Capítulo 3 de 20

Una llave azul

A media mañana, Amara ya había buscado España de siete maneras distintas.

Había separado las letras, probado con una pronunciación semejante y recorrido las listas de países que ofrecía el buscador. Después había escrito Valnera.

Tampoco encontró una ciudad junto al mar.

Sobre la mesa de recepción tenía abierto un atlas antiguo del refugio. Lo había sacado del estante donde los huéspedes dejaban libros usados, convencida de que un mapa impreso podía ofrecerle algo que la pantalla estaba ocultando.

Pasó una página.

Luego otra.

—Si estás planeando vacaciones, avisa con tiempo.

Inara apareció con una cesta de sábanas.

Amara mantuvo un dedo sobre el mapa.

—¿Has oído hablar de España?

Su tía repitió el nombre, pensativa.

—No.

—¿Y de Valnera?

Inara negó con la cabeza.

Dejó la cesta en el suelo y se acercó.

—¿Es donde vive?

Amara la miró.

No necesitó preguntar a quién se refería.

—Eso me dijo.

Inara observó las páginas abiertas.

—¿Volviste a verlo?

Amara asintió. Quiso contarle lo de la mano, la risa, la mancha junto al pulgar. Pero temió que, al convertirlo todo en palabras, su tía encontrara una explicación demasiado sencilla.

—Dijo que vive cerca del mar.

—Quizá recuerdas mal el nombre.

—Lo escribí al despertar.

Inara apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.

—Entonces pregúntaselo otra vez.

No había burla en su voz.

Amara cerró el atlas despacio.

* * *

El día transcurrió entre llegadas y despedidas.

Una familia necesitaba una cabaña más próxima a la cocina. Dos visitantes querían cambiar su paseo por una sesión de temazcal. Un niño había perdido una sandalia y estaba convencido de que el río se la había llevado, aunque terminó apareciendo debajo de su cama.

Amara resolvió cada cosa con una parte de la atención puesta en otro sitio.

A la hora de comer, una huésped le preguntó si estaba cansada.

—Dormí raro —respondió.

La mujer, que llevaba dos noches quejándose de su colchón, empezó a recomendarle remedios.

Amara la escuchó mientras pensaba en Elian sentado bajo el árbol.

Recordaba cómo había aflojado los dedos cuando ella empezó a despertar.

No había intentado sujetarla.

Aquel pequeño gesto regresaba una y otra vez.

Por la tarde consiguió unos minutos libres y bajó al río. Se sentó en una piedra con los pies sobre la arena húmeda.

Podía aceptar que su mente hubiera inventado a un hombre.

Lo que le costaba aceptar era cuánto lo echaba de menos después de haberlo visto solo dos veces.

Tomó una ramita y dibujó una llave.

Alrededor hizo un círculo irregular.

Una granada.

Se rio de sí misma y borró el dibujo con el pie antes de levantarse.

* * *

Esa noche no preparó ninguna ceremonia.

Dejó el cuaderno junto a la lámpara, se lavó la cara y se acostó. Quería llegar descansada a la mañana siguiente. Había prometido acompañar a un grupo por el sendero alto, y no podía seguir pasando las horas de trabajo entre bostezos.

Aun así, antes de dormirse, dijo su nombre.

—Elian.

Lo pronunció muy bajo.

Como una pregunta que no esperaba respuesta inmediata.

* * *

El lago apareció entre dos parpadeos.

Esta vez Amara estaba junto al agua.

Dio un paso atrás, sorprendida por la cercanía de la orilla, y oyó una voz detrás de ella.

—Una llave azul dentro de una granada.

Se volvió.

Elian permanecía a pocos pasos del árbol.

No sonreía.

Parecía tan impresionado como ella.

Amara se llevó una mano al pecho.

—No te lo dije.

Él negó despacio.

—No.

Durante el día había imaginado ese momento. Pensaba que se alegraría, que correría hacia él o que se reirían de la prueba.

Pero la confirmación le produjo un miedo inesperado.

La respuesta coincidía con lo que ella recordaba. No podía demostrarle nada a otra persona: todo seguía ocurriendo mientras dormía. Sin embargo, por primera vez sintió que la sorpresa no la había preparado ella.

—Yo también lo escribí —dijo ella.

Elian se acercó, sin dejar de mirarla.

—Lo repetí antes de dormirme para no olvidarlo.

Amara soltó una pequeña risa nerviosa.

—Yo estaba segura de que tú ibas a cambiar la fruta.

—Estuve a punto. La granada es una pésima caja para guardar llaves.

Ella rio de verdad.

La tensión cedió lo suficiente para permitirle respirar.

Elian extendió la mano, con la palma hacia arriba.

Amara la tomó.

* * *

Caminaron bordeando el lago.

El terreno ascendía suavemente al alejarse del árbol. Había piedras claras entre la hierba y flores pequeñas que Amara no recordaba haber visto antes.

Se agachó para tocar una.

Elian esperó a su lado.

—¿Estaban aquí la otra vez? —preguntó ella.

—No lo sé.

Amara rozó los pétalos.

Tenían una textura fina, casi de papel húmedo.

—Esto debería asustarme más.

—A mí me asustó al principio.

Ella levantó la mirada.

—¿Venir aquí?

Elian asintió.

—La primera vez intenté despertarme enseguida. Después me quedé pensando que, si volvía a pasar, quería mirar un poco más.

—¿Cómo empezaste?

Él se sentó sobre una piedra baja.

—Mi hermana tenía problemas para dormir. Le enseñaron unos ejercicios de relajación y yo los hacía con ella para que no se sintiera rara.

Amara se acomodó en la hierba.

—¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis. Se llama Vera.

Lo dijo con una mezcla de cariño y cansancio que le hizo sonreír.

—¿Te vuelve loco?

—Dice que respiro demasiado fuerte. Y que guardo las tazas en sitios absurdos.

—¿Lo haces?

Elian lo pensó.

—A veces encuentro una en el taller.

Amara apoyó la barbilla sobre las rodillas.

Le gustaba escuchar aquellas cosas. La taza olvidada. La hermana que se quejaba. Podía imaginar una vida desarrollándose mientras ella atendía huéspedes y doblaba mantas.

Una vida en la que él existía aunque no estuvieran juntos.

—Busqué tu país —dijo al fin.

Elian dejó de jugar con una piedrita.

—Yo busqué el tuyo.

Amara esperó.

Él negó con la cabeza.

Sintió una decepción tan brusca que tuvo que mirar hacia el agua.

—Tampoco encontré tu ciudad —añadió.

Elian guardó silencio unos segundos.

—Valnera es pequeña. Puede que no salga en todos los mapas.

—Pero España tendría que aparecer.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Amara volvió a mirarlo.

—¿Estás seguro de que me oíste bien? Arenia.

Él repitió el nombre.

Reconoció el mismo sonido que recordaba de su propia voz.

—Lo escribí así —dijo.

Amara buscó una rama para trazar las letras sobre una zona de tierra descubierta. Cuando terminó, Elian se inclinó.

—Así lo escribí yo.

Ella le entregó la rama.

Él escribió el suyo.

España.

La misma palabra que había buscado siete veces.

Elian señaló después una letra y la dibujó de otra manera. Amara volvió a verla como antes. Repitieron la prueba: él copiaba un signo de su escritura y ella reconocía un equivalente de la suya, aunque sus manos parecían haber trazado movimientos distintos.

—Es como si esto nos lo leyera —dijo ella.

No supieron explicarlo. Los nombres conservaban un sonido; las letras, en cambio, parecían acomodarse a quien las miraba.

Permanecieron mirando los dos nombres.

—A lo mejor esto cambia las cosas —dijo Amara.

—¿Qué cosas?

Señaló el espacio alrededor.

—Las palabras. Lo que entendemos.

Elian apoyó los codos sobre las rodillas.

—Podría ser.

Pero no parecía convencido.

Amara tampoco.

—Necesitamos algo más fácil —propuso ella—. Algo que podamos reconocer despiertos.

Decidieron probar con una dirección de correo.

Elian la repitió despacio. Ella cerró los ojos y la dijo de memoria hasta que él confirmó cada parte. Después hicieron lo mismo con la de Amara.

No podían llevarse un papel. Lo único que tenían era lo que consiguieran recordar.

Separaron los signos de la dirección por su posición y su función. Para los números contaron grupos de piedras; para las letras compararon el orden en sus respectivos alfabetos. Las series tenían equivalencias suficientes para intentar la prueba, pero eso no significaba que existiera una misma red al despertar.

Al terminar, ambos parecían más aliviados.

—Mañana —dijo ella.

Elian asintió.

Mañana podía significar una respuesta en una pantalla.

Una fotografía.

La voz de él entrando en su habitación mientras estaba despierta.

Amara sintió ganas de abrazarlo.

No lo hizo todavía.

* * *

Regresaron hacia el árbol.

Elian le preguntó por el río y ella describió las piedras lisas, el agua después de las lluvias, el sitio donde se sentaba al amanecer.

—Siempre hablas de él como si fuera alguien —observó.

Amara sonrió.

—Me ha escuchado muchas tonterías.

—Yo he escuchado unas cuantas y me caes bien.

Ella le dio un pequeño empujón con el hombro.

Él se lo devolvió.

Después siguieron caminando tan cerca que sus manos se rozaron varias veces antes de que Amara decidiera tomar la suya.

Bajo el árbol, Elian se detuvo.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Hay alguien que pueda enfadarse si mañana te escribo?

Amara levantó la vista.

Él parecía incómodo por haberlo preguntado.

—No —respondió—. ¿Y en tu vida?

—Tampoco.

Ella acarició distraídamente una costura de su manga.

—He conocido hombres.

—No quiero que pienses…

Amara se interrumpió. Ni siquiera sabía qué estaba intentando evitar.

Él inclinó un poco la cabeza para encontrar sus ojos.

—No tienes que explicarme tu vida en este momento.

Aquello la conmovió más de lo que esperaba.

—Nunca me había pasado esto —dijo.

Elian le rozó los nudillos con el pulgar.

—A mí tampoco.

Amara dio un paso hacia él y apoyó la frente en su pecho.

El abrazo llegó despacio.

Sintió sus brazos alrededor de los hombros, una mano quieta sobre su espalda. Cerró los ojos.

No había ninguna urgencia.

Podía quedarse allí sin tener que decidir qué venía después.

Cuando se apartó un poco, Elian seguía mirándola.

Amara alzó la mano y le tocó la mejilla.

Él giró apenas el rostro hacia su palma.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Ella respondió acercándose.

El beso fue breve.

Al separarse, permanecieron a escasos centímetros, sorprendidos por algo que los dos habían deseado desde antes de atreverse a reconocerlo.

Amara sonrió.

Entonces el rostro de Elian empezó a perder nitidez.

—No —murmuró.

Él le sostuvo la mano.

—Recuerda la dirección.

Amara la repitió.

Una vez.

Otra.

Hasta que abrió los ojos en su habitación.

* * *

Antes de desayunar envió el mensaje.

Escribió solo dos frases:

Soy Amara. La llave sigue dentro de la granada.

Comprobó la dirección con el cuaderno.

Pulsó enviar.

La respuesta llegó casi de inmediato.

No era de Elian.

El sistema no reconocía el destino.

Amara revisó cada carácter y volvió a intentarlo. Obtuvo el mismo resultado.

Se quedó mirando la pantalla hasta que oyó a Inara llamarla desde el corredor.

—Ya voy —respondió.

Pero no se levantó.

Abrió el cuaderno y, debajo de la dirección, escribió:

Sí recordó la llave.

Necesitaba conservar aquel hecho cerca del error que mostraba la pantalla.

Después cerró los ojos.

Todavía recordaba el beso.