Capítulo 15 de 20

El tiempo de los que esperan

La flor se abrió una mañana en que Amara no había conseguido llegar al lago.

Era blanca, pequeña, con un centro amarillo que le recordó las primeras que Elian había llevado a la casa. Se inclinó sobre ella y sintió una alegría tan rápida que estuvo a punto de decir su nombre.

Después se quedó quieta.

Habían pasado cuarenta y tres días.

Lo sabía porque seguía anotando las fechas, incluso cuando solo podía escribir una línea.

No llegué.

La casa estaba vacía.

Volví a esperarlo.

Había noches en las que dormía profundamente y despertaba culpable por no haber ido. Otras entraba en el lago y pasaba allí un tiempo que nunca lograba medir.

Elian no regresaba.

Amara tocó una de las hojas de la planta.

Luego se levantó para recibir al grupo de la mañana.

* * *

A los dos meses dejó de contarle a Inara cada ausencia.

No fue una decisión.

Una noche despertó, escribió la fecha y se quedó mirando las palabras. Al bajar a desayunar, su tía le preguntó si quería más pan.

Amara respondió que sí.

Hablaron de una reserva y del precio de las frutas.

El silencio sobre Elian se instaló entre ambas sin que ninguna lo propusiera.

Inara seguía mirando a su sobrina cuando creía que ella no lo advertía. Amara seguía sabiendo que podía hablar.

Pero estaba cansada de pronunciar la misma noticia.

La casa empezó a cambiar durante el tercer mes.

Primero desapareció una de las mantas.

Amara la buscó debajo de la mesa, junto a la ventana, afuera. Después se sentó en el suelo, intentando recordar la última vez que la había utilizado.

No estaba segura.

En el siguiente encuentro a solas, la repisa tenía menos profundidad. El borde de una ventana se veía impreciso, como una línea trazada sobre algo húmedo.

Amara apoyó las manos en la pared.

Pensó en las tablas.

En la madera bajo sus pies.

En Elian probando la bisagra.

La habitación recuperó firmeza poco a poco.

Ella dejó caer los brazos.

Hasta entonces no había comprendido cuánto esfuerzo exigía sostener aquel lugar sin él.

* * *

Una noche creyó verlo junto al árbol.

Salió corriendo.

La figura estaba de espaldas, con los hombros inclinados y una mano apoyada en el tronco.

Amara dijo su nombre.

El hombre empezó a girarse.

Antes de que pudiera verle el rostro, supo que algo estaba mal.

No había oído sus pasos.

No había sentido aquella sorpresa que siempre llegaba cuando aparecía de verdad.

La figura parecía responder a lo que ella esperaba.

Amara se detuvo.

—No.

El rostro quedó a medio formar.

Se llevó ambas manos a la boca.

La imagen desapareció.

Despertó llorando con una vergüenza que no sabía explicar.

Había querido tanto volver a verlo que su deseo había empezado a devolverle una forma.

Desde entonces tuvo más cuidado.

Prefería encontrar el banco vacío.

* * *

Al cuarto mes volvió al observatorio.

Sarel recordaba su nombre.

Esta vez la recibió en una sala pequeña, junto a unos archivadores, porque el despacho estaba ocupado por estudiantes.

Amara llevó las mismas páginas.

Ya no esperaba que él encontrara una estrella con aquellos datos. Quería saber si había algo que hubiera olvidado preguntar.

Sarel revisó las anotaciones.

Le habló de límites de observación y de la dificultad de distinguir mundos pequeños a distancias enormes. Amara escuchó sin interrumpirlo.

Cuando terminó, mantuvo el cuaderno sobre las rodillas.

—Entonces podrían pasar años.

Él asintió.

—Para obtener nuevos datos, sí. Y quizá esos datos nunca correspondan al sistema que buscas.

Amara miró hacia la puerta.

En el pasillo alguien se rio.

—Me dijo que iba a volver.

Sarel no respondió enseguida.

Ella cerró el cuaderno.

—No sé por qué le estoy diciendo esto.

—Puedes decirlo.

Amara permaneció sentada un rato más.

Al marcharse, agradeció que él no le hubiera pedido que demostrara aquella promesa.

* * *

La tristeza cambió de forma.

Al principio había sido una urgencia: despertar, buscar, anotar, volver a intentar.

Después llegó el cansancio.

Amara empezó a olvidar cosas pequeñas. Dejaba una cesta en la cocina cuando debía llevarla a las cabañas. Perdía el hilo de una conversación. Había mañanas en que la música del salón le resultaba insoportable.

Inara la convenció de aceptar ayuda.

Encontraron a una terapeuta en el pueblo y Amara acudió una tarde con la certeza de que no volvería.

Permaneció sentada cerca de la puerta.

Contó que había perdido a alguien.

Cuando la mujer le preguntó qué había ocurrido, respondió:

—No lo sé.

Aquella frase fue suficiente para empezar.

No tuvo que resolver la existencia de Elian en la primera conversación. Habló del sueño, del trabajo, del miedo a que descansar significara dejar de buscarlo.

Regresó la semana siguiente.

* * *

Un día, Inara le pidió que la acompañara al mercado.

Compraron verduras, discutieron por el precio de unas telas y almorzaron en un sitio donde solían detenerse cuando Amara era niña.

Durante la comida, su tía le contó una anécdota de su madre.

Amara empezó a reír y, casi enseguida, se cubrió la boca.

Inara dejó el vaso.

—¿Qué pasa?

Ella negó.

Pero las lágrimas llegaron.

—Me olvidé un momento.

Su tía la miró con cuidado.

—¿De él?

Amara asintió.

Le parecía una traición haber pasado varios minutos disfrutando una historia sin pensar en el lago.

Inara acercó la mano por encima de la mesa.

—Puedes reírte aquí.

Amara miró el plato.

Después volvió a escuchar el final de la anécdota.

* * *

El primer hombre que la invitó a salir después de Elian era un huésped que se quedó cinco días.

Le gustaban sus clases y siempre encontraba alguna pregunta al terminar.

La invitación llegó una tarde, junto al comedor.

Amara la rechazó con amabilidad.

Él aceptó enseguida.

—Pensé que quizá no tenías pareja.

Ella tardó en responder.

—Es complicado.

El hombre asintió y cambió de tema.

Amara pasó el resto del día pensando en aquella conversación.

Inara le dijo durante la cena que quizá le vendría bien aceptar alguna invitación. Lo dijo mientras recogía los platos, con una ligereza que terminó de herirla.

—No puedo usar a una persona para dejar de esperar a otra —respondió Amara.

Su tía dejó el plato que llevaba.

—No quise decir eso.

—Pero lo has dicho como si fuera fácil.

Inara salió al corredor. Cuando Amara fue a buscarla, la encontró doblando una servilleta que no necesitaba doblarse.

—Tengo miedo de morirme y dejarte todavía esperando —confesó su tía.

Amara se sentó a su lado. Nunca había pensado que Inara también pudiera sentirse impotente frente a aquellas noches.

—Entonces dime que tienes miedo.

Su tía asintió.

—Lo tengo. Y hoy he intentado quitármelo decidiéndote una vida. Perdóname.

No encontraron una solución. Amara le quitó la servilleta y permanecieron juntas hasta que la cocina se quedó a oscuras.

No sabía qué palabra utilizar.

Novio.

Amado.

Ausente.

Ninguna explicaba que siguiera esperándolo en un lugar que nadie más podía visitar.

Esa noche llegó a la casa y se sentó frente a la silla vacía.

—Hoy alguien me preguntó por ti.

Se quedó mirando el respaldo.

—No supe qué decir.

* * *

Al cumplirse medio año, abrió todos los cuadernos sobre la cama.

Quería comprobar si había pasado por alto alguna despedida.

Leyó las discusiones, las bromas, los nombres de las calles. Se detuvo en las noticias del otro mundo, en las bolsas que Clara había preparado y en los cortes de luz.

El miedo regresó con fuerza.

Podía haber enfermado.

Podía estar herido.

Podía haber perdido su casa.

Y también podía estar viviendo una vida que ya no la incluía.

Amara odiaba esa última posibilidad.

Sin embargo, a veces le resultaba más fácil enfadarse que imaginarlo sufriendo en un sitio al que ella nunca llegaría.

Se quedó mirando la última página escrita antes de la ausencia.

Te amo.

Las palabras no le ofrecían ninguna explicación.

* * *

Una noche le habló con rabia.

No al hombre que conocía, sino al espacio que había dejado.

—Pudiste haberlo dicho.

Estaba de pie junto a la mesa.

—Si ya no querías venir, pudiste decírmelo.

Las lágrimas le mojaban el cuello.

Esperó una respuesta como si la acusación pudiera obligarlo a aparecer.

Después se sentó.

Sabía que no tenía pruebas.

Sabía que estaba convirtiendo una posibilidad en algo contra lo que pudiera defenderse.

Aun así, continuó.

—Yo habría llorado. Me habría enfadado. Pero no habría seguido preparando cosas para contarte.

Se cubrió la cara.

En el cuenco ya no había flores.

* * *

El día en que se cumplió un año de su desaparición, Amara bajó sola al río.

Llevaba la caja de la llave azul.

La sostuvo sobre las rodillas mientras amanecía.

Había pensado en guardarla lejos, en el fondo de un armario. También había imaginado arrojar la llave al agua, pero al llegar comprendió que no quería hacerlo.

Abrió la tapa.

La pintura conservaba la pequeña imperfección junto al borde.

Pasó el pulgar por encima.

—No sé dónde estás —dijo.

El río siguió avanzando frente a ella.

Amara respiró hondo.

—Y no puedo seguir pasando todos los días como si esta noche fueras a explicármelo.

La frase le dolió al salir.

Cerró la caja y la sostuvo contra el pecho.

No estaba despidiéndose.

Todavía no podía.

Pero necesitaba regresar a la casa antes de que empezaran a buscarla.

* * *

Aquella noche no intentó llegar al lago.

Leyó unas páginas de un libro que llevaba meses sobre la mesa. Después apagó la lámpara y se acostó de lado.

Soñó con su madre.

Esta vez estaban preparando una comida y ninguna parecía tener prisa.

Al despertar sintió tristeza, pero había dormido.

Se levantó y abrió la ventana.

En el sendero, las plantas de la primera siembra habían dado nuevas semillas.

Amara se vistió para trabajar.

Antes de salir, colocó la caja en el cajón de su cómoda.

La llave quedaría allí.

Los cuadernos, también.

Todavía habría noches en las que volvería a buscarlo.

Pero esa mañana abrió el salón de yoga, extendió las esterillas y esperó a las personas que estaban llegando.

Cuando el grupo estuvo reunido, se sentó frente a ellos.

Apoyó las manos sobre las rodillas.

Por primera vez en mucho tiempo, terminó el ejercicio sin intentar marcharse a otro lugar.