Capítulo 2 de 20

Si mañana recuerdas mi nombre

Amara volvió a dormirse con la mano fuera de las sábanas.

La dejó abierta sobre el colchón, en la misma posición en que había despertado, como si aquel gesto pudiera ayudarla a encontrar el camino de regreso.

Pero esa noche no volvió al lago.

Soñó con huéspedes que llegaban sin equipaje y con una escalera que terminaba antes de alcanzar el piso superior. Cuando abrió los ojos, el sol ya dibujaba una franja sobre la pared.

Buscó el cuaderno.

Elian.

El nombre seguía allí, escrito con la urgencia de la madrugada.

Amara pasó un dedo sobre las letras. Recordaba sus mangas recogidas, el cabello oscuro, la forma en que se había detenido al verla retroceder. Sin embargo, no conseguía precisar el color de sus ojos.

Aquello la inquietó.

Si lo hubiera conocido realmente, tendría que recordar sus ojos.

Se levantó y abrió la ventana. La lluvia había dejado pequeñas acumulaciones de agua entre las piedras del sendero. Un trabajador cruzó el patio con una carretilla y la saludó.

Ella respondió demasiado tarde.

Se estaba enamorando de un sueño.

La idea le pareció tan absurda que se obligó a decirla en voz alta.

—Ni siquiera lo conozco.

Desde el jardín llegó el ruido de la carretilla al volcarse.

—¡Estoy bien! —gritó el trabajador.

Amara soltó una carcajada.

Por un instante, el mundo recuperó sus proporciones.

* * *

Inara le pidió que fuera al pueblo después del desayuno.

Necesitaban jabón para las cabañas, hilo para reparar unas fundas y dos paquetes de velas que el proveedor no había entregado.

—Y come algo antes de salir —añadió.

Amara ya llevaba una rebanada de pan en la mano.

—Estoy comiendo.

—Eso lo vas paseando desde hace diez minutos.

Su tía señaló el cuaderno que sobresalía del bolso.

—¿Anotaste lo que te pasó?

Amara dejó el pan sobre el plato.

—Soñé con alguien.

—¿Con la persona que sentiste durante la relajación?

—Creo que sí.

Inara acercó una silla y se sentó para remendar una servilleta.

—¿Qué ocurrió?

Amara le contó lo del lago. Mientras hablaba, algunos detalles regresaron: la inclinación del terreno, una raíz que sobresalía junto al árbol, el pequeño silencio antes de que él dijera su nombre.

Su tía la escuchó sin interrumpir.

—¿Te había pasado antes algo así? —preguntó al terminar.

—Tan claro, no.

—Entonces escríbelo mientras lo recuerdas.

—Ya lo hice.

—Bien.

Amara esperó algo más.

Inara enhebró la aguja.

—¿Eso es todo?

Su tía alzó la vista.

—¿Qué quieres que te diga?

—No sé. Tú has escuchado muchas historias.

—Precisamente.

Amara se cruzó de brazos.

Inara dejó la servilleta en el regazo.

—Puedo escucharte sin decidir enseguida qué significa. Y tú también puedes hacerlo.

—Se sintió real.

—Te creo.

La sencillez de aquella respuesta le quitó parte de la necesidad de defenderse.

Amara tomó el pan.

Antes de que saliera, Inara añadió:

—Si vuelves a verlo, procura escuchar. Cuando uno desea mucho algo, a veces oye la respuesta antes de que se la den.

* * *

El pueblo estaba más concurrido de lo habitual.

Habían instalado puestos de fruta frente a la plaza, y una familia discutía con un vendedor por el precio de una cesta. Amara compró lo que necesitaban y se detuvo en una papelería para buscar un lápiz.

Había uno sobre el mostrador, pintado de verde.

Lo tomó y sintió una punzada de reconocimiento.

No por el lápiz.

Por unos dedos manchados de oscuro.

Se quedó inmóvil.

En el sueño, Elian tenía una pequeña mancha cerca de la uña del pulgar. La había visto cuando extendió la mano.

Ahora la recordaba.

—¿Ese? —preguntó la dependienta.

Amara parpadeó.

—Sí. Ese.

Pagó y salió con el lápiz apretado entre los dedos.

En el trayecto de regreso se sorprendió mirando a los hombres que cruzaban la calle. Buscaba el cabello, la estatura, una forma semejante de caminar.

Podía ser alguien que hubiera visto en el refugio sin prestarle atención.

Un huésped.

El acompañante de una visitante.

Una cara que su memoria había guardado y después utilizado mientras dormía.

La posibilidad la tranquilizaba, aunque también le producía una decepción que no quería examinar.

* * *

Darien se marchó esa tarde.

Había decidido adelantar la siguiente parte de su viaje y esperaba su transporte junto a la recepción. Cuando Amara apareció con una cesta de toallas, él le hizo una seña.

—Quería despedirme.

Ella dejó la cesta.

—Pensé que te quedabas hasta el final de la semana.

—Encontré un grupo que va hacia la costa.

Señaló su equipaje.

Durante un momento permanecieron callados.

Amara quiso preguntarle si se iba por ella, pero comprendió que la pregunta solo serviría para aliviar su propia incomodidad.

—Buen viaje —dijo.

Darien la abrazó.

Fue un abrazo breve, cálido, sin intento de retenerla.

—Ojalá encuentres lo que buscas.

Amara se apartó lo suficiente para mirarlo.

—Tú también.

Él sonrió.

Cuando el vehículo desapareció en la curva, ella volvió por las toallas.

Le habría gustado sentir más tristeza.

No podía fabricarla.

* * *

A las diez de la noche, el cuaderno estaba abierto junto a su cama.

Había escrito una lista.

Preguntarle dónde vive.

Preguntarle si también recuerda el encuentro.

Mirar sus ojos.

Leyó la última indicación y la tachó, avergonzada.

Después la escribió de nuevo.

Se acostó sin apagar la lámpara y pasó varios minutos pendiente de su respiración. Cada ruido la distraía. El colchón parecía incómodo. Tenía calor en los pies y frío en los hombros.

Cuando empezaba a relajarse, pensaba: Ahora.

Y aquel pensamiento la despertaba por completo.

Al cabo de un rato se incorporó.

—Así no —murmuró.

Bebió agua. Cerró el cuaderno. Fue hasta la ventana.

En una de las cabañas todavía había luz. Dos huéspedes conversaban en el corredor, tan cerca uno del otro que sus siluetas parecían compartir el mismo abrigo.

Amara bajó la cortina.

Apagó la lámpara y se acostó de lado.

Esta vez no intentó encontrar el lago.

Pensó en el trabajo del día siguiente, en una funda que debía cambiar y en el jabón que había olvidado guardar.

Se quedó dormida antes de terminar de organizar la mañana.

* * *

Reconoció el árbol por la raíz.

Estaba allí, sobresaliendo de la hierba, y sobre ella descansaba la mano de Elian.

Él se encontraba sentado de espaldas al tronco.

Al verla, se levantó con tanta rapidez que estuvo a punto de perder el equilibrio.

Amara se detuvo.

Había imaginado aquel regreso durante todo el día. Ahora que lo tenía enfrente, no sabía qué hacer con las manos.

—Volviste —dijo él.

Ella sonrió.

—Tú también.

Elian miró el espacio a su alrededor, como si necesitara comprobarlo.

—Pensé que no iba a encontrarte.

—¿Llevas mucho esperando?

Él volvió la vista hacia el lago.

—No sé cómo medirlo aquí.

Amara comprendió lo que quería decir. No había sol que descendiera ni sombras que permitieran calcular el paso de las horas.

Se acercó un poco.

Los ojos de Elian eran castaños, con un tono más claro alrededor de las pupilas.

Ahora lo sabía.

—¿Te acuerdas de mi nombre? —preguntó.

Él frunció apenas el ceño.

—Amara.

Escucharlo le produjo un alivio que no había previsto.

—¿Y tú del mío?

—Elian.

Él dejó escapar el aire lentamente.

Se miraron con una sonrisa casi tímida.

—Lo escribí al despertar —confesó ella.

Elian bajó los ojos.

—Yo también.

Amara sintió que se le erizaba la piel.

—¿Dónde?

—En el reverso de un dibujo. Era lo primero que tenía cerca.

Ella miró sus manos.

La pequeña mancha seguía junto al pulgar.

—¿Dibujas?

Él levantó la mano al advertir lo que observaba.

—A veces. Trabajo reparando muebles. Dibujo las piezas antes de hacerlas, pero anoche estaba dibujando otra cosa.

—¿Qué?

Elian señaló el árbol.

Amara volvió la cabeza.

—Quería recordarlo —explicó él—. Había venido varias veces, pero siempre despertaba antes de llegar hasta aquí.

Ella se sentó sobre la hierba.

Necesitaba hacerlo.

Elian esperó hasta que ella le indicó con un gesto el lugar a su lado.

* * *

Al principio hablaron como dos personas que acabaran de conocerse en cualquier sitio.

Él tenía veinticuatro años.

Vivía con su madre y una hermana menor. Su padre había muerto hacía seis años y el taller donde trabajaba había sido suyo.

Amara le contó lo del refugio.

—¿Tú construiste ese lugar? —preguntó Elian.

Ella rio.

—Mi tía. Yo recibo huéspedes, enseño yoga, llevo toallas, busco cosas que la gente pierde.

—¿Qué cosas?

—Una vez, una dentadura.

Elian la miró.

—No.

—En un macetero.

Él empezó a reír.

Amara lo observó mientras lo hacía. Su risa le cambiaba la cara y lo volvía más joven.

—¿Cómo terminó ahí?

—Nunca preguntamos.

Elian se secó el rabillo de un ojo con un dedo.

Aquella risa compartida hizo más por tranquilizarla que cualquier explicación.

Después él le contó que, siendo niño, había barnizado por error la mesa de la cocina con una mezcla que tardó días en secarse. Su madre había colocado los platos sobre taburetes durante toda una semana.

Amara podía imaginarlo: un muchacho serio sosteniendo una brocha, convencido de estar ayudando.

Quiso conocer aquella cocina.

El deseo la sorprendió por su sencillez.

* * *

—¿Dónde vives? —preguntó al fin.

—En Valnera.

Amara buscó el nombre en su memoria.

—No lo conozco.

—Está al sur de mi país. Cerca del mar.

—¿Y tu país?

—España.

Ella lo repitió despacio.

Elian asintió.

—¿Has estado?

—No. Creo que nunca he recibido a nadie de allí.

—Eso es difícil.

Su tono era de sorpresa, no de duda.

—Vienen personas de muchos países —dijo ella—. Pero no de todos.

—¿Tú dónde estás?

—Cerca de Liria.

—En Arenia —añadió.

Él movió ligeramente la cabeza.

—No me suena.

Amara arrancó una brizna de hierba y comenzó a doblarla entre los dedos.

—Podemos buscarlo cuando despertemos.

Decirlo hizo que ambos guardaran silencio.

Hasta entonces habían aceptado la compañía sin pensar demasiado en lo que significaba.

Ahora existía una tarea para después.

Algo que debía continuar fuera del sueño.

Elian se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

—¿Y si no recordamos lo mismo?

Amara dejó caer la hierba.

—Podemos comprobarlo.

Pensó en una palabra, pero le pareció demasiado fácil olvidarla.

Entonces miró el lago.

—Dime un objeto.

—Una llave.

—¿De qué color?

Elian sonrió.

—Las llaves no suelen tener…

—Esta sí.

—Azul.

Amara asintió.

—Una llave azul dentro de una granada.

Él rio otra vez.

—Eso voy a recordarlo.

—Si volvemos, lo dices tú antes de que yo te ayude.

Elian la miró con una seriedad nueva.

—Cuando volvamos.

Ella bajó los ojos hacia sus manos, apoyadas muy cerca sobre la hierba.

Elian no se movió.

Amara fue quien acortó la distancia.

Colocó dos dedos sobre los suyos.

Sintió calor.

Una presión ligera le recorrió la palma cuando él giró la mano para recibir la suya. No había nada impreciso en aquel contacto. Percibía cada dedo, la aspereza de una zona junto al pulgar, el movimiento con que él ajustaba la mano para no apretarla demasiado.

Amara contuvo el aire.

Elian la miraba.

—¿Estás bien?

Ella asintió.

Tenía miedo de hablar y despertarse.

Se quedaron así hasta que una vibración le atravesó el brazo.

La reconoció enseguida.

El regreso.

—Me estoy yendo.

Elian cerró un poco los dedos.

Luego aflojó la mano, como si hubiera comprendido que no podía retenerla.

—La llave —dijo.

Amara intentó fijar su rostro.

—Azul.

—Dentro de una granada.

La voz empezó a alejarse.

* * *

Despertó con la mano cerrada sobre el borde de la almohada.

Todavía era de noche.

Encendió la lámpara y escribió la frase completa. Después añadió los nombres de los lugares.

Valnera. España.

Los contempló unos segundos.

Al amanecer, antes de bajar a la cocina, abrió en su dispositivo el buscador de mapas.

Escribió el nombre del país.

Revisó las letras.

Volvió a intentarlo.

No apareció ningún resultado geográfico.

Amara permaneció sentada al borde de la cama, con el aparato entre las manos.

Al otro lado de la ventana comenzaban a cantar los pájaros.

Probó una tercera vez.

Después abrió el mapa completo y empezó a recorrerlo despacio, buscando un nombre que Elian había pronunciado con la naturalidad de quien dice dónde está su casa.