Capítulo 10 de 20

Las cosas que no podemos darnos

La primera discusión ocurrió por una silla vacía.

Amara había pasado la tarde ayudando a Inara a preparar la celebración del aniversario del refugio. Colgaron luces entre los árboles, llevaron mesas al patio y cocinaron para los trabajadores, sus familias y los huéspedes que quisieran acompañarlos.

Cuando terminaron de acomodar los lugares, Amara dejó una silla a su derecha.

No lo hizo por error.

Durante unos segundos imaginó a Elian allí, conversando con su tía, probando la comida, apartándole el cabello cuando el viento se lo llevara a la cara.

Después llegó una de las cocineras con su hija y preguntó si podían sentarse.

Amara sonrió.

—Claro.

Se pasó la cena ayudando a la niña a cortar una fruta que resbalaba sobre el plato.

La quería desde pequeña y disfrutaba su compañía. Aun así, cada vez que miraba a su derecha sentía el mismo sobresalto, como si acabara de recordar una ausencia.

* * *

Elian llegó tarde al lago.

Amara llevaba un rato sentada frente a la casa.

Al verlo, se levantó enseguida, pero él se detuvo para quitarse algo de la manga. Tenía una pequeña mancha clara sobre la tela.

—Perdona —dijo—. Me quedé dormido sin darme cuenta.

La besó.

Amara lo abrazó un momento más de lo habitual.

—¿Estás cansado?

—Mucho. Terminamos un encargo y tuve que llevar unas piezas al almacén.

Entraron.

Elian se sentó junto a la ventana y cerró los ojos mientras ella acomodaba la otra silla.

—Hoy fue la celebración —dijo Amara.

Él abrió los ojos.

—Es verdad.

Ella esperó.

—¿Cómo salió?

—Bien.

Amara miró hacia la mesa.

Elian se frotó la cara.

—Cuéntame.

Empezó por las luces. Después habló de una bandeja que se había caído, del discurso de Inara y de la niña que terminó dormida sobre las piernas de su madre.

Mientras contaba, Elian sonreía a ratos.

Pero Amara sentía que no estaba consiguiendo llevarlo hasta allí.

Había demasiado que explicar.

El ruido de las conversaciones, el olor de la comida, la forma en que su tía había buscado su mano al agradecer a quienes la ayudaban.

Se quedó callada.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Amara negó.

—Nada.

Elian la conocía lo suficiente para no creerle.

* * *

—Quería que estuvieras —dijo al fin.

Él bajó las manos.

—Yo también.

—Había un lugar a mi lado.

Elian la miró.

Amara se arrepintió un poco de haberlo dicho así, como si lo estuviera culpando.

—Lo sé —añadió enseguida—. Sé que no podías.

Él asintió, pero se había puesto rígido.

Ella continuó:

—Mi tía recibió flores de todos. Hubo fotografías. Bailaron en el patio y yo…

Se interrumpió.

—Yo estaba imaginando una conversación que no estaba ocurriendo.

Él apartó la vista hacia el lago.

—Amara, no sé qué quieres que diga.

La frase salió más seca de lo que pretendía.

Ella lo miró.

—No te estoy pidiendo una respuesta.

—Pero parece que estoy haciendo algo mal.

—No dije eso.

—Cada vez que pasa algo importante, volvemos a lo mismo.

Amara se levantó de la silla.

Elian cerró los ojos brevemente.

La noche acababa de cambiar.

* * *

—No puedo fingir que no me duele para que tú estés tranquilo —dijo ella.

Él se puso de pie.

—No te estoy pidiendo que finjas.

—Entonces déjame contártelo.

—Te estoy escuchando.

Amara soltó una risa sin alegría.

—Estás esperando a que termine.

Elian se quedó inmóvil.

Ella supo por su expresión que lo había herido.

Durante unos segundos solo se oyó el roce de las hojas contra la pared de la casa.

—Hoy estuve catorce horas trabajando —dijo él—. Llegué, me senté un momento y desperté aquí. Ni siquiera me cambié.

Amara miró la mancha de su manga.

—Podías descansar.

—Quería verte.

Aquello la desarmó lo suficiente para dejarla sin respuesta.

Elian se apoyó en el borde de la mesa.

—A veces vengo pensando que aquí voy a poder respirar un poco. Y enseguida estamos hablando de todo lo que no puedo darte.

Amara bajó los ojos.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Lo he dicho mal.

Pero ella ya estaba llorando.

* * *

Salió de la casa.

Elian no la siguió de inmediato.

Amara caminó hasta el árbol y se sentó entre las raíces. Le ardían las mejillas.

Sabía que estaba cansado.

Sabía también que ninguna de sus palabras había sido pronunciada para hacerle daño.

Eso no evitaba que sintiera vergüenza de necesitar tanto.

Se abrazó las rodillas.

Había temido que él resultara una invención. Después, que no quisiera volver. Ahora estaban allí, enamorados, y podían lastimarse con la misma facilidad que cualquier pareja.

Oyó pasos unos minutos después.

Elian se detuvo a cierta distancia.

—¿Puedo sentarme?

Amara asintió.

Él se acomodó sobre la hierba.

No intentó tocarla.

* * *

—No quiero que tengas que llegar feliz todas las noches —dijo.

Ella se secó la cara con el dorso de la mano.

Elian miraba el lago.

—Cuando me cuentas esas cosas, empiezo a buscar qué podría hacer. Y como no encuentro nada, me enfado.

Amara giró un poco la cabeza.

—¿Conmigo?

Él negó.

—Pero termino hablándote como si fuera contigo.

Permanecieron callados.

Amara bajó los pies de la raíz y apoyó las plantas sobre la hierba.

—Yo llevaba todo el día esperando contártelo —dijo—. Cuando vi que estabas cansado, me dio rabia. Después me sentí horrible por sentirla.

Elian asintió lentamente.

—No lo sabía.

—Yo tampoco sabía lo de tus catorce horas.

Ella lo miró.

La mancha clara seguía sobre la manga.

Se preguntó cuánto de la vida del otro se les escapaba incluso después de hablar tanto.

* * *

—Podemos empezar de nuevo —propuso Elian.

Amara frunció apenas el ceño.

Él se levantó y caminó unos pasos.

Después regresó.

—Hola.

Ella no pudo evitar una sonrisa pequeña.

—Hola.

Elian se sentó a su lado.

—Estoy agotado. Hoy todo salió tarde, casi se rompió una de las piezas y no he cenado bien.

Amara lo escuchó.

—Lo siento.

Él asintió.

—¿Cómo estás tú?

La pregunta le humedeció otra vez los ojos.

—Triste —respondió—. La celebración fue preciosa y quería compartirla contigo.

Elian extendió una mano.

Ella la tomó.

—Cuéntame lo de tu tía —dijo él.

Esta vez Amara empezó por el momento que más le había importado.

Inara había sacado una fotografía vieja: las primeras dos cabañas, el terreno casi vacío y una Amara de seis años sentada sobre un cubo.

Su madre aparecía detrás.

Al recordarlo, la voz se le quebró.

Elian le acarició los dedos.

No la interrumpió.

* * *

Cuando terminó de contar, Amara permaneció un rato apoyada en él.

Después levantó la cabeza.

—No has cenado.

Elian soltó una risa.

—No creo que aquí podamos solucionarlo.

Habían intentado crear comida una noche. Lograron unas ciruelas que parecían reales, pero al morderlas la sensación se deshacía antes de convertirse en sabor. Despertaron con el mismo hambre.

Amara se puso de pie y le ofreció ambas manos.

—Entonces baila conmigo.

Él la miró con sorpresa.

—¿Ahora?

—Hoy no bailé.

Elian dejó que lo levantara.

—No soy bueno.

—Yo tampoco sé la música que estás escuchando.

Ella empezó a tararear la melodía que él le había enseñado.

Elian sonrió.

—Esa no se baila.

Amara le colocó una mano sobre la cintura.

—Esta noche sí.

* * *

Se movieron despacio junto al árbol.

Al principio Elian estaba demasiado pendiente de los pies. Después dejó de mirar hacia abajo y apoyó la mejilla cerca de la sien de Amara.

Ella continuó tarareando hasta olvidar una parte.

Inventó el resto.

Él se rio contra su cabello.

—Mi madre protestaría.

—No se lo cuentes.

Elian la hizo girar con torpeza y casi chocaron con una raíz.

Amara se sujetó de sus hombros.

Ambos acabaron riéndose.

La tristeza no había desaparecido, pero había dejado espacio para aquello.

Al terminar, Elian la besó en la frente.

—Me habría gustado sentarme a tu lado.

Amara cerró los ojos.

—Ya lo sé.

Esta vez pudo escucharlo sin sentir la necesidad de pedir algo más.

* * *

Regresaron a la casa.

Amara se sentó en el suelo y Elian apoyó la cabeza sobre sus piernas. Ella le acarició el cabello mientras él le contaba lo ocurrido con el encargo.

Había levantado una pieza demasiado pesada sin pedir ayuda.

—Mañana te va a doler todo —dijo ella.

—Ya me duele.

Amara detuvo la mano.

—¿También aquí?

Elian pareció pensarlo.

—Menos.

Ella siguió acariciándolo.

Por la ventana entraba la claridad del lago.

Al cabo de un rato, él preguntó:

—¿Te asustaste?

Amara comprendió enseguida.

—Un poco.

—A mí también me dio miedo.

Ella lo miró desde arriba.

—Podemos enfadarnos y volver a hablar.

Elian le tomó la mano y la apoyó contra su mejilla.

—Eso quiero.

* * *

Elian despertó primero.

Amara sintió cómo su peso empezaba a desvanecerse sobre sus piernas. Se inclinó para besarlo antes de que el rostro perdiera nitidez.

Después permaneció sola en la casa.

No intentó seguirlo.

Miró las dos sillas junto a la ventana y se levantó para acercarlas a la mesa.

La marca oscura continuaba allí.

Pasó los dedos sobre ella.

Aquel lugar guardaba las cosas que habían traído consigo, incluso las imperfectas.

* * *

Por la mañana, Inara estaba retirando las luces del patio.

Amara salió para ayudarla.

Trabajaron en silencio hasta que su tía le pidió que sostuviera un extremo del cable.

—¿Lo viste?

—Sí.

Inara esperó.

Amara enrolló despacio la parte que tenía entre las manos.

—Discutimos.

Su tía no pareció sorprendida.

—¿Y después?

Amara levantó la vista hacia las ramas donde todavía colgaban dos pequeñas lámparas.

Recordó la voz de Elian diciendo que estaba agotado. Su mano abierta junto a la raíz. El baile torpe.

—Después hablamos.

Inara le entregó otra sección del cable.

Amara la recibió.

Esa mañana, al guardar las luces en su caja, pensó que la noche anterior no había conseguido darle a Elian un sitio en la celebración.

Pero había aprendido a hacerle espacio en su tristeza sin olvidar que él también llegaba cargando la suya.