Capítulo 12 de 20

Las flores del otro lado

La pintura de la llave tardó dos días en perder el olor.

Amara abría la caja cada mañana, comprobaba que no se hubiera pegado al fondo y volvía a colocarla sobre la cómoda. A veces la levantaba para observar la pequeña imperfección que había dejado junto al borde.

Elian había reído al enterarse.

—Podías haber hecho una mejor.

—Entonces no sería la misma.

Él le había pedido que describiera la caja, el tamaño de la llave y el lugar donde pensaba guardarla. Escuchó con tanta atención que Amara terminó riéndose también.

—Parece que quieres venir a buscarla.

Elian no respondió enseguida.

Después le besó los dedos.

—Quiero saber dónde están tus cosas.

Desde aquella noche comenzaron a contarse detalles que antes habían considerado demasiado pequeños.

El cajón donde él guardaba sus calcetines. La marca que había dejado una lámpara sobre la mesa de Amara. El sitio exacto donde Clara ponía las llaves de casa y luego olvidaba haberlas puesto.

Con esas cosas, cada uno fue aprendiendo a caminar por las habitaciones del otro.

* * *

Pasaron varios meses.

Amara recibió huéspedes nuevos, aprendió los nombres de otros países y acompañó a Inara durante una temporada de lluvias que desbordó el sendero bajo.

Elian consiguió terminar los muebles que tenía pendientes y contrató a un ayudante dos mañanas por semana.

Vera aprobó unos exámenes que la habían tenido de mal humor durante días.

Clara volvió a trabajar en su pequeño jardín.

La vida continuaba a ambos lados del sueño.

En el lago, la casa adquirió una repisa junto a la ventana, una manta más gruesa y un banco exterior que Elian logró mantener firme después de tres intentos.

Amara había hecho aparecer un cuenco para colocar flores.

Casi nunca estaba vacío.

* * *

Una noche llegó con una noticia que la hacía sonreír antes de empezar a hablar.

Inara le había propuesto dirigir las actividades del refugio durante una semana.

Su tía viajaría para visitar a una amiga y quería dejarla a cargo de los horarios, los trabajadores y los huéspedes.

Elian la escuchó sentado en el banco.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que sí.

—¿Sin pensarlo?

Amara hizo una mueca.

—Lo pensé después.

Él rio.

Ella le contó las listas que había preparado, sus temores y las cosas que deseaba cambiar. Quería ampliar el tiempo de descanso entre actividades y organizar paseos cortos para las personas que no podían subir al sendero alto.

Elian la miraba con una expresión que terminó por hacerla detenerse.

—¿Qué?

—Te gusta mucho ese lugar.

Amara volvió la vista hacia la casa.

—Sí.

Él le acarició la mano.

—Se nota cuando hablas.

Ella se quedó pensando en aquello.

Durante los primeros meses había sentido que su vida despierta era el tiempo que debía atravesar para regresar con él. Ahora volvía a reconocer sus propios deseos dentro del refugio.

Quería hacer bien su trabajo.

Quería que Inara pudiera marcharse tranquila.

Quería tener cosas que contar al regresar.

* * *

La primera jornada a cargo terminó con una tubería rota.

Amara pasó parte de la tarde trasladando huéspedes y buscando a quien pudiera repararla. Después tuvo que reorganizar una cena porque una de las cocineras enfermó.

Cuando llegó la noche, se durmió vestida.

No fue al lago.

A la mañana siguiente encontró el cuaderno abierto junto a la almohada y sintió una punzada de culpa.

Elian la esperó otra noche más.

Cuando consiguieron verse, ella comenzó a disculparse antes de abrazarlo.

Él la escuchó y luego señaló la manga arrugada de su blusa.

—¿Dormiste con eso?

Amara asintió.

Elian empezó a reír.

Ella le dio un golpe suave en el brazo.

—Estoy intentando explicarte.

—Ya entendí. La tubería ganó.

Amara se rio por primera vez desde el incidente.

Él la abrazó.

—Me preocupé —admitió—. Pero pensé que vendrías cuando pudieras.

Ella apoyó la cara en su pecho.

Recordó la primera vez que él había faltado y cómo había llenado la espera de sospechas.

Habían aprendido algo desde entonces.

* * *

Al terminar la semana, Inara regresó y encontró las cuentas en orden, dos quejas resueltas y una propuesta escrita para mejorar el sendero.

También encontró a su sobrina dormida en una silla.

La despertó tocándole el hombro.

Amara abrió los ojos de golpe.

—La cena está organizada.

Su tía soltó una carcajada.

—Todavía no te he preguntado nada.

Amara se frotó la cara.

Inara tomó las hojas que había dejado sobre la mesa y empezó a leerlas.

Al cabo de un rato levantó la vista.

—Podemos probar lo de los paseos cortos.

Amara enderezó la espalda.

—¿Sí?

—Sí. Pero mañana descansas.

Ella sonrió.

Esa noche fue al lago con una alegría que no necesitaba consuelo.

* * *

Elian había llevado flores.

Estaban sobre la mesa, dentro del cuenco.

Eran pequeñas, de pétalos blancos y centro amarillo.

Amara se inclinó para mirarlas.

—¿De dónde salieron?

Él se apoyó en el marco de la puerta.

—Mi madre las plantó junto a la entrada. Esta mañana se abrieron varias.

Ella tocó un pétalo.

—Nunca las había visto.

Elian sonrió.

—Ahora sí.

Amara levantó una y la acercó al rostro. Tenía un olor tenue que parecía desaparecer cuando intentaba distinguirlo.

Las dejó otra vez en el cuenco.

Después fue hacia él.

—Mi tía aceptó la propuesta.

Elian la rodeó por la cintura y la levantó apenas del suelo.

Ella soltó una exclamación entre risas.

—¡Bájame!

Él obedeció, pero no la soltó.

Amara lo besó.

Aquella noche celebraron caminando alrededor del lago, inventando nombres para las flores que aparecían entre la hierba.

Discutieron durante un rato sobre uno especialmente feo que había propuesto Elian.

Ella terminó aceptándolo con la condición de no usarlo delante de nadie.

* * *

Cuando regresaron a la casa, él estaba más callado.

Amara lo notó mientras acomodaba las flores.

—¿Qué pasa?

Elian se sentó.

—Mi madre preguntó por ti.

Ella se volvió despacio.

—¿Qué le dijiste?

—Que estás bien.

Amara dejó el cuenco.

Sabía que Clara había oído hablar de una muchacha, pero no cuánto conocía de aquella relación.

Se sentó frente a él.

Elian pasó una mano sobre la marca de la mesa.

—Quiere saber cuándo vas a ir.

Amara bajó los ojos.

Durante unos segundos escuchó el agua contra la orilla.

—¿Y tú qué le respondiste?

—Que no podemos organizarlo todavía.

Ella asintió.

No le reprochó la respuesta.

Podía imaginar a Clara haciendo una pregunta sencilla mientras guardaba los platos, sin saber que acababa de tocar la parte más dolorosa de la vida de su hijo.

—También cree que podrías hablar con ella alguna vez —añadió Elian.

Amara se miró las manos.

—Me gustaría.

Él levantó la cabeza.

Ella intentó sonreír.

—Aunque no pueda.

* * *

Hablaron de Clara durante un rato.

Amara preguntó cómo recibía a las visitas, si ofrecía comida enseguida y si se parecía a Vera.

Elian contestó con cuidado, agradecido por aquellas preguntas.

Después ella miró las flores.

—Dile que son bonitas.

Él siguió la dirección de sus ojos.

—¿Las flores?

Amara asintió.

—Puedes decirle que me las describiste.

Elian permaneció callado.

Luego tomó su mano.

—Se lo diré.

A ella le bastó imaginar a aquella mujer recibiendo un agradecimiento que había cruzado una distancia imposible.

* * *

Antes de acostarse sobre la manta, Elian se quedó mirando la ventana.

Amara estaba doblando una tela y tardó en advertirlo.

—¿Qué ves?

Él se volvió.

—Nada.

Ella esperó.

Elian se sentó junto a ella.

—Estos días hay demasiadas noticias.

Amara dejó la tela.

—¿Sobre qué?

Él se encogió de hombros.

—Países discutiendo. Amenazas. Gente diciendo que esta vez es distinto y otros asegurando que no va a pasar nada.

Ella le tomó la mano.

No conocía aquellos países. Sus nombres no pertenecían a ninguno de sus mapas. Pero reconoció el cansancio en su voz.

—¿Te preocupa?

Elian tardó un momento.

—A mi madre sí. Deja las noticias puestas y luego dice que no puede dormir.

Amara le acarició los nudillos.

—¿Y tú?

Él miró sus manos.

—No sé qué pensar.

Ella se acercó y apoyó el hombro contra el suyo.

No intentó tranquilizarlo con una certeza que no tenía.

* * *

Al despertar, Amara dibujó las flores.

Añadió el nombre que Elian les había dado y una nota sobre el jardín de Clara.

Más abajo escribió unas líneas acerca de las noticias.

Después cerró el cuaderno.

En la cocina, Inara estaba preparando una infusión. Amara se sentó frente a ella y le contó lo de la propuesta, las flores y la pregunta de la madre de Elian.

Su tía la escuchó mientras cortaba fruta.

—Debe de querer conocer a la persona que hace feliz a su hijo —dijo.

Amara sonrió con tristeza.

Luego miró por la ventana hacia el jardín.

Las plantas del refugio todavía conservaban gotas de la noche.

Pensó en otro jardín, en una casa que jamás había visto y en una mujer que quizá estuviera inclinándose en ese momento para retirar una hoja seca.

—Ojalá esté bien —murmuró.

Inara siguió su mirada, aunque no podía saber a quién estaba viendo.

Aquella mañana, antes de empezar a trabajar, Amara se detuvo junto al río.

Cerró los ojos y dejó que el agua llenara el silencio.

Por primera vez pidió algo para una persona del otro mundo que no era Elian.

Pidió que Clara pudiera dormir tranquila.