Capítulo 20 de 20
El viaje que no termina
Amara esperó a que sus nietos terminaran de comer para pedir las tijeras.
Nico las buscó en el cajón de la cocina y se las entregó junto con un pegamento que ella no había solicitado.
—Por si vas a pegar algo.
Amara sonrió.
—Gracias.
La revista permanecía abierta sobre la mesa, lejos de los vasos y de las migas. Había elegido la fotografía más grande: el planeta oscuro, una curva azul bajo las nubes, el pequeño satélite apenas visible cerca del borde.
Recortó despacio.
Sus dedos ya no tenían la firmeza de antes y debió detenerse varias veces para corregir la dirección. Nico se acercó.
—¿Quieres que lo haga yo?
—Ya casi termino.
Él sostuvo la página para ayudarla.
Al acabar, Amara dejó las tijeras y levantó la imagen.
Era liviana.
Le sorprendió que aquel lugar, tan difícil de encontrar durante toda una vida, cupiera ahora entre sus manos.
* * *
Pegó la fotografía sobre una cartulina.
En el reverso escribió el nombre.
Tierra.
Después añadió las coordenadas que aparecían en el artículo.
No sabía leerlas, pero quería conservarlas completas.
Nico la observaba desde el otro lado de la mesa.
—¿Por qué te interesa tanto?
Amara dejó el lápiz.
Podía contarle algo. Una parte, al menos.
—Hace muchos años conocí a alguien que hablaba de ese lugar.
Su nieto frunció el ceño.
—¿De ese planeta?
Ella asintió.
Nico miró la fotografía y luego a su abuela.
Tenía preguntas. Amara lo vio prepararse para hacerlas.
Pero Alma llamó desde el suelo porque su torre acababa de derrumbarse y necesitaba que alguien sostuviera la base.
El muchacho se levantó.
—Luego me cuentas.
Amara le acarició el brazo al pasar.
—He guardado unos cuadernos. Algún día pueden leerlos.
* * *
La tarde transcurrió entre piezas de construcción, fruta y conversaciones.
Amara se sentó con ellos en el jardín.
Escuchó a Mara hablar de un proyecto de estudios y a Nico discutir sobre los límites de los nuevos observatorios. Alma reunió hojas caídas y las ordenó por tamaños sobre el banco.
El mismo banco que Darío había construido tantos años antes seguía en el sendero.
Habían cambiado algunas tablas.
Otras conservaban marcas antiguas.
Amara pasó una mano por el asiento.
Pensó en su esposo y en la paciencia con que había cuidado aquel lugar. Lo extrañaba.
La noticia de la Tierra no borraba los años junto a él.
Había amado a sus hijos. Había cuidado a Darío durante su enfermedad. Había tenido días de alegría que no necesitaban justificarse ante nadie.
Le habría gustado poder decirle que ya sabía.
Que aquel silencio contra el que ambos habían vivido tenía una explicación.
* * *
Al caer la tarde llegaron Lía y Tomás.
Encontraron a su madre junto a la ventana, con la fotografía sobre las rodillas y Alma dormida a su lado.
—Te agotaron —dijo Tomás.
Amara sonrió.
—Se portaron bien.
Lía recogió la manta que había resbalado hasta el suelo y cubrió a la niña.
Después miró a su madre con atención.
—¿Estuviste llorando?
Amara se tocó una mejilla.
—Un poco.
Su hija esperó.
Ella señaló la imagen.
—Encontré algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Lía se sentó en el brazo del sillón.
Conocía la caja de madera con la llave azul. Había visto los cuadernos. Sabía que hubo una persona antes de su padre, alguien de quien Amara hablaba pocas veces y siempre con el mismo cuidado.
Miró la fotografía.
No hizo preguntas delante de los niños.
En cambio, apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre.
Amara le besó el cabello.
* * *
Antes de marcharse, Nico volvió a abrazarla.
Ya era más alto que ella. Al inclinarse, tuvo que apartar la revista para no doblarla.
—Te la dejo.
—La necesitas para la escuela.
—Ya tengo las imágenes en mi dispositivo.
Amara le dio las gracias.
Mara la abrazó después. Alma quiso llevarse una flor del jardín y terminó eligiendo una hoja porque le pareció más bonita.
Hubo voces en la entrada, bolsas olvidadas y un regreso apresurado por un zapato que estaba debajo del sillón.
Amara permaneció junto a la puerta hasta que todos subieron a sus vehículos.
Lía fue la última en despedirse.
—Te llamo mañana.
—Aquí estaré —respondió Amara por costumbre.
Su hija le acomodó el cuello de la blusa.
—Descansa.
Amara le sostuvo la mano un momento.
—Estoy contenta de haberte tenido.
Lía sonrió, conmovida.
—Yo también de tenerte.
* * *
Cuando la casa quedó en silencio, Amara recogió los vasos.
Lavó solo lo necesario y dejó el resto para la mañana.
Después fue a su habitación.
Sacó la caja de los cuadernos y los colocó sobre la mesa. Los ordenó desde el primero, el que tenía el nombre de Elian escrito con urgencia, hasta el último, donde las visitas al lago aparecían separadas por meses.
Añadió la revista.
Sobre una hoja limpia escribió:
Para Lía y Tomás.
Permaneció un rato con el lápiz entre los dedos.
Luego continuó.
Todo lo que pude recordar está aquí. No necesitan comprenderlo enseguida. Yo tardé muchos años.
Dejó la hoja sobre la tapa.
No estaba preparando una despedida.
Solo quería que, si alguna vez sus hijos abrían aquellos cuadernos, supieran por dónde empezar.
* * *
En el cajón encontró la llave azul.
La pintura estaba desgastada donde la tocaba con el pulgar.
Amara la sostuvo frente a la lámpara y sonrió al recordar a Elian señalando el defecto de la suya.
Esa parte me quedó mal.
—La mía también —murmuró.
La devolvió a la caja pequeña.
Después tomó la fotografía.
Sentada al borde de la cama, recorrió con los ojos las nubes oscuras, el océano y las regiones cuya forma apenas podía distinguir.
Allí había amanecido mientras ella dormía.
Allí una mujer había regado flores.
Allí un hombre había trabajado con las manos y guardado una llave porque pensaba en ella.
Amara acercó la imagen a su pecho.
* * *
Se cambió despacio y apagó la luz.
No sentía un malestar distinto del que había aprendido a reconocer en los últimos meses.
Estaba cansada después de un día largo. Tomó la medicación de la noche y dejó el avisador en su sitio, junto al vaso de agua. Lía la había llamado al llegar a casa; habían quedado en ir juntas al refugio por la mañana.
Amara quería mostrarle la cronología con más calma. Pensó que podría contarle el comienzo, la llave dentro de la granada, y dejar las otras preguntas para después. Aún tenía cosas que hacer al despertar.
Se acomodó de lado, con la fotografía entre los brazos.
Durante muchos años había intentado dormirse pronunciando un nombre para encontrar un camino.
Aquella noche no pidió nada.
Cerró los ojos.
Recordó la última vez que Elian le había dicho que la amaba y, por fin, pudo escuchar la frase sin añadirle una pregunta.
* * *
El río dejó de oírse.
Amara abrió los ojos bajo el árbol.
Lo reconoció enseguida por la raíz.
La casa se levantaba a unos pasos, completa. Había luz en la ventana y flores violetas junto a la puerta.
Amara miró sus manos.
La piel había recuperado la suavidad de su juventud. Su cabello le caía sobre los hombros, largo y dorado.
Se incorporó sin dolor.
Permaneció quieta.
Había visto demasiadas imágenes nacidas del deseo para acercarse sin miedo.
Entonces oyó un ruido dentro de la casa.
Una silla arrastrándose.
Pasos.
La puerta se abrió.
* * *
Elian se detuvo en el umbral.
Llevaba las mangas recogidas.
Amara reconoció la inclinación de sus hombros antes de verle bien el rostro. Después encontró los ojos castaños, la pequeña marca junto a la ceja y la mano que había buscado durante más de medio siglo.
Él la miró sin hablar.
Se llevó una mano a la boca.
Amara dio un paso.
—No te muevas —susurró.
Elian obedeció.
Ella avanzó despacio hasta quedar frente a él.
Le tocó la mejilla.
Sintió el calor, la leve aspereza de su piel y el movimiento con que él giraba el rostro hacia su palma.
Elian cerró los ojos.
Amara empezó a llorar.
—Pensé que ya no querías venir.
Él abrió los ojos de golpe.
—Amara…
La abrazó.
Ella se aferró a su camisa con una fuerza que creyó haber perdido muchos años atrás.
* * *
No hablaron hasta que pudieron separarse un poco.
Elian le sostuvo el rostro.
—Intenté volver.
Amara asintió entre lágrimas.
—Ahora lo sé.
Él la miró.
Ella acarició la mano junto a su mejilla.
—Encontraron tu mundo.
Elian bajó la cabeza.
Durante unos segundos pareció buscar palabras.
—Desperté y todo estaba pasando muy deprisa. Mi madre nos llamó. Vera estaba en el pasillo. Bajamos a un refugio. Esa noche no pudimos salir de la ciudad.
Elian guardó silencio antes de continuar.
—Hubo otra explosión. Estábamos juntos cuando cayó el techo. No volví a despertar en mi casa.
Se interrumpió.
Amara lo abrazó otra vez.
No necesitaba que se obligara a recorrerlo todo en aquel momento.
—Lo siento —murmuró él contra su cabello—. No pude avisarte.
Amara cerró los ojos.
Había esperado una explicación durante años. Ahora que lo tenía entre los brazos, solo quería quitarle el peso de aquella disculpa.
—No fue culpa tuya.
Elian la sostuvo con más fuerza.
—Intenté encontrar el árbol —dijo él después—. Podía recordarlo, pero no entrar donde tú estabas. Ya no había un cuerpo al que regresar. No era el mismo sueño.
Amara reconoció una pregunta que habían hecho bajo aquellas ramas, cuando aún estaban vivos los dos.
—Yo seguía llegando aquí.
—Llegabas a lo que podíamos sostener mientras dormíamos. Yo no podía volver a ese lugar desde el otro lado.
Ella miró la casa completa.
—¿Y ahora?
Elian le sostuvo la mirada.
—Ahora estás llegando más allá de donde llegabas antes.
Amara sintió miedo. Buscó por costumbre la presión lejana de la almohada, el rumor del río. Todavía distinguió un hilo tenue y se aferró a él un instante.
—No hice nada para venir —murmuró—. Pensaba ver mañana a mi hija.
—Lo sé.
Elian no tiró de ella. Esperó a que pudiera respirar.
—No has dejado tu vida para encontrarme —añadió—. La has vivido.
No le explicó todos los misterios. Le habló de lo único que había podido conocer: después de su muerte, el camino de los dos durmientes había quedado cerrado para él. Amara podía visitar el lago en sueños, pero no cruzar aún hasta donde él permanecía. Ahora reconocía el lago con otra nitidez. La casa ya no necesitaba que ella recordara cada tabla para sostenerse.
* * *
Se sentaron en el banco.
Amara le contó que había tenido dos hijos.
Dijo sus nombres y los de sus nietos. Habló de Inara, del refugio y de las flores que terminaron cubriendo el sendero.
Le habló de Darío.
Elian escuchó sin apartar la mano de la suya.
—Fue bueno conmigo —dijo ella.
Él asintió.
Amara lo miró.
—Viví muchos años.
Elian le acarició los dedos.
—Me alegra que los hayas vivido.
—¿Para ti también fueron tantos años? —preguntó Amara.
Elian miró la ventana.
—No sé contarlos como tú. No hubo mañanas que tachar ni un cuerpo que envejeciera. Recuerdo haberte perdido, intentar volver y no encontrarte. No puedo decirte que esperé cada una de tus noches.
Amara agradeció que no inventara una simetría para consolarla. Ella había atravesado aquellos años de uno en uno; él conservaba otra forma de la ausencia. Tendrían que aprender también esa diferencia.
Ella empezó a llorar de nuevo.
Esta vez no intentó detenerse.
* * *
En su habitación, muy lejos del lago, la respiración de Amara se volvió cada vez más tenue.
La fotografía permanecía sobre su pecho.
No hubo un sobresalto ni una lucha por abrir los ojos. El corazón, debilitado desde meses antes, se detuvo durante el sueño. Su cuerpo dejó de respirar mientras ella descansaba.
La primera luz de la mañana alcanzó el borde de la cama.
Junto al lago, Amara levantó la cabeza.
Algo había cambiado.
Durante todos sus viajes había sentido, aun en los momentos más hermosos, la presencia lejana de una habitación, un cuerpo, una mañana que acabaría llamándola.
Ahora no estaba.
Miró a Elian.
Él esperó.
—Ya no voy a despertar allí —dijo ella.
La tristeza llegó suave, acompañada por los rostros de sus hijos.
Elian le sostuvo ambas manos.
Amara pensó en Lía encontrándola. En Tomás abriendo los cuadernos. Le dolió imaginar su llanto.
Después recordó que los había abrazado.
Que los había querido.
Que había vivido con ellos hasta el último día.
Se apoyó en Elian y dejó que aquel dolor también tuviera un sitio.
* * *
Más tarde entraron en la casa.
La mesa conservaba su marca oscura.
Había dos sillas junto a la ventana.
Elian abrió la pequeña caja de madera y sacó una llave azul.
Amara soltó una risa entre lágrimas.
—No la arreglaste.
Él negó.
—Me lo pediste.
Ella tomó la llave.
Pasó el pulgar sobre la imperfección de la pintura y luego le devolvió la mano.
Afuera, el agua llegaba suavemente a la orilla.
Amara esperó por costumbre el tirón que siempre anunciaba la despedida.
No llegó.
Elian le apartó un mechón de la cara.
—¿Quieres salir?
Ella miró hacia el árbol, el lago y la claridad que se extendía más allá.
Tenían mucho que contarse.
Se acercó y lo besó.
Antes de salir, Amara dejó la llave sobre la mesa, con su pequeña falta de pintura.
Amara volvió a mirar la casa antes de alejarse. Durante años había necesitado recordar cada tabla para que no desapareciera. Ahora el marco de la ventana permanecía firme cuando ella apartaba los ojos.
Elian la esperaba junto al árbol. Amara fue hacia él y le tomó la mano. Más allá de las raíces, el paisaje conservaba su forma. Pudieron seguir caminando.
Ella empezó por el día en que su hija aprendió a pronunciar su nombre.
FIN