Capítulo 6 de 20

El cielo de tu ventana

Dos semanas después del primer encuentro, Amara ya conocía algunas costumbres de Elian.

Sabía que se mordía el interior de la mejilla cuando intentaba resolver un problema. Que podía pasar varios minutos hablando de una madera sin advertir que ella había dejado de comprenderlo. Que, cuando se reía de verdad, inclinaba la cabeza hacia atrás y después la miraba para comprobar si también estaba riéndose.

Habían conseguido encontrarse seis veces más.

Hubo noches vacías. Otras en las que apenas pudieron intercambiar unas palabras antes de despertar. Una vez Amara llegó al lago y lo encontró dormido bajo el árbol. Al tocarle el hombro, él desapareció.

A la siguiente cita, Elian contó que había despertado sintiendo una mano sobre la camisa.

Ninguno sabía explicar aquello.

Pero el misterio empezaba a tener hábitos.

Amara seguía anotándolo todo: los encuentros, las ausencias, las palabras que quería recordar. Su cuaderno había dejado de ser un registro de sueños para convertirse en el único lugar donde la vida de ambos podía ocupar las mismas páginas.

* * *

Una tarde, mientras preparaban el temazcal, Inara le pidió que sostuviera una manta por los extremos.

Amara obedeció.

Su tía revisó una costura y dijo:

—Últimamente cantas cuando trabajas.

Ella bajó la mirada hacia la tela.

—Siempre canto.

—Antes cambiabas de canción.

Amara sonrió.

Elian le había enseñado una melodía que su madre tarareaba en la cocina. Ella apenas recordaba un fragmento, suficiente para repetirlo durante horas.

—¿Lo has vuelto a ver? —preguntó Inara.

—Sí.

—¿Y siguen buscando?

Amara asintió.

Habían probado nombres de ciudades, empresas, periódicos. Elian mencionaba acontecimientos que ella no encontraba en ninguna parte. Amara le hablaba de lugares que para él tampoco existían.

A veces pasaban buena parte del encuentro comparando palabras. Otras decidían no hacerlo y se sentaban juntos, cansados de que cada intento terminara alejándolos más.

—Ayer hablamos de las noticias —dijo Amara—. En su país hubo una protesta enorme. Me dio el nombre de la ciudad y del periódico.

Inara levantó los ojos.

—¿No apareció?

—Nada.

Su tía volvió a la costura.

Amara tiró un poco más de la manta.

—No quiero pasar todas las noches haciéndole preguntas como si tuviera que demostrarme que existe.

—Entonces tendrás que encontrar una forma de conocerlo que no te haga sentir así.

Amara guardó silencio.

Al otro lado del patio, un grupo de huéspedes se reunía para caminar hasta el mirador. Uno llevaba un pequeño telescopio bajo el brazo.

Ella lo siguió con la mirada.

* * *

La propuesta se le ocurrió durante la cena.

Llevaba el cabello recogido y estaba sirviendo agua cuando escuchó a una niña preguntar si aquella noche se vería Nara.

Su padre consultó la hora en un dispositivo.

—Más tarde —respondió—. Primero vamos a buscar a Ilun.

Amara se detuvo junto a la mesa.

Miró hacia el cielo todavía claro.

Después terminó de llenar los vasos y regresó a la cocina con una idea tan sencilla que le sorprendió no haberla tenido antes.

Las ciudades podían cambiar de nombre.

Los mapas podían contener errores.

Pero el cielo debía ofrecerles algo que ambos pudieran reconocer.

* * *

Encontró a Elian junto al árbol.

Había extendido sobre la hierba varias hojas grandes, tratando de formar un asiento que no se deshiciera al moverlo.

Amara se quedó observándolo.

—¿Qué haces?

Él levantó la cabeza.

—Intento que no termines con tierra en el vestido.

Ella miró las hojas.

Algunas se habían vuelto quebradizas; otras parecían recién cortadas.

—¿De dónde las sacaste?

Elian señaló el suelo alrededor del tronco.

—De aquí. Cuando pensé que haría falta algo para sentarnos, había más.

Amara se agachó junto a él.

Ninguno dijo nada durante unos segundos.

No era la primera vez que advertían que aquel lugar respondía de una forma extraña a sus deseos. Las flores habían aparecido después de que ella pensara que el terreno estaba demasiado desnudo. Una noche, Elian había buscado piedras planas y las encontró junto a la orilla.

Sin embargo, los objetos nunca sobrevivían al despertar.

—Quizá no necesitas construirlo —dijo Amara.

Él sonrió.

—Déjame intentarlo primero.

Ella le sostuvo las hojas mientras las acomodaba.

Cuando terminaron, se sentaron con cuidado. El asiento crujió.

Amara empezó a reír.

Elian la rodeó con un brazo para evitar que resbalara.

Acabaron sobre la hierba.

Durante un rato, la investigación pudo esperar.

* * *

—Quiero ver el cielo de tu ventana —dijo ella más tarde.

Estaban acostados bajo el árbol, con las manos unidas entre ambos.

Elian volvió el rostro.

—Desde la mía se ve un tejado.

—Entonces desde la calle.

—¿Por qué?

Amara se incorporó sobre un codo.

—Podemos buscar las mismas estrellas.

Él permaneció quieto, pensando.

Luego se sentó.

—Podría funcionar.

Ella sintió una alegría inmediata.

—Aunque estemos muy lejos, habrá alguna que los dos conozcamos.

Elian buscó una rama.

Esta vez no dibujaron costas.

Trazaron puntos sobre la tierra.

Él empezó con tres pequeñas marcas alineadas y añadió otras alrededor.

Amara inclinó la cabeza.

—No la reconozco.

—Es Orión. No se ve igual todo el año, pero puedo buscar un mapa del cielo y darte más referencias.

Ella repasó las marcas con los ojos.

No recordaba haber oído ese nombre.

—Tal vez nosotros la llamamos de otra forma.

Elian asintió.

Después le entregó la rama.

Amara dibujó la figura que su madre le había enseñado a encontrar cuando era niña: cinco luces en arco y una sexta separada hacia la derecha.

—La Sembradora.

Él observó el dibujo.

—Podría haberla visto sin saberlo.

Aquella posibilidad les permitió seguir hablando con entusiasmo.

Decidieron mirar el cielo despiertos y dibujarlo con cuidado. Buscarían la dirección, la época del año, la forma en que cambiaban las luces durante la noche.

Elian sonrió.

—Vera va a pensar que me volví astrónomo.

—Puedes decirle que estás aprendiendo.

—Va a querer saber para qué.

Amara le rozó la rodilla con la suya.

—Para encontrarme.

Él dejó de sonreír poco a poco.

Le tomó la mano y se la llevó a los labios.

* * *

Hablaron después del mar.

Amara quería saber si desde Valnera podía caminar hasta la playa. Elian le explicó que tardaba unos veinte minutos y que el camino de regreso parecía más largo porque siempre terminaba llevando los zapatos en la mano.

—¿No te gusta la arena?

—Me gusta hasta que intenta venirse a casa conmigo.

Ella rio.

Elian le describió un muelle, una cafetería donde servían un café demasiado amargo y un muro bajo desde el que podía verse salir la luna.

Amara lo escuchaba con los ojos cerrados.

Había empezado a construir aquel lugar dentro de sí. Ya sabía dónde pondría los pies, qué le preguntaría al llegar, en qué momento tomaría su mano.

—Me gustaría sentarme ahí contigo —murmuró.

—Podríamos llevar algo de cenar.

—Y quedarnos hasta que saliera.

Elian le acarició el cabello.

—A veces tarda.

Amara abrió los ojos.

—¿Cuál?

Él detuvo la mano.

—¿Cuál qué?

—¿Cuál tarda en salir?

Elian la miró sin comprender.

Ella se incorporó.

—La luna de la que estás hablando.

—La Luna.

Amara esperó una aclaración.

Al no recibirla, sonrió con cierta incomodidad.

—¿Ilun?

Elian negó.

—No sé qué es Ilun.

Ella lo observó.

—Una de las lunas.

La mano de Elian quedó inmóvil sobre la hierba.

—¿Una de las lunas? —repitió.

Amara sintió que algo se enfriaba entre sus costillas.

—Ilun y Nara.

Pronunció los nombres despacio.

Elian no respondió.

—La pequeña no siempre se distingue bien desde el valle —añadió ella—. Pero desde el mirador…

Se interrumpió.

Él había palidecido.

* * *

Caminaron hasta la orilla sin ponerse de acuerdo.

Amara necesitaba moverse.

Elian avanzaba a su lado, con las manos cerradas.

—¿Son nombres de estrellas? —preguntó al fin.

Ella negó.

—Son nuestras lunas.

Él miró hacia arriba.

En el cielo del lago no había ninguna. Solo aquella claridad que nunca terminaba de apagarse.

Amara también levantó la cabeza.

Durante todos sus encuentros habían aceptado aquel resplandor sin preguntar de dónde venía.

—Nosotros tenemos una —dijo Elian.

Su voz sonó baja.

Amara sintió ganas de corregirlo. De decir que estaba pensando en otra cosa, que no había entendido la pregunta.

Pero él la miraba con la misma urgencia.

—Una sola —añadió—. Grande. A veces se ve de día.

Ella se cruzó de brazos.

Recordó las dos luces sobre los tejados del pueblo, los calendarios escolares, las noches en que Nara parecía acercarse al borde de Ilun sin tocarlo.

Todo aquello era tan cotidiano que nunca se le había ocurrido contárselo.

Elian se pasó ambas manos por el rostro.

—Tenemos que comprobarlo.

Amara asintió.

No preguntó cómo. Sabía lo que tendrían que hacer.

Mirar.

* * *

Despertó antes de que sonara la alarma.

Su habitación seguía oscura.

Durante unos segundos permaneció acostada, escuchando el río. Después se levantó, se envolvió en una manta y salió descalza al corredor.

Las tablas estaban frías.

Caminó hasta el extremo desde el que podía verse el cielo sobre las montañas.

Ilun estaba alta, pálida y redonda.

Más abajo brillaba Nara, pequeña, ligeramente cobriza.

Amara apoyó una mano en la barandilla.

Las había visto miles de veces.

De niña había intentado dibujarlas desde aquella misma casa. Su madre le corregía el tamaño de la pequeña porque ella siempre la hacía demasiado grande.

Ahora las miraba como si acabaran de aparecer.

Dos.

Permaneció allí hasta que le dolieron los pies.

Después regresó a su habitación y abrió el cuaderno.

En una página limpia dibujó ambos discos.

Debajo escribió los nombres.

En la página de enfrente trazó un solo círculo.

No puso nada debajo.

Dejó el lápiz sobre la mesa y se sentó al borde de la cama.

Por primera vez desde que había empezado a buscar a Elian, le dio miedo que la respuesta estuviera demasiado lejos para caber en un mapa.