Capítulo 18 de 25

Antes de que ocurriera

La entrevista para el puesto en Puebla duró cuarenta y cinco minutos.

Alexandra la hizo desde su departamento, con la computadora colocada sobre dos libros para que la cámara quedara a la altura de sus ojos.

Le preguntaron por su experiencia administrativa, por los encuentros que había coordinado y por su disponibilidad para cambiar de residencia.

Respondió sin dificultad.

Cuando la entrevistadora quiso saber por qué deseaba mudarse, Alexandra habló de crecimiento profesional.

No era mentira.

El puesto ofrecía un sueldo mejor y tareas que le interesaban. Quería creer que habría enviado la solicitud incluso si Arturo no existiera.

Lo que no podía asegurar era si habría sentido tanta urgencia por aceptar.

Al terminar, cerró la computadora.

Arturo había dejado un mensaje durante la llamada.

Laura pregunta si vamos a comer el domingo.

Alexandra lo leyó varias veces.

Respondió que sí.

Aquella comida fue agradable.

El sobrino de Arturo había aprendido a montar en bicicleta y quería que todos vieran un video que su madre grabó en el parque.

Alexandra se sentó a su lado.

El niño le explicó cada parte de la grabación aunque fuera evidente.

Arturo los miraba desde la cocina, con una jarra de agua entre las manos.

Más tarde, Laura preguntó si tenían planes para diciembre.

—Yo quiero ir a visitar a una amiga —respondió Alexandra.

—Podríamos organizarlo —dijo Arturo.

Lo dijo con naturalidad.

Alexandra sonrió.

Por dentro, sin embargo, volvió a sentir aquella presión que aparecía cuando él colocaba un mes futuro delante de ambos.

No había hecho nada para asustarla.

La estaba incluyendo.

Ese pensamiento no consiguió tranquilizarla.

⁂

La oferta llegó un martes.

Le dieron una semana para responder y cinco para incorporarse.

Alexandra leyó el correo en la oficina.

Después fue al baño y se miró en el espejo.

Tenía treinta y siete años. Ya no era la muchacha que había corrido bajo la lluvia para impedir una boda. Había aprendido a trabajar, a vivir sola y a reconocer una petición humillante antes de aceptarla.

Pero seguía sintiendo que amar a alguien le quitaba la posibilidad de protegerse.

Se mojó las manos.

Al regresar al escritorio, abrió el correo otra vez.

Escribió que aceptaba.

No llamó a Arturo.

⁂

Se lo contó a su madre dos días después.

Habían ido a caminar y se sentaron en una banca cuando empezó a hacer calor.

—Me ofrecieron trabajo en Puebla.

Su madre la observó.

—¿Lo quieres?

Alexandra asintió.

Explicó las funciones, el sueldo y la ayuda para la mudanza.

Su madre escuchó hasta el final.

—¿Arturo qué dice?

Ella apartó la mirada.

—Todavía no lo sabe.

—¿Por qué?

Alexandra arrancó una esquina de la etiqueta de la botella que llevaba.

—Porque no quiero que me convenza de quedarme.

Su madre permaneció callada.

—¿Crees que lo haría?

Alexandra no respondió de inmediato. Arturo nunca le había pedido que renunciara a algo por él.

La había ayudado a preparar presentaciones. Le preguntaba por las oportunidades nuevas y celebraba sus logros sin tratar de volverlos pequeños.

—No sé —dijo.

Su madre la miró con tristeza.

—Entonces habla con él antes de decidir lo que va a hacer.

Alexandra guardó la botella en el bolso.

No prometió nada.

En terapia llevó la oferta impresa.

Habló del departamento que había empezado a buscar y de la posibilidad de vivir cerca del trabajo.

La psicóloga escuchó.

—¿Quieres mudarte o quieres alejarte de Arturo?

Alexandra se quedó mirando la hoja.

—Las dos cosas.

Decirlo en voz alta le produjo vergüenza.

—No quiero esperar a que me haga lo mismo.

—¿Lo mismo que quién?

Ella levantó los ojos.

Sabía que no necesitaba repetir los nombres.

La psicóloga esperó.

—Él dice que quiere casarse conmigo —susurró Alexandra.

—¿Y tú qué sientes cuando lo escuchas?

—Que no puede ser verdad.

La respuesta salió antes de que pudiera modificarla.

Después lloró.

No porque Arturo hubiera mentido. Porque una parte de ella había dejado de admitir que una promesa podía ser honesta.

⁂

Arturo notó que se estaba alejando. Alexandra contestaba más tarde, cancelaba encuentros y parecía distraída incluso cuando estaban juntos.

Una noche, mientras recogían la cena, él dejó un plato sobre la mesa.

—¿Hay algo que no me estás diciendo?

Ella siguió acomodando los cubiertos.

—Estoy cansada.

—Lo sé. Pero también estás lejos.

Alexandra sintió el impulso de hablarle de Puebla.

Podía hacerlo allí, con la luz de la cocina encendida y él esperando una respuesta.

En cambio, negó.

Arturo no insistió de inmediato.

Terminó de limpiar y se sentó frente a ella.

—Si necesitas espacio, dímelo. Si hay algo que hice, también.

Alexandra bajó la cabeza.

—No hiciste nada.

Él la observó durante unos segundos.

—Entonces no me dejes adivinando.

Aquella frase la acompañó hasta la madrugada.

⁂

La despedida ocurrió un viernes, en su departamento.

Alexandra había guardado las cajas de mudanza dentro del cuarto donde tenía archivos y materiales. Arturo llegó con una bolsa de pan y una película que llevaba días proponiendo.

Ella lo dejó entrar.

No preparó café.

Arturo notó que había retirado algunos libros del estante.

—¿Estás ordenando?

Alexandra asintió.

Después se sentó en el sofá.

—Necesito terminar contigo.

Él permaneció de pie.

La bolsa hizo un ruido leve cuando la dejó sobre la mesa.

—¿Qué?

Alexandra levantó la mirada.

—No puedo seguir.

Arturo se sentó frente a ella.

—¿Por qué?

Había ensayado frases que sonaban firmes. En aquel momento ninguna resistió el rostro de él.

—No puedo confiar.

Arturo bajó los ojos.

Cuando volvió a hablar, lo hizo despacio.

—¿Hay algo que te haya ocultado?

Ella negó.

—¿Crees que estoy con otra persona?

Alexandra se llevó una mano a la boca.

—Creo que algún día va a pasar.

Él permaneció inmóvil.

La respuesta lo dejó sin una discusión posible.

No podía mostrarle una prueba de todo lo que nunca haría.

—No puedo prometerte que no vamos a discutir o que nunca voy a equivocarme —dijo—. Sí puedo decirte cómo estoy viviendo ahora. No tengo otra relación. Quiero estar contigo.

Alexandra apretó la costura del cojín. Entendía la diferencia, pero estaba buscando una certeza que ninguna persona podía ofrecerle. Cuando Arturo le propuso hablar con alguien juntos, ella ya había convertido la mudanza en una salida de emergencia y no sabía volver a mirarla como una opción entre otras.

⁂

—Te amo —dijo Arturo.

Alexandra empezó a llorar.

—Yo también.

Él respiró hondo.

—Entonces no entiendo por qué tenemos que terminar.

Ella se abrazó a sí misma.

—Porque cada vez te quiero más.

Arturo la miró con dolor.

No había reproche en su expresión. Eso hizo más difícil sostener la decisión.

—Podemos buscar ayuda —propuso—. Podemos hablar con alguien juntos, si tú quieres.

Alexandra negó.

—No quiero seguir esperando el golpe.

Arturo apoyó los codos en las rodillas.

Durante un rato no dijo nada.

Luego se incorporó un poco.

—No sé cómo responder a algo que todavía no ocurrió.

Ella cerró los ojos.

Sabía que era verdad.

También sabía que podía retractarse. Podía tomarle la mano y pedirle que se quedara.

La posibilidad estuvo a unos centímetros.

No la eligió.

⁂

Arturo se levantó después de casi una hora.

No había conseguido convencerla y no quiso convertir la conversación en una presión que ella tuviera que resistir.

Recogió la chamarra.

Alexandra fue hasta el cajón donde guardaba su llave.

Se la entregó.

Él miró el metal sobre su palma.

—¿Puedo escribirte en unos días?

Ella tardó en responder.

—No sé.

Arturo asintió con la vista baja.

En la puerta se volvió.

—Si esto es lo que quieres, voy a respetarlo. Pero necesito que sepas que no estoy esperando a otra mujer.

Alexandra sintió un sollozo en la garganta. Él continuó:

—Contigo estaba construyendo mi vida.

Después salió.

Ella no cerró enseguida.

Escuchó sus pasos hasta que dejó de oírlos.

⁂

Durante la semana siguiente, Arturo mandó dos mensajes.

El primero preguntaba cómo estaba.

El segundo decía que, si aceptaba, quería hablar una vez más antes de dar por terminada la relación.

Alexandra los leyó de madrugada.

No respondió.

Había empezado a soñar que él se casaba con otra mujer. En el sueño no distinguía el rostro de la novia, pero reconocía la sonrisa de Arturo.

Despertaba con el pecho dolorido.

Sabía que era un sueño.

Aun así, cada mensaje suyo le parecía la posibilidad de volver a un lugar del que todavía podía huir.

Lo bloqueó.

Después hizo lo mismo con las redes sociales.

Sentada en la cama, se quedó mirando la pantalla vacía.

No sintió alivio inmediato.

Sintió una pérdida que ella misma había elegido.

⁂

La mudanza ocurrió al final del mes.

Alexandra vendió algunos muebles y pidió ayuda a su madre para guardar lo que no podía llevarse.

Cambió de número de teléfono cuando contrató un servicio nuevo. Solo lo compartió con su familia, Griselda, Patricia y las personas necesarias para el trabajo.

Pidió a quienes la conocían que no dieran su dirección.

Griselda la escuchó por teléfono.

—¿Quieres que no sepa dónde estás?

—Sí.

Su amiga guardó silencio.

—¿Te hizo algo?

Alexandra cerró una caja.

—No.

Al decirlo, lloró otra vez.

Griselda no fingió que aquello tenía sentido para ella.

—No voy a darle tu dirección —respondió—. Pero necesitas seguir hablando de lo que te está pasando.

Alexandra asintió. Su amiga no podía verla.

⁂

En Puebla, el departamento olía a pintura reciente.

La primera noche durmió sobre un colchón colocado en el suelo. Las cajas ocupaban casi toda la habitación.

Al día siguiente fue a una peluquería.

Pidió que le oscurecieran el cabello y que lo cortaran por encima de los hombros.

Cuando terminó, se miró durante un rato.

La mujer del espejo seguía siendo ella.

No había conseguido desaparecer de sí misma.

⁂

Arturo fue a su antiguo edificio una semana después.

Había llamado sin obtener respuesta. Pensó que quizá ella necesitaba más tiempo, pero quiso dejarle una carta donde explicaba lo que no pudo decir durante la despedida.

La persona de vigilancia le informó que ya no vivía allí.

Arturo miró hacia la ventana del departamento.

Estaba abierta.

Un trabajador movía una escalera dentro.

Preguntó si habían dejado alguna dirección.

No había ninguna.

Guardó la carta en el bolsillo.

Aquella noche llamó a Laura y le contó, por primera vez, que Alexandra se había ido.

⁂

A cientos de kilómetros, Alexandra ordenó los platos en un armario nuevo.

Encontró la taza que Griselda le había regalado después de su viaje de bodas y la colocó cerca de la ventana.

Después sacó un libro.

Dentro estaba un papel donde Arturo había anotado una dirección para cenar.

Su letra la detuvo.

Alexandra se sentó en el suelo y sostuvo la hoja entre las manos.

Podía buscarlo.

Todavía conocía su número.

Sabía dónde vivía.

La distancia no había hecho imposible regresar. Solo había vuelto más fácil continuar escondiéndose.

Guardó el papel dentro del libro.

Esa noche lloró en un lugar donde Arturo no podía encontrarla.

Había llegado antes que la traición que temía.

Y el dolor estaba allí de todos modos.