Capítulo 17 de 25
La puerta abierta
La primera discusión con Arturo empezó por una llamada perdida.
Alexandra lo había buscado al salir del trabajo. Quería contarle que la empresa aprobó el presupuesto de un encuentro regional que ella coordinaría durante el verano.
Arturo no respondió.
Media hora después envió un mensaje.
Estoy en una revisión técnica. Te llamo cuando salga.
Alexandra lo leyó mientras caminaba hacia el estacionamiento.
No había nada extraño en la respuesta. Conocía el proyecto en el que él trabajaba y sabía que ese día revisarían una instalación.
Aun así, al subir al coche sintió un malestar que no se fue durante el trayecto.
Al llegar a casa, volvió a llamarlo.
El teléfono sonó hasta enviarla al buzón.
Alexandra dejó las llaves sobre la mesa.
Se dijo que podía estar lejos del aparato, usando protección auditiva o hablando con un cliente. Había explicaciones suficientes. Las pensó una tras otra sin conseguir creer en ninguna.
Cuando Arturo llamó, cerca de las nueve, ella llevaba una hora sentada en el sofá.
—Perdón —dijo él—. Se alargó todo. ¿Qué pasó?
Alexandra miró la ventana oscura.
—Nada.
—¿Estás bien?
—Sí.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—No suenas bien.
Ella apretó el teléfono.
—Te llamé dos veces.
—Lo vi al salir. Por eso te estoy llamando.
Su tranquilidad la irritó. Parecía no comprender el esfuerzo que había hecho para no escribirle un mensaje acusatorio, para no buscar su ubicación, para no imaginar otra mujer.
—Podrías haber contestado.
—No tenía el teléfono conmigo.
Alexandra cerró los ojos.
Era una explicación razonable.
También se parecía a muchas otras que había escuchado.
⁂
Arturo fue a su departamento aquella noche. Ella no se lo pidió. Él preguntó si quería verlo y Alexandra, después de unos segundos, dijo que sí.
Cuando abrió la puerta, no lo besó.
Arturo dejó la mochila junto a una silla.
—¿Qué está pasando?
Alexandra cruzó los brazos.
—No sé.
Él permaneció de pie frente a ella.
—Entonces podemos empezar por lo que sí sabes.
La frase no sonó impaciente. Eso la hizo sentirse peor.
—Cuando no contestas, pienso que estás con alguien.
Arturo bajó la mirada un instante.
Después volvió a mirarla.
—No estaba con nadie.
—Ya sé.
—¿Lo sabes?
Alexandra sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Quiero saberlo.
Él se sentó en el sofá y dejó espacio para ella. Alexandra permaneció cerca de la puerta.
Durante un rato hablaron desde esos dos lugares.
Ella contó lo que no había contado antes: la boda de Rafael, la recepción que coordinó para Fernando y el jardín donde encontró a Alfredo esperando a Griselda.
Lo hizo sin detenerse demasiado en los insultos ni en las frases que los hombres habían usado después. Le costaba pronunciar lo que todavía sentía alojado dentro de ella.
Arturo escuchó.
No se levantó para abrazarla hasta que ella terminó.
Cuando Alexandra se sentó a su lado, él le tomó la mano.
—Entiendo por qué te asustas —dijo—. Pero no sé cómo hacer que nunca tengas miedo.
Ella miró sus dedos.
—No te lo estoy pidiendo.
—Lo sé. Solo necesito que podamos hablar de esto sin que cada retraso se convierta en algo que tengo que demostrar.
Alexandra levantó la cabeza.
Por primera vez, Arturo estaba diciendo algo que también necesitaba.
Le dolió, pero no era injusto.
⁂
Esa noche acordaron cosas sencillas.
Si una jornada iba a alargarse, él se lo avisaría cuando pudiera. Si Alexandra empezaba a sentirse mal, intentaría decirlo antes de pasar horas en silencio.
Arturo no le ofreció contraseñas ni acceso permanente a su teléfono. Ella tampoco lo pidió.
Al día siguiente estuvo a punto de llamarlo tres veces para comprobar que había llegado al trabajo. Escribió en una hoja qué temía, esperó diez minutos y llamó una sola vez para contarle lo del encuentro regional. No se sintió tranquila de inmediato, pero logró hablarle de algo suyo sin convertir la conversación en una prueba. El acuerdo necesitaba acciones como aquella para existir fuera del sofá.
Sabía que comprobar una vez no impediría la siguiente duda.
Antes de dormir, Arturo la abrazó.
Alexandra apoyó el rostro en su pecho.
—No quiero convertirte en alguien de quien tenga que protegerme.
Él le acarició la espalda.
—Entonces no me dejes fuera cuando estés tratando de hacerlo.
Ella asintió.
Creyó que podría.
⁂
Hubo semanas buenas.
Arturo conoció a su madre y llegó con pan porque Alexandra le había contado que a ella le gustaban las conchas de una tienda del centro.
En la comida habló poco al principio. Después ayudó a recoger la mesa y se quedó conversando sobre un problema eléctrico de la casa.
Su madre lo despidió con naturalidad.
No hubo una aprobación solemne. Al día siguiente solo le dijo a Alexandra:
—Me pareció amable.
Ella guardó aquella frase como algo que no debía forzar.
También conoció a Griselda durante una visita.
Se encontraron en una cafetería. Arturo conocía el engaño de Alfredo y el silencio de Alexandra antes de la boda; ella se lo había contado durante la discusión. Ignoraba, en cambio, muchas conversaciones de la reconciliación. Alexandra le explicó que seguían recuperando la cercanía y le pidió que dejara a Griselda decidir cuánto quería hablar de aquello.
Él trató a Griselda con el mismo respeto sencillo que mostraba a otras personas.
Al despedirse, su amiga miró a Alexandra.
—Me dio gusto verte reír.
Aquella noche, ella lloró un poco mientras se lavaba los dientes.
No estaba triste.
No sabía todavía qué hacer cuando alguien le señalaba que podía estar bien.
⁂
Arturo empezó a quedarse varios días por semana.
Dejó una camisa en el armario y un cepillo de dientes en el baño. Alexandra le hizo espacio sin que él se lo pidiera.
A veces despertaba durante la madrugada y lo encontraba dormido a su lado.
Le gustaba escuchar su respiración.
También había noches en que esa presencia le parecía demasiado importante.
Pensaba que si él se iba, tendría que aprender otra vez a dormir sin esperar el ruido de las llaves.
De día evitaba aquella idea.
Se concentraba en sus planes: el encuentro regional, una visita a su madre, la maceta que finalmente habían cambiado juntos.
La albahaca de Arturo empezó a crecer.
Él le mandaba fotografías con orgullo. Alexandra respondía bromeando sobre su recuperación.
La vida podía ser así de pequeña y agradable.
Por eso el miedo encontraba cada vez más cosas que amenazar.
⁂
En junio, Arturo le entregó una llave.
Estaban saliendo de su departamento. Alexandra buscaba el bolso cuando él la llamó.
—Quería darte esto.
La dejó sobre la palma de su mano.
Ella observó el metal.
—¿Para qué?
Arturo sonrió.
—Para que puedas entrar.
Alexandra no sonrió. Él lo notó y se quedó quieto.
—No tienes que usarla —añadió—. Ni significa que tengas que mudarte.
Ella cerró los dedos.
—Ya sé.
Pero durante el camino sostuvo la llave dentro del bolsillo, consciente de su peso.
Hasta entonces siempre había podido pensar que conservaba una puerta propia, un lugar al que volver si las cosas salían mal.
Arturo no le estaba quitando nada.
Le estaba abriendo otro espacio.
A Alexandra le resultó difícil distinguir la invitación del riesgo.
⁂
Volvió a hablar de esos temores en terapia.
—Todo está bien y yo sigo esperando algo —dijo.
La psicóloga le preguntó qué esperaba.
Alexandra miró hacia el suelo.
—Una llamada que no pueda explicar. Un nombre. Una mujer que aparezca.
—¿Ha ocurrido algo que te haga pensar que Arturo te oculta una relación?
Ella negó.
—Entonces quizá necesitas prestar atención a cuándo llega esa expectativa.
Alexandra lo intentó.
Descubrió que el miedo no aparecía solamente cuando él estaba lejos.
A veces llegaba después de una tarde especialmente feliz.
Después de hacer el amor.
Cuando Arturo hablaba de un viaje para el año siguiente.
Cuando ella se sorprendía imaginando su ropa junto a la de él.
En esos momentos, una parte de su mente empezaba a buscar la manera de salir antes de necesitarlo demasiado.
⁂
Arturo le habló de matrimonio una noche de julio.
No tenía un anillo ni había preparado una escena.
Estaban cenando en la cocina. Alexandra contaba que una compañera organizaría una celebración pequeña con su pareja.
Él escuchó y después preguntó:
—¿Tú todavía quisieras casarte algún día?
Alexandra dejó el tenedor.
—No sé.
Arturo asintió.
—Está bien.
Ella lo miró.
—¿Tú sí?
—Sí. Si construyo algo con alguien y los dos queremos, me gustaría.
Alexandra sintió una presión debajo de las costillas. Él continuó:
—No te estoy pidiendo una respuesta ahora.
—¿Lo estás pensando conmigo?
Arturo sostuvo su mirada.
—Sí.
La palabra llegó sin evasivas.
Alexandra había esperado una respuesta así durante años.
Ahora la escuchaba del hombre que conocía a su madre, la presentaba ante sus amigos y dejaba su teléfono sobre la mesa sin vigilar quién podía verlo.
Y no consiguió sentirse segura.
⁂
Esa noche se quedaron juntos.
Arturo la besó antes de apagar la luz. Alexandra se volvió hacia él y lo abrazó con una fuerza que lo hizo preguntar si estaba bien.
—Sí —respondió.
Lo amaba.
No había encontrado una forma de decirlo que explicara todo lo que sentía. Lo amaba en los momentos fáciles y también cuando tenía que reconocer que estaba siendo injusta.
Lo amaba porque no la avergonzaba por desearlo.
Porque podía reírse con él.
Porque una mañana cualquiera, con la cocina desordenada, le parecía un lugar donde quería estar.
Pero mientras Arturo dormía, Alexandra empezó a pensar que aquella pregunta sobre matrimonio podía ser el principio de otra espera.
Se dijo que los otros también habían sido tiernos.
Después recordó las diferencias.
Las cenas con amigos.
La llave.
Su familia.
Repasó esos hechos como quien intenta sujetar una puerta que el viento empuja desde afuera.
⁂
Días después, una compañera le habló de una vacante en otra ciudad.
Era un puesto de coordinación administrativa en Puebla. Mejor sueldo, más responsabilidades y ayuda parcial para la mudanza.
Alexandra pidió que le enviara la información.
Al principio lo pensó como una posibilidad profesional.
Leyó las funciones, revisó el salario y actualizó su currículum.
Después imaginó un departamento donde Arturo nunca hubiera estado.
Una calle por la que él no pasara.
Un teléfono que no sonara con su nombre.
La idea le produjo tristeza.
También alivio.
Eso fue lo que más la asustó.
Cuando Arturo llamó aquella noche, ella tenía el formulario abierto en la computadora.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó él.
Alexandra miró la casilla donde debía escribir por qué quería cambiar de empleo.
—Bien —respondió—. Un poco ocupado.
No le habló de la vacante.
Más tarde, cuando terminaron la llamada, envió la solicitud.
Se quedó mirando la confirmación en la pantalla.
Todavía no había decidido irse.
Pero acababa de encontrar una salida.
Y, por primera vez desde que conoció a Arturo, estaba guardando algo de su vida para que él no pudiera verlo.