Capítulo 19 de 25

Los años sin respuesta

Arturo conservó la carta dentro de su mochila durante casi un mes.

La había escrito después de la última conversación con Alexandra, cuando todavía creía que podrían encontrarse y hablar sin el miedo sentado entre los dos.

No era una carta larga.

Le decía que la amaba, que no había otra mujer y que estaba dispuesto a buscar ayuda con ella. También reconocía algo que le había costado aceptar: no podía convencerla de quedarse si estar con él se había vuelto una amenaza para ella.

La última frase la había cambiado tres veces.

Si algún día quieres hablar, aquí estoy.

Ahora el sobre tenía las esquinas dobladas.

Arturo lo encontraba al buscar documentos para el trabajo, lo apartaba y volvía a guardarlo.

No sabía dónde enviarlo.

⁂

Buscó a Alexandra sin saber cómo hacerlo.

Primero llamó al número que conocía. La grabación le informó que estaba fuera de servicio.

Después escribió al correo que ella usaba para cuestiones personales. No recibió respuesta.

En sus redes sociales, el perfil ya no aparecía.

Arturo acudió una vez a la oficina donde Alexandra había trabajado. Le dijeron que había renunciado, pero no compartieron información sobre su nuevo empleo.

Él agradeció y salió.

En la calle permaneció unos minutos junto al coche.

No estaba acostumbrado a querer encontrar a alguien que había decidido esconderse de él.

La diferencia entre buscarla y perseguirla le parecía cada vez más difícil de sostener.

Llamó a Griselda dos semanas después.

Solo habían hablado unas pocas veces desde que Alexandra los presentó. Arturo tenía su número porque ella había creado un grupo para organizar una cena.

Griselda contestó al final de la jornada. Él explicó que Alexandra se había marchado y que no sabía si estaba bien.

Al otro lado hubo un silencio.

—Está bien —respondió ella finalmente.

Arturo cerró los ojos.

Había esperado aquellas palabras sin darse cuenta de cuánto las necesitaba.

—¿Puedes decirle que quiero hablar con ella?

Griselda respiró despacio.

—Puedo decírselo.

—No necesito que me des su dirección. Solo que sepa que…

Se detuvo.

No sabía cómo resumir todo lo que había intentado poner en la carta.

—Que sigo aquí.

Griselda no prometió más.

Antes de cortar, añadió:

—Sé que esto te está doliendo.

Arturo miró hacia la cocina vacía.

—No entiendo qué hice.

Su voz salió más baja de lo que esperaba.

Griselda tardó en responder.

—Creo que ella tampoco está pudiendo separar lo que pasó antes de lo que estaba pasando contigo.

Arturo apoyó una mano en la mesa.

Aquella explicación no lo hizo sentirse menos abandonado.

Alexandra recibió el mensaje de Griselda una tarde en Puebla.

Estaba comprando recipientes para su cocina cuando el teléfono vibró.

Arturo me llamó. Quiere hablar contigo. Dice que sigue ahí.

Se quedó frente a un estante de vasos.

Había pasado poco más de un mes desde la despedida.

Todavía podía imaginar su rostro sin esfuerzo, recordar el olor de su camisa y escuchar la manera en que decía su nombre al despertar.

Escribió:

No puedo.

Griselda respondió:

¿No puedes o no quieres?

Alexandra leyó la pregunta.

Guardó el teléfono sin contestar.

Esa noche, ya en casa, escribió un mensaje más largo. Decía que lo amaba, que no había dejado de pensar en él y que precisamente por eso no podía volver.

No lo envió.

Borró todo.

Al final respondió únicamente:

Por favor, no le digas dónde estoy.

⁂

El trabajo nuevo le exigió más de lo que esperaba.

Había personal que no quería cambiar sus rutinas y proveedores que habían aprendido a aprovechar la falta de seguimiento. Alexandra llegó con un calendario, una lista de pendientes y una voluntad de concentrarse que a veces se parecía a la desesperación.

Aprendió nombres.

Revisó contratos.

Organizó jornadas que terminaban después de las ocho.

Sus compañeros empezaron a buscarla para resolver problemas. Le gustó sentirse útil en un lugar donde nadie conocía sus antiguas heridas.

En la oficina era la mujer que podía poner orden.

En casa, algunas noches, no conseguía abrir una caja.

Dentro de una seguían los libros que había llevado desde su departamento anterior.

Sabía cuál contenía el papel escrito por Arturo.

Lo evitó durante semanas.

⁂

Al acercarse diciembre, Arturo compró dos entradas para un concierto.

Lo hizo por costumbre.

Había visto el anuncio y recordado que Alexandra mencionó alguna vez a aquella cantante. Solo después de completar la compra se dio cuenta de que estaba haciendo planes con una persona que ya no podía llamar.

Dejó las entradas sobre el escritorio.

Laura las encontró durante una visita.

—¿Vas a ir?

Arturo se encogió de hombros.

Su hermana miró la segunda.

No hizo preguntas innecesarias.

—Puedo acompañarte.

Él asintió.

Durante el concierto no dejó de pensar en Alexandra. En algunos momentos imaginaba lo que habría dicho ella al escuchar una canción. Después se obligaba a volver la mirada hacia el escenario.

Laura no intentó distraerlo todo el tiempo.

Al salir caminaron juntos hasta el estacionamiento.

—Puedes extrañarla sin quedarte esperando todos los días —dijo.

Arturo sostuvo las llaves entre los dedos.

—Todavía creo que va a llamar.

Su hermana le tomó el brazo.

No le dijo que dejara de creerlo esa noche.

⁂

Al cumplirse un año de la ruptura seguían sin una conversación ni ninguna señal de Alexandra. Ella tenía treinta y ocho años. Arturo ya había comprendido que insistir no cambiaría el límite que le habían puesto; lo que aún no sabía era cómo dejar de esperarla.

Arturo le escribió una vez más antes de su cumpleaños.

No mencionó la relación. Solo deseó que estuviera bien.

El correo volvió.

La cuenta ya no existía.

Se quedó mirando el aviso.

Después cerró la computadora.

Hasta entonces, cada intento fallido todavía dejaba una pequeña posibilidad. El mensaje podía estar esperando en alguna carpeta. Ella podía necesitar más tiempo. Podía leerlo meses después.

Ahora también había cerrado aquella puerta.

⁂

En Puebla, Alexandra pasó su cumpleaños con dos compañeras de trabajo.

Comieron en un restaurante pequeño y compartieron un postre que llegó con una vela.

Ella sonrió para la fotografía.

Al volver a casa llamó a su madre y habló con Griselda.

Arturo no fue mencionado.

No porque hubiera dejado de importar, sino porque Alexandra había aprendido a llevar su nombre por dentro sin pronunciarlo.

Guardó el teléfono y se sentó a quitarse los zapatos.

A sus treinta y ocho años, la vida nueva ya tenía una forma.

Un empleo.

Una ruta al supermercado.

Un vecino que saludaba cada mañana.

Había conseguido alejarse.

Lo que todavía no conseguía era sentirse a salvo de sus recuerdos.

⁂

Arturo buscó noticias durante el segundo año de una manera más dispersa.

Si alguien mencionaba a una antigua compañera de Alexandra, preguntaba si sabía cómo estaba. Revisaba de vez en cuando las páginas públicas de agencias de eventos, pensando que tal vez habría vuelto a trabajar en lo que le gustaba.

Una tarde creyó reconocerla en una fotografía de un congreso.

La mujer estaba de perfil y llevaba el cabello corto.

Arturo abrió la imagen.

No era ella.

La cerró despacio.

Después comprendió que llevaba varios minutos intentando encontrar a Alexandra dentro de un rostro ajeno.

Aquella noche volvió a sacar la carta de la mochila.

La puso en una caja, junto a una fotografía que tenían de una caminata.

No la rompió.

Pero dejó de llevarla a todas partes.

⁂

Alexandra regresó a su ciudad de origen para visitar a su madre en abril.

No se lo dijo a nadie más.

Durante el trayecto pensó que podía encontrarse con Arturo en cualquier esquina. La posibilidad la asustaba y la atraía con la misma fuerza.

Evitó pasar cerca de su edificio.

Una tarde, sin embargo, tomó una calle que conocía demasiado bien.

La cafetería donde habían hablado de la albahaca seguía abierta.

Alexandra redujo el paso.

Vio a varias personas junto a la ventana.

Ninguna era él.

Entró y pidió un café para llevar.

Mientras esperaba, imaginó que Arturo aparecía por la puerta. Pensó en lo que diría, en la sorpresa de verlo, en la posibilidad de pedir perdón.

Cuando le entregaron el vaso, salió de inmediato.

No había ido a buscarlo.

Pero durante todo el camino a casa sintió que acababa de perder otra oportunidad.

⁂

Durante el tercer año después de la ruptura, cuando Alexandra rondaba los cuarenta, Arturo dejó de preguntar.

No ocurrió en una fecha concreta.

Simplemente pasó un mes sin revisar páginas. Luego dos.

Seguía pensando en Alexandra, pero empezó a hacer planes que no incluían la posibilidad de que regresara antes de cumplirlos.

Aceptó un proyecto largo.

Cambió algunos muebles.

Volvió a correr con regularidad.

Una noche, Laura lo invitó a una cena y él dijo que sí antes de buscar una excusa.

No conocía a todas las personas que asistirían.

Tampoco le preocupó demasiado.

Aquella disposición pequeña fue el principio de algo que todavía no podía llamar una vida nueva.

⁂

La cena se hizo en casa de una amiga de Laura.

Había ocho personas, una mesa estrecha y demasiados platos para acomodarlos sin que alguien sostuviera uno sobre las piernas.

Arturo ayudó a mover una silla.

Al sentarse, una mujer a su lado le preguntó si él también trabajaba con la anfitriona.

—No. Vine por mi hermana.

Ella señaló a Laura, que discutía en la cocina sobre la cantidad de sal.

—Entonces eres el hermano del que habla.

Arturo sonrió.

—Depende de qué haya dicho.

La mujer se rio.

—Cosas buenas. Puedes estar tranquilo.

Se llamaba Andrea.

Hablaron de trabajo, de una película que ninguno había entendido por completo y de la dificultad de encontrar un departamento donde las paredes no dejaran pasar todas las conversaciones de los vecinos.

Andrea tenía una manera cálida de escuchar. No le exigía ocurrencias ni intentaba llenar cada silencio. Arturo se sintió cómodo.

Al terminar la cena, ella se puso una chaqueta y se despidió.

Él no le pidió el número.

No estaba preparado.

Pero cuando Laura preguntó, camino a casa, si la había pasado bien, respondió que sí.

Era la primera vez en mucho tiempo que lo decía sin sentir que estaba traicionando un recuerdo.

⁂

Esa misma noche, Alexandra abrió por fin el libro donde guardaba el papel de Arturo.

Lo encontró entre dos páginas.

La dirección del restaurante seguía allí, escrita con trazos inclinados.

Debajo había una anotación que no recordaba:

Reservé a las ocho. Paso por ti.

Alexandra acarició la tinta con el pulgar.

Pensó en llamar.

Todavía sabía el número.

Lo marcó en la pantalla, dígito por dígito.

No pulsó el botón.

Después de tantos años, imaginó que él estaría enfadado, que habría rehecho su vida o que ya no querría escucharla.

Borró los números.

Cerró el libro y lo sostuvo contra el pecho.

Esa noche Arturo había conocido a Andrea, pero Alexandra no tenía noticias de él. Volvió a guardar el papel. Había conservado su número todos esos años y aun así seguía tratando el regreso como un camino que alguien más debía abrirle.