Capítulo 16 de 25
Alguien que se quedaba
Arturo dejó de escribirle durante cinco días. Alexandra lo notó el segundo.
No había motivos para sentirse decepcionada. Ella misma había dicho que no buscaba una relación. Él había aceptado, sin exigirle que cambiara de opinión.
Aun así, el jueves por la noche revisó el teléfono antes de acostarse.
No había ningún mensaje suyo.
El viernes volvió a hacerlo.
Se molestó consigo misma.
No quería regresar a aquella costumbre de medir la importancia que tenía para alguien por la frecuencia con que aparecía su nombre en una pantalla.
El sábado, mientras desayunaba, abrió la conversación.
Escribió:
La albahaca necesita menos agua de la que uno cree.
Lo leyó y estuvo a punto de borrarlo.
Después lo envió.
Arturo respondió veinte minutos más tarde con una fotografía de una maceta.
La planta parecía vencida.
La mía necesita un milagro.
Alexandra se rio.
Tal vez empieza por dejar de ahogarla.
¿Aceptas venir a emitir un diagnóstico? Ofrezco café.
Ella sostuvo el teléfono con ambas manos.
No respondió enseguida.
⁂
Se encontraron en una cafetería el domingo.
Alexandra no quiso ir todavía a su casa. Arturo lo entendió y llevó fotografías de la planta desde tres ángulos distintos.
—Preparé el expediente —dijo, poniendo el teléfono sobre la mesa.
Ella miró las imágenes con seriedad fingida.
—Necesitamos hablar de sus prácticas de riego.
Arturo apoyó los codos en la mesa.
—Estoy dispuesto a colaborar con la investigación.
Aquella facilidad para bromear la sorprendía. No porque él fuera especialmente ingenioso, sino porque Alexandra descubría que todavía podía reír sin revisar lo que venía después.
Hablaron casi dos horas.
Al salir, ella se detuvo junto a su coche.
—No quiero confundirte.
Arturo la miró.
—Dime.
—Me gusta verte. Pero no sé si puedo empezar algo.
Él guardó las manos en los bolsillos.
—Podemos seguir conociéndonos. Y si en algún momento no quieres, me lo dices.
Alexandra observó su rostro.
—¿Así de sencillo?
—Que lo digamos puede ser sencillo. Sentirlo, quizá no.
La respuesta no le ofrecía una seguridad imposible.
Por eso permaneció pensando en ella durante el camino a casa.
⁂
Se vieron de nuevo.
A veces tomaban café. Otras caminaban por un parque y Arturo le enseñaba las rutas que usaba para correr.
Alexandra empezó a contarle cosas que no había planeado.
Le habló de su madre, de la universidad y de la primera boda que organizó en el patio de su abuela.
Arturo escuchó la historia del muñeco sin zapato.
—Espero que hayan considerado accesibilidad para el novio —comentó.
Ella se rio.
Después se quedó callada.
La imagen de aquella niña todavía le producía ternura, pero también una tristeza difícil de explicar.
Arturo no llenó el silencio.
Siguieron caminando.
⁂
Una noche, Alexandra le preguntó directamente si estaba casado.
Estaban en un restaurante pequeño. Él había mencionado un viaje que haría a Monterrey por trabajo y el miedo llegó antes de que pudiera detenerlo.
—No —respondió Arturo.
—¿Tienes pareja?
—No.
Ella bajó la vista. Él esperó unos segundos.
—¿Hay algo que necesites saber?
Alexandra apretó la servilleta entre los dedos.
—Me han mentido sobre eso.
Arturo dejó los cubiertos.
No cambió de expresión para mostrar una indignación que ella tuviera que agradecer.
—Lo siento.
Alexandra asintió.
—No quiero contarlo todo hoy.
—No tienes que hacerlo.
Ella levantó la mirada.
—Y no quiero que me digas que contigo va a ser diferente.
Arturo la observó con cuidado.
—Puedo responder lo que me preguntes. Lo demás tendrás que ir viéndolo.
Alexandra sintió alivio.
También sintió temor.
Conocer la verdad no era lo mismo que saber creerla.
⁂
El primer beso ocurrió después de seis semanas.
Arturo la acompañó hasta la puerta de su edificio. Habían cenado con una pareja de amigos de él, una invitación que Alexandra aceptó después de pensarlo varios días.
En la mesa nadie preguntó qué eran.
Arturo la presentó por su nombre y contó que había coordinado las capacitaciones donde se conocieron. Su amigo le hizo preguntas sobre su trabajo. La conversación siguió sin convertirla en una visitante que necesitara justificar por qué estaba allí.
Ahora, frente al edificio, Alexandra buscaba las llaves.
—Me gustaron tus amigos —dijo.
—A ellos les gustaste tú.
Ella sonrió. Arturo permaneció a una distancia tranquila.
Alexandra levantó el rostro.
Fue ella quien se acercó.
El beso la hizo sentir consciente de sus manos, de la respiración de él y del tiempo que había pasado desde la última vez que deseó algo sin arrepentirse antes de hacerlo.
Arturo la abrazó cuando ella se pegó a su cuerpo.
Después se separaron despacio.
Él apoyó la frente en la suya.
—Tenía ganas de besarte.
Alexandra cerró los ojos.
—Yo también.
⁂
La intimidad llegó un mes después.
Alexandra lo invitó a su departamento para cenar. Arturo llevó una ensalada y un postre que había comprado en una panadería recomendada por su hermana.
Durante la comida hablaron de una reunión que ella estaba organizando.
Luego recogieron la mesa juntos.
En la cocina, Arturo le rozó la mano. Alexandra se volvió y lo besó.
No quiso apartarse.
Cuando llegaron a la sala, él se detuvo.
—¿Quieres que me quede?
Ella asintió.
Después sintió la necesidad de decir algo más.
—Sí quiero. No estoy haciendo esto para que te quedes después.
Arturo la miró.
—Lo entiendo.
—Y no quiero que mañana pienses otra cosa de mí.
A él se le borró la sonrisa.
No por desagrado. Por la seriedad de lo que acababa de escuchar.
—Alexandra, lo que tú quieras conmigo no me hace respetarte menos.
Ella sintió que las lágrimas llegaban sin aviso. Arturo no intentó besarla para interrumpirlas.
Se sentó a su lado.
—Podemos dejarlo aquí.
Alexandra negó y se limpió el rostro.
—No quiero dejarlo. Solo necesitaba decirlo.
Él le tomó la mano.
Esperó.
Cuando ella volvió a besarlo, ya no estaba tratando de adelantarse a una decepción.
Estaba allí.
Hablaron de protección y de sus necesidades con naturalidad.
Arturo fue atento sin convertir el cuidado en una demostración. Alexandra pudo expresar lo que le gustaba, cambiar de idea sobre algo y reírse cuando sus movimientos se volvieron torpes.
No encontró en él aquella sorpresa que otros habían usado después como una acusación.
La deseaba.
Eso era todo lo que parecía significar.
Al terminar, Arturo la abrazó.
Ella permaneció despierta un buen rato.
Cada vez que él se movía, una parte de su cuerpo se preparaba para verlo levantarse, buscar la ropa y explicar que tenía que irse.
Arturo se acomodó sobre la almohada.
—¿Puedo apagar la lámpara?
Alexandra asintió. Él la apagó.
Después volvió a rodearla con un brazo.
⁂
Por la mañana, ella despertó primero.
Arturo dormía boca arriba, con una mano junto al rostro. Alexandra lo miró sin moverse.
Seguía allí, dormido, sin haber convertido el amanecer en una urgencia de la que ella quedara excluida.
Su teléfono estaba sobre el buró. La pantalla se encendió con una notificación, y ella sintió de inmediato el impulso de mirar.
Se incorporó un poco.
No alcanzó a leerla.
Volvió a acostarse, avergonzada de aquella vigilancia que no sabía detener.
Arturo despertó minutos después.
Al verla, sonrió.
—Buenos días.
Ella contestó. Él se acercó y la besó con la misma ternura de la noche anterior.
Luego preguntó si tenía café.
Alexandra se rio.
—Eso sí.
Desayunaron juntos.
Arturo quemó la primera tanda de pan y quiso retirarla antes de que ella se diera cuenta.
—Puedo ver el humo —dijo Alexandra.
Él abrió la ventana y admitió que se había distraído. Discutieron dónde poner la tostadora para no tropezar con el cable. La escena no tuvo nada de extraordinario y, precisamente por eso, Alexandra pudo quedarse en ella: un error pequeño no había terminado en una acusación ni en una despedida apresurada.
Arturo le contó que su hermana lo había invitado a comer el domingo.
—Puedes venir, si quieres.
Alexandra dejó la taza sobre la mesa. Él notó el cambio.
—No tienes que decidir ahora.
Ella lo observó.
Habían pasado poco más de tres meses desde aquel primer café.
No llevaba años esperando.
Nadie le estaba pidiendo que aceptara un lugar pequeño hasta que llegara una fecha mejor.
—Me gustaría —respondió.
Arturo sonrió.
Y Alexandra tuvo miedo precisamente porque empezó a creerle.
⁂
Conoció a su hermana, Laura, el domingo siguiente.
La recibió con un abrazo y le preguntó si comía picante antes de servirle.
El niño de la fotografía apareció con una pieza de juguete en la mano y pidió a Arturo que le ayudara a encajarla.
Durante la comida, Laura habló de asuntos familiares que Alexandra no comprendía todavía. Nadie bajó la voz por su presencia ni evitó nombres.
Arturo la incluyó cuando fue necesario y dejó que participara a su ritmo.
Después, mientras él lavaba unos platos, Laura se quedó con ella en la mesa.
—Me da gusto conocerte —dijo.
Alexandra sonrió.
—Igualmente.
No hubo un examen sobre su pasado.
Ni preguntas sobre cuántos hombres habían existido antes.
Laura le ofreció otro poco de postre y le contó que su hermano siempre compraba demasiado.
Alexandra aceptó.
Por un rato se permitió sentir que aquella casa también podía abrirse para ella.
⁂
A Griselda se lo contó por teléfono.
Su amiga escuchó la historia con una atención que ya no era la de antes, pero que Alexandra había aprendido a valorar.
—¿Cómo te sientes con él? —preguntó.
Alexandra pensó.
—Bien.
—Eso es bueno.
Hubo una pausa.
—Y asustada —añadió.
Griselda no intentó tranquilizarla enseguida.
—Puedes sentir las dos cosas.
Alexandra miró hacia la ventana.
La planta que había comprado años antes necesitaba una maceta más grande.
Había seguido creciendo mientras ella esperaba no volver a necesitar a nadie.
Esa noche, Arturo llegó después del trabajo.
Alexandra le abrió y recibió el beso con que la saludó. Él dejó una bolsa sobre la mesa.
—Encontré la tierra que me dijiste. Ahora falta que supervises el cambio de maceta.
Ella sonrió.
Cenaron.
Después Arturo se quedó dormido un momento en el sofá, con la cabeza sobre su hombro.
Alexandra le acarició el cabello.
Lo quería.
La certeza apareció sin una frase solemne ni un acontecimiento especial.
Lo quería allí, cansado, confiado, compartiendo una noche cualquiera.
Al reconocerlo, sintió un dolor breve debajo del pecho.
No era algo que Arturo hubiera hecho.
Era el miedo de descubrir cuánto podría perder.
Su teléfono vibró sobre la mesa. Él abrió los ojos, tomó el aparato y respondió un mensaje de trabajo.
Alexandra vio su expresión distraída.
Durante un instante volvió a estar en otras habitaciones, frente a otros hombres.
Arturo dejó el teléfono.
—¿Todo bien?
Ella asintió.
Le apoyó la cabeza en el hombro y cerró los ojos.
No le contó que acababa de empezar a temerle a la felicidad.