Capítulo 4 de 20
Lo que no cabe en un mapa
El mensaje seguía sin llegar cuando Amara regresó del sendero alto.
Durante la caminata había dejado el dispositivo guardado en el bolso. Se había obligado a escuchar las preguntas de los visitantes, a señalar las raíces que atravesaban el camino y a esperar al hombre que necesitaba detenerse en cada pendiente.
Pero, al volver, revisó la pantalla antes de quitarse las botas.
Nada.
Solo permanecían las dos notificaciones de error.
Se sentó en el escalón de su habitación y comprobó otra vez la dirección. Había llegado a memorizarla tanto que ya podía verla incluso con los ojos cerrados.
—Quizá te dio una letra equivocada.
Inara estaba al otro extremo del corredor.
Amara dejó caer las manos sobre las rodillas.
—Quizá.
Su tía se acercó con dos vasos de agua y le ofreció uno.
—Hoy estuviste mejor con el grupo.
—¿Ayer estuve mal?
—Ayer les dijiste que el sendero seguía a la izquierda mientras señalabas a la derecha.
Amara hizo una mueca.
Inara se sentó a su lado.
Permanecieron en silencio, mirando el patio. Una huésped tendía una toalla sobre el respaldo de una silla. En la cocina estaban moliendo especias.
Todo continuaba.
Aquello la consolaba y le parecía injusto al mismo tiempo.
—Nos besamos —dijo.
Inara no respondió enseguida.
—¿Y cómo te sentiste?
Amara giró el vaso entre las manos.
Podría haber hablado del calor de su boca, de la mano junto a su mejilla. Sin embargo, lo primero que recordó fue la facilidad con que había apoyado la frente en su pecho.
—Como si no tuviera que estar pendiente de mí.
Su tía la miró.
—Eso te pasa pocas veces.
Amara asintió.
El agua estaba fría. Bebió despacio.
—No sé qué hacer con esto.
—Hoy todavía tienes que ayudarme con las cuentas de las cabañas.
Amara soltó una risa breve.
Inara le tocó una rodilla.
—Puedes sentir algo importante y seguir haciendo las cosas del día. No se estropea por eso.
Aquella tarde, Amara trabajó en la mesa de recepción hasta que las cifras dejaron de mezclarse.
Revisó pagos, corrigió una reserva duplicada y respondió preguntas sobre el acceso al río. Cuando terminó, el cansancio tenía una forma conocida. Era el cansancio de haber hecho algo, no el de haber esperado.
Antes de cenar, sacó una hoja limpia.
Escribió varias preguntas para Elian.
Debajo de los nombres de los países dibujó un pequeño rectángulo y añadió:
El lugar donde vives.
Si las palabras fallaban, quizá una imagen les permitiría entenderse.
Pensó también en pedirle un número para llamarlo. No quería volver a poner toda su esperanza en un dato memorizado al borde del sueño, pero necesitaba intentarlo.
Doblando la hoja, se descubrió sonriendo.
Nunca había preparado tantas preguntas para un hombre.
Antes solía bastarle con saber si le gustaba cómo la miraba.
* * *
Esa noche llegó al lago antes que él.
Se sentó junto a la raíz del árbol y observó la superficie del agua.
Había descubierto que aquel lugar no tenía un silencio completo. La hierba se movía, algunas hojas se rozaban sobre su cabeza y el lago producía un rumor leve contra la orilla.
Sin embargo, no oía insectos.
Tampoco pájaros.
Se preguntó si alguna vez los había habido.
Escuchó pasos y se levantó.
Elian venía hacia ella con el ceño fruncido.
Amara sintió un pequeño sobresalto.
—No pude escribirte —dijeron casi al mismo tiempo.
Se miraron.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Tu dirección no existe.
—La tuya tampoco.
Amara había esperado que uno de los dos riera, que descubrieran una letra cambiada o un error sencillo. Pero al repetir las direcciones no encontraron ninguna diferencia.
Elian se dejó caer junto al árbol.
Ella se sentó a su lado.
Por un rato no hablaron.
Luego Amara apoyó un dedo sobre la mancha que él tenía cerca del pulgar.
—¿Siempre está ahí?
Elian miró su mano.
—Casi siempre. Tinte para madera.
—Hoy la buscaste antes de dormir.
Él levantó los ojos, sorprendido.
—Sí.
Amara sonrió apenas.
—Yo habría hecho lo mismo.
Elian volvió la mano y le sujetó suavemente los dedos.
Aquel contacto hizo que la decepción dejara de ocuparlo todo.
* * *
Intercambiaron números.
Amara repitió el suyo despacio y Elian lo memorizó por grupos. Después hicieron lo mismo con el de él.
—Mañana probaré desde el teléfono de mi tía —dijo ella—. Por si el problema es el mío.
Elian asintió.
—Yo usaré el del taller.
Parecían dos personas organizando una llamada corriente.
Amara se aferró un momento a esa impresión.
—Quiero ver tu casa —confesó.
Él la miró con una dulzura que le hizo bajar los ojos.
—Está bastante desordenada.
—No me importa.
—Hay una escalera que cruje aunque intentes subir por los lados. Mi madre dice que algún día la arreglaré.
—¿Y lo harás?
—La arreglé una vez. Ahora cruje en otro sitio.
Amara rio.
Elian estiró una pierna sobre la hierba.
—Tenemos una ventana en la cocina desde la que se ve un muro horrible. Mi madre ha puesto tantas plantas que ya casi no se nota.
Ella escuchó con atención.
Había algo profundamente íntimo en imaginarlo entrando a una cocina donde nunca había estado.
—Yo tengo una cortina que no cierra bien —le contó—. Y una cómoda con un cajón que se atasca cuando llueve.
—Eso sí podría arreglarlo.
Amara lo miró.
La frase había sido dicha sin intención, pero ambos permanecieron callados después.
Elian bajó la vista hacia sus manos unidas.
—Me gustaría —añadió.
Ella apretó sus dedos.
* * *
Más tarde buscaron una zona de tierra junto a la orilla.
Elian tomó una rama.
—Dibujemos dónde vivimos.
Amara se arrodilló a su lado.
Él empezó por una costa irregular. Trazó una península y señaló una pequeña zona junto al mar.
—Más o menos aquí está Valnera.
Después añadió límites alrededor.
Amara observaba la forma, tratando de relacionarla con algún mapa conocido.
No pudo.
Cuando Elian terminó, le entregó la rama.
Ella dibujó Arenia en un espacio contiguo: una franja ancha hacia el norte, el estrechamiento de la costa oriental, las islas que recordaba haber estudiado en la escuela.
Marcó Liria cerca del interior.
Elian se inclinó.
—¿Esto es un país?
—Sí.
—¿Y lo que hay alrededor?
Amara empezó a nombrarlo.
Él escuchó sin interrumpirla.
Cuando acabó, miraron los dibujos uno junto al otro.
No encajaban.
Amara se sentó sobre los talones.
—A lo mejor no estamos recordándolos bien.
Elian no respondió.
Tomó otra rama y amplió su dibujo. Añadió más costas, una extensión de agua y una línea hacia el sur.
Ella reconocía el gesto de alguien que intentaba explicar algo evidente.
Le produjo un miedo extraño.
—Podríamos preguntarle a otra persona —propuso.
—Ya lo hice.
Amara levantó la cabeza.
—¿A quién?
—A Vera. Le pregunté si conocía Arenia.
—¿Y qué dijo?
Elian dudó antes de responder.
—Que parecía el nombre de un sitio inventado.
Amara sintió un pequeño dolor de vergüenza.
Él lo advirtió.
—No le conté lo demás.
—¿Nada?
Elian negó.
—No sabía cómo hablar de ti.
Ella miró otra vez los mapas.
Comprendía aquella dificultad.
* * *
Se alejaron de la orilla cuando Amara empezó a tener frío.
Era la primera vez que sentía frío allí.
Elian se quitó la camisa que llevaba sobre una camiseta y se la ofreció.
Ella la sostuvo, sorprendida por su peso.
—¿Esto funciona?
—Podemos probar.
Amara se la puso.
Las mangas le cubrían parte de las manos.
Elian sonrió al verla.
—Te queda mejor.
Ella se acomodó el cuello.
No sabía si la prenda la abrigaba o si bastaba el gesto. De cualquier forma, dejó de estremecerse.
Caminaron hasta una elevación desde la que podían ver casi todo el lago.
Amara llevaba una preocupación callada desde hacía rato.
—¿Tú crees que podemos estar inventándonos?
Elian tardó en contestar.
—No quiero creerlo.
Ella miró sus mangas.
—Yo tampoco.
—Pero eso no es una prueba.
Amara agradeció que lo dijera. Necesitaba poder dudar sin sentir que lo estaba traicionando.
—Si yo fuera algo que estás soñando —preguntó—, ¿te daría miedo encariñarte conmigo?
Elian la miró de frente.
—Ya me está dando miedo.
La sinceridad de la respuesta la dejó quieta.
Él levantó una mano y le apartó un mechón de la boca.
—Hoy, en el taller, escuché a una mujer reírse en la calle. Me volví porque pensé que eras tú.
Amara sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.
—Yo busco tu cara entre los huéspedes.
Elian dejó la mano junto a su mejilla.
Ella giró el rostro y besó su palma.
Esta vez, cuando se abrazaron, ninguno fingió que era un gesto casual.
* * *
Amara despertó antes del amanecer.
La camisa había desaparecido.
Durante unos segundos la buscó entre las sábanas, todavía confundida. Después se sentó y anotó el número de Elian.
Lo comprobó de memoria varias veces.
Esperó hasta que Inara entró en la cocina y le pidió prestado el teléfono.
—¿Pasó algo?
—Quiero hacer una llamada.
Su tía se lo entregó sin preguntar más.
Amara salió al corredor.
Marcó.
El sistema rechazó la secuencia antes de establecer conexión.
Probó otra vez, despacio.
Después añadió el prefijo que Elian le había indicado.
La misma respuesta.
No existía aquel destino.
Amara sostuvo el teléfono junto al oído unos segundos más de lo necesario.
Luego bajó la mano.
En el patio, el hombre de mantenimiento estaba reparando una pata de la mesa grande. Tenía una herramienta entre los dedos y un pequeño frasco de tinte junto a la rodilla.
Amara pensó en el cajón que se atascaba cuando llovía.
En Elian diciendo que podía arreglarlo.
Le devolvió el teléfono a su tía y fue a buscar el atlas.
No volvió a empezar por los nombres.
Buscó costas.
Penínsulas.
La curva que él había trazado con una rama.
Pasó las páginas hasta llegar a la última.
Entonces regresó al principio.
Afuera, el refugio comenzaba a despertar.
Amara extendió una hoja sobre la mesa y dibujó, con todo el cuidado que pudo, el mapa de Elian.
Debajo escribió:
¿Dónde estás?