Capítulo 7 de 20

El nombre de nuestro mundo

Amara llevó el cuaderno al desayuno y lo mantuvo cerrado junto al plato.

No había dormido después de mirar las lunas.

Cada vez que intentaba convencerse de que había entendido mal a Elian, recordaba su expresión. Él también estaba tratando de encontrar una explicación. Lo había visto quedarse inmóvil al escuchar los nombres de Ilun y Nara.

Inara colocó una taza frente a ella.

—¿Qué pasó?

Amara abrió el cuaderno.

En una página estaban los dos círculos. En la otra, uno solo.

Su tía los observó.

—¿Son las lunas?

—Él dice que donde vive hay una.

Inara se sentó.

Afuera, dos huéspedes discutían sobre quién se había llevado por error las sandalias del otro. Una cuchara cayó en la cocina. Aquellos sonidos cotidianos le parecieron a Amara demasiado próximos para lo que intentaba decir.

—No habla de una que no se vea —continuó—. Dice que solo existe una.

Inara pasó los ojos de un dibujo al otro.

—¿Y tú qué piensas?

Amara cerró el cuaderno.

—Que necesito saber más.

* * *

Pidió la mañana libre.

Fue al pueblo con una lista de compras como pretexto, aunque Inara no le había exigido ninguno. Caminó directamente hasta la biblioteca pública y solicitó un libro de astronomía básica.

La encargada le indicó una estantería.

Amara encontró un volumen ilustrado, pesado, con esquinas gastadas. Lo llevó a una mesa junto a la ventana.

En las primeras páginas aparecía una imagen de su mundo visto desde el espacio.

Agua, nubes, continentes.

Dos pequeños discos acompañaban la fotografía.

Debajo se leían los nombres que cualquier niño aprendía en la escuela.

Ilun.

Nara.

Amara apoyó una mano sobre la página.

Había esperado encontrar algo que la tranquilizara. Una explicación sobre regiones desde las que solo pudiera verse un satélite. Alguna particularidad del cielo que justificara la confusión.

Pero Elian había dicho que tenían una sola luna.

Siguió leyendo.

Por primera vez en muchos años, prestó atención a las palabras que nombraban las cosas más grandes de su vida: el planeta, la estrella alrededor de la cual giraba, los mundos vecinos.

Copió los datos con cuidado.

Al llegar al nombre de su planeta, dejó de escribir unos segundos.

Eirea.

Nunca había tenido motivo para preguntárselo a Elian.

* * *

Regresó al refugio a la hora de comer.

Inara estaba en el corredor, reparando una de las cortinas.

Amara se sentó junto a ella.

Durante un rato observó la aguja atravesar la tela.

—Compré lo de la lista —dijo.

Su tía asintió.

—También fui a la biblioteca.

Inara dejó la costura sobre las rodillas.

Amara abrió el cuaderno y le mostró las notas.

No consiguió explicar todo de una vez. Habló de los mapas, de los mensajes que no llegaban, de unas estrellas que él reconocía y ella no.

Al terminar, tenía las manos frías.

Inara tomó el cuaderno.

Leyó lentamente.

—No sé qué está pasando —dijo al fin.

Amara sintió alivio al escucharla. No necesitaba que inventara una respuesta.

—Yo tampoco.

Su tía le devolvió las páginas.

—Esta noche pregúntale lo que necesitas preguntar. Después vienes conmigo.

Amara apoyó la cabeza en su hombro.

Inara le acarició el cabello sin dejar de mirar los dibujos.

* * *

Elian la esperaba de pie junto al lago.

No sonrió cuando la vio.

Amara comprendió que él también había pasado el día buscando.

Se acercaron hasta quedar frente a frente. Elian levantó una mano, pero la dejó caer antes de tocarla.

—Miré el cielo —dijo.

Ella asintió.

—Yo también.

—Solo hay una.

Amara sintió que la frase le quitaba algo de aire.

—En el mío hay dos.

Permanecieron callados.

El agua apenas se movía.

Finalmente, Elian le ofreció la mano.

Amara la tomó con ambas.

* * *

Se sentaron bajo el árbol.

Él había consultado libros y mapas celestes. Llevaba datos memorizados, nombres que pronunciaba despacio para que ella pudiera recordarlos.

Amara hizo lo mismo.

Descubrieron que sus sistemas de calendario eran distintos. También diferían algunas medidas. Lo habían atribuido antes a costumbres de países lejanos, pero ahora las discrepancias empezaban a reunirse.

Elian se inclinó hacia delante.

—Dime otra vez cómo se llama tu planeta.

Amara lo miró.

Hasta ese instante había conservado una esperanza pequeña: que él reconociera el nombre, que se riera de su miedo y todo recuperara un tamaño manejable.

—Eirea.

Elian cerró los ojos.

Ella le apretó la mano.

—¿El tuyo?

Él tardó un momento.

—Tierra.

Amara repitió la palabra.

La conocía como el suelo, como la materia húmeda que se quedaba bajo sus uñas al cuidar las plantas.

Pero nunca la había escuchado como el nombre de un mundo.

Elian buscó una rama.

Dibujó un círculo sobre la tierra y, a su alrededor, varias órbitas.

—Nuestro planeta es el tercero desde el Sol.

Amara observó los trazos.

Después señaló un espacio distinto.

—El nuestro es el cuarto desde Aster.

Elian dejó la rama.

Esta vez ninguno propuso revisar las letras.

* * *

Amara se puso de pie.

Caminó unos pasos y volvió.

Elian seguía sentado.

—Puede ser parte de esto —dijo ella—. El lugar. Los sueños. Algo que cambia cuando venimos.

Él asintió, aunque su rostro no se alivió.

—Puede ser.

—O podemos estar equivocándonos.

—Sí.

Amara se abrazó los brazos.

Necesitaba que él dijera algo más. Que encontrara una posibilidad que todavía no hubieran considerado.

Pero Elian la miraba con los ojos húmedos.

Aquello terminó por asustarla.

—No me mires así.

Él se levantó enseguida.

—Amara…

—Todavía no sabemos.

Elian se detuvo a un paso de ella.

—No. Todavía no.

Amara bajó la cabeza.

Él esperó hasta que fue ella quien apoyó las manos en su pecho.

Entonces la abrazó.

* * *

Lloró sin darse cuenta al principio.

Solo sintió la humedad sobre la cara y el movimiento de su propia respiración contra la camisa de Elian.

Había pensado en caminos.

Desde el primer día había imaginado una distancia que pudiera reducirse. Un viaje largo, dinero que reunir, documentos que conseguir.

Podría aprender otra lengua.

Podría acostumbrarse a otro clima.

Incluso había imaginado su llegada al taller, la sorpresa de él al levantar la cabeza.

Ahora aquella escena parecía alejarse mientras él continuaba abrazándola.

—Yo iba a ir —murmuró.

Elian apoyó la cara sobre su cabello.

—Yo también.

Amara se apartó apenas.

—Aunque tardara mucho.

Él le secó una lágrima con el pulgar.

—Lo sé.

No le dijo que encontrarían una manera.

Ella agradeció que no lo hiciera todavía.

* * *

Se sentaron junto a la orilla.

Amara había metido los pies en el agua, pero apenas la sentía.

—¿Hay otros lugares con personas en tu cielo? —preguntó.

Elian comprendió a qué se refería.

—No se ha confirmado.

Ella asintió despacio.

—En el nuestro tampoco.

La respuesta los dejó mirando el lago.

Dos personas, dos mundos habitados, y ninguno sabía de la existencia del otro.

Amara tomó una piedra pequeña.

La sostuvo entre los dedos y después la dejó caer al agua.

—Tenemos manos iguales.

Elian miró las suyas.

—Sí.

—Y madres que se preocupan. Y cocinas. Y cosas que se rompen.

Él soltó una risa breve, dolorida.

—Y cajones que se atascan.

Amara se cubrió la boca.

Elian le rodeó los hombros.

Ella apoyó la cabeza en él.

Durante un rato escucharon el agua llegar a la orilla.

* * *

—¿Por qué podemos entendernos? —preguntó Amara.

Elian miró hacia el árbol.

—No sé.

Habían hablado desde la primera noche sin esfuerzo. Hasta sus bromas habían llegado intactas.

Elian probó una frase en una lengua que había estudiado en la escuela. Amara comprendió que estaba preguntando por el árbol, pero no consiguió repetir los sonidos cuando él se lo pidió.

Después ella recitó una fórmula de bienvenida del refugio. Elian entendió la invitación y tampoco pudo devolverle las palabras.

—Entendemos lo que queremos decir —concluyó Amara—. Los nombres se quedan porque los recordamos como sonidos. Lo demás cambia.

Las direcciones y las cifras habían requerido otra clase de esfuerzo: acordar cada signo y memorizar su lugar. Ahora comprendían por qué reconocer una palabra allí no garantizaba encontrar su destino en una pantalla.

Amara recordaba a los turistas buscando palabras, señalando objetos, riéndose de sus propios errores. Con Elian nunca había tenido que hacer nada de eso.

—Quizá aquí no funciona igual —dijo él.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué cosa?

—Hablar.

Amara pensó en su nombre. En la primera vez que él lo había repetido. ¿Había escuchado una voz o había comprendido algo antes del sonido?

Intentó recordar y no pudo separarlo.

Elian la miró.

—Hay muchas cosas de este sitio que todavía no entendemos.

Amara pensó en su madre. Había soñado con ella muchas veces, pero nunca la había encontrado junto al lago.

—Si aquí podemos llegar tan lejos, ¿por qué no aparecen los que murieron?

Elian miró el agua antes de contestar.

—No he visto a mi padre. A veces sueño con él, pero no es como estar contigo.

No podían convertir aquella ausencia en una ley. Solo reconocieron una diferencia: cada uno seguía sintiendo un cuerpo dormido en algún lugar y podía desaparecer cuando ese cuerpo despertaba. No sabían si alguien sin ese regreso podía entrar en el mismo espacio.

Amara le rozó la mejilla.

Al menos podía sentirlo.

Eso seguía siendo cierto.

* * *

Antes de que llegara el despertar, acordaron continuar investigando.

Buscarían imágenes de los planetas vecinos, datos sobre sus estrellas, cualquier detalle que permitiera comprobar aquella explicación.

No sabían a qué distancia podían estar.

Todavía no tenían una cifra que temer.

Elian tomó ambas manos de Amara.

—Voy a volver.

Ella asintió.

—Yo también.

Se besaron despacio.

Amara se quedó cerca de su rostro al separarse, aprendiendo otra vez la forma de sus ojos, la línea de la nariz, una pequeña marca junto a la ceja.

Elian le sostuvo la nuca.

El mundo comenzó a desvanecerse alrededor de ellos.

* * *

Al despertar, Amara no encendió la lámpara enseguida.

Se quedó escuchando el río.

Luego buscó el cuaderno a tientas y lo abrió sobre las rodillas.

Escribió dos palabras, una debajo de la otra.

Eirea.

Tierra.

Las contempló hasta que las letras empezaron a volverse borrosas.

Después salió al corredor.

Inara estaba sentada junto a su puerta, envuelta en un chal. Había dejado una lámpara pequeña en el suelo.

Al verla, se puso de pie.

Amara intentó hablar.

No pudo.

Su tía la recibió entre los brazos y esperó.

Sobre los árboles, Nara brillaba cerca de Ilun.

Amara las miró por encima del hombro de Inara.

—Su mundo tiene otro nombre —consiguió decir.

Su tía le acarició la espalda.

—Ven. Vamos adentro.

Amara dejó que la guiara.

Por primera vez, al regresar a su habitación, comprendió que todas las personas a las que había recibido en el refugio compartían algo que ella nunca había considerado un privilegio.

Podían volver a encontrarse comprando un pasaje.

Se sentó en la cama, con el cuaderno abierto entre las manos.

La palabra Tierra seguía allí.

Amara apoyó dos dedos sobre ella, con el mismo cuidado con que había tocado por primera vez la mano de Elian.