Capítulo 5 de 20
La noche en que no llegaste
La primera noche que Elian no apareció, Amara descubrió que también se podía sentir soledad en un sueño.
Lo esperó bajo el árbol.
Al principio se entretuvo observando la corteza, buscando la marca donde había apoyado la mano la última vez. Después caminó hacia el lago y regresó varias veces, convencida de que lo encontraría sentado entre las raíces.
No sabía cuánto llevaba allí.
Aquel lugar, que hasta entonces le había parecido generoso por no tener relojes, comenzó a inquietarla.
Se sentó.
Se levantó.
Pronunció su nombre.
El sonido no encontró respuesta.
Cuando despertó, tenía el puño cerrado alrededor de la sábana.
Todavía faltaba para el amanecer.
Se quedó mirando el techo y pensó que quizá Elian había cambiado de opinión.
La facilidad con que aquella idea llegó la avergonzó.
No habían hecho ninguna promesa. No sabía si él podía regresar siempre que quisiera. Sin embargo, había pasado el día esperando volver a verlo, y ahora sentía un dolor que no tenía dónde poner.
Encendió la lámpara.
En el cuaderno escribió:
Hoy no vino.
Luego cerró la tapa para no seguir mirando la frase.
Por la mañana, Inara la encontró lavando por segunda vez una jarra que ya estaba limpia.
—¿Quieres contarme o prefieres terminar de gastarle el vidrio?
Amara dejó la esponja.
—No lo encontré.
Su tía se secó las manos y se apoyó en la mesa.
—¿Intentaste volver a dormir?
—Sí. Pero soñé otras cosas.
Inara observó las ojeras de su sobrina.
—Entonces hoy, después de comer, descansas un rato.
Amara negó con la cabeza.
—Puedo trabajar.
—Puedes. También puedes dormir.
Afuera, alguien llamó para preguntar por las actividades del día.
Amara se apartó del fregadero.
Antes de que saliera, Inara añadió:
—Que una persona no llegue una vez todavía no te dice por qué.
Ella asintió, aunque durante las horas siguientes siguió imaginando motivos.
Una mujer.
El cansancio.
La vergüenza de haberse dejado llevar.
Un despertar en el que el beso hubiera parecido menos importante.
Cada explicación resultaba más dolorosa que la anterior.
* * *
Por la tarde, un huésped se detuvo frente al dibujo que había quedado sobre la mesa de recepción.
Era un hombre de cabello blanco, con gafas sujetas por un cordón. Llevaba varios días en el refugio y solía desayunar leyendo.
—Qué costa tan extraña —comentó.
Amara levantó la vista.
El hombre señaló la hoja.
—¿Es de algún juego?
Ella tardó en responder.
—Me la dibujó una persona.
—¿Un niño?
—No.
Él se inclinó un poco más.
Amara sintió una esperanza repentina.
—¿La reconoce?
—No. Pero las costas no son mi especialidad.
La decepción debió de notársele, porque el hombre dejó de sonreír.
—Puedo preguntarle a mi esposa. Ella enseñaba geografía.
Amara le permitió llevarse la hoja.
Regresó diez minutos después.
Su esposa había escrito en un margen: No corresponde a ninguna región que yo conozca.
Amara dio las gracias.
Guardó el dibujo debajo del cuaderno de reservas y no volvió a sacarlo durante el resto del día.
* * *
La segunda noche llegó al lago con miedo de encontrarlo vacío.
Elian estaba arrodillado cerca de la orilla.
Al escucharla, se volvió y se puso de pie.
Amara se detuvo.
Durante un instante sintió tantas ganas de abrazarlo que apenas pudo respirar. Después recordó la espera, la vergüenza, las horas inventando explicaciones.
Él debió de advertir el cambio en su rostro.
—¿Qué pasó?
Amara apretó los brazos contra el cuerpo.
—Ayer no viniste.
Elian frunció el ceño.
—Lo sé. Lo intenté.
La respuesta la desarmó.
—¿Lo intentaste?
—Mi madre se puso enferma. La acompañé a urgencias y volvimos casi por la mañana. Después me quedé dormido en una silla.
Amara dio un paso hacia él.
—¿Está bien?
—Sí. Fue un susto. La mandaron a casa con tratamiento.
Elian se frotó el cuello.
—Cuando me dormí, pensé que vendría. Pero desperté en la misma silla y Vera estaba tapándome con una manta.
Amara lo miró en silencio.
Él parecía cansado. No recordaba haber visto antes aquella sombra bajo sus ojos.
—Te esperé —dijo.
Elian bajó la mano.
—Lo siento.
Ella negó enseguida.
—No. No podías…
Se interrumpió, avergonzada.
Había estado imaginando que otra mujer ocupaba su sitio mientras él acompañaba a su madre por un pasillo de hospital.
Elian se acercó.
—¿Pensaste que no quería venir?
Amara miró la hierba.
Aquello bastó como respuesta.
Él le tomó una mano.
—Si alguna noche no llego, no vas a poder saber enseguida qué ocurrió.
—Ya lo sé.
Pero no lo había sabido de verdad hasta ese momento.
Elian se sentó bajo el árbol y tiró suavemente de su mano para invitarla a acompañarlo.
—Tenemos que hablar de eso.
* * *
Amara se acomodó frente a él.
Elian apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Hay noches en las que duermo y no vengo aquí. Antes de conocerte también pasaba.
—A mí igual.
—Entonces puede volver a pasar.
Amara arrancó una hoja seca que se había pegado al borde de su vestido.
—¿Y qué hacemos?
Él tardó en responder.
—Seguir intentando.
La sencillez de la respuesta dolía.
No tenían otra forma de avisarse.
Elian también había probado el número de ella. Había recibido un mensaje de error. Su hermana había intentado ayudarlo y terminó preguntando de dónde había sacado una secuencia tan rara.
—Le dije que podía haberla anotado mal —contó.
Amara levantó los ojos.
—¿Le hablaste de mí?
—Le dije que había conocido a alguien.
Ella sintió una pequeña calidez.
—¿Qué preguntó?
—Si eras simpática.
—¿Y tú?
Elian la miró con una sonrisa cansada.
—Le dije que estabas muy preocupada por un cajón.
Amara soltó una carcajada y le dio un golpe suave en la rodilla.
Él le atrapó la mano.
No la soltó después.
* * *
Hablaron de su madre.
Se llamaba Clara y tenía la costumbre de ordenar la cocina cuando estaba nerviosa. Elian contó que, al regresar del hospital, había intentado ponerse a lavar unos recipientes mientras él buscaba las indicaciones del médico.
—Discutimos por una olla —dijo—. A las cinco de la mañana.
Amara lo imaginó quitándole la esponja con cuidado, demasiado preocupado para mostrarse paciente.
—Mi madre hacía algo parecido —murmuró.
Elian notó el tiempo verbal.
Esperó.
Amara miró sus manos unidas.
—Murió cuando yo tenía catorce años.
Él cambió de postura, acercándose un poco.
—No lo sabía.
—Mi tía se hizo cargo de mí. Yo ya pasaba mucho tiempo en el refugio, pero después me quedé a vivir.
Había contado aquella historia muchas veces. A huéspedes curiosos, a hombres que le preguntaban por su familia, a conocidos que necesitaban una explicación breve.
Esa noche le resultó difícil.
—Los primeros meses seguía guardándole cosas —continuó—. Un trozo de pastel. Una flor que había encontrado. Después recordaba que no iba a volver y me enfadaba conmigo.
Elian le acarició los dedos.
No dijo que el tiempo curaba ni que su madre continuaba cerca.
Amara agradeció aquel silencio.
—A veces todavía quiero contarle algo —añadió.
—Yo hago eso con mi padre.
Ella levantó la mirada.
Elian tenía los ojos húmedos.
Durante un rato permanecieron así, compartiendo una ausencia que ninguno podía resolver para el otro.
* * *
Más tarde caminaron hasta el agua.
Amara se quitó las sandalias y dejó que una pequeña ola le cubriera los pies. Elian se colocó a su lado.
—Mi madre creía que algunas personas podían encontrarse mientras dormían —dijo ella.
Él la miró.
—¿Te lo contó?
—Una vez. Yo era pequeña. Le pregunté por qué había soñado con mi abuela si ya estaba muerta.
Amara siguió con los ojos el movimiento del agua.
—Me dijo que no sabía si había sido una visita o un recuerdo. Pero que podía quedarme con lo que había sentido.
Elian asintió despacio.
—¿Y qué sentiste?
Ella sonrió.
—Que olía a pan.
Él soltó una risa suave.
Amara se volvió hacia él.
—Contigo no quiero conformarme con recordar.
La frase quedó entre ambos.
Elian bajó la vista hacia sus pies hundidos en el agua.
—Yo tampoco.
* * *
Se besaron junto a la orilla.
Esta vez no fue un roce apresurado antes de despertar. Elian le sostuvo el rostro entre las manos y Amara se acercó sin pensar en cuánto podría durar.
Cuando se separaron, ella permaneció abrazada a su cintura.
Le gustaba la forma en que él descansaba la mejilla sobre su cabello.
—Hoy pregunté por tu mapa —confesó.
Sintió que él se movía ligeramente.
—¿Y?
—Nadie lo reconoció.
Elian cerró los ojos un instante.
—Yo tampoco encontré el tuyo.
Amara apoyó una mano sobre su pecho.
—Mañana seguiré buscando.
Él la besó en la frente.
Luego se sentaron en la arena, hombro con hombro, y durante un rato consiguieron hablar de cosas pequeñas.
De la comida que les gustaba.
De un perro que Elian había tenido de niño.
De la vez que Amara se quedó encerrada en una cabaña porque se rompió el picaporte.
Él rio al saber que había salido por la ventana.
—Necesitas a alguien que repare ese lugar.
—Empiezo a sospecharlo.
Elian le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Me gustaría conocerlo todo.
Amara le sostuvo la mirada.
También ella.
La cocina con plantas. El taller. La escalera que crujía.
Quería llegar un día sin tener que dormirse.
* * *
Cuando el tirón del despertar apareció, Amara no trató de resistirse enseguida.
Le tomó ambas manos.
—Si mañana no estoy…
Elian asintió antes de que terminara.
—Volveré a buscarte.
—Yo también.
La orilla comenzó a desdibujarse.
Amara apretó sus dedos una última vez.
* * *
Despertó con lágrimas secas en las sienes.
Permaneció acostada hasta que la habitación recuperó su forma habitual.
Después abrió el cuaderno.
Debajo de Hoy no vino, añadió:
Estaba cuidando a su madre.
Miró ambas frases durante mucho tiempo.
Por primera vez comprendió cuánto podía equivocarse al intentar llenar un silencio.
Al salir al corredor, encontró el cielo despejado. Había una luz pálida sobre los árboles y el río sonaba más cerca que otras mañanas.
Amara se apoyó en la barandilla.
Buscó entre las estrellas alguna que pudiera señalarle dónde estaba Elian.
No sabía todavía qué buscar.
Pero aquella mañana, mientras el resto del refugio dormía, levantó la mano hacia el cielo con la palma abierta.
Como la primera noche.
Como si él pudiera encontrarla.