Capítulo 16 de 20

El hombre que llegó de día

Amara conoció a Darío cuando una de las barandillas del sendero se desprendió.

No hubo heridos.

Un visitante se había apoyado demasiado en un tramo que las lluvias habían debilitado, y el trabajador encargado del mantenimiento cerró el paso antes de que comenzara el siguiente recorrido.

Darío llegó dos días después con herramientas, una libreta y barro en las botas.

Amara estaba en recepción revisando los horarios.

—Busco a Inara.

Ella levantó la vista.

Él tendría unos treinta años. Llevaba una camisa azul descolorida y sostenía una cinta de medir entre los dedos.

—Fue al pueblo. ¿Vienes por la barandilla?

Darío asintió.

Amara cerró el cuaderno.

—Te enseño.

Bajaron por el camino mientras ella explicaba lo ocurrido. Él escuchó, revisó los postes y se agachó junto a uno de los apoyos.

—Esto llevaba tiempo cediendo.

Amara observó la madera oscurecida.

La frase le produjo un recuerdo tan inmediato que tuvo que apartar los ojos.

Darío no lo advirtió.

Señaló otro tramo.

—Conviene revisar todo.

Ella asintió.

Habían pasado casi tres años desde la última vez que vio a Elian.

* * *

A sus veinticinco años, Amara seguía viviendo en el refugio.

Dirigía las actividades, coordinaba a varios trabajadores y había conseguido ampliar los paseos para las personas que necesitaban recorridos más sencillos.

Su cabello continuaba cayéndole en ondas doradas hasta la espalda, aunque ahora casi siempre lo recogía antes de empezar la jornada.

Quienes acababan de conocerla solían describirla como una mujer tranquila.

Inara sabía que aquella tranquilidad había costado tiempo.

Amara aún visitaba el lago.

No todas las noches.

A veces transcurrían semanas sin que pudiera encontrarlo. Otras llegaba junto al árbol y permanecía allí unos minutos antes de despertar.

La casa había perdido parte de su firmeza.

Todavía distinguía la puerta, la mesa y una ventana. El resto variaba según la claridad con que lograra recordarlo.

Elian no había regresado.

* * *

Darío trabajó en el sendero durante seis días.

Era técnico en construcción y llevaba años realizando reparaciones y adaptaciones en alojamientos de la región. Hablaba poco mientras medía, pero hacía preguntas concretas sobre las personas que utilizaban el camino.

—Aquí vendría bien un descanso —dijo una mañana, señalando una zona de sombra.

Amara miró el espacio.

Había pensado muchas veces en colocar un banco, pero siempre encontraba un gasto más urgente.

—Está en la lista.

Darío sonrió.

—Las listas suelen tener mucho espacio.

Ella rio.

Él dibujó algo en su libreta.

Le mostró una estructura sencilla que podía hacerse aprovechando parte de la madera retirada.

Amara examinó el dibujo sin acercarse demasiado.

—¿Cuánto costaría?

Darío le explicó.

Ella hizo dos cuentas mentales y asintió.

—Voy a hablar con mi tía.

Al darse la vuelta, sintió una tristeza inesperada.

No era culpa de Darío que también supiera construir cosas.

Se lo recordó mientras subía hacia la casa.

* * *

El banco quedó colocado al final de la semana.

Inara fue la primera en probarlo.

Se sentó, apoyó ambas manos a los lados y miró el río entre los árboles.

—Creo que voy a empezar a supervisar desde aquí.

Darío sonrió mientras guardaba las herramientas.

Amara pasó una mano por el borde del asiento.

La madera estaba tibia.

No desapareció cuando apartó los dedos.

Aquella noche llegó al lago y buscó el banco de Elian.

Lo encontró cerca de la casa, pero una de sus patas parecía hundida en la hierba.

Se sentó en el suelo.

Durante mucho tiempo no dijo nada.

Después contó lo ocurrido en el sendero.

No mencionó el nombre de Darío.

Al despertar comprendió que había sentido vergüenza de hacerlo.

* * *

Darío regresó un mes después para revisar los apoyos.

Luego volvió por una puerta del almacén que no cerraba bien.

Inara lo recomendó a otros alojamientos y, durante la temporada siguiente, su vehículo empezó a aparecer con frecuencia por el pueblo.

Amara lo encontraba en el mercado o en la tienda de materiales.

Siempre la saludaba.

Una tarde, cuando ella llevaba dos bolsas y un paquete demasiado grande, le ofreció ayudarla.

Amara aceptó después de intentar acomodarlo todo una vez más.

Caminaron hasta la parada.

Darío le contó que había vivido varios años en la capital y regresó cuando su padre enfermó.

—Ahora está mejor —añadió—. Se enfada si intento hacerle algo en la casa porque dice que todavía puede.

Amara sonrió.

Él dejó las bolsas junto al asiento.

—¿Tienes tiempo para un café?

Ella estuvo a punto de decir que no.

La respuesta llevaba años saliéndole antes de escuchar del todo la invitación.

Miró la hora.

Después volvió a mirarlo.

—Un rato.

* * *

Hablaron de trabajo.

De los cambios del pueblo.

De una panadería que había cerrado y de la dificultad de encontrar personas que llegaran puntuales.

Darío no intentó impresionarla.

Cuando olvidó una palabra, se quedó buscándola sin ponerse nervioso. Cuando Amara habló de los recorridos, hizo preguntas sobre las personas que iban con ella.

Al despedirse, no la abrazó sin preguntar ni buscó prolongar el encuentro.

—Me gustó hablar contigo.

Amara sostuvo una de las bolsas contra la cadera.

—A mí también.

Era verdad.

Al volver al refugio encontró a Inara revisando unas cuentas.

Su tía levantó la vista hacia la hora y después hacia las compras.

No preguntó.

Amara dejó las bolsas sobre la mesa.

—Tomé un café.

Inara asintió.

—Voy a poner agua para mí.

* * *

La culpa llegó por la noche.

Amara abrió el cajón de la cómoda y sacó la caja.

La llave azul seguía dentro.

Había perdido un poco de pintura en uno de los bordes, justo donde ella solía tocarla.

Se sentó con la caja sobre las rodillas.

No había besado a Darío.

No había prometido volver a verlo.

Solo había pasado un rato agradable con alguien que conocía su pueblo y podía cargarle una bolsa.

Aun así, sintió la necesidad de explicárselo a Elian.

Esa noche logró llegar al lago.

La casa era una forma clara entre la hierba.

Entró y se quedó frente a la mesa.

—Hoy salí con alguien.

Escuchar la frase le hizo darse cuenta de que no era exactamente cierta.

—Tomamos un café —corrigió.

Esperó.

Nadie respondió.

Amara apoyó las manos en el borde de la mesa.

—No sé cuánto tiempo más tengo que esperar para que esto deje de parecer una falta.

El silencio continuó.

Al despertar no escribió.

* * *

Siguió viendo a Darío.

Pasearon por la plaza, compartieron una comida y una tarde caminaron hasta un mirador cercano al pueblo.

Él sabía que trabajaba mucho y no se enfadaba cuando tenía que cambiar un plan.

Amara disfrutaba escuchándolo.

Le gustaba su forma de tratar a Inara, la paciencia con que hablaba con los niños y el cuidado de preguntar antes de mover cualquier cosa en el refugio.

Sin embargo, cada vez que él le tomaba la mano, una parte de ella permanecía observando.

Esperaba el temblor.

La certeza.

Aquella sensación de haber llegado que había conocido junto al lago.

Darío tenía la mano cálida y un pequeño callo cerca del pulgar.

Amara cerró los dedos sobre los suyos.

Quería estar allí.

No siempre conseguía sentirse entera.

* * *

El primer beso ocurrió al despedirse una tarde.

Estaban junto al vehículo de Darío. Él acababa de devolverle un pañuelo que ella había olvidado.

Amara lo tomó.

Cuando levantó la vista, encontró una pregunta en su expresión.

Se acercó un poco.

El beso fue suave.

Él le acarició un brazo y se apartó para mirarla.

Amara sonrió.

Después pasó el resto del camino hasta su habitación intentando comprender por qué tenía ganas de llorar.

No había sido desagradable.

Tampoco había sentido lo que deseaba sentir.

Se quitó las sandalias y permaneció sentada al borde de la cama.

Le dio miedo estar buscando algo que ninguna persona podría darle otra vez.

* * *

Días después habló con Darío.

Lo hizo en el banco del sendero, cuando el grupo de la tarde ya había regresado.

Él advirtió su inquietud.

—¿Quieres que dejemos de vernos?

Amara negó enseguida.

Luego bajó la mirada.

—Hay alguien a quien quise mucho.

Darío esperó.

Ella sostuvo las manos entre las rodillas.

—No sé si voy a volver a sentir algo así.

Él miró el río.

—¿Todavía está en tu vida?

Amara tardó en responder.

—No lo veo desde hace años.

—¿Murió?

La pregunta le cerró la garganta.

—No lo sé.

Darío volvió el rostro hacia ella.

Amara se obligó a continuar.

—Desapareció. Y yo me quedé esperando una explicación.

Él permaneció callado.

Ella se preguntó si debía contarle el resto. El lago. Los mundos. La casa que empezaba a deshacerse.

Pero no estaba preparada.

—No quiero prometerte algo que no siento todavía —dijo.

Darío apoyó las manos sobre el banco.

—Me importas, Amara. Quiero seguir conociéndote.

Ella levantó los ojos.

—No puedo pedirte que esperes.

—Entonces no me lo pidas.

Su voz era serena.

—Podemos seguir viéndonos. Si algo cambia para cualquiera de los dos, lo hablamos.

Amara asintió.

No sintió alivio completo.

Pero pudo respirar.

Darío no la buscó durante los días siguientes. Cuando volvieron a verse, le contó que había aceptado un trabajo de varias semanas en otro valle.

—Pensé que ibas a quedarte por las reparaciones —dijo Amara.

—Las del refugio están terminadas.

Ella oyó el reproche donde no lo había. Darío lo advirtió y dejó la taza sobre la mesa.

—Quiero verte. También quiero ampliar lo que hago. Si sigo viniendo, tiene que ser porque nos buscamos los dos.

Amara había confundido su paciencia con una disponibilidad sin límites. Le preguntó cuándo saldría y si podía escribirle durante el viaje.

—Sí —respondió él—. Y yo te contestaré cuando termine de trabajar.

La primera llamada la hizo ella. No habló de sus cuadernos. Quiso saber cómo era el alojamiento, qué estaba construyendo y si había encontrado un sitio donde comer bien. Darío le mostró un dibujo de las rampas que preparaba para una escuela. Amara hizo preguntas hasta comprenderlo.

* * *

Aquella noche Inara la encontró en el corredor.

Amara estaba mirando las lunas.

Su tía se apoyó a su lado.

—Darío parece un buen hombre.

Ella asintió.

—Lo es.

Inara esperó.

Amara se frotó los brazos.

—Ojalá eso fuera suficiente para saber qué hacer.

Su tía no la corrigió.

Durante un rato escucharon el río.

—No tienes que decidirlo ahora —dijo finalmente.

Amara miró el sendero.

Desde allí no podía verse el banco, pero sabía dónde estaba.

Pensó en Darío sentado a su lado, esperando una respuesta que ella había conseguido dar con honestidad.

Después pensó en Elian.

Todavía recordaba su voz.

* * *

Al dormirse volvió al lago.

No entró en la casa.

Se sentó bajo el árbol y apoyó una mano sobre la raíz donde lo había encontrado la segunda noche.

—Sigo sin saber dónde estás.

La frase salió sin rabia.

Amara miró el agua.

Quiso contarle que había conocido a alguien paciente. Que a veces lograba reír sin sentirse culpable. Que todavía lo buscaba, aunque ya no supiera si él quería ser encontrado.

Pero esa noche no habló más.

Permaneció allí hasta despertar.

Por la mañana, Darío le había dejado un mensaje.

Quería saber si podía acompañarla al mercado.

Amara lo leyó dos veces.

Luego respondió que sí.