Capítulo 13 de 20
La última noche de las flores
La primera vez que Amara advirtió que las flores podían marchitarse en el lago, intentó devolverles la forma con las manos.
Habían perdido firmeza. Uno de los pétalos blancos descansaba sobre la mesa, junto al cuenco.
Lo recogió y cerró los ojos.
Pensó en el jardín de Clara, tal como Elian se lo había descrito: la entrada estrecha, los recipientes de distintos tamaños, la tierra que su madre retiraba del sendero con una escoba vieja.
Cuando abrió los ojos, el pétalo seguía arrugado.
—Tal vez estás recordándolas así —dijo Elian.
Estaba junto a la ventana, doblando una manta.
Amara miró el cuenco.
—Yo las recuerdo bonitas.
Él se acercó y examinó una de las flores.
—Mi madre cortó las del jardín. Ya estaban secándose.
Ella levantó la vista.
Durante un momento permanecieron mirando el pequeño ramo.
Habían aprendido a aceptar muchas cosas sin entenderlas. La casa que permanecía. Las palabras escritas que no conseguían conservarse. La comida sin sabor.
Elian dejó una flor sobre la palma y evocó una recién abierta. Durante un instante recuperó la firmeza; al distraerse, volvió a doblarse.
Amara comprendió que no estaban trasladando plantas vivas. A veces el recuerdo más reciente de él corregía el que ella conservaba. La mesa persistía porque ambos regresaban a la misma mesa; las flores cambiaban porque su imagen seguía recibiendo otros días.
No todo obedecía de inmediato. La atención se cansaba y los recuerdos se contradecían. Aquello era una explicación provisional, suficiente para dejar de esperar que el lugar funcionara como una habitación de sus casas.
Pero aquellas flores les hicieron advertir que también sus recuerdos estaban envejeciendo.
Amara dejó el pétalo junto al cuenco.
—Entonces mañana pondremos otras.
Elian le besó la sien.
—Mañana.
* * *
Habían transcurrido casi ocho meses desde la primera noche en el lago.
Amara lo sabía por sus cuadernos. Elian llevaba su propia cuenta y, aunque no coincidían todos los encuentros, habían conseguido reconocer un ritmo compartido.
El tiempo pasaba para ambos.
Ella había empezado a trabajar en los paseos cortos del refugio. Él tenía dos encargos nuevos y un ayudante que siempre encontraba la forma de llegar tarde con una explicación distinta.
Vera estaba decidiendo qué estudiar.
Clara seguía cuidando el jardín.
Cuando Amara preguntaba por las noticias, Elian respondía con pocas palabras.
No parecía querer ocultarle nada. Más bien daba la impresión de estar cansado de escuchar lo mismo durante el día.
Una noche le contó que habían formado filas en algunas tiendas.
Otra mencionó una discusión entre su madre y un vecino que había comprado demasiadas provisiones.
—Vera dice que todos están perdiendo la cabeza —añadió.
Amara le preguntó qué pensaba él.
Elian miró la mesa.
—Que quiero que dejen de hablar de guerras como si alguien pudiera ganar una.
* * *
En el refugio empezaba la temporada de mayor afluencia.
Había niños corriendo entre las cabañas, familias preguntando por los horarios y parejas que pedían lugares apartados durante los paseos.
Amara apenas encontraba tiempo para escribir.
Una tarde, mientras acomodaba mantas, Inara le recordó que necesitaba entregar la lista de materiales para mejorar el sendero.
—La tengo casi terminada —respondió.
Su tía la observó.
—La tienes casi terminada desde hace cuatro días.
Amara dejó la manta.
Tenía razón.
Desde que Elian había hablado de las filas en las tiendas, revisaba las noticias de su propio mundo con una ansiedad absurda. Buscaba nombres que no aparecían, imágenes que jamás podrían llegar por aquellas pantallas.
Inara la ayudó a sentarse frente a la lista.
—Haz esto primero.
Amara tomó el lápiz.
Durante media hora se ocupó de cuerdas, apoyos y señales.
Al terminar, pudo respirar mejor.
Guardó la hoja y añadió una tarea para el día siguiente: comprar semillas para el tramo cercano al río.
Quería flores que los visitantes pudieran ver sin abandonar el camino.
* * *
Elian faltó dos noches.
Amara consiguió llegar a la casa en ambas y se quedó esperándolo junto a la ventana.
No sintió la misma desconfianza de antes.
Pensó en Clara. En el taller. En un cansancio demasiado grande para alcanzar el lago.
Aun así, la segunda noche acomodó las dos sillas frente a la puerta.
Cuando él apareció en la tercera, se levantó tan deprisa que una cayó hacia atrás.
Elian la abrazó sin hablar.
Tenía el rostro tenso.
—¿Están bien? —preguntó ella.
Él asintió contra su cabello.
—Sí. Estamos bien.
Amara se apartó apenas.
—¿Qué ocurrió?
—Hubo cortes de luz. Mi madre quiso ir a casa de mi tía. Pasamos una noche allí y después tuvimos que volver por unas cosas.
Ella le sostuvo la cara entre las manos.
Elian cerró los ojos al sentirlas.
Amara no preguntó nada más hasta que él estuvo preparado.
Hablaron sentados en el suelo.
Elian explicó que las noticias cambiaban cada pocas horas. Algunos decían que los acuerdos estaban cerca. Otros hablaban de ataques lejanos, fronteras cerradas y amenazas que nadie parecía dispuesto a retirar.
Amara intentó seguir los nombres.
No podía ubicarlos.
Era como escuchar que un incendio avanzaba por una casa cuya distribución desconocía.
—¿Valnera está lejos? —preguntó.
Elian comprendió.
—De donde está pasando lo peor, sí.
Amara soltó un poco el aire.
Él le acarició la mano.
—No quiero que pases el día preocupándote por cosas que yo tampoco entiendo.
Ella lo miró.
—Pero quiero saber cómo estás.
Elian bajó la cabeza.
Después se acercó hasta apoyar la frente contra la suya.
—Tengo miedo —admitió.
Amara lo abrazó.
Lo sostuvo mientras él le contaba que Clara había preparado una bolsa pequeña y que Vera se había burlado al principio, hasta que empezó a revisar sus documentos.
Elian había encontrado la caja de la llave azul entre la ropa que su madre estaba guardando.
—La vio sobre mi cama —dijo—. Pensó que era importante.
Amara cerró los ojos.
Le habría gustado abrazar también a Clara.
La noche siguiente hablaron de otras cosas.
Elian quiso saber si había comprado las semillas.
Amara sonrió, sorprendida de que lo recordara.
—Todavía no.
Él frunció el ceño.
—Entonces mañana.
—¿Me estás dando órdenes?
—Estoy intentando salvar tu sendero.
Ella le dio un pequeño empujón.
Elian se rio y, durante unos segundos, recuperó la expresión de las primeras noches.
Amara quiso prolongarla.
Le contó que una huésped había hecho una postura de yoga mirando en dirección contraria al resto del grupo y luego insistió en que ella era la única bien colocada.
Elian se rio tanto que terminó doblándose sobre las rodillas.
Amara lo observó con una alegría dolorosa.
Quería que pudiera reírse así al despertar.
* * *
Compró las semillas al día siguiente.
Eligió flores resistentes, de tallo bajo, y pasó parte de la tarde preparando la tierra con dos trabajadores.
Se manchó las rodillas.
El cabello se le escapó de la trenza y acabó pegándosele a la cara.
Cuando Inara bajó al sendero, la encontró intentando abrir un paquete con los dientes.
—Hay tijeras en la cocina.
Amara levantó la mano sucia.
—Y barro hasta aquí.
Su tía le quitó el paquete y lo abrió por la pequeña pestaña del borde.
La miró en silencio.
Amara empezó a reírse.
Aquella tarde estuvo contenta.
No dejó de pensar en Elian, pero pudo imaginar el momento de contarle lo que había hecho sin sentir que estaba abandonándolo por vivir su propio día.
* * *
Al llegar al lago lo encontró en el banco.
Había flores nuevas en el cuenco.
No eran las de Clara. Eran unas pequeñas flores violetas que Amara había visto cerca del refugio.
Se detuvo en la puerta.
Elian se levantó.
—Las recordaba de lo que me contaste.
Ella las tocó con cuidado.
—Se parecen muchísimo.
Él sonrió.
Amara fue hacia él y lo abrazó.
Le contó lo de las semillas, las tijeras y las rodillas cubiertas de barro. Después él quiso ver cómo había quedado su trenza, aunque allí el cabello le caía suelto sobre los hombros.
Intentó recogerlo con los dedos.
Se le escapó enseguida.
Amara se rio contra su pecho.
* * *
Esa noche caminaron más lejos de lo habitual.
El terreno ascendía detrás de la casa y desde allí el lago parecía pequeño. Amara intentó ver dónde terminaba, pero una claridad suave ocultaba la distancia.
Elian le tomó la mano.
—¿Crees que hay algo más allá?
Ella miró el horizonte.
—Nunca hemos seguido lo suficiente.
Avanzaron un poco.
A cada paso, el paisaje perdía precisión. Las piedras se volvían manchas claras. La hierba dejaba de rozarles los pies.
Amara sintió que el cuerpo empezaba a pesarle.
Se detuvo.
Elian también.
—Volvamos —dijo él.
Ella asintió.
Al regresar hacia la casa, todo recuperó lentamente su forma.
El árbol.
La ventana.
Las dos sillas.
Amara apretó su mano.
No necesitaba descubrir otro lugar aquella noche.
* * *
Más tarde se abrazaron sobre la manta.
Elian tenía la cabeza junto a la suya y una mano apoyada en su cintura. Habían hecho el amor con la ternura de quienes ya conocían la forma de cuidarse.
Amara le acarició el pecho.
—¿Mañana vas al taller?
Él asintió.
—Tengo que terminar unas puertas.
—¿Y tu madre?
—Quiere ir al mercado temprano. Vera la acompañará.
Ella guardó aquellos planes sencillos con un alivio que no quiso explicar.
Elian le besó los dedos.
—¿Tú?
—Empiezo un grupo nuevo. Después voy a revisar las semillas aunque sé que no van a crecer en una noche.
Él sonrió.
—No las desentierres para comprobarlo.
—Lo hice una vez.
Elian levantó la cabeza.
Amara se cubrió la cara.
Él se rio antes de besarla.
* * *
El despertar empezó con un sonido que ella no reconoció.
No pertenecía al río.
Tampoco al lago.
Elian se incorporó.
Amara lo miró.
—¿Qué pasa?
Él giró la cabeza hacia la ventana, atento a algo que ella apenas percibía.
Su mano continuaba sobre la de Amara.
—Creo que me están llamando.
Ella asintió, aunque sintió un frío repentino.
El rostro de él empezó a perder nitidez.
Amara se acercó para besarlo.
—Ve.
Elian le rozó la mejilla.
—Te amo.
—Yo también.
La presión de su mano desapareció primero.
Después el resto.
* * *
Amara permaneció un rato sola.
Las flores violetas seguían sobre la mesa.
Se levantó, acomodó la manta y cerró la ventana que habían dejado abierta.
No sabía por qué le gustaba hacerlo antes de marcharse.
Quizá quería que todo estuviera preparado para cuando regresaran.
* * *
Por la mañana anotó el encuentro.
Escribió lo del paseo, la risa y las puertas que Elian debía terminar.
Al llegar al final añadió:
Lo llamaron y despertó primero.
Después cerró el cuaderno y fue a trabajar.
En el sendero, la tierra sembrada estaba oscura por la humedad.
Amara se agachó junto a uno de los pequeños surcos.
No había brotes todavía.
Se levantó sonriendo, recordó la advertencia de Elian y se sacudió las manos antes de volver a la casa.
Tenía todo el día por delante.
Y, al final, esperaba otra noche.