Capítulo 15 de 25

Una vida sin promesas

Alexandra cumplió treinta y tres años en Morelia, casi tres años después de la boda de Griselda, sin pedir ningún deseo. Su madre había puesto una vela sobre una rebanada de pastel. La llama se inclinaba cada vez que alguien pasaba junto a la mesa.

—Piensa en algo —le dijo.

Alexandra sonrió.

Cerró los ojos por unos segundos y sopló.

No quiso pedir amor. Tampoco fuerza ni una nueva oportunidad. Estaba cansada de imaginar que la vida debía devolverle algo para compensar lo que había sucedido.

Le bastaba con aquella tarde.

Su madre, la comida todavía tibia y el teléfono que no había revisado durante una hora.

Al terminar, lavaron los platos juntas.

—Te veo más tranquila —comentó su madre.

Alexandra sostuvo un vaso bajo el chorro de agua.

—Lo estoy.

Era verdad, aunque no toda la verdad.

Había aprendido a vivir sin la espera que antes le ocupaba cada rincón. Ya no miraba la pantalla para saber si alguien la quería esa noche. No acomodaba sus planes alrededor de viajes que nunca podía comprobar.

Pero también había dejado de imaginar ciertas cosas.

Una casa compartida.

Una conversación en la cama antes de dormir.

Alguien a quien buscar al volver de un día difícil.

Esas imágenes aparecían de vez en cuando. Alexandra las dejaba pasar sin acercarse demasiado.

Griselda había terminado su matrimonio.

Se lo contó meses después de aquella conversación en el departamento, durante una llamada que comenzó con asuntos sencillos y acabó en un silencio largo.

Alfredo intentó negar algunas cosas. Después dijo que la relación con Alexandra ya había terminado cuando le pidió matrimonio. Las fechas no lo sostuvieron.

Griselda se fue de la casa y volvió a Querétaro sola.

El proceso de separación tomó tiempo. Había documentos, gastos y pertenencias que repartir, además del dolor de descubrir que la vida elegida no era la que le habían contado.

Alexandra no preguntó detalles que su amiga no ofreciera.

Aprendió a acompañarla sin convertir cada conversación en una petición de perdón.

Durante un tiempo solo intercambiaron mensajes.

Después hablaron por teléfono.

La primera vez que volvieron a verse, Griselda escogió una cafetería y se sentó frente a ella con el bolso sobre las piernas.

Conversaron despacio.

Había temas que ninguna sabía cómo tocar.

Al despedirse, su amiga la abrazó.

Alexandra no lloró hasta llegar a casa.

La amistad regresó con cambios. Griselda ya no le contaba todo de inmediato y Alexandra aceptó que no podía exigirle la antigua confianza como prueba de que había sido perdonada.

Siguieron construyendo desde lo que quedaba.

Una tarde, durante una visita de Griselda a Morelia, fueron a comprar una taza para su madre. Frente al aparador, Alexandra tomó una pieza y esperó a que su amiga decidiera.

—No tienes que tratarme como si fuera a romperme por cualquier cosa —dijo Griselda.

Alexandra dejó la taza.

—Me da miedo volver a decidir algo por ti.

—Entonces pregúntame. Pero no desaparezcas cada vez que no sepas qué decir.

Salieron sin comprar nada y caminaron hasta una plaza. Allí Griselda le contó que había rechazado una nueva cita con alguien del trabajo. Alexandra escuchó sin aconsejarla. Cuando su amiga quiso saber qué pensaba, respondió con cuidado, sin dejar de responder.

Al despedirse, acordaron volver al día siguiente por la taza. No recuperaron toda la confianza en aquella conversación, pero pudieron hacer un plan que no giraba alrededor de la herida.

⁂

En el trabajo, Alexandra consiguió un ascenso.

La empresa necesitaba organizar capacitaciones para su personal y alguien recordó que ella había coordinado eventos.

La primera solicitud fue pequeña: veinte personas, un proyector y café.

Alexandra estuvo a punto de rechazarla.

Después pensó que no habría vestidos blancos ni promesas delante de un altar.

Aceptó.

Al revisar el salón, encontró una mesa mal colocada, un cable que atravesaba una zona de paso y sillas insuficientes.

Resolvió las tres cosas casi sin darse cuenta.

Durante la capacitación, una compañera se acercó.

—¿Cómo sabías que iba a faltar una extensión?

Alexandra miró la instalación.

—Porque siempre falta una.

Se rio al decirlo.

La familiaridad de aquella respuesta le produjo una alegría inesperada.

Había conservado su oficio, aunque hubiera pasado años sin nombrarlo.

⁂

Empezó a encargarse de las reuniones internas.

Después llegaron presentaciones para clientes y jornadas de capacitación más grandes. Alexandra negoció proveedores, diseñó programas y dejó de usar una agenda prestada.

Compró una nueva.

No llenó la primera página con metas extraordinarias.

Escribió su nombre.

Más adelante, Patricia le recomendó para coordinar un encuentro de una asociación profesional. Alexandra llamó a su antigua jefa antes de aceptar.

—No es una boda —dijo Patricia.

—Ya lo vi.

—Y no tienes que demostrarme nada haciéndolo.

Alexandra sonrió frente al teléfono.

—Quiero hacerlo.

Trabajó un fin de semana entero y terminó cansada, pero satisfecha.

Al volver a casa sintió dolor en los pies. Se quitó los zapatos y puso música mientras calentaba la cena.

No lloró.

Se dio cuenta después, cuando ya había lavado el plato.

⁂

Los años sin pareja no fueron una espera continua.

Alexandra viajó con Griselda, cambió de departamento y aprendió a reparar cosas que antes habría dejado pendientes. Compró una bicicleta que usó menos de lo planeado y volvió a leer por las noches.

También hubo domingos difíciles.

Las invitaciones a celebraciones familiares a veces la dejaban incómoda. No por estar sola, sino porque alguien insistía en presentarle esa soledad como un problema que ella debía resolver.

—Todavía estás a tiempo —le dijo su tía Beatriz durante una comida.

Alexandra dejó el vaso sobre la mesa.

—¿De qué?

Su tía hizo un gesto vago.

—De encontrar a alguien. No puedes cerrarte así.

—Ahora no quiero.

—Eso dices porque te fue mal.

Alexandra miró a su madre. Ella no intervino. No hizo falta.

—Sí —respondió Alexandra—. Me fue mal. Y puedo decidir qué hacer con mi vida mientras encuentro cómo estar mejor.

Su tía cambió de tema.

Alexandra terminó de comer sin disculparse.

⁂

Arturo llegó a una de las capacitaciones de la empresa un miércoles de agosto. Alexandra tenía treinta y seis años.

Él trabajaba como ingeniero en una firma que instalaría nuevos equipos en varias sedes. Había ido a impartir parte de la formación técnica y traía una mochila, una computadora y una carpeta con hojas que se habían doblado en el trayecto.

Alexandra lo encontró frente a la puerta del salón.

—¿Arturo?

Él se volvió.

—Sí. Espero haber llegado al edificio correcto.

—Eso depende de si viene a hablar de mantenimiento o a vender aspiradoras.

Arturo sonrió.

—Mantenimiento. Pero puedo improvisar lo otro si hace falta.

Ella le abrió la puerta.

Revisaron el proyector y la distribución del espacio. Arturo pidió que movieran dos sillas para que una persona con muletas pudiera sentarse sin atravesar toda la fila.

Alexandra lo miró.

No había notado todavía a aquel participante.

Hizo el cambio.

La jornada transcurrió sin problemas.

Arturo explicaba despacio, aceptaba preguntas y no hacía sentir torpe a quien necesitaba que repitiera algo.

Al terminar, una de las asistentes derramó café sobre la mesa.

Él apartó los cables y fue por papel. Alexandra agradeció aquella reacción práctica.

Nada más.

⁂

Volvieron a coincidir la semana siguiente.

Arturo llegó antes para revisar unos equipos. Alexandra estaba en el salón acomodando carpetas.

—¿Otra vez yo? —dijo él.

—El proveedor insiste en mandarlo.

—Presentaré una queja contra mí.

Ella se rio.

Mientras él encendía la computadora, hablaron del tráfico y de una cafetería cercana que siempre estaba llena.

Arturo preguntó si valía la pena.

—El pan sí. El tiempo de espera, no —respondió Alexandra.

—Entonces hay que ir sin hambre.

Ella asintió y regresó a sus carpetas.

Cuando terminó la jornada, él permaneció junto a la puerta.

—Voy por un café. ¿Quiere acompañarme?

Alexandra levantó los ojos.

El tratamiento formal que había conservado durante la capacitación le produjo una sonrisa.

Después llegó la cautela.

—Tengo trabajo pendiente.

—Otro día, entonces.

Arturo no intentó negociar.

Se despidió y salió.

Alexandra lo vio cruzar el pasillo.

Le había resultado agradable hablar con él.

No quiso convertirlo en nada más.

⁂

Arturo volvió a invitarla dos semanas después.

Esta vez estaban en la recepción, esperando que terminaran de imprimir unos documentos.

—Ya probé el pan —comentó.

Alexandra recordó la conversación.

—¿Y?

—Tenía razón. Valía la pena.

—¿Cuánto esperó?

—Veinte minutos. Llevaba hambre. No seguí las instrucciones.

Ella sonrió. Arturo sostuvo la carpeta contra el cuerpo.

—Si tiene un rato cuando salga, podemos ir.

Alexandra miró la hora.

Terminaba en veinte minutos.

Podía decir que no.

No había una razón urgente para aceptar, pero tampoco la encontró para rechazarlo.

—Un café —dijo.

Arturo asintió.

—Un café.

⁂

Se sentaron junto a una ventana.

Al principio hablaron del trabajo. Después Arturo contó que vivía cerca de un parque donde corría algunas mañanas y que llevaba meses intentando cultivar albahaca sin éxito.

Alexandra le hizo preguntas. Él respondía sin convertir cada detalle en una hazaña.

Cuando mencionó a su hermana, sacó el teléfono para enseñarle una fotografía de su sobrino con una maceta casi tan grande como él.

Alexandra observó la imagen.

El gesto fue sencillo.

También le hizo recordar cuántas vidas había conocido únicamente por palabras, sin un rostro que las acompañara.

Apartó aquella comparación.

Arturo guardó el teléfono.

—Creo que hablamos demasiado de mí.

—No tanto.

—Entonces cuénteme algo suyo.

Alexandra sostuvo la taza.

—Organizaba bodas.

Él esperó, atento.

—Ahora hago otro tipo de eventos.

—¿Le gustan más?

Ella pensó antes de responder.

—Me gusta poder volver a hacerlo.

Arturo asintió.

No le pidió que explicara todo lo que contenía aquella frase.

⁂

Al salir, comenzó a lloviznar.

Alexandra buscó un paraguas pequeño en el bolso. Arturo se apartó para que pudiera abrirlo.

—Mi coche está aquí cerca —dijo ella.

—Yo camino hacia el otro lado.

Él se quedó unos segundos frente a ella.

—Me gustaría volver a verla.

Alexandra sintió que el cuerpo se le tensaba.

No por desagrado.

Había disfrutado la tarde más de lo que esperaba.

—No estoy buscando una relación —respondió.

Arturo no sonrió ni trató de quitar importancia a lo que había dicho.

—Está bien.

Ella lo observó.

—Lo digo en serio.

—Le creo.

La respuesta la dejó sin defensa por un instante.

Arturo se acomodó la mochila.

—Gracias por el café, Alexandra.

Se alejó hacia la esquina, bajo la lluvia ligera.

Ella permaneció junto a la puerta.

No había insistido.

No le había prometido cambiarle la vida.

Ni siquiera había pedido una explicación.

Alexandra abrió el paraguas y caminó hasta su coche.

Durante el trayecto volvió a pensar en la tarde, en el niño de la fotografía y en la facilidad con que había reído.

Al llegar a casa encontró un mensaje.

Espero que hayas llegado bien. Buenas noches.

Lo leyó mientras dejaba las llaves sobre la mesa.

Después respondió.

Sí. Buenas noches, Arturo.

Por primera vez en mucho tiempo, escribir el nombre de un hombre no le produjo de inmediato dolor.

Lo que sintió fue miedo.

Y algo más que todavía no quiso nombrar.