Capítulo 9 de 20

Una casa junto al lago

La casa apareció una noche en que Amara llegó enfadada.

Había pasado el día resolviendo problemas pequeños que, al acumularse, terminaron por agotarla. Una pareja quería otra cabaña porque desde la suya se escuchaba demasiado el río. Una visitante había perdido un pendiente y estaba convencida de que alguien lo había tomado. Después, durante la cena, un hombre insistió en que Amara lo acompañara al pueblo, incluso cuando ella ya le había dicho que no.

Al terminar de trabajar, descubrió que habían dejado mojadas todas las mantas del salón.

No lloró hasta entrar en su habitación.

Y se enfadó también por eso.

Quería contarle a Elian lo ocurrido. Quería sentarse junto a él sin empezar por los planetas, sin tener que demostrar nada, sin sentir que el amor exigía una búsqueda interminable.

Al dormirse, imaginó una puerta que pudiera cerrar.

* * *

Elian estaba bajo el árbol cuando ella llegó.

Amara caminó hacia él y se detuvo a mitad del trayecto.

A unos pasos del tronco, donde antes solo había hierba, se levantaba una construcción pequeña.

Tenía paredes claras, dos ventanas y un tejado inclinado.

La puerta estaba entreabierta.

Elian la miraba con la misma sorpresa.

—¿Tú hiciste eso?

Amara negó despacio.

—Pensé en una casa.

Él volvió la cabeza hacia la construcción.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Después Amara soltó una risa nerviosa.

—Hoy quería cerrar una puerta.

Elian la observó con atención.

—¿Qué pasó?

Ella empezó a hablar antes de llegar hasta él.

* * *

Le contó lo del pendiente, las mantas y el huésped que había seguido insistiendo después de escuchar su negativa.

Elian la dejó terminar.

Luego preguntó:

—¿Tu tía sabe lo de ese hombre?

Amara asintió.

—Le dijo que, si volvía a molestarme, tendría que irse.

Él pareció tranquilizarse un poco.

—Bien.

Amara se cruzó de brazos.

—No quiero pasarme toda la noche hablando de él.

—Entonces háblame de las mantas.

Ella lo miró.

Elian mantenía el rostro serio, aunque una pequeña sonrisa empezaba a traicionarlo.

Amara se rio.

Fue una risa cansada que terminó en un suspiro.

Él abrió los brazos.

Ella se acercó y apoyó la frente en su hombro.

—Hoy no quiero buscar nada —murmuró.

Elian la abrazó con más fuerza.

—Podemos entrar.

* * *

La puerta se abrió sin hacer ruido.

Dentro había una habitación y una ventana que daba al lago. El suelo estaba cubierto por tablas anchas, pero no había muebles.

Amara avanzó despacio.

El lugar tenía un olor suave a madera recién cortada.

Se volvió hacia Elian.

Él también lo había advertido.

—Eso debe de ser tuyo —dijo ella.

Elian rozó el marco de la ventana.

—Puede ser.

Amara pasó una mano sobre la pared.

Se sentía firme.

Habían descubierto que algunas cosas cambiaban cuando las imaginaban con suficiente claridad. Pero nunca habían conseguido crear algo tan grande.

—¿Crees que seguirá aquí cuando volvamos? —preguntó.

Elian miró el techo.

—Espero que sí. No pienso repetir todo esto mañana.

Ella le dio un pequeño empujón.

Él la sujetó por la cintura antes de que se apartara.

Se quedaron mirándose en medio de la habitación vacía.

Amara le acarició el cuello.

—Hola —dijo de pronto.

Elian sonrió.

—Hola.

Era un saludo sencillo, tardío.

A ella le hizo bien.

* * *

Consiguieron una mesa al tercer intento.

La primera fue demasiado pequeña. La segunda tenía una pata que se hundía en el suelo como si las tablas no pudieran sostenerla.

Elian permaneció mirándola con evidente ofensa.

—No le digas a nadie que trabajo con esto.

Amara rio hasta tener que sentarse en el suelo.

Finalmente dejaron de esforzarse por imaginar cada parte. Él pensó en una mesa de su infancia, una que su padre utilizaba para clasificar piezas, y apareció frente a la ventana.

Tenía una marca oscura cerca de un extremo.

Elian pasó el dedo por encima.

Amara reconoció el cambio en su rostro.

—¿La recuerdas así?

Él asintió.

—Dejé algo caliente cuando tenía doce años.

Ella se acercó y apoyó la mano junto a la suya.

No intentaron borrar la marca.

Después aparecieron dos sillas distintas.

La de Amara se parecía a una del comedor del refugio. La de Elian tenía el respaldo más alto.

Las colocaron juntas frente al lago.

* * *

Durante las semanas siguientes, la casa permaneció.

A veces llegaban dentro. Otras aparecían junto al árbol y caminaban hasta ella.

Nunca consiguieron llevarse nada al despertar.

Amara intentó conservar una pequeña flor entre los dedos. Elian se guardó una piedra en el bolsillo. Ambos despertaron con las manos vacías.

Pero al regresar encontraban la mesa, las sillas y un estante donde ella había imaginado unos cuadernos.

Las páginas seguían en blanco.

Amara descubrió que escribir allí exigía un esfuerzo extraño. Algunas palabras se mantenían unos segundos y luego cambiaban o desaparecían.

Por eso continuó registrando todo al despertar.

En su habitación, el primer cuaderno estaba casi lleno.

* * *

Una noche, Elian llegó con una preocupación que intentó ocultar.

Amara lo notó cuando él respondió dos veces a una pregunta distinta de la que ella había hecho.

Estaban sentados junto a la ventana.

—¿Pasó algo en casa?

Elian giró el rostro.

—No. Mi madre está mejor.

—¿En el taller?

Él asintió.

Un cliente había cancelado un encargo importante. Ya había comprado parte de la madera y llevaba varios días calculando cómo cubrir los gastos.

Amara lo escuchó.

Su primer impulso fue pensar en cuánto dinero tenía guardado.

Después recordó.

Bajó la mirada hacia sus manos.

Elian lo comprendió antes de que hablara.

—No te lo cuento para que lo arregles.

Ella asintió, avergonzada por la facilidad con que había olvidado la distancia.

—Quisiera ayudarte.

—Ya me estás escuchando.

Amara se acercó con su silla.

Él le contó las cifras, las posibilidades, la rabia que le había dado tener que llamar al proveedor.

Ella no entendía todos los detalles, pero hizo preguntas.

Al cabo de un rato, Elian dejó de frotarse la frente.

Todavía tenía una decisión pendiente. El dueño de otro taller le ofrecía comprar la madera a un precio que cubría apenas una parte del gasto. Con aquel dinero podría pagar al proveedor, pero tendría que cancelar el trabajo que había prometido a una vecina.

Amara le aconsejó aceptar. Le preocupaba escucharlo hacer cuentas mientras se le endurecía la voz.

—No quiero decidirlo solo para dejar de estar asustado —respondió él.

Ella retiró la mano de la mesa.

—Intentaba ayudarte.

Elian lo sabía, y aun así necesitó que lo dejara pensar. Le explicó que había dado su palabra antes de recibir el encargo grande. Venderlo todo significaba trasladarle su pérdida a alguien que no tenía responsabilidad.

Amara escuchó hasta el final. Le costaba admitir que su primera solución servía sobre todo para tranquilizarla a ella.

—Entonces dime qué opciones quedan —pidió.

Elian volvió a ordenar las cifras.

—Creo que puedo ofrecer las piezas por separado —dijo—. Hay dos que servirían para otros trabajos.

Amara sonrió.

—Eso suena mejor.

Él la miró y le tomó la mano.

Permanecieron así mientras seguía pensando en voz alta.

Dos encuentros después le contó que había acordado con el proveedor un pago en partes. Conservaría la madera para la vecina y trabajaría algunos días en un taller ajeno. Amara no fingió que le parecía fácil. Esa vez preguntó cuándo podría descansar.

El amor empezó a ocuparle también las mañanas.

Amara veía una fruta rara en el mercado y pensaba que debía describírsela. Escuchaba una frase graciosa durante la cena y la repetía mentalmente para no olvidarla.

Elian hacía lo mismo.

Le contaba cosas que Vera había dicho, las discusiones de su madre con un vecino o algún error cometido en el taller.

Sin embargo, había días en que aquella vida compartida la dejaba triste.

Una tarde, Inara la encontró con dos tazas preparadas.

Amara había servido una de más sin darse cuenta.

Se quedó mirando el vapor.

Su tía tomó la segunda taza y se sentó con ella.

No hizo preguntas.

* * *

En el siguiente encuentro, Amara no pudo dejar de mirar las manos de Elian.

Él estaba reparando una bisagra que acababa de aparecer torcida en la puerta.

La casa respondía a sus recuerdos de maneras que todavía no comprendían. A veces traían al lago incluso las imperfecciones de los lugares que conocían.

Elian terminó, abrió y cerró la puerta para probarla.

Después la encontró observándolo.

—¿Qué?

Ella negó con una sonrisa.

—Nada.

Él dejó la herramienta sobre la mesa. Al apartar la mano, el objeto perdió nitidez y desapareció.

Amara se acercó.

Le tomó los dedos, los giró entre los suyos.

—Hoy preparé una taza para ti.

Elian levantó la mirada.

Ella intentó reírse.

—Me di cuenta cuando ya estaba servida.

Él la atrajo despacio.

Amara apoyó las manos sobre su pecho.

—Hay días en que esto me alcanza —confesó—. Y otros en que no sé qué hacer al despertarme.

Elian le acarició la espalda.

—Ayer compré dos bollos.

Ella cerró los ojos.

Él continuó:

—Pensé que podía contarte cómo sabían. Después me enfadé porque no quería describírtelos. Quería darte uno.

Amara hundió el rostro en su cuello.

Durante un rato se sostuvieron sin hablar.

* * *

Cuando levantó la cabeza, Elian le apartó el cabello de la cara.

Ella le besó la comisura de la boca.

Él esperó un instante antes de devolverle el beso.

Amara sintió la familiaridad de sus brazos y, al mismo tiempo, una emoción nueva. Ya no estaba intentando retener un encuentro breve. Conocía su risa, sus preocupaciones, la forma en que permanecía callado cuando ella necesitaba terminar una frase.

Lo quería también así.

En los días que no tenían nada extraordinario.

Se separó apenas.

—Te amo.

Las palabras le salieron con una serenidad que la sorprendió.

Elian cerró los ojos un momento.

Cuando volvió a mirarla, tenía lágrimas contenidas.

—Yo te amo, Amara.

Ella sonrió y le rozó la frente con la suya.

Afuera, una brisa movió las ramas del árbol.

* * *

Aquella noche se quedaron juntos en la casa.

Sobre el suelo apareció una manta semejante a la que Amara tenía a los pies de su cama. Se sentaron junto a la ventana y hablaron en voz baja, cada vez más cerca.

Cuando los besos dejaron paso al silencio, Elian le acarició el rostro.

—¿Quieres quedarte aquí?

Amara asintió.

Lo besó otra vez.

La luz del lago entraba por la ventana mientras se abrazaban. Más tarde, tendidos uno junto al otro, ella apoyó una mano sobre su pecho y permaneció escuchando aquella cadencia que todavía no sabía explicar.

No intentaron ponerle nombre.

Amara sintió una paz que no había conocido en sus otras noches de amor. Pudo mirarlo sin preguntarse cuándo querría irse, sin preparar una despedida antes de que terminara el abrazo.

Elian le acariciaba el cabello.

—¿Estás bien? —susurró.

Ella levantó la cara.

—Sí.

Se besaron despacio y volvieron a acomodarse juntos.

* * *

El despertar llegó mientras Amara observaba la marca de la mesa.

La habitación empezó a perder sus bordes.

Se incorporó, inquieta, y Elian le sujetó la mano.

—La casa seguirá aquí —dijo.

Ella miró sus dedos unidos.

—Nos vemos cuando podamos.

Él asintió.

Amara alcanzó a besarlo antes de abrir los ojos.

* * *

En el refugio amanecía.

La cortina dejaba entrar una franja de luz sobre el suelo y alguien caminaba por el corredor cargando un cubo.

Amara permaneció quieta.

Después volvió el rostro hacia el espacio vacío de su cama.

Le dolió.

Pero, por primera vez, aquel dolor estaba acompañado por una certeza que no necesitaba comprobar en ningún buscador.

Se levantó, abrió el cuaderno y escribió:

Nos dijimos que nos amábamos.

Debajo dibujó una casa pequeña, con dos ventanas.

Esta vez no añadió una pregunta.