Capítulo 1 de 20

El lugar que nadie había tocado

La mañana después de dormir con un hombre cuyo apellido no recordaba, Amara bajó al río para ver salir el sol.

No sentía culpa.

Había querido besarlo. Había disfrutado sus manos, la manera en que apartaba su cabello antes de acercarse a su cuello y el acento con que pronunciaba su nombre. Se habían reído cuando una ráfaga apagó las velas de la habitación. Después, él se había quedado dormido con una facilidad que a ella le produjo una ternura breve.

Pero al despertar no había deseado abrazarlo.

Eso era lo que la entristecía.

Se quitó las sandalias antes de llegar a la orilla y las dejó sobre una piedra. El agua estaba fría. Introdujo los pies despacio, recogiendo el borde de su vestido blanco, mientras el primer resplandor del día alcanzaba las copas de los árboles.

A su espalda, ocultas entre la vegetación, las cabañas del refugio empezaban a despertar. Una puerta se cerró. Alguien arrastró una silla por un corredor. Más lejos, en la cocina, sonó la campana que anunciaba el encendido de los hornos.

Amara respiró hondo.

Inspiró contando hasta cuatro, sostuvo el aire y lo soltó lentamente.

Lo intentó otra vez.

Aquella mañana no consiguió aquietarse.

—No voy a pedirte nada —le dijo al río.

Una hoja pasó flotando junto a sus tobillos.

Amara sonrió.

—Bueno. Una cosa.

Cerró los ojos.

Había formulado el mismo deseo tantas veces que empezaba a avergonzarse de él, aunque nadie la escuchara.

Quería enamorarse.

Quería conocer la voz de alguien hasta ser capaz de advertir su tristeza en una sola palabra. Quería desear volver a casa porque una persona estuviera allí. Quería compartir el silencio sin sentir la obligación de llenarlo.

También quería el temblor de la espera, los besos largos, las manos buscándose debajo de una mesa.

No encontraba ninguna contradicción entre aquellas cosas.

—Solo quisiera reconocerlo —murmuró.

El agua siguió pasando.

* * *

El refugio se llamaba La Casa del Río.

Lo había fundado su tía Inara en una antigua propiedad de campo, a las afueras de Liria, donde los caminos se estrechaban entre huertos y las noches todavía permitían ver el cielo. Tenía doce cabañas, una cocina abierta, un salón de yoga y dos temazcales construidos con piedra oscura.

En la entrada colgaba un cordón con semillas de tres tamaños. Cada huésped anudaba una al llegar y la desataba al marcharse; nadie debía llevarse una despedida ajena. La madre de Amara había enseñado aquella costumbre a Inara, y su tía la mantenía incluso cuando los visitantes olvidaban preguntar para qué servía.

El refugio conservaba nombres antiguos para sus prácticas. El baño de piedra era la casa del vapor; las posturas y la atención a la respiración pertenecían a una disciplina que Amara había aprendido de niña. Más adelante, al conocer otras palabras para experiencias semejantes, ella pensaría en temazcales, yoga y mantras como equivalencias aproximadas. En su infancia habían tenido otros sonidos.

Los visitantes llegaban desde países que Amara conocía por sus acentos y por las historias que contaban durante la cena.

Había aprendido algunas palabras de varias lenguas, suficiente para ofrecer agua, indicar un sendero o preguntar si alguien necesitaba descansar. También había aprendido que las personas podían viajar una enorme distancia llevando exactamente la misma tristeza con la que habían salido de casa.

Ella recibía sus equipajes, organizaba las actividades y guiaba las sesiones de yoga de la mañana. Cuando había ceremonias en el temazcal, ayudaba a Inara con las mantas, las infusiones y la preparación del espacio.

Disfrutaba aquel trabajo.

Le gustaba observar cómo cambiaban los rostros después de unos días junto al río. Los huéspedes llegaban mirando aparatos, preguntando horarios, preocupándose por las cosas que habían olvidado. Después empezaban a sentarse sin hacer nada.

Algunos incluso se enamoraban.

Amara había visto nacer romances junto a la mesa de los desayunos, entre dos personas que intentaban alcanzar al mismo tiempo un cuenco de fruta.

Le parecía ligeramente injusto que el amor fuera tan distraído para los demás y tan exigente con ella.

—Tienes cara de haber dormido poco.

Inara estaba en la cocina, cortando raíces para una infusión.

Amara tomó una taza del estante.

—Dormí suficiente.

—No fue lo que dije.

Su tía alzó los ojos y la examinó con esa atención que siempre conseguía hacerla sentir de ocho años.

A sus veintiuno, Amara tenía el cabello de un dorado intenso, largo y quebrado en ondas que la humedad volvía difíciles de sujetar. Casi nunca lograba mantenerlo recogido durante toda la jornada. Algunos mechones acababan alrededor de su rostro, otros sobre los hombros, y a media mañana ya se había rendido.

Los visitantes la miraban.

Ella lo sabía.

Sabía también que su cintura, sus caderas y aquella cara que más de un huésped había comparado con la de una princesa despertaban invitaciones que a otras muchachas les costaba conseguir.

Le gustaba sentirse hermosa. Solo deseaba que alguna vez alguien, después de mirarla, sintiera curiosidad por algo que no pudiera verse.

Inara dejó el cuchillo.

—¿El de la cabaña siete?

Amara asintió.

—Damián.

—Anoche se llamaba Darien.

Amara cerró los ojos.

Su tía soltó una carcajada.

—Eso explica algunas cosas.

—No te burles.

—Me burlo un poquito. Luego se me pasa.

Amara se sirvió agua caliente.

—Fue amable conmigo.

—Me alegro.

—Y lo pasamos bien.

—También me alegro.

Inara esperó. Conocía las pausas de su sobrina.

—Pero esta mañana quería irme —confesó Amara.

Su tía volvió a cortar.

—Entonces te fuiste.

—Siempre quiero irme.

Aquello hizo que Inara levantara la vista otra vez.

Amara sostuvo la taza entre ambas manos.

—No durante la noche. Durante la noche todo está bien. Es después. Cuando empiezan a hablar de volver a vernos, de acompañarme al río, de quedarse unos días más… siento que estoy prometiendo algo si sonrío.

—Puedes decirles lo que quieres.

—Lo hago.

—Entonces quizá no has conocido a alguien con quien quieras otra cosa.

Amara miró por la ventana. Afuera, un hombre fotografiaba las flores del corredor mientras su pareja esperaba con dos platos en las manos.

—¿Y si nunca lo conozco?

Inara acercó un cuenco y dejó caer dentro las raíces.

—Tienes veintiún años.

—Lo dices como si eso me quitara las ganas.

—Lo digo para que desayunes antes de declarar perdido el resto de tu vida.

Le puso enfrente un plato.

Amara intentó seguir seria, pero no pudo.

* * *

A las nueve guio una sesión de yoga con siete visitantes.

El salón tenía el suelo de madera y cortinas claras que se movían con el aire del campo. Desde allí se escuchaba el río, aunque no pudiera verse.

Amara caminó entre las esterillas corrigiendo posturas con suavidad.

—No necesitan llegar más lejos —les recordó—. Encuentren una posición en la que puedan respirar.

Uno de los hombres se esforzaba por tocarse los tobillos. Ella le ofreció un apoyo y él la miró con una sonrisa que conocía demasiado bien.

—¿Tú practicas todos los días?

—Casi todos.

—Se nota.

Amara colocó el apoyo junto a sus manos.

—Dobla un poco las rodillas.

Al terminar, los invitó a permanecer acostados unos minutos.

Ella también cerró los ojos.

Había empezado a meditar de niña, junto a su madre, mucho antes de comprender por qué alguien querría sentarse sin moverse. En aquel tiempo se distraía contando insectos o intentando adivinar qué habría de comer.

Ahora encontraba consuelo en aquella quietud.

A veces repetía un mantra aprendido de una maestra que había pasado una temporada en el refugio. Otras veces se limitaba a seguir el aire al entrar y salir.

Ese día ocurrió algo distinto.

Mientras escuchaba el rumor de las hojas, sintió que una mano se acercaba a la suya.

No llegó a tocarla.

Fue la certeza de unos dedos detenidos a una distancia mínima, esperando.

Amara abrió los ojos.

A su derecha había una esterilla vacía.

Se incorporó apenas.

Los huéspedes continuaban acostados. Una mujer tenía una mano sobre el vientre. El hombre de los tobillos respiraba con la boca abierta.

Amara miró su propia mano.

La sensación desapareció.

—Cuando estén preparados —dijo, y tuvo que aclararse la garganta—, pueden empezar a mover los pies.

* * *

Darien la esperaba junto a la recepción después del almuerzo.

Llevaba la camisa de la noche anterior y una pequeña flor entre los dedos.

Amara sintió ternura por él, y aquella ternura empeoró las cosas.

—Te fuiste temprano —dijo.

—Me gusta ver amanecer.

Él le ofreció la flor.

—Pensé que podíamos ir al pueblo esta noche.

Amara la recibió.

Había sido claro desde el principio: permanecería en el refugio cuatro días más y luego continuaría su viaje. Ella también había sido clara. Ninguno debía nada al otro.

Aun así, decir que no nunca era tan sencillo como imaginarlo.

—Esta noche prefiero quedarme sola.

Darien asintió, pero tardó un instante.

—Entiendo.

Amara acarició el tallo con el pulgar.

—Lo de ayer fue bonito.

—Sí.

Él miró hacia el sendero, luego otra vez a ella.

—¿Hay alguien?

Amara estuvo a punto de negarlo.

Sin embargo, recordó la esterilla vacía.

La mano que no la había tocado.

—No —respondió al fin—. No hay nadie.

Darien sonrió con cierta tristeza.

—A veces parece que estás esperando que llegue una persona.

Ella no supo qué decir.

Lo vio alejarse hacia las cabañas y sintió el malestar de haber lastimado a alguien sin haber hecho nada que pudiera corregir.

Dejó la flor en un vaso con agua.

* * *

Aquella tarde ayudó a Inara a preparar el temazcal.

Comprobó las mantas, llevó agua y retiró unas ramas que obstruían el camino. El trabajo físico le hizo bien. Durante un rato dejó de pensar en Darien y en aquella pregunta.

¿Había alguien?

No.

Había imaginado hombres, desde luego. Rostros inventados a partir de una voz escuchada de paso, de unas manos, de un personaje en un libro.

Pero jamás había sentido la ausencia de una persona concreta.

Hasta ese día.

—Estás distraída —observó Inara.

Amara apoyó el cubo junto a la entrada.

—Esta mañana me pasó algo.

Su tía esperó.

—Durante la relajación sentí que había alguien acostado junto a mí.

—Había siete personas.

—Junto a mi mano.

Inara la miró con atención.

Amara se sintió ridícula antes de terminar.

—No vi nada. Fue una sensación.

—¿Te asustaste?

—No.

Eso era lo extraño.

Había abierto los ojos por sorpresa, pero durante aquellos segundos se había sentido acompañada de una forma que todavía le costaba explicar.

—Quizá estabas quedándote dormida —dijo Inara.

—Quizá.

Su tía recogió una manta.

—Anótalo, si quieres recordarlo. A veces los sueños se deshacen cuando intentamos contarlos.

Amara no insistió.

Inara creía en muchas cosas, pero nunca había considerado necesario encontrar un mensaje en todo lo que ocurría.

Aquella sensatez solía tranquilizarla.

Esa tarde la decepcionó un poco.

* * *

Por la noche llovió.

Los huéspedes cenaron bajo el techo del comedor, conversando más alto para hacerse escuchar entre el golpeteo del agua. Amara llevó platos, recogió vasos y ayudó a cerrar las cortinas cuando el viento empezó a empapar una de las mesas.

Vio a Darien hablando con una viajera.

Se alegró.

Después se preguntó si habría algo defectuoso en su manera de querer, si por eso le resultaba tan fácil sentirse aliviada cuando alguien apartaba los ojos de ella.

Terminó de trabajar poco antes de las diez.

Su habitación estaba al final de un pequeño corredor, detrás de la casa principal. Tenía una cama estrecha, una ventana hacia los árboles y una mesa donde se acumulaban cuadernos, piedras del río y libros abiertos.

Amara se soltó el cabello húmedo y se puso una prenda ligera para dormir.

Sobre la mesa encontró el cuaderno donde anotaba sus sueños.

Lo abrió.

En una página escribió:

Esta mañana sentí una mano junto a la mía.

Se quedó mirando la frase.

Luego añadió:

Quise que se quedara.

La vergüenza le calentó las mejillas, aunque estuviera sola.

Cerró el cuaderno y apagó la lámpara.

* * *

Se acostó boca arriba.

La lluvia había disminuido, pero todavía caían gotas desde el tejado. Conocía aquel sonido desde niña. Podía distinguirlo del río y del crujido de las ramas contra la pared.

Respiró despacio.

Recordó unos ejercicios de atención que había practicado otras noches: observar el cuerpo mientras se acercaba el sueño, permanecer consciente sin obligarse a seguir despierta.

Nunca estaba segura de lo que ocurría después.

Había tenido sueños tan intensos que al despertar conservaba sensaciones físicas durante varios minutos. Una vez había soñado que volaba sobre el río. Otra había visto la cocina desde un ángulo imposible, junto al techo.

No sabía si aquello era lo que algunos visitantes llamaban un viaje astral.

Le gustaba explorar sin tener que decidirlo todavía.

Dejó que el peso de sus piernas se hundiera en el colchón.

La lluvia se alejó.

Durante unos instantes continuó escuchándola, pero como si llegara desde otra habitación.

Luego sintió un leve balanceo.

Quiso mover los dedos y no estuvo segura de haberlo hecho.

El miedo apareció entonces, pequeño y rápido.

Abrió los ojos.

Ya no estaba en su cama.

Frente a ella se extendía un terreno cubierto de hierba baja. Había un árbol a pocos pasos y, más allá, una superficie de agua tan quieta que tardó en reconocerla.

Un lago.

Amara miró sus pies desnudos.

No sentía frío.

La luz era extraña: suficiente para verlo todo, aunque no encontraba el sol. El cielo tenía el color de los últimos minutos de la tarde.

—Estoy soñando —dijo.

Su voz sonó normal.

Eso la tranquilizó y la inquietó al mismo tiempo.

Caminó hacia el árbol. Tocó la corteza y sintió las rugosidades bajo la yema de los dedos.

Pensó en su cama.

En la ventana.

En el vaso que había dejado sobre la mesa.

Nada cambió.

Entonces escuchó pasos.

Un joven avanzaba por la orilla del lago.

Amara retrocedió instintivamente.

Él se detuvo en cuanto la vio.

Tendría unos años más que ella. Llevaba una camisa oscura con las mangas recogidas y tenía el cabello revuelto, como si acabara de levantarse. No parecía menos desconcertado.

Durante varios segundos se miraron sin hablar.

Después él soltó una risa nerviosa.

—Esta vez hay alguien.

Amara sintió un escalofrío.

—¿Has venido antes?

El joven asintió.

—Pero nunca había podido acercarme al árbol.

Miró el tronco que ella tenía al lado.

Luego volvió a mirarla.

—¿Tú lo pusiste ahí?

La pregunta era tan inesperada que Amara sonrió.

—No. Acabo de llegar.

Él pareció pensar en aquello con enorme seriedad.

—Yo también —dijo.

Una brisa recorrió la hierba.

Amara sintió el roce de su cabello sobre los hombros y volvió a preguntarse cómo podía sentirse tan despierta.

El joven dio un paso, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.

—Me llamo Elian.

Ella repitió el nombre en silencio.

No lo reconocía.

Y, sin embargo, algo en la forma en que él esperaba su respuesta le produjo una emoción tan súbita que tuvo que bajar los ojos.

—Amara.

—Amara —repitió él.

Elian tenía veinticuatro años, supo ella después. Aquella primera noche solo advirtió que parecía tan sorprendido como ella de encontrar una voz que contestara.

Ninguno pareció tener prisa por decir otra cosa.

A lo lejos se oyó un golpe seco.

Ella volvió la cabeza.

Por un instante vio su habitación superpuesta al lago: la ventana entreabierta, una rama moviéndose detrás del cristal.

—Creo que voy a despertarme.

Elian alargó una mano.

Amara la miró.

Era la misma cercanía que había sentido por la mañana. La reconoció antes de que sus dedos se tocaran.

Extendió el brazo.

El golpe volvió a sonar.

La ventana.

La lluvia.

El árbol empezó a perder sus bordes.

—Espera —dijo ella.

Elian alcanzó a rozarle los dedos.

* * *

Amara despertó incorporándose de golpe.

Su ventana se movía con el viento. Una de las hojas golpeaba contra el marco.

Durante un momento solo pudo escuchar su propia respiración.

Después miró la mano que tenía extendida sobre las sábanas.

La cerró despacio.

Afuera seguía lloviendo.

Buscó la lámpara, abrió el cuaderno y escribió antes de que el sueño pudiera deshacerse:

Elian.

Debajo añadió:

Había venido antes.

Volvió a la cama, pero no apagó la luz enseguida.

Por primera vez desde que podía recordar, tenía ganas de dormirse para volver a ver a alguien.