alexandra había conocido a Alfredo casi un año antes; Griselda llevaba alrededor de seis meses con Daniel. Durante el desayuno, su amiga admitió que la boda había llegado deprisa, pero añadió que esperaba a partir de entonces tenerlo cerca sin negociar cada visita. Alexandra escuchó aquella esperanza y sintió una inquietud que todavía no supo relacionar con la suya.
Alexandra se ocupó de lo que nadie había planeado.
Encontró una aguja.
Cargó el teléfono de Griselda.
Le recordó que comiera antes de sentarse con la maquillista.
Su amiga la observaba desde el espejo.
—Pensé que ibas a descansar.
—Esto no es trabajar.
Y era verdad.
Ayudarla tenía la intimidad de tantas mañanas compartidas, aunque ninguna hubiera sido como aquella.
⁂
Alexandra llevaba un vestido verde oscuro.
Lo había comprado semanas antes y, al probárselo, Griselda insistió en que no usara encima ninguna chaqueta.
—Siempre te estás tapando cuando no tienes frío.
Ella no discutió.
Aquella mañana se dejó el cabello suelto y eligió unos aretes pequeños que eran de su madre.
Cuando salió del baño, Griselda ya tenía puesto el vestido.
La encontró de pie junto a la ventana, mientras su madre abrochaba los últimos botones.
Alexandra se detuvo.
—¿Qué? —preguntó la novia.
Ella sonrió.
—Nada. Te ves preciosa.
Griselda bajó la mirada hacia la falda.
—Ahora sí parece que me voy a casar.
Las tres se rieron.
Después su madre empezó a llorar y Griselda la abrazó con los brazos abiertos para no arrugar demasiado la tela.
Alexandra tomó un pañuelo y se acercó.
No sintió envidia.
Le habría gustado haber conocido un amor que la llevara hasta una mañana así. Pero la felicidad de su amiga no le quitaba nada.
Al menos eso creía mientras le acomodaba el velo.
⁂
La ceremonia tendría lugar en el jardín de la hacienda.
Habían elegido una bendición breve después del acto civil. Griselda quería casarse al aire libre, bajo un árbol grande que Alexandra había visto durante las visitas.
Las sillas estaban dispuestas en dos bloques, separados por un pasillo de pétalos claros.
Alexandra llegó con la novia y su madre veinte minutos antes. Patricia las recibió junto a una habitación reservada para los últimos arreglos.
—Todo está listo.
Griselda le dio un abrazo. Alexandra preguntó por el agua, por el transporte de una tía y por la caja de sobres que habían dejado para los invitados.
Patricia sonrió.
—Hoy no llevas radio.
—Lo sé.
—Entonces ven a sentarte cuando empecemos.
Alexandra levantó las manos en señal de rendición.
Se acercó a Griselda para acomodar la pulsera que usaría.
La novia estaba mirando su teléfono.
—Ya está aquí.
Su voz cambió al decirlo.
Alexandra reconoció aquel brillo.
Había hablado así de Alfredo, aunque ahora evitaba hacerlo.
⁂
Patricia salió al jardín para comprobar que los invitados estuvieran acomodados. Griselda se quedó con su madre.
Alexandra fue a buscar un vaso de agua. Caminó por un corredor que desembocaba cerca de la primera fila.
Al salir, vio la espalda del novio.
Llevaba un traje gris y hablaba con un hombre que debía ser su testigo. Alexandra pensó que por fin podría saludarlo antes de que comenzara la ceremonia.
Dio dos pasos.
Él giró la cabeza. Alfredo.
La palabra apareció en su mente antes que cualquier pregunta.
Alexandra dejó de caminar. Él también la vio.
Durante un segundo ninguno se movió.
Después Alfredo miró hacia el corredor por el que ella había llegado. Su expresión se tensó, como si intentara calcular cuánto tiempo tenía antes de que apareciera Griselda.
No fue sorpresa.
Eso lo confirmó todo.
Alexandra sintió una presión en el pecho.
Lo vio acercarse.
Quiso retroceder, pero detrás tenía una mesa pequeña.
Alfredo se detuvo frente a ella.
—Necesito hablar contigo.
La voz.
El rostro.
El reloj con la marca en la correa.
No había una confusión posible.
—Daniel —dijo Alexandra.
Él bajó los ojos.
—Alfredo Daniel. En Querétaro me conocen como Daniel.
Ella lo observó sin parpadear.
—Sabías que éramos amigas.
Alfredo no respondió.
No necesitó hacerlo.
⁂
Patricia se acercó al verlos.
Tenía una carpeta en la mano y se detuvo al advertir la expresión de Alexandra.
—¿Está todo bien?
Alfredo respondió demasiado rápido.
—Sí. Solo estaba saludándola.
Alexandra miró a su antigua jefa.
Quiso hablar.
Sintió que la garganta se cerraba.
Patricia avanzó un paso.
—Alexandra, ven conmigo un momento.
Alfredo intentó interponerse.
—Podemos…
—El juez ya está listo —lo cortó ella—. Necesitan que vuelva a su lugar.
Él miró a Alexandra. Ella apartó el rostro.
Patricia la llevó hasta una sala pequeña, lejos del jardín.
Al cerrar la puerta, Alexandra apoyó ambas manos en una mesa.
—Es Alfredo.
Patricia permaneció inmóvil.
La había escuchado mencionar aquel nombre durante las visitas con Griselda, siempre al margen de los preparativos.
Ahora comprendió.
—¿Estás segura?
Alexandra la miró. Su jefa no volvió a preguntar.
—Griselda no sabe —dijo Alexandra—. No sabe nada.
⁂
Patricia acercó una silla. Alexandra no se sentó.
Miraba hacia la puerta como si su amiga pudiera aparecer de pronto y devolverle una realidad distinta.
—Voy a pedir que esperen —dijo Patricia—. Necesitas decírselo antes de que firme.
Alexandra se volvió hacia ella.
—No sé cómo.
—Puedo acompañarte. Lo hablamos en esta habitación, sin público. Luego Griselda decidirá qué hacer.
Alexandra negó.
Después dejó de negar.
La posibilidad estuvo allí, completa.
Podía llegar hasta la habitación, tomarle las manos a Griselda y decir el nombre que faltaba.
Alfredo Daniel.
Podía mostrarle los mensajes.
El de la víspera.
Los que todavía conservaba en el teléfono.
—Ya le escribí a María Elena cuando ocurrió lo de Fernando —susurró—. Sé que tiene derecho a saberlo.
Sacó el teléfono. Abrió la conversación con su amiga y empezó a escribir: Necesito hablar contigo antes de que salgas. Borró la última palabra, volvió a ponerla y se levantó.
En la puerta oyó reír a Griselda. Su madre estaba ayudándola con el vestido; alguien preguntaba dónde habían dejado el ramo. Alexandra llegó al corredor y pronunció su nombre.
—¿Qué pasa? —respondió Griselda desde la habitación.
Alexandra se quedó sin la frase siguiente. Sintió otra vez el muro húmedo de la parroquia, el bolso caído y la vergüenza de despertar sin haber logrado cambiar nada. Sabía que aquello no era lo mismo. Su cuerpo, en cambio, no parecía entender la diferencia.
—Ahora voy —consiguió decir.
Regresó a la sala con el mensaje todavía sin enviar. No había hablado por protegerse también a sí misma: temía ser la persona que Griselda mirara cuando la felicidad dejara de tener sentido.
Patricia se acercó a la puerta.
—Puedo retrasar la entrada. No tienes que explicar todo ahora; basta con pedirle que no firme hasta escuchar lo que sabes.
—No —respondió Alexandra, demasiado rápido.
—Callarte no va a protegerla de él.
Alexandra lo oyó. También oyó una voz preguntando por el juez y otra avisando que el padre de Griselda acababa de llegar. Las palabras se le mezclaron. Le pidió a Patricia que le diera un momento, pero no lo utilizó para buscar a su amiga.
Alexandra se llevó una mano al rostro.
Imaginó a Griselda quitándose el velo. A su madre intentando entender. A los invitados mirando hacia el pasillo vacío.
Imaginó también a Alfredo hablando primero, ofreciendo una versión en la que ella se había confundido.
El miedo se mezcló con el amor que le tenía a su amiga hasta volverse indistinguible.
—Hoy no —dijo.
Patricia guardó silencio. Alexandra tomó aire.
—Quiero que tenga su boda —dijo, aunque ya no pudo confundir aquella petición con una forma limpia de cuidar a Griselda.
No consiguió preguntarse entonces qué felicidad podía proteger con aquel silencio.
Solo quiso evitar que Griselda sintiera, en medio de todas aquellas personas, el dolor que ella ya conocía.
⁂
Volvió a la habitación.
Griselda estaba de pie, esperando la indicación.
—¿Dónde te metiste?
Alexandra miró el velo.
—Fui por agua.
Su amiga la observó.
—Estás pálida.
—No desayuné mucho.
Griselda le tocó el brazo.
—Cuando termine esto, comemos.
Alexandra asintió.
La madre de la novia salió primero. Alexandra debía caminar detrás de una prima, antes de que Griselda entrara del brazo de su padre.
El programa estaba claro.
Al otro lado esperaba Alfredo.
Daniel.
El hombre que la había besado tres noches antes.
Griselda tomó sus manos.
—Gracias por estar conmigo.
Alexandra sintió que aquellas palabras podían quebrarla.
—Siempre —respondió.
No sabía cómo sostendría esa promesa después.
⁂
Caminó por el pasillo sin mirar al novio.
Tenía la sensación de que todos podían notar algo, pero los invitados sonreían y seguían buscando a Griselda entre los árboles.
Alexandra llegó a su asiento.
La música cambió.
Su amiga apareció.
El jardín entero se levantó.
Griselda llevaba una sonrisa que Alexandra nunca había visto en ella. No era solo emoción. Era confianza. Alfredo extendió la mano cuando llegó a su lado.
Alexandra bajó la vista.
Durante el acto civil escuchó el nombre completo del hombre.
Alfredo Daniel Mendoza Reyes.
No levantó la cabeza.
Cuando el juez preguntó si era su voluntad contraer matrimonio, él respondió sin vacilar.
Griselda también. Alexandra apretó las manos sobre la falda y se quedó allí, consciente de cada palabra que estaba dejando pasar.
⁂
En el cóctel buscó un lugar apartado.
No quiso beber alcohol. Tenía la boca seca y una sensación de frío que no correspondía a la tarde.
Alfredo la encontró cerca de una fuente.
—Por favor, escúchame.
Alexandra miró hacia donde Griselda se hacía fotografías con su familia.
—Vuelve con ella.
—No quería que te enteraras así.
La frase le produjo un cansancio inmediato.
—Pero sabías que iba a estar aquí.
Él se pasó una mano por la nuca.
—Pensé en decírtelo.
—Y no lo hiciste.
—No sabía cómo.
Alexandra se volvió hacia él.
—Tuviste tiempo para elegirme un regalo la semana pasada. Tuviste tiempo para venir a mi casa. Para preguntarme si te quería.
Alfredo bajó la voz.
—Me has contado todo, Alexandra. Sabes que puedes hablar conmigo. No dejes que esto cambie lo que conoces de mí.
Ella dio un paso atrás.
—No te acerques.
Él retiró la mano que había levantado. Alexandra lo miró con una claridad que no había tenido al verlo en el jardín.
—Hoy me voy a callar por ella. No confundas eso con que voy a seguir contigo.
Alfredo abrió la boca. Ella no lo dejó continuar.
—Se terminó.
Se alejó antes de que Patricia, que observaba desde unos metros, tuviera que intervenir.
⁂
Durante la cena, Griselda quiso que Alexandra se sentara cerca de la mesa principal.
Ella ocupó su lugar y sostuvo conversaciones que después no recordaría.
Cuando brindaron, levantó el vaso.
Cuando alguien contó una anécdota de la preparatoria, sonrió.
Griselda la buscaba con los ojos de vez en cuando. Alexandra le respondía con un gesto pequeño para que no se preocupara. Alfredo intentó mirarla durante el baile.
Ella observó las luces del jardín.
Había ayudado a elegirlas.
Pensó en la llamada en que su amiga anunció el compromiso. En la tarde en que le pidió que se llevaran bien. En las conversaciones paralelas que ambas habían sostenido sin saber que el mismo hombre las unía.
La ruptura ya no era su única pérdida. Cada gesto de Griselda le recordaba la conversación que había evitado y que seguía debiéndole.
⁂
Se marchó antes de que terminara la fiesta.
Griselda la abrazó junto a la salida.
—¿De verdad no puedes quedarte un poco más?
Alexandra sostuvo a su amiga con fuerza.
—Estoy muy cansada.
La novia se apartó lo suficiente para mirarla.
—Te quiero mucho.
Alexandra sintió las lágrimas acercarse.
—Yo también.
Patricia había llamado un taxi y esperaba cerca. Alfredo permanecía a unos pasos.
No se acercó.
Alexandra no se despidió de él.
Subió al coche y miró por la ventanilla. Griselda seguía junto a la entrada, levantando una mano, con el vestido iluminado por las luces que habían escogido juntas.
Alexandra respondió al saludo.
Cuando la hacienda quedó atrás, sacó el teléfono.
En la pantalla todavía estaba el mensaje de la víspera.
Te quiero.
Lo leyó por última vez.
Luego bloqueó a Alfredo y dejó el teléfono boca abajo sobre sus piernas.
Había guardado silencio para no romperle el corazón a Griselda.
Durante el camino a casa comenzó a comprender que la verdad no iba a desaparecer por haberla dejado dentro de aquel jardín.