Capítulo 11 de 20
Un lugar para volver
El día que Amara cumplió veintidós años, despertó buscando el olor de un pastel que no estaba allí.
Durante unos segundos permaneció con los ojos cerrados, tratando de conservarlo.
Había soñado con la cocina de su infancia. Su madre estaba de espaldas, inclinada sobre la mesa, y ella sabía que, si conseguía acercarse sin despertarse, podría verle el rostro.
Pero alguien golpeó la puerta.
—¿Ya puedo entrar o estás volviendo de muy lejos?
Era Inara.
Amara se incorporó.
—Pasa.
Su tía apareció con una bandeja. Había una taza, fruta cortada y un pequeño pan dulce con una vela encendida.
—No encontré veintidós —dijo—. Tendrás que administrar el deseo.
Amara rio antes de empezar a llorar.
Inara dejó la bandeja y se sentó junto a ella.
No preguntó por qué.
La abrazó hasta que Amara pudo hablar.
—Soñé con mi mamá.
Su tía le besó el cabello.
—Le gustaba levantarse antes que tú en tu cumpleaños.
Amara asintió contra su hombro.
Al separarse, la llama seguía encendida.
La miró durante un momento.
Por primera vez desde niña, no pidió encontrar al amor de su vida.
Sopló pensando en conservarlo.
* * *
Elian sabía la fecha.
La habían comparado semanas antes, con cierta dificultad, porque sus calendarios no coincidían. Terminaron utilizando los días transcurridos entre encuentros y las anotaciones que ambos hacían al despertar.
Amara no esperaba un regalo.
Aquella era una de las cosas que habían dejado de pedirle al mundo del lago: pruebas que pudieran llevarse a casa.
Sin embargo, durante toda la mañana sintió la impaciencia alegre de quien sabe que alguien está preparando algo.
Inara lo notó mientras organizaban las actividades.
—Esta noche no te necesito en la cena —dijo.
Amara levantó la vista.
—Hay muchas reservas.
—Y hay otras personas trabajando aquí.
Su tía marcó algo en la lista.
—Puedes cenar con nosotros y marcharte después.
Amara sonrió.
—Gracias.
Inara la observó un instante.
—Pero antes vas a ayudarme a cargar las verduras.
* * *
El cumpleaños transcurrió entre abrazos, trabajo y una llamada de una antigua compañera.
Al caer la tarde, Inara reunió a los trabajadores en el comedor. Había un pastel sencillo y flores cortadas del jardín.
Amara se dejó fotografiar, aceptó las bromas y guardó una porción para el día siguiente.
Después subió a su habitación.
Se bañó despacio, eligió una prenda cómoda y se desenredó el cabello frente al espejo.
No sabía por qué lo hacía.
Había llegado al lago con ropa que no recordaba haberse puesto. Otras noches conservaba exactamente la que llevaba al dormirse. Nunca conseguían decidir cuánto pertenecía al cuerpo y cuánto al recuerdo.
Aun así, quería sentirse bonita al cerrar los ojos.
Antes de acostarse, abrió el segundo cuaderno.
Escribió:
Hoy tengo veintidós.
Luego añadió, después de pensarlo:
Quiero recordar que también fui feliz mientras esperaba.
* * *
Elian estaba junto a la puerta de la casa.
Al verla, enderezó la espalda y se quedó mirándola.
Amara se acercó sonriendo.
—¿Qué?
Él negó despacio.
—Nada. Feliz cumpleaños.
La abrazó.
Ella cerró los ojos al sentir su boca junto al oído.
No había pasado tanto tiempo desde el último encuentro, pero la alegría de volver a tocarlo continuaba sorprendiéndola.
—¿Estás preparada? —preguntó él.
Amara se apartó lo suficiente para mirarlo.
—Eso depende.
Elian abrió la puerta.
Sobre la mesa había una pequeña caja de madera.
* * *
Amara se acercó sin tocarla.
La caja tenía una tapa lisa y una curva delicada en los bordes. Era más pequeña que la palma de su mano.
Miró a Elian.
Él parecía de pronto nervioso.
—La hice en el taller.
Amara volvió los ojos hacia la mesa.
—¿De verdad?
Elian asintió.
—Tardé varios días. Está en mi habitación.
Ella comprendió entonces que la caja frente a ellos era el recuerdo de otra.
Una que existía despierta, bajo un cielo distinto.
La tomó con cuidado.
Elian le mostró cómo deslizar la tapa. Dentro había una llave pequeña.
Azul.
Amara soltó una risa que se le quebró a la mitad.
—No encontré una granada que pudiera usar sin hacer un desastre —dijo él.
Ella se llevó una mano a la boca.
Elian esperó.
Amara sacó la llave.
La pintura tenía una pequeña irregularidad junto a un borde.
Él la señaló enseguida.
—Esa parte me quedó mal.
Ella negó con la cabeza.
No podía dejar de mirarla.
* * *
—La de mi habitación es igual —explicó Elian—. La llave no abre nada. La compré en una tienda de piezas antiguas.
Amara cerró los dedos alrededor de ella.
—¿Por qué?
Él se acercó.
—Quería hacerte algo aunque no pudiera dártelo allí.
Ella levantó la vista.
Elian tenía las manos manchadas. Una línea oscura le cruzaba un nudillo.
—Me cansé de pensar que todo lo que hacemos juntos desaparece cuando despierto.
Amara dejó la caja sobre la mesa y lo abrazó.
Durante un rato no encontró palabras.
Él le acarició la espalda.
—Está en tu mundo —murmuró ella al fin.
—Sí.
—Algo que hiciste para mí.
Elian asintió contra su cabello.
Amara lo abrazó con más fuerza.
* * *
Salieron con la caja.
La colocaron sobre una piedra junto al árbol y se sentaron cerca del agua.
Elian le pidió que contara el día entero.
Ella empezó por Inara entrando con la vela y terminó con una cocinera que había intentado esconderle el pastel detrás de una puerta demasiado estrecha.
Él se rio.
Amara le describió las flores, las voces y el pequeño regalo de una huésped: una cinta para sujetarse el cabello.
Después guardó silencio.
Elian le rozó el hombro.
—¿Qué pediste?
Ella miró el lago.
—Que esto durara.
Él bajó los ojos hacia sus manos.
Amara advirtió el gesto.
—No tienes que prometerme nada.
Elian tardó en responder.
—Quiero seguir viniendo.
—Yo también.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
Durante un rato, aquello les bastó.
* * *
Más tarde hablaron de los años siguientes.
No lo habían evitado deliberadamente. Simplemente, cada vez que el futuro aparecía, terminaban regresando a la noche que tenían delante.
Amara fue quien abrió la pregunta.
—¿Cómo creías que ibas a vivir?
Elian se quedó mirando la casa.
—¿Antes de conocerte?
Ella asintió.
—Pensaba ampliar el taller. Contratar a alguien de forma fija. Comprar una casa cuando pudiera.
Amara siguió la dirección de su mirada.
—¿Con alguien?
Él volvió el rostro hacia ella.
—Supongo que sí.
Amara bajó los ojos.
Elian le tomó la mano.
—¿Tú?
Ella arrancó una brizna de hierba y la dobló sobre un dedo.
—Quería seguir en el refugio. Aprender más. Viajar un poco.
Se detuvo.
—Y tener hijos —añadió.
El silencio fue inmediato.
Amara sintió el impulso de retirar la frase.
No lo hizo.
Elian miró sus manos unidas.
—Yo también lo había pensado.
* * *
No podían construir una respuesta para todo.
Lo sabían.
Aun así, escuchar aquellos deseos en voz alta les mostró rincones de la distancia que todavía no habían recorrido.
Amara podía imaginar una mesa.
Podía hacer aparecer una manta.
Pero no quería inventar un niño para ocupar el lugar de uno que nunca existiría.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Elian se acercó.
—No hemos hecho nada malo al quererlo —dijo.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Y no tenemos que decidir nuestra vida entera esta noche.
Amara levantó la mirada.
Él también parecía triste.
Ella le acarició el rostro.
—Solo quería que lo supieras.
Elian la besó en la palma.
—Quiero saber esas cosas.
* * *
Al regresar a la casa, Amara se detuvo en la puerta.
Desde allí podía ver las dos sillas, la marca oscura en la mesa y la manta doblada junto a la ventana.
Un hogar hecho de recuerdos que ninguno podía visitar despierto.
Elian llegó detrás de ella.
—¿Entramos?
Amara se volvió.
Lo besó sin responder.
Más tarde permanecieron abrazados sobre la manta. Hablaron poco. Ella siguió con un dedo la línea de una de sus cejas y él le acomodó el cabello para que no quedara atrapado bajo su hombro.
Cuando Amara cerró los ojos, no intentó imaginar otra vida.
Escuchó su voz.
Sintió su mano.
Dejó que aquella noche tuviera el tamaño de una noche.
* * *
Antes de despertar, tomó la llave azul.
Se quedó mirándola sobre la palma.
Elian observó el gesto.
Ambos sabían lo que ocurriría.
—La guardaré —dijo él—. La de mi habitación.
Amara cerró los dedos.
—No la arregles.
Él sonrió.
—¿La pintura?
Ella asintió.
—Quiero que siga igual.
Elian le besó los nudillos.
La casa comenzó a perder nitidez.
Amara intentó conservar la presión de la llave hasta el último instante.
* * *
Despertó con la mano cerrada.
La abrió despacio.
Nada.
Permaneció mirando la palma vacía, pero no lloró enseguida.
Después se levantó, encendió la lámpara y dibujó la caja.
Hizo varios intentos con la curva de la tapa. Añadió la llave y la pequeña irregularidad de la pintura.
Debajo escribió:
Existe otra igual. Él la tiene.
Al amanecer bajó al pueblo.
Compró pintura azul y una caja sencilla en una tienda de artesanías. Luego buscó una llave antigua, pequeña, que ya no perteneciera a ninguna cerradura.
De regreso, la pintó sentada junto a la ventana.
Le dejó una imperfección cerca del borde.
Cuando terminó, la colocó dentro de la caja y la guardó sobre su cómoda.
Aquella noche tendría algo nuevo que contarle.
Por primera vez, los dos conservarían despiertos una versión del mismo regalo.