Capítulo 14 de 25
La verdad entre las dos
Alfredo esperó nueve días antes de intentar verla. Alexandra encontró su mensaje al salir del trabajo. Había llegado desde un número desconocido, pero no necesitó leer la firma para saber quién lo enviaba.
Necesito saber cómo estás. No podemos terminar sin hablar.
Se quedó inmóvil junto a la puerta del edificio.
Durante la semana anterior había conseguido levantarse, ir a la oficina y responder preguntas sencillas. Al llegar a casa comía de pie, sin quitarse el bolso, y después se sentaba en el sofá hasta que la oscuridad llenaba la sala.
No había vuelto a conversar por teléfono con Griselda.
Su amiga estaba de viaje de bodas y le enviaba fotografías de paisajes, platos de comida y pequeñas cosas que le recordaban a ella.
Alexandra respondía con frases breves.
No sabía cuánto tiempo podía sostenerlas.
Guardó una copia del mensaje de Alfredo y bloqueó el número.
Al día siguiente recibió otro.
Solo quiero explicarte.
Esta vez contestó.
No vuelvas a escribirme.
Él respondió antes de que terminara de bloquearlo.
Te sigo queriendo.
Alexandra dejó el teléfono sobre el escritorio y fue al baño de la oficina. Se encerró en un cubículo, apoyó las manos en las rodillas y esperó a que se le pasara el temblor.
⁂
Alfredo apareció un viernes frente a su departamento. Alexandra lo vio desde la ventana cuando oyó el timbre.
No abrió.
El teléfono comenzó a sonar desde otro número.
Contestó porque no quería que siguiera llamando a los vecinos para conseguir que alguien lo dejara entrar.
—Vete.
Alfredo miró hacia las ventanas.
—Necesito hablar contigo.
—Ya te dije que no.
—Cinco minutos. Después hago lo que me pidas.
Alexandra cerró la cortina.
—Te estoy pidiendo que te vayas.
Hubo un silencio.
Después él cambió el tono.
—Griselda está bien. No tienes que preocuparte por ella.
Alexandra apretó el teléfono.
—No vuelvas a decirme cómo está mi amiga.
—Solo intento que estés tranquila.
—No estoy intranquila porque no entienda. Estoy así porque ya entendí.
Alfredo respiró con impaciencia.
—Las cosas no son tan simples.
Ella se sentó en el brazo del sofá.
—Dime qué quieres.
Él tardó un momento.
—Que no me borres de tu vida. Tú sabes cuánto he estado contigo estos meses.
Alexandra miró el suelo.
—¿Quieres seguir casado con ella y seguir viniendo aquí?
—Podríamos encontrar una manera de…
—Respóndeme.
Alfredo guardó silencio.
Luego habló más bajo.
—Griselda quiere una familia y podemos darnos estabilidad. Tú me conoces de otra manera. Te he contado cosas que no hablo con nadie más. Pensé que eso también tenía valor para ti.
Alexandra cerró los ojos.
Otra vez estaba escuchando una comparación entre una esposa que merecía una vida completa y ella, reducida a aquello que el hombre no quería perder en la cama.
—¿Distinto porque disfruto estar contigo? —preguntó.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Lo sé.
Alfredo se apresuró a continuar.
—Ella es más reservada. Hay cosas que ni siquiera puedo hablar con ella. Contigo puedo decir lo que necesito sin estar calculando cada palabra. No me digas que no lo has sentido también.
Alexandra sintió una vergüenza ajena, insoportable.
Conocía a Griselda desde que ambas llevaban uniforme. Había visto su esfuerzo, sus decepciones y la ilusión con que preparó aquella boda. Escuchar a su marido describirla como un inconveniente íntimo le produjo una rabia que no había sentido ni por sí misma.
—No tienes derecho a hablarme de ella así.
—No la estoy insultando.
—La estás usando para justificar que me pidas volver a acostarme contigo.
Él no respondió. Alexandra se levantó.
—Yo tampoco soy lo que estás diciendo. No soy una parte de tu vida que puedes guardar fuera de tu casa.
—Alexandra…
—No vuelvas.
Cortó la llamada.
Esta vez no lloró de inmediato.
Se quedó de pie junto al sofá, escuchando su propia respiración.
⁂
La verdad se volvió imposible de callar después de aquella conversación.
Durante días, Alexandra había intentado convencerse de que Griselda parecía feliz. Tal vez Alfredo cambiara. Tal vez no volviera a buscarla. Tal vez decirlo destruyera algo que su amiga todavía podía conservar.
Ahora sabía que él seguía intentando sostener las dos relaciones.
El silencio no había protegido a Griselda.
Solo le había dado tiempo a Alfredo.
Alexandra llamó a Patricia.
Su antigua jefa la escuchó sin interrumpir.
—Quiero contárselo —dijo al final—. Pero no sé cómo.
—Empieza por decirle que necesitas hablar con ella a solas.
Alexandra se frotó la frente.
—Me va a preguntar por qué no lo hice antes de que se casara.
Patricia guardó silencio unos segundos.
—Y tendrás que responderle.
Aquello era lo que más temía.
No podía convertir una decisión tomada por miedo en un acto impecable de amor.
Había tenido la oportunidad de hablar.
No lo hizo.
Ahora tendría que mirar a su amiga y reconocerlo.
⁂
Griselda regresó a la ciudad tres semanas después de la boda.
Había ido a recoger algunas pertenencias que aún estaban en casa de su madre antes de volver a Querétaro.
Alexandra le escribió para pedirle que fuera a su departamento. Su amiga respondió con alegría.
Claro. Te extraño.
Cuando llegó, llevaba una bolsa con un regalo del viaje.
La dejó sobre la mesa y abrazó a Alexandra.
—Estás más delgada.
Ella intentó sonreír.
—Siéntate.
Griselda la observó con atención.
—¿Qué pasó?
Alexandra había puesto dos vasos de agua. No preparó café ni comida. Cualquier intento de convertir aquella visita en una tarde normal le había parecido una crueldad.
Se sentó frente a ella.
—Tengo que contarte algo de Daniel.
Su amiga dejó de mover la bolsa.
—¿Lo viste?
Alexandra asintió.
—Lo conocía desde antes de tu boda.
Griselda frunció el ceño.
—¿De dónde?
Ella sintió que el aire no le alcanzaba.
—Es Alfredo.
Durante unos segundos, Griselda no comprendió.
Después miró hacia el teléfono que Alexandra tenía sobre la mesa.
—¿Tu Alfredo?
Alexandra asintió. Su amiga se quedó muy quieta.
⁂
Le mostró las conversaciones.
No todas de golpe.
Primero las fechas.
Después las fotografías que él mismo había enviado y los mensajes donde organizaban encuentros.
Griselda tomó el teléfono con ambas manos.
Leyó sin hablar.
Alexandra observaba su rostro, esperando cada cambio como si pudiera detenerlo.
—¿Seguían juntos cuando me pidió matrimonio? —preguntó.
—Sí.
Su amiga siguió leyendo.
—¿Y antes de la boda?
Alexandra bajó la mirada.
—También.
Griselda dejó el teléfono sobre la mesa.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
La planta seguía en el mismo lugar. Alexandra la había regado aquella mañana.
Le resultó absurdo que algo tan pequeño continuara viviendo con normalidad.
—¿Cuándo lo supiste tú?
No podía responder de otra forma.
—Ese día. En el jardín. Lo vi antes de que empezara.
Griselda se volvió.
—¿Antes?
Alexandra sintió que las lágrimas empezaban a caer.
—Sí.
Su amiga retrocedió un paso, aunque ya estaban lejos una de la otra.
—¿Y me dejaste entrar?
Alexandra quiso explicar el miedo, la gente, el vestido, la sonrisa con que Griselda le tomó las manos.
Nada de aquello parecía suficiente.
—No quise romperte el corazón allí.
Griselda la miró con una expresión que Alexandra no conocía.
—Lo rompiste aquí.
⁂
No gritó.
Eso hizo que cada palabra fuera más difícil de soportar.
—Yo te habría escuchado —dijo Griselda—. No sé qué habría hecho, pero te habría escuchado.
Alexandra se limpió el rostro.
—Lo sé ahora.
—Yo lo sabía desde antes.
Hubo un silencio largo.
Después Alexandra le contó que Alfredo había vuelto a buscarla. Le mostró el mensaje reciente y describió la llamada frente al edificio.
Griselda se sentó otra vez.
No pidió que repitiera lo que él había dicho de ella.
Se quedó mirando el vaso de agua.
—¿Tú sabías que estaba conmigo cuando lo conociste?
—No.
—¿Y cuando yo empecé a contarte de Daniel?
—No lo relacioné. Nunca vi una foto. Él evitaba estar cuando venías.
Griselda asintió lentamente.
Parecía revisar cada conversación de los últimos meses.
Cada viaje.
Cada invitación rechazada.
Alexandra esperó.
—Necesito llevarme esto —dijo su amiga, señalando el teléfono.
—Te mando las copias.
—Todas las que tengan fechas.
Alexandra lo hizo mientras ella permanecía sentada.
No pidió perdón otra vez. Ya lo había dicho, y repetirlo no podía obligar a Griselda a recibirlo.
⁂
Al despedirse, su amiga no la abrazó.
Recogió el bolso y dejó sobre la mesa el regalo que había traído.
Alexandra se levantó.
—Griselda…
Ella se detuvo junto a la puerta.
—Sé que él te mintió también.
Alexandra comenzó a llorar con más fuerza.
—Pero necesito tiempo para entender lo que hiciste tú.
Asintió.
No intentó detenerla.
Cuando la puerta se cerró, Alexandra se quedó mirando la bolsa del viaje.
Dentro había una taza.
Griselda había recordado que la suya tenía una pequeña grieta junto al asa.
No supo de inmediato qué ocurrió entre ellos.
Griselda respondió días después con un mensaje breve.
Voy a quedarme con mi mamá por ahora. No puedo hablar todavía.
Alexandra contestó que estaba disponible cuando ella quisiera.
Respetó la distancia.
Volvió a terapia y habló de aquello sin intentar presentar su silencio como una virtud. Le costó admitir que también había temido perder a Griselda si era ella quien llevaba la noticia.
Había llamado protección a una decisión que contenía miedo.
Reconocerlo no le devolvió la amistad tal como estaba antes. Le permitió dejar de esconderse detrás de una explicación.
⁂
Durante aquella primavera, Rafael y Fernando intentaron contactarla de nuevo.
Rafael escribió desde una cuenta antigua. Fernando envió un correo preguntando si podían tomar café.
Alfredo dejó un mensaje de voz después de que Griselda se fuera de casa. Alexandra no escuchó más allá de su nombre.
Guardó lo necesario y cerró cada acceso.
Tres hombres habían encontrado distintas formas de pedir lo mismo: que aceptara una vida pequeña a cambio de no perderlos del todo.
Ella ya no estaba dispuesta.
Pero el límite no la hizo feliz de inmediato.
Una noche apagó las luces del departamento y se acostó con el teléfono lejos de la cama.
Pensó en Griselda.
En los hombres a quienes había querido.
En todo el tiempo que pasó esperando que una promesa se convirtiera en hechos.
Se dio la vuelta y abrazó una almohada.
No quería volver a enamorarse.
En una página de su agenda escribió La jamás amada. Se quedó mirando esas palabras como si fueran una explicación suficiente para tres historias distintas. Después cerró la libreta. Todavía no sabía que estaba convirtiendo en identidad lo que le habían hecho, ni cuánto trabajo le costaría separar ambas cosas.
Aquella decisión le pareció, por primera vez, un lugar donde descansar.