Capítulo 8 de 20
Una distancia sin caminos
Durante tres días, Amara llevó el nombre de la Tierra doblado dentro del bolsillo.
Lo había escrito en un papel pequeño, debajo de los nombres de sus planetas vecinos que Elian le había dictado. Cada vez que disponía de unos minutos, sacaba la hoja y volvía a leerla.
Mercurio.
Venus.
Tierra.
Marte.
Los nombres no aparecían en sus libros.
Tampoco encontró una estrella llamada Sol que correspondiera al sistema descrito por él. Había denominaciones antiguas, catálogos con números y dibujos de regiones del cielo que no sabía interpretar, pero ninguna coincidencia que le permitiera señalar un punto y decir: allí.
Elian estaba haciendo lo mismo.
En su último encuentro le había contado que pasó una tarde entera buscando Eirea. Después había escrito Aster, Ilun y Nara en distintas combinaciones, hasta que las palabras dejaron de parecerle nombres.
—Encuentro cosas que se parecen —le dijo—. Pero no son lo que busco.
Amara comprendía aquella frustración.
También ella había abierto resultados con el corazón acelerado para descubrir, unos segundos después, una tienda, un personaje de ficción o una palabra escrita en otra lengua.
Al terminar el tercer día, dejó de buscar sola.
* * *
El observatorio de Liria estaba en una colina a las afueras del pueblo.
Amara había ido de niña con su escuela. Recordaba una escalera estrecha, la oscuridad de la sala y la impresión de que el cielo se movía encima de su cabeza.
Ahora llegó con el cuaderno apretado contra el pecho.
Una mujer en recepción le explicó que las visitas comenzaban después del atardecer.
—No vengo por una visita —respondió Amara—. Quería hacer una consulta.
La mujer la miró con paciencia.
Amara había preparado una explicación durante todo el camino. Al intentar decirla, le pareció insuficiente.
—Estoy escribiendo una historia —murmuró.
La mentira le calentó las mejillas.
Pero la mujer señaló una puerta.
—Tal vez el doctor Sarel pueda orientarte. Si no está ocupado.
* * *
Sarel era un hombre delgado, con una mancha de café en el puño de la camisa.
Escuchó la descripción del sistema de Elian y después le pidió el cuaderno.
Amara lo sostuvo un instante antes de entregárselo. Había páginas que no quería que leyera.
Él pareció advertirlo.
—Muéstrame solo lo que necesitas.
Ella abrió por los dibujos.
Sarel observó los círculos, las órbitas y las anotaciones.
—¿Esto lo inventaste tú?
—Me lo contó alguien.
Él levantó la vista, pero no insistió.
Amara le describió la luna única, el orden de los planetas y las formas que Elian recordaba de su mundo. Sarel hizo algunas preguntas que ella no supo responder.
Luego giró el cuaderno hacia ella.
—Con esto no puedo localizar una estrella.
Amara sintió que se le hundía el estómago.
—¿Ni siquiera aproximadamente?
—Necesitaríamos observaciones precisas y referencias comunes. Saber cómo llaman a sus mundos no nos dice dónde están.
Ella asintió.
Había esperado demasiado de aquellas páginas.
Sarel acercó una imagen de la galaxia en su pantalla.
—¿Tu historia requiere que estén lejos?
Amara miró la espiral luminosa.
—¿Qué tan lejos podrían estar?
El hombre se reclinó en la silla.
—En otro sistema de nuestra galaxia, a miles de años luz. En otra galaxia, a millones. Pero todavía no tienes datos para elegir una distancia.
Amara apretó las manos entre las rodillas.
—¿Y se podría llegar?
Sarel la observó unos segundos antes de responder.
—Nosotros apenas empezamos a explorar nuestro propio sistema.
Señaló un punto de la imagen.
—Incluso para la luz, las distancias entre galaxias exigen millones de años. Una nave como las que podemos construir tardaría muchísimo más.
Amara bajó los ojos al cuaderno.
Sarel suavizó la voz.
—¿Es una historia de amor?
Ella asintió.
—Entonces tendrás que decidir qué pueden hacer tus personajes con esa distancia.
* * *
En el camino de regreso, Amara se equivocó de calle.
Solo lo advirtió cuando llegó a una plaza que no conocía.
Se sentó en una banca para orientarse y terminó permaneciendo allí casi media hora.
Un niño perseguía una pelota entre los árboles. Dos mujeres discutían sobre una compra. Un hombre besó a su pareja antes de subir a un vehículo.
Amara los observó sin querer.
Le dolía la facilidad con que sus cuerpos compartían el espacio.
Podían tocarse un hombro mientras hablaban. Preparar una comida. Enfadarse y salir de una habitación sabiendo que el otro continuaba al otro lado de la puerta.
Ella tenía un lago al que no siempre conseguía llegar.
Se llevó la mano al bolsillo.
El papel seguía allí.
* * *
No entró directamente en su habitación al regresar.
Encontró a Inara organizando unas cajas en el almacén y se quedó junto a la puerta.
Su tía la miró una sola vez.
Después dejó lo que estaba haciendo.
Amara habló del observatorio. Esta vez no ocultó la pregunta que había ido a hacer.
—No sabemos dónde está —dijo—. Podría estar tan lejos que ni siquiera la luz llegara durante nuestra vida.
Inara le acercó un taburete.
—Siéntate.
Amara obedeció.
Tenía ganas de llorar, pero estaba demasiado cansada.
—Yo pensaba que, cuando encontrara a alguien así, lo difícil sería conseguir que me quisiera.
Su tía se agachó frente a ella.
—¿Él te quiere?
Amara abrió la boca.
No lo habían dicho todavía.
Habían hablado de ir, de quedarse, de reparar un cajón. Habían memorizado direcciones que no servían y compartido cosas que ella nunca contaba.
Pero aquellas dos palabras seguían sin aparecer.
—No lo sé —respondió.
Inara le apartó el cabello de la cara.
—Entonces habla con él.
* * *
Esa noche, el lago tenía pequeñas ondas.
Amara llegó cerca del árbol y encontró a Elian sentado con las manos juntas.
Él se levantó al verla.
Se abrazaron antes de hablar.
Amara hundió el rostro en su cuello. Le gustaba reconocerlo de esa manera, sentir que no necesitaba mirarlo para saber que era él.
Elian le acarició la espalda.
—Fui a un observatorio —dijo ella.
Él se apartó apenas.
—Yo hablé con un profesor de Vera.
Amara lo miró.
—¿Le contaste?
—Le dije que era para un proyecto.
Ella soltó una risa breve.
—Yo dije que estaba escribiendo una historia.
Elian sonrió, pero la sonrisa duró poco.
Caminaron hasta la orilla.
Allí se contaron lo que habían aprendido.
Ninguno había obtenido una ubicación.
Ninguno había encontrado una forma de viajar.
* * *
—Podrían ser millones de años luz —dijo Amara.
Elian miró el agua.
—Sí.
Ella quiso que la cifra le pareciera absurda, demasiado grande para afectarla. Pero solo consiguió imaginar el camino al pueblo repetido una cantidad interminable de veces.
—Aunque construyeran algo…
—No hay nada que podamos comprar, Amara.
La interrumpió con suavidad, pero ella sintió el golpe.
Elian se volvió hacia ella.
—He estado pensando en eso. En trabajar más. En vender el taller. Después me doy cuenta de que sigo pensando como si necesitara un pasaje.
Amara se cubrió la cara con las manos.
Él la abrazó de lado.
—Yo llegué a imaginar qué ropa llevaría —confesó ella.
Elian apoyó la frente en su sien.
—Yo pensé que a mi madre le caerías bien.
Amara empezó a llorar.
Él la sostuvo mientras el agua les mojaba los pies.
* * *
Más tarde se sentaron bajo el árbol.
Amara tenía la cabeza apoyada en su hombro. Elian jugaba distraídamente con una hebra suelta de su propia manga.
—No quiero que esto se convierta solo en buscar una salida —dijo él.
Ella levantó el rostro.
—¿Quieres que dejemos de intentarlo?
—No. Quiero conocerte también cuando no estemos asustados.
Amara lo miró.
Elian dejó la hebra.
—Quiero que me cuentes si tuviste un buen día. Quiero saber qué te enfada, qué comida no soportas, cómo eras antes de llegar al refugio.
Ella sintió una presión en el pecho.
—Quiero despertarme contigo.
Él cerró los ojos un instante.
—Yo también.
Amara le tocó la mejilla.
—No sé si voy a saber conformarme.
Elian apoyó la mano sobre la suya.
—Yo tampoco lo sé.
Se quedaron mirándose.
Aquella incertidumbre le pareció más honesta que cualquier promesa.
Elian fue quien habló primero.
—Me estoy enamorando de ti.
Amara notó cómo se le quebraba la respiración.
Él continuó antes de que pudiera responder:
—No sé qué hacer con todo lo demás. Pero necesitaba que supieras eso.
Ella lo besó.
Al separarse, tenía las manos apoyadas en su cuello.
—Yo ya empecé hace días.
Elian sonrió con los ojos húmedos.
Amara lo abrazó y sintió que él dejaba escapar el aire lentamente, como si hubiera llevado demasiado tiempo conteniéndolo.
Por un rato no hablaron de planetas.
Se contaron recuerdos pequeños.
Ella le habló de una trenza que su madre le hacía demasiado apretada y de la primera vez que intentó dirigir una clase de yoga. Elian confesó que había tardado meses en admitir que un mueble restaurado por él tenía un cajón torcido.
—Entonces no pienso dejarte tocar el mío —dijo Amara.
Él rio.
Ella quiso guardar aquella risa con la misma precisión con que había guardado los nombres del cielo.
* * *
Antes de despertar, Amara le pidió que permanecieran abrazados.
Elian se acomodó contra el tronco y ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
Escuchó algo parecido a un latido.
No sabía si pertenecía al cuerpo de él, al suyo o a aquel lugar.
No se apartó para comprobarlo.
Cuando el lago comenzó a desdibujarse, Elian le besó el cabello.
—Hasta que podamos volver.
Amara cerró los ojos.
* * *
Por la mañana abrió el cuaderno en una página nueva.
Escribió lo que Sarel le había dicho sobre las distancias. Añadió que todavía no podían localizar la Tierra, que los nombres y los dibujos no bastaban.
Después dejó el lápiz.
En el corredor, Inara movía unas macetas para que recibieran luz.
Amara salió y tomó la más pesada.
Su tía la miró.
—¿Cómo estás?
Ella sostuvo la maceta contra el cuerpo.
Pensó en millones de años.
En la madre de Elian.
En un cajón torcido.
—Enamorada —respondió.
La palabra le produjo tristeza y una alegría que no había conseguido perder.
Entre ambas colocaron la planta junto a la barandilla.
Después Amara se quedó mirando el lugar vacío a su lado, imaginando la mano de Elian cubierta de tierra.