Capítulo 17 de 20
La vida que sí estaba allí
Darío le pidió matrimonio un domingo, después de lavar los platos.
No hubo música ni una mesa preparada para la ocasión. Habían comido con Inara, que se había retirado al despacho, y Amara estaba secando una olla cuando él cerró el grifo.
Permaneció un momento mirando el agua que escurría por sus manos.
—He estado pensando en nosotros.
Amara dejó la olla sobre un paño.
Llevaban casi dos años viéndose.
Darío ya conocía los horarios del refugio, las temporadas difíciles y la costumbre de Inara de servir más comida de la que cualquiera pudiera terminar. Había acompañado a Amara a citas médicas, había discutido con ella por cosas pequeñas y sabía cuándo necesitaba estar sola.
También sabía que había una parte de su vida a la que no conseguía entrar.
—Quiero casarme contigo —dijo.
Amara no respondió.
Él se volvió.
—No tienes que contestarme ahora.
Ella miró las manos húmedas de Darío. Una gota cayó desde su muñeca hasta el suelo.
Aquella escena tenía una sencillez que le dolió.
Durante años había imaginado una propuesta de amor como el comienzo de todo. Ahora alguien se la ofrecía en una cocina que conocía bien y ella solo podía pensar en cuánto debía decir antes de aceptar.
* * *
Hablaron esa tarde junto al río.
Darío llevó una manta, aunque el suelo estaba seco. La extendió bajo un árbol y se sentó sin abrir la pequeña caja que guardaba en el bolsillo.
Amara la había visto cuando él se inclinó.
Se quedó de pie unos segundos antes de acompañarlo.
—Te tengo mucho cariño —empezó.
Darío bajó la mirada.
Ella advirtió que la frase le había dolido, pero siguió.
—Me gusta estar contigo. Confío en ti. Cuando pienso en una casa, en compartir las cosas de cada día, puedo imaginarlo.
Él alzó los ojos.
—Pero no estás enamorada.
Amara sintió ganas de buscar una respuesta menos dura.
No la encontró.
—No como debería estarlo para decirte que sí sin miedo.
Darío arrancó una pequeña hebra del borde de la manta.
El río pasaba delante de ellos.
Amara esperó.
Finalmente, él dijo:
—No quiero que aceptes porque estás cansada de esperar a otra persona.
Ella cerró los ojos.
La había comprendido demasiado bien.
* * *
Esa noche Amara no fue al lago.
Se quedó despierta hasta tarde, sentada en la cama con los cuadernos alrededor.
Había páginas que ya casi no necesitaba leer. Conocía las frases, los dibujos, los espacios donde la tinta se había corrido.
Encontró la anotación de su cumpleaños.
Quiero recordar que también fui feliz mientras esperaba.
La leyó varias veces.
Después abrió otro cuaderno y buscó la última noche.
Las puertas del taller.
El mercado de Clara.
La advertencia de Elian sobre las semillas.
No había una despedida escondida entre aquellas palabras. Había planes para el día siguiente.
Amara se inclinó sobre las rodillas y lloró con una rabia vieja.
—Tendrías que haber vuelto.
No supo si se lo decía a él o a la vida que había imaginado.
* * *
Inara la encontró al amanecer guardando los cuadernos en una caja.
Amara se quedó quieta al verla.
Su tía miró la cama, después la tapa que ella sostenía entre las manos.
—Darío me pidió que nos casáramos.
Inara entró y cerró despacio.
Se sentó junto a la ventana.
—¿Qué quieres tú?
Amara dejó la tapa.
—Tener una familia.
La respuesta llegó sin vacilar.
Después tuvo que detenerse.
—Quiero volver a casa con alguien. Quiero tener hijos. Quiero dejar de sentir que todo lo que viene después depende de una explicación que quizá nunca llegue.
Inara la escuchó.
Amara se secó la cara.
—Pero no siento por él lo que sentía por Elian.
Su tía apoyó las manos sobre el regazo.
—Darío tiene que poder elegir sabiendo eso.
—Lo sabe.
—Entonces también tienes que elegir tú. No basta con que él quiera quedarse.
Amara miró la caja abierta.
Dentro estaban casi todos sus años de espera.
* * *
Tardó seis semanas en responder.
Durante ese tiempo siguió viendo a Darío, aunque hubo tardes incómodas y silencios que ninguno supo resolver enseguida.
Él no volvió a sacar la caja.
Amara empezó a hacer preguntas que antes había evitado.
Cómo imaginaba los gastos de una casa. Si deseaba hijos. Qué harían si alguno enfermaba o si ella necesitaba seguir viviendo cerca del refugio.
Hablaron de trabajo, de cuentas y de las cosas que no soportaban.
Una tarde discutieron porque Darío daba por hecho que ella reduciría sus actividades cuando fueran padres.
Amara se levantó de la mesa.
—Eso tenemos que decidirlo los dos.
Él se quedó sorprendido.
Después la buscó en el corredor.
—Tienes razón.
No lo resolvieron en una frase, pero continuaron hablando.
Darío deseaba abrir un pequeño taller de adaptaciones y contratar a dos personas. Amara quería conservar la dirección de las actividades. Durante semanas calcularon qué podían pagar y qué apoyo tendrían si llegaban los hijos.
Al final acordaron turnarse las primeras horas de la mañana y reservar una parte de sus ingresos para ayuda doméstica. El plan cambiaría muchas veces, pero ninguno tendría que renunciar por una decisión tomada en su nombre.
Amara prestó atención a eso.
A la posibilidad de estar en desacuerdo y seguir construyendo algo.
* * *
Aceptó durante un paseo.
No llevó un discurso preparado.
Se detuvo junto al banco que Darío había construido años atrás y le tomó una mano.
—Quiero intentarlo contigo.
Él la miró, sin sonreír todavía.
Amara sostuvo su mirada.
—No puedo decirte que todo lo anterior dejó de dolerme. Tampoco puedo prometerte que voy a sentir exactamente lo que tú sientes.
Darío respiró hondo.
Ella continuó:
—Pero quiero estar contigo. Quiero hacerme responsable de esa decisión.
Él le acarició los dedos.
—¿Estás segura de que es lo que quieres?
Amara pensó en el futuro que llevaba meses considerando. No era el que había soñado a los veintiún años. Podía verlo, sin embargo, con una claridad que no había tenido durante mucho tiempo.
—Sí.
Darío la abrazó.
Ella apoyó el rostro en su hombro y sintió gratitud.
También sintió miedo.
* * *
La boda fue en el jardín del refugio.
Amara eligió un vestido sencillo y llevó el cabello parcialmente recogido. Inara insistió en arreglarle las ondas que el viento deshacía una y otra vez.
—Ya está —dijo Amara, riéndose.
—Eso dijiste hace diez minutos.
Su tía se detuvo al colocarle una pequeña flor detrás de la oreja.
Ambas miraron el espejo.
Por un instante, Amara buscó a su madre en sus propios rasgos.
Después tomó la mano de Inara.
—Gracias por quedarte conmigo.
Su tía le apretó los dedos.
Cuando salió al jardín, Darío la esperaba junto a las mesas.
La miró de una forma que ella reconoció y que no pudo devolver con la misma intensidad.
Pero se acercó.
Pronunció su nombre.
Dijo que sí.
* * *
Se mudaron a una casa a pocos minutos del refugio.
Tenía dos habitaciones, una cocina pequeña y un patio donde Darío empezó a colocar plantas que siempre parecían necesitar otro recipiente.
Amara llevó sus libros, su ropa y la caja de los cuadernos.
La guardó en la parte alta de un armario.
La llave azul quedó dentro de su caja de madera, en un cajón de la cómoda.
Darío la vio una mañana mientras buscaba una cinta.
No la tocó.
—¿Es de antes?
Amara asintió.
Él cerró el cajón con cuidado.
Aquella noche cenaron más callados.
Al acostarse, Amara apoyó una mano sobre su brazo.
Darío se volvió hacia ella.
—No quiero competir con alguien que no está —dijo.
Amara sintió el peso de la frase.
—Lo sé.
Después añadió:
—No es justo para ti.
Hablaron hasta tarde.
Ella no guardó la caja en otro sitio. Pero empezó a comprender que su silencio también podía ocupar espacio en la vida de Darío.
Durante el primer año hubo días buenos.
Desayunos largos, reparaciones hechas entre los dos, visitas a la familia de él. Amara aprendió que Darío dejaba siempre una luz encendida si ella volvía tarde y que se quedaba dormido leyendo con un dedo entre las páginas.
Hubo intimidad.
Ternura.
Discusiones por el dinero y reconciliaciones que a veces empezaban con una pregunta sobre la cena.
Ella se preocupaba cuando él conducía de noche. Disfrutaba algunos de sus chistes y buscaba su mano en las salas de espera.
Pero el amor que había conocido en el lago no regresó con otro rostro.
Amara dejó de exigirse encontrarlo en cada gesto.
* * *
Cuando supo que estaba embarazada, permaneció varios minutos sentada con el resultado entre las manos.
Después llamó a Darío.
Él llegó antes de lo que ella esperaba.
Entró preguntando si estaba bien y se quedó inmóvil al verla sonreír.
Amara le mostró el resultado.
Darío se llevó una mano a la boca.
Luego se arrodilló frente a ella y apoyó la frente sobre sus rodillas.
Amara le acarició el cabello.
No tuvo que fingir la alegría.
Aquella era suya.
* * *
Su hija nació durante una madrugada de lluvia.
La llamaron Lía.
Amara recordaría durante años el momento en que la colocaron sobre su pecho: el peso cálido, el llanto que se interrumpió por un instante y la mano diminuta abriéndose contra su piel.
Darío lloraba a su lado.
Ella lo miró por encima de la cabeza de la niña.
Nunca había sentido por él lo que había deseado sentir al casarse. Sin embargo, estaban juntos allí, desvelados y asustados, cuidando una vida que ambos habían querido.
Amara acercó la boca al cabello húmedo de su hija.
El mundo se redujo durante unos segundos a aquella respiración.
* * *
Volvió al lago seis meses después.
No lo había planeado.
Se durmió tras alimentar a Lía y abrió los ojos junto al árbol.
La casa era apenas una forma pálida.
Amara caminó hasta donde recordaba la puerta.
Dentro seguía la mesa.
La marca oscura conservaba su lugar.
Se sentó frente a la silla vacía.
Durante un rato escuchó el agua.
Después habló.
—Tengo una hija.
La frase le quebró la voz.
Sonrió entre lágrimas.
—Tiene las manos pequeñas. Ya sé que todos los niños las tienen pequeñas, pero las suyas…
Se detuvo.
Quería contarle el gesto que hacía al dormirse, el modo en que fruncía la nariz, las noches caminando por el pasillo para tranquilizarla.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Pensé que ibas a saberlo todo de mí.
La casa permaneció quieta.
Amara se secó las mejillas.
—Se llama Lía.
* * *
Un llanto lejano comenzó a atravesar el rumor del lago.
Amara levantó la cabeza.
La mesa perdió nitidez.
No intentó quedarse.
Despertó en su habitación y encontró a Darío incorporándose para encender la lámpara.
—Voy yo —susurró ella.
Tomó a su hija en brazos y la acomodó contra su pecho.
La niña se tranquilizó poco a poco.
Amara caminó hasta la ventana.
Sobre el patio brillaban las dos lunas.
Besó la frente de Lía y permaneció allí hasta que volvió a dormirse.
Después la llevó a su cuna.
En el cajón cerrado, la llave azul continuaba guardada.
Amara regresó a la cama, junto a su esposo, y escuchó respirar a su hija hasta que amaneció.