Capítulo 19 de 20
Allí fue donde vivió
Las gafas estaban junto al costurero.
Amara las encontró debajo de una servilleta y volvió a sentarse. En el suelo, Alma intentaba unir dos piezas que no encajaban. Nico había abierto su bolsa sobre el sillón y buscaba el cargador de su dispositivo.
—¿Esta es la que necesitas para la escuela? —preguntó ella, levantando la revista.
Su nieto miró de paso.
—Sí. La del observatorio nuevo.
Amara examinó la portada.
El planeta parecía envuelto en una bruma oscura. Había una franja azul visible entre las nubes y una extensión parda que ocupaba buena parte de la imagen.
Leyó el título.
LAS IMÁGENES DEL UMBRAL: EL MUNDO QUE NO PUDIMOS SALVAR.
Debajo aparecía una frase en letras más pequeñas.
La primera reconstrucción de una civilización humana fuera de Eirea revela el final de su historia.
Amara sostuvo la revista con ambas manos.
Durante un momento creyó haber leído mal.
Volvió al principio.
* * *
—¿Abuela?
Alma le mostraba una construcción inclinada.
Amara levantó los ojos.
—Te quedó muy alta.
—Es una torre.
—Ya veo.
La niña regresó a sus piezas.
Amara abrió la revista por el índice.
Las páginas le rozaron los dedos. Encontró el artículo y tuvo que alisar el centro para que permaneciera abierto.
Había fotografías de científicos, un esquema del observatorio orbital y varias imágenes del planeta.
Una mostraba un océano.
Otra, una superficie cubierta por formas geométricas que el pie de foto identificaba como restos de una ciudad.
Amara empezó a leer.
* * *
El proyecto Umbral había logrado obtener información de regiones del universo que, hasta pocos años antes, solo podían estudiarse mediante la luz que había viajado durante millones de años.
La revista explicaba el nuevo método con dibujos.
Amara los observó sin comprender del todo.
El sistema utilizaba enlaces microscópicos del espacio detectados por una red de satélites. A través de ellos podían recibirse imágenes y señales por un trayecto mucho más corto que el recorrido ordinario de la luz. Los instrumentos no podían elegir una fecha a la que asomarse: cada enlace recogía una secuencia continua de un lugar remoto.
El observatorio había recibido primero el estado reciente del planeta. Después descifró archivos que habían seguido emitiéndose desde un satélite automático, alimentado por una fuente de energía independiente de las ciudades. El archivo contenía mapas, calendarios, grabaciones y documentos anteriores a la catástrofe. No eran fotografías tomadas desde Eirea durante la guerra, sino registros conservados por los propios habitantes de aquel mundo. El procedimiento seguía siendo inestable. No permitía enviar materia ni había hecho posible el transporte de personas.
La distancia física continuaba allí.
Millones de años luz.
Amara volvió a mirar la imagen de la portada, ahora reproducida sobre dos páginas.
El artículo decía que el mundo pertenecía a una galaxia distante y orbitaba una estrella de luz amarilla.
Tenía un satélite natural.
Uno.
Amara dejó de respirar durante un instante.
* * *
Buscó la frase siguiente.
Sus ojos avanzaban más deprisa de lo que conseguía entender.
Era el tercer planeta de su sistema.
En los registros recuperados aparecían océanos, vegetación, animales y ciudades habitadas por seres humanos.
Los investigadores habían logrado reconstruir parte de sus lenguas y reconocer nombres conservados en emisiones antiguas.
La población había llamado a su estrella Sol.
Amara sintió una presión detrás de los ojos.
Debajo, destacado en un recuadro, estaba el nombre del planeta.
TIERRA.
La revista empezó a temblarle entre las manos.
* * *
Durante unos segundos no estuvo en su sala.
Vio una rama trazando círculos sobre la tierra.
La mano de Elian.
La manera en que se había quedado callado antes de pronunciar aquella palabra.
Tierra.
Amara se llevó una mano a la boca.
Había pasado más de medio siglo buscando el nombre en páginas, catálogos y noticias. Lo había escrito tantas veces que llegó a temer que hubiera sido solo una palabra dentro de un sueño.
Ahora estaba impreso.
Con letras negras.
Debajo de una fotografía.
Volvió a leerlo.
Tierra.
No desapareció.
* * *
—Nico.
Su voz apenas salió.
El muchacho levantó la cabeza.
—¿Qué?
Amara intentó formular una pregunta.
No pudo.
Señaló la revista.
Él se acercó y se inclinó sobre su hombro.
—Es el descubrimiento del que te dije. Lo publicaron esta semana.
Amara levantó la mirada hacia él.
—¿Esta semana?
—La noticia completa. Habían dado adelantos, pero faltaba confirmar cosas.
Nico tomó una esquina de la página para mostrarle un esquema.
—Aquí explican por qué las primeras imágenes llegaban con tanto retraso. Ahora reciben también los archivos que dejó un satélite de ese planeta.
Amara asintió sin apartar los ojos del nombre.
Su nieto continuó:
—Es complicado. La maestra dijo que el enlace funciona como una abertura diminuta, pero no como un túnel para naves.
Ella le sujetó suavemente la muñeca.
—Déjame leer un momento.
Nico se quedó mirándola.
Después asintió y regresó al sillón.
* * *
Amara buscó el comienzo de la sección siguiente.
EL COLAPSO DE LA CIVILIZACIÓN TERRESTRE.
El texto describía un intercambio de armas nucleares.
Las primeras explosiones habían destruido grandes áreas urbanas. Después llegaron incendios, contaminación y alteraciones prolongadas del clima.
El artículo distinguía entre la destrucción de la civilización y el estado de la vida restante. Los registros confirmaban el colapso de las ciudades y de las redes de comunicación; las observaciones recientes no habían identificado comunidades humanas supervivientes. Los mares y los continentes mostraban daños enormes en sus ecosistemas. Los autores evitaban afirmar que hubiera desaparecido hasta el último organismo: sus instrumentos no permitían demostrarlo.
Amara tuvo que detenerse.
Miró hacia la ventana.
El jardín estaba lleno de luz.
Una hoja se movía junto al cristal.
Desde el suelo llegó el pequeño ruido de dos piezas encajando.
Se obligó a volver a la página.
* * *
Había una cronología.
Los científicos habían convertido las fechas de los registros terrestres al calendario de Eirea. Para relacionar ambos tiempos emplearon la demora medida del enlace, los relojes del satélite y fenómenos astronómicos fechados en sus archivos. La equivalencia no era perfecta: habían delimitado una ventana de ocho días de Eirea para el comienzo del intercambio nuclear.
La comparación aparecía en dos columnas. El margen estaba señalado debajo, junto a una advertencia: las fechas permitían reconstruir una catástrofe colectiva, no conocer el destino de cada persona.
Amara recorrió la lista.
Reconoció el año antes de llegar al último acontecimiento.
Su mano se cerró sobre el borde de la revista.
En aquel año había cumplido veintidós.
En aquel año había sembrado el sendero.
En aquel año Elian había dejado de venir.
Leyó el mes.
Después recorrió los ocho días que abarcaba el intervalo.
Sintió que el suelo se alejaba de sus pies.
* * *
Se levantó con dificultad.
La revista cayó abierta sobre el sillón.
Nico se incorporó.
—¿Estás bien?
Amara se apoyó en el respaldo.
—Sí. Voy a buscar una cosa.
Caminó hasta su habitación.
Cada paso le exigía una atención extraña. No quería tropezar. No quería que sus nietos se asustaran.
Abrió el armario.
La caja de los cuadernos estaba en una repisa baja desde que le resultaba difícil alcanzar las de arriba.
La sacó y se sentó sobre la cama.
No tuvo que buscar mucho.
Había cambiado varias veces los papeles de sitio, pero sabía dónde estaba el último cuaderno de aquellos meses.
Lo abrió.
* * *
Lo llamaron y despertó primero.
Debajo estaba la fecha.
Amara pasó la página.
No vino. Contarle lo de las semillas.
La siguiente.
Dejé la puerta abierta.
Miró las anotaciones hasta que las letras dejaron de distinguirse.
Entonces regresó a la sala con el cuaderno contra el pecho.
Nico la observó en silencio.
Amara recogió la revista, la colocó sobre la mesa y abrió la cronología.
Puso el cuaderno a su lado.
La primera noche de ausencia quedaba dentro de aquel intervalo. También la última vez que lo había visto.
La revista no decía dónde había muerto Elian ni podía demostrar que él estuviera entre las víctimas. Pero la coincidencia reunía lo que Amara había conservado por separado: las noticias, los cortes de luz, la bolsa de Clara y el sonido que lo hizo despertar. Por primera vez tenía una explicación apoyada en algo exterior a sus recuerdos.
* * *
El llanto llegó sin fuerza al principio.
Una lágrima cayó sobre la página y Amara la retiró enseguida con el borde de la manga.
Después llegó otra.
Quiso detenerse para seguir leyendo, pero ya no podía.
Recordó a Elian levantando la cabeza.
El sonido que ella no reconoció.
Creo que me están llamando.
Durante años había imaginado que alguien pronunciaba su nombre desde el pasillo.
Clara.
Vera.
Ahora no sabía qué había oído.
Una llamada.
Una alarma.
Algo que lo había obligado a despertar.
Amara apretó el cuaderno contra sí.
—No dejaste de quererme —susurró.
La frase se quebró en su boca.
* * *
Nico se acercó.
Alma dejó las piezas y fue detrás de él.
—Abuela, ¿por qué lloras?
Amara levantó la cara.
Los dos la miraban preocupados.
Quiso decirles que acababa de encontrar un lugar. Que dentro de aquellas fotografías estaba la respuesta a una pregunta que había envejecido con ella.
Pero no supo cómo empezar.
Se limpió las mejillas y forzó una sonrisa pequeña.
—Se me metió una basurita al ojo.
Alma miró a su hermano.
—En los dos.
Amara soltó una risa breve entre lágrimas.
Nico le acercó un pañuelo.
Ella lo tomó y le acarició la mano.
—Gracias, mi amor.
* * *
Cuando los niños regresaron a sus cosas, Amara continuó leyendo.
Había una imagen reconstruida de la Tierra anterior a la guerra.
El azul era más intenso.
Las nubes, claras.
En otra página aparecía una selección de palabras recuperadas de los archivos de aquella civilización.
Entre ellas estaba España.
Amara apoyó un dedo sobre el nombre.
Todavía recordaba cómo lo había escrito Elian sobre la tierra húmeda.
Buscó Valnera, pero no estaba.
No importó.
La forma de la costa en el mapa pequeño le resultó conocida.
La había dibujado tantas veces.
* * *
Pensó en Clara.
En las flores de su jardín.
En Vera cubriendo a su hermano con una manta mientras dormía en una silla.
En el taller.
La escalera.
La ventana de la cocina.
Durante décadas había recordado un hombre.
Ahora comprendía que también había perdido, sin saberlo, a todas las personas que le daban forma a su vida.
Se inclinó sobre la revista.
Lloró por una madre que había guardado una caja porque comprendió que era importante para su hijo.
Por una muchacha que tenía exámenes y planes.
Por las puertas que nadie habría terminado de recoger.
* * *
Después abrió otra vez el cuaderno.
Encontró la noche en que había hablado con rabia frente a la silla vacía.
No había escrito todo lo que dijo, pero lo recordaba.
Pudiste decírmelo.
Amara cerró los ojos.
Había necesitado creer que él podía elegir.
Había convertido la ausencia en abandono algunos días porque aquello le permitía enfadarse con alguien.
Se llevó la mano al pecho.
—No lo sabía —murmuró.
Miró la fotografía.
—Elian, no lo sabía.
No esperaba que la página le devolviera una respuesta.
Pero continuó hablándole.
Le contó que había esperado.
Que lo había buscado.
Que había vivido.
* * *
Mara llegó poco antes de comer y encontró a su abuela junto a la ventana.
Amara ya había cerrado el cuaderno.
La revista permanecía sobre su regazo.
—¿Qué lees?
Ella levantó la vista.
Durante un instante tuvo ante sí a su nieta y, detrás, todos los años que la habían llevado hasta aquella tarde.
—Una noticia muy antigua —respondió.
Mara miró la portada.
—Pero esa revista es nueva.
Amara asintió.
—Sí.
Su nieta le besó la frente y fue a saludar a los demás.
Amara volvió a bajar los ojos.
* * *
En el margen del artículo aparecían las coordenadas del sistema.
Una sucesión de cifras y signos que no sabía interpretar.
Las contempló largo rato.
Allí había una ubicación.
Después de tantos mapas vacíos, de tantos nombres que nadie reconocía, el lugar existía en una página que otras personas también podían leer.
Amara pasó los dedos junto a las cifras.
Luego los llevó hasta la fotografía.
—La Tierra —dijo en voz baja—. Allí fue donde vivió el amor de mi vida.
Se quitó las gafas.
Las dejó sobre el cuaderno.
Por primera vez desde la última noche del lago, no se preguntó por qué Elian no había regresado.
Miró aquel mundo herido y lloró por la posibilidad, al fin tan clara, de que Elian hubiera querido volver y no hubiera podido.