Capítulo 14 de 20

La puerta abierta

La primera noche, Amara pensó en las puertas del taller.

Imaginó a Elian inclinado sobre una mesa, revisando una bisagra, decidido a terminar antes de regresar a casa. Quizá se había acostado demasiado tarde. Quizá Clara lo había necesitado o Vera había insistido en acompañarlo a algún sitio.

Se sentó frente a la ventana y esperó.

El cuenco permanecía sobre la mesa.

Las flores violetas conservaban el color.

Amara se inclinó para acomodar una que había quedado doblada hacia el borde. Después acercó su silla a la de él.

Cuando despertó, todavía estaba pensando en una frase que quería contarle.

Una niña del grupo había preguntado si las semillas sabían que estaban enterradas.

Amara se rio al recordarlo.

Abrió el cuaderno.

No vino. Contarle lo de las semillas.

* * *

La segunda noche dejó la puerta abierta.

Había llegado dentro de la casa y no le gustó imaginar que Elian pudiera encontrarla cerrada. Aunque nunca habían necesitado llamar, aunque la puerta cediera con una presión suave de los dedos, fue hasta ella y la aseguró contra la pared.

Luego salió a buscarlo.

Caminó hacia el árbol.

Bajó hasta la orilla.

Subió una parte del terreno que habían explorado juntos y se detuvo antes de alcanzar la zona donde las piedras perdían forma.

—Elian.

Su voz sonó clara.

Esperó.

Volvió a decir su nombre.

Al regresar a la casa, encontró las dos sillas tal como las había dejado.

Se sentó en la de él.

* * *

Durante el desayuno revisó los cuadernos anteriores.

No sabía qué buscaba hasta que encontró las páginas de otras ausencias.

Una noche por el hospital.

Dos por los cortes de luz.

Varias en las que ninguno había conseguido llegar.

Apoyó el dedo sobre aquella lista.

Todavía no había ocurrido nada que no pudiera explicarse.

Se lo repitió mientras servía agua en el comedor. Mientras doblaba las mantas. Mientras escuchaba a un huésped preguntar si el paseo podía comenzar más tarde.

A mediodía encontró a Inara en la cocina.

—Lleva dos noches sin venir —dijo.

Su tía dejó el cuchillo sobre la tabla.

—¿Cómo estaba la última vez?

Amara recordó la risa.

Las flores.

La forma en que había levantado la cabeza para escuchar.

—Bien.

Después añadió:

—Lo llamaron.

Inara la observó.

—¿Sabes quién?

Amara negó.

No había preguntado.

No había tenido tiempo.

* * *

La tercera noche contó las ventanas.

Era una ocupación absurda. La casa solo tenía dos.

Pero al entrar había sentido la necesidad de comprobar que todo continuaba igual.

Una ventana frente al lago.

Otra junto a la manta.

La mesa con la marca oscura.

El banco afuera.

El cuenco.

Amara puso la mano sobre el respaldo de la silla de Elian.

Durante unos segundos quiso hacer aparecer su figura allí.

Bastaba recordar sus hombros, las mangas recogidas, la inclinación de la cabeza.

Retrocedió enseguida.

—No.

La palabra le salió en voz alta.

No quería confundir el deseo de verlo con su presencia.

Se sentó en el suelo y esperó hasta que el regreso empezó a tirar de ella.

* * *

Al cuarto día perdió la paciencia con un huésped.

Él llevaba varios minutos quejándose de que el agua del río estuviera demasiado fría para entrar al amanecer. Amara escuchó, explicó que podían retrasar el paseo y volvió a ofrecerle otra actividad.

El hombre insistió.

—Pero en las fotografías parece agradable.

Ella dejó las toallas sobre la mesa.

—No podemos cambiar la temperatura del río.

El silencio que siguió la hizo darse cuenta de su tono.

Se disculpó y buscó a otro trabajador para que lo atendiera.

Después se encerró en el almacén.

Inara la encontró sentada entre dos cajas de mantas limpias.

Amara tenía las manos sobre los ojos.

—No estoy haciendo bien nada.

Su tía se sentó a su lado.

—Hoy estás asustada.

Amara dejó caer las manos.

—No sé dónde buscarlo.

Inara no respondió.

Aquella vez el silencio no la tranquilizó.

—Si estuviera aquí, podría llamar a un hospital. Preguntar por su madre. Ir a su casa.

La voz empezó a quebrársele.

—Sé cómo es la mesa de su cocina. Sé dónde guarda las tazas. Y no puedo preguntar si está bien.

Inara le rodeó los hombros.

Amara lloró sin apartarse.

* * *

La quinta noche dejó de esperar sentada.

Recorrió la orilla hasta que la casa quedó pequeña detrás de ella.

Cada tanto miraba hacia atrás, convencida de que lo vería junto al árbol.

El lago permanecía vacío.

A medida que se alejaba, la hierba dejaba de sentirse bajo sus pies. El paisaje se volvía impreciso y una presión desagradable empezaba a formarse detrás de sus ojos.

Amara siguió un poco más.

Pensó en Valnera.

En un taller.

En la ventana de una cocina cubierta de plantas.

Quiso encontrar el camino que él recorría para llegar hasta allí.

La claridad se extendió delante de ella sin ofrecer ninguna dirección.

—Por favor.

No sabía a quién se lo pedía.

Un tirón brusco le atravesó el pecho.

Despertó incorporándose, con la respiración agitada.

La habitación tardó varios segundos en recuperar su tamaño.

Amara encendió la lámpara y se quedó sentada hasta que el corazón dejó de golpearle en la garganta.

* * *

A la mañana siguiente fue al observatorio.

No había planeado hacerlo.

Salió con la intención de comprar unas cosas para el refugio y terminó al pie de la colina.

Sarel la recibió después de una espera breve.

Amara dejó el cuaderno sobre el escritorio.

Él la reconoció.

—¿Cómo va la historia?

Ella miró sus manos.

Podía mantener aquella explicación. Hacer unas preguntas y marcharse.

Pero estaba demasiado cansada.

—No estoy escribiendo una historia.

Sarel permaneció callado.

Amara empezó a contar.

No lo hizo bien. Saltó del lago a los nombres de los planetas, de las lunas a la llave azul. Tuvo que retroceder varias veces.

El hombre no se rio.

Tampoco fingió comprender.

Cuando terminó, Amara tenía los ojos húmedos.

—Necesito saber si existe alguna forma de buscarlo.

Sarel miró las páginas que ella había abierto.

Después levantó la vista.

—Con la información que tienes, no puedo localizar ese mundo.

Amara asintió sin mirarlo.

—Lo sé. Ya me lo dijo.

Él guardó silencio un momento.

—Aunque encontráramos un sistema compatible, eso no nos permitiría averiguar qué le ocurre a una persona allí.

Amara cerró el cuaderno.

Había subido la colina sabiendo que no encontraría una respuesta.

Aun así, escucharla le dolió.

* * *

Durante las siguientes noches empezó a llevar una cuenta distinta.

No registraba cuánto tiempo había pasado en el lago porque no podía medirlo.

Contaba los despertares.

Seis.

Siete.

Ocho.

Al noveno encontró una flor violeta sobre la mesa.

Se había desprendido del ramo.

Amara la recogió y fue hasta la puerta.

Permaneció allí con el pétalo entre los dedos.

Recordó a Elian diciendo que su madre había cortado las flores secas del jardín.

Miró el cuenco.

Después volvió a dejar la flor donde la había encontrado.

No quiso sacar ninguna conclusión.

* * *

Inara empezó a quitarle tareas.

Lo hizo sin anunciarlo: otra persona recibió a los grupos de la mañana, un trabajador se encargó de revisar las cabañas y la cocinera dejó de pedirle ayuda durante la cena.

Amara lo advirtió al tercer día.

—No necesito que me apartes de todo.

Estaban en la cocina.

Su tía le acercó un plato.

—Necesitas dormir.

—Duermo todas las noches.

Inara la miró con una tristeza que a Amara le molestó.

—Te acuestas todas las noches.

Ella apartó el plato.

Después lo acercó otra vez.

Tenía hambre, aunque llevaba horas sin notarlo.

Comió en silencio.

Cuando terminó, apoyó las manos sobre la mesa.

—Me dijo que me amaba.

Inara asintió.

—Lo sé.

—La última noche.

Su tía le tomó una mano.

Amara la miró como si pudiera explicarle qué hacer con aquellas palabras ahora.

* * *

A las dos semanas, encontró el dibujo de la llave en el primer cuaderno.

Se había equivocado al buscar una fecha.

Allí estaban las anotaciones del comienzo: el nombre de Elian, la mancha junto al pulgar, la prueba de la granada.

Amara pasó varias páginas.

Leyó frases que apenas recordaba haber escrito.

Hoy no vino.

Estaba cuidando a su madre.

Se quedó mirando esa corrección.

Había aprendido a no llenar cada ausencia con una explicación dolorosa.

Pero la suya seguía creciendo y ya no sabía con qué sostenerla.

Pensó en Clara.

En Vera.

En la bolsa que habían preparado.

Después pensó en algo que le produjo vergüenza incluso estando sola: tal vez él estaba bien y sencillamente no quería regresar.

Cerró el cuaderno.

Al cabo de unos segundos volvió a abrirlo.

* * *

La decimoquinta noche habló en voz alta dentro de la casa.

Lo hizo mirando la silla vacía.

—Puedes decirme que ya no quieres venir.

La frase le pareció injusta en cuanto la escuchó.

Se secó la cara.

—No. No quise decir eso.

Se levantó y caminó hasta la ventana.

Afuera, el árbol se movía suavemente.

Amara apoyó la frente en el marco.

—Solo quiero saber.

Permaneció allí hasta que las piernas empezaron a desdibujarse.

Antes de despertar, fue a la puerta.

La madera cedió bajo su mano.

La dejó abierta.

* * *

Al amanecer bajó al sendero.

No llevaba el cuaderno.

La tierra conservaba la humedad de la noche y las señales nuevas sobresalían entre la vegetación.

Amara avanzó despacio hasta el lugar donde había sembrado.

Se agachó.

Entre dos pequeñas piedras había aparecido un brote.

Era diminuto, apenas unas hojas abiertas sobre un tallo frágil.

Amara se quedó mirándolo.

Había esperado ese momento para contárselo a Elian.

Lo había imaginado sonriendo, recordándole que no desenterrara las semillas.

Se llevó una mano a la boca.

Después se sentó en la tierra húmeda y lloró frente a aquella primera flor que todavía no era una flor.

Cuando Inara la encontró, no intentó levantarla enseguida.

Se arrodilló a su lado.

Amara señaló el brote con un dedo.

—Ya salió.

Su tía miró la pequeña planta.

—Sí.

Amara siguió llorando.

Arriba, en su habitación, la llave azul permanecía dentro de la caja.

Y en algún lugar al que solo podía llegar dormida, había una puerta que llevaba quince noches esperando sin cerrarse.