Capítulo 1 de 10
El placer de llenar formatos
«El arte supremo del maestro es despertar el placer de la expresión creativa y el conocimiento».
—Albert Einstein
La primera vez que Vesania Eleonora pensó en quitarse la ropa para pagar la electricidad, estaba completamente vestida y tratando de explicar una metáfora.
—Cuando alguien dice que lleva una tormenta por dentro, no significa que tenga nubes en el estómago.
Desde la última fila, un alumno levantó la mano. Vesania sintió una pequeña alegría. Todavía le sucedía: alguien levantaba la mano y ella imaginaba una puerta abriéndose.
—Dime, Kevin.
—¿Usted tiene novio?
La puerta se cerró.
Algunos rieron. Otros siguieron mirando sus teléfonos. Frente a ella había cuarenta y siete alumnos, aunque la lista registraba cuarenta y tres. Los cuatro adicionales pertenecían a otro grupo, temporalmente sin profesor. En aquella escuela, la palabra temporalmente servía para describir cualquier problema que hubiera aprendido a quedarse.
—Eso no tiene relación con la actividad.
—Era una pregunta creativa, maestra.
La risa se extendió. Vesania miró el cartel pegado encima del pizarrón. EL ARTE SUPREMO DEL MAESTRO ES DESPERTAR EL PLACER DE LA EXPRESIÓN CREATIVA Y EL CONOCIMIENTO.
Lo había comprado con su dinero durante el primer mes de trabajo. También había comprado los marcadores, una extensión eléctrica y una caja de colores que desapareció antes de terminar octubre.
La creatividad, al parecer, había despertado. El conocimiento seguía dormido.
—Vamos a intentarlo de otra manera —dijo.
Dibujó una casa.
—Imaginen que esta casa representa a una persona. ¿Cómo mostrarían que esa persona está triste sin escribir la palabra triste?
Una muchacha de la segunda fila levantó la vista.
—Con las ventanas cerradas.
—Bien, Abril. ¿Qué más?
—Con las luces apagadas —dijo otro.
—Exacto.
Vesania empezó a sentir que la clase encontraba un camino. Entonces alguien reprodujo un gemido desde un teléfono. Las carcajadas golpearon las paredes. Ella dejó el marcador sobre la mesa. No gritó. Había aprendido que gritar también producía material audiovisual. A sus veintiséis años, Vesania Eleonora había descubierto que la juventud era una cualidad admirable en una docente, siempre que no se notara demasiado. Si usaba maquillaje, parecía interesada en llamar la atención.
Si no lo usaba, parecía descuidada. Si vestía una blusa entallada, debía pensar en los adolescentes. Si vestía ropa holgada, debía cuidar su presentación profesional. Si sonreía, le faltaba autoridad. Si se ponía seria, necesitaba mejorar su vínculo socioafectivo. Su cuerpo había ingresado al sistema educativo sin recibir nombramiento, pero estaba sujeto a evaluación permanente.
Aquella mañana llevaba pantalón negro, zapatos bajos y una blusa azul abotonada hasta donde dejaba de respirar con comodidad. Se había recogido el cabello frente al espejo del baño, calculando si podía alargar dos días más la vida del champú.
Vivía sola en un departamento pequeño, con una mesa que servía para comer, preparar clases y sostener la impresora cuando esta decidía reconocer su existencia. Sobre el refrigerador tenía una fotografía de su graduación.
En ella sonreía como sonríen las personas que todavía confunden una promesa con un contrato. Había estudiado para enseñar Español en secundaria y llevaba tres años en un plantel público de la ciudad. Su nombramiento cubría seis grupos; las sustituciones y las tareas añadidas nunca aparecían con la misma claridad en la nómina.
Antes de entrar al servicio acostumbraba comprar libros usados los sábados. Le gustaban los cuentos que dejaban una pregunta sin resolver y las películas viejas de la televisión abierta. También había querido aprender fotografía. La cámara que guardaba en un cajón tenía la batería agotada desde hacía meses: siempre encontraba un gasto más urgente que reemplazarla.
La había comprado con el dinero de un trabajo de verano, antes de terminar la carrera. Conservaba fotografías de mercados, estaciones y ventanas abiertas. En una se veía a Renata riéndose con un vaso de agua entre las manos; en otra, a su padre bajo el techo de una casa que aún no habían terminado de pintar. A Vesania le gustaba esperar a que una persona olvidara la cámara. Entonces aparecían gestos que ninguna indicación habría conseguido.
También guardaba las fotografías de Andrés, con quien había vivido casi un año. Se habían separado antes de que el trabajo empezara a ocuparle los fines de semana completos. Él quería mudarse a otra ciudad; ella había conseguido su nombramiento y no quiso renunciar a esa primera certeza. Durante meses intentaron negociar a distancia lo que ya no compartían. Andrés le hablaba de volver y hacía planes para unas vacaciones que siempre posponía. Ella descubrió que había empezado otra relación cuando una amiga le envió una fotografía que él había publicado desde una cuenta donde ya no la tenía agregada.
Lo llamó. Él dijo que no había encontrado el momento de contárselo, que las cosas entre ellos estaban mal desde antes y que ella siempre estaba trabajando. Vesania había reconocido el desgaste; no había consentido vivir dentro de una promesa que él ya no pensaba cumplir. Le dolió la mentira y le dolió aún más verse defendiendo, frente a él, el derecho a que se lo hubiera dicho.
Después de la ruptura empezó a revisar conversaciones viejas. Buscaba la fecha exacta en que había dejado de ser querida sin saberlo. Llegaba a una frase amable y la comparaba con la fotografía. El ejercicio no le devolvía una explicación; le enseñaba a desconfiar también de las palabras que antes habían sido verdaderas.
Desde entonces, si un hombre se acercaba con demasiada seguridad, Vesania buscaba el momento en que se cansaría de ella. Una invitación podía gustarle y asustarla al mismo tiempo. Se decía que no tenía tiempo para enamorarse, aunque cuando imaginaba a alguien quedándose en el departamento sentía un deseo que no conseguía borrar. Le daba miedo necesitarlo y descubrir otra vez que solo ella estaba esperando.
Había querido su trabajo y había querido a Andrés. Recordarlo le impedía contar la ruptura como una elección sencilla. Cuando él pasó por sus libros, Vesania no lloró hasta que vio el espacio vacío de la repisa. Después lo llenó con carpetas escolares. Todavía conservaba una novela suya, una que nunca le devolvió porque él le había dicho que podía quedársela. La evitaba por una razón pequeña: le seguía gustando lo que habían subrayado juntos.
Aquella tarde buscó la cámara para distraerse de los cuadernos. La pantalla no encendió. Probó el cargador, esperó unos minutos y volvió a intentarlo. Terminó guardándola sobre una caja de recibos. El gesto le dio vergüenza: sabía encontrar tiempo para actividades que nadie había solicitado y no conseguía concedérselo a algo que quería hacer.
⁂
A las diez y veinte recibió un mensaje de la subdirectora. Favor de pasar a Dirección en su espacio libre. Urgente. Su espacio libre duraba veinte minutos. En esos veinte minutos debía desayunar, ir al baño, sacar copias y registrar una incidencia. Eligió Dirección. La subdirectora Yolanda Becerra estaba sentada detrás de una computadora. Tenía abiertas tres hojas de cálculo y una página de venta de muebles.
—Vesania, hay una inconformidad.
En la silla lateral esperaba una madre de familia con el teléfono colocado sobre las piernas.
—Mi hijo dice que usted lo exhibió.
—¿Quién es su hijo?
—Kevin.
La subdirectora juntó las manos.
—Queremos escuchar ambas versiones.
Vesania explicó la pregunta, la interrupción y el audio. La madre suspiró.
—Él dice que usted lo hizo sentir mal delante de todos.
—Le dije que su pregunta no tenía relación con la actividad.
—Pues por algo preguntó. Son adolescentes.
Vesania miró a la subdirectora. La subdirectora miró una celda de Excel.
—Hay que cuidar mucho las formas —dijo finalmente—. A veces el contenido es correcto, pero el tono…
—No levanté la voz.
—El tono no es solamente el volumen.
Aquella frase tenía la ventaja administrativa de poder significar cualquier cosa. La madre cruzó las piernas.
—Además, no entiendo por qué les pone a dibujar casas. Están en tercero. Necesitan aprender cosas útiles.
—Era una actividad para comprender el lenguaje figurado.
—Mi hijo quiere trabajar con computadoras.
Vesania pensó en explicar que una computadora también necesitaba palabras. Que comprender una instrucción, detectar una mentira y expresar una idea eran cosas útiles. Que un adolescente podía convertirse en programador y seguir necesitando entender a otro ser humano.
Pero sabía que cada explicación alargaba la reunión y acercaba su desayuno a la siguiente jornada.
—Revisaré la actividad —respondió.
Yolanda sonrió. Habían alcanzado un acuerdo: el problema podía archivarse dentro de la maestra.
⁂
En la sala de profesores, Mauricio le cedió media silla.
—¿Otra queja?
—Una pregunta creativa.
Él le ofreció una galleta. Mauricio llevaba diecinueve años dando Historia. Tenía el humor seco de quien había descubierto que ciertas cosas podían sobrevivirse si se les cambiaba el nombre. A los reportes les decía literatura fantástica. A las reuniones extraordinarias, reuniones ordinarias con amenaza. A los cursos de bienestar docente, castigos con tipografía amable.
—¿Ya entregaste las evidencias? —preguntó.
—¿Cuáles?
Mauricio se quedó inmóvil.
—Te falta actualizar el catálogo de cuáles.
En el grupo de mensajería había seis instrucciones nuevas. Fotografías de las actividades. Lista de alumnos con riesgo académico. Plan de intervención individual. Registro de comunicación con las familias. Seguimiento de hábitos de lectura. Y una encuesta sobre la percepción de la carga laboral. La encuesta debía completarse fuera del horario de clases.
—Hay una pregunta que dice si sabemos administrar nuestro tiempo —comentó Mauricio.
Vesania soltó una risa breve.
—Qué considerados.
En ese momento entró el profesor Barragán, arrastrando un olor a loción costosa.
—¿Todavía aquí? —preguntó—. Yo ya terminé.
Barragán siempre terminaba antes. Sus alumnos trabajaban frecuentemente con cuestionarios copiados del libro. Cuando alguien se quejaba, él explicaba que fomentaba la autonomía.
Había rumores sobre dinero recibido a cambio de regularizaciones. Vesania no sabía cuánto había de cierto. Sí había visto a una madre salir llorando de su salón y sí había escuchado al director decir que Barragán era «un elemento complicado, pero con mucha trayectoria».
La trayectoria era una especie de detergente institucional: cuanto más vieja una mancha, más limpio parecía su dueño. Lo que ella había observado justificaba preguntas, no una sentencia sobre todo lo que Barragán pudiera haber hecho. Esa diferencia sería difícil de sostener cuando el cansancio empezara a convertir cada sospecha en una certeza.
—Hay que simplificar —dijo él, mirando las hojas de Vesania—. Si les das demasiado, se acostumbran.
Ella no respondió. Barragán tomó una galleta de la bolsa de Mauricio y se fue.
⁂
La última clase del día fue distinta. No milagrosa. Distinta. Vesania les pidió que describieran un lugar donde se sintieran seguros. Algunos escribieron «mi cuarto». Uno escribió «la cancha». Una alumna dejó la hoja en blanco. Abril dibujó una cocina.
—¿Por qué la cocina? —preguntó Vesania cuando pasó junto a ella.
—Porque mi abuela prende la radio.
—¿Y eso te hace sentir segura?
Abril se encogió de hombros.
—Cuando hay ruido, parece que todavía está todo bien.
Vesania miró el dibujo. Había una mesa pequeña, dos tazas y una ventana desproporcionada.
—Puedes escribir eso debajo.
—Pero no es una descripción.
—Sí lo es.
La muchacha levantó los ojos.
—¿Aunque no diga de qué color es la pared?
—Aunque no lo diga.
Abril escribió despacio. Antes de entregar la hoja añadió un pequeño radio sobre la mesa. Quería conservarlo en el dibujo aunque no fuera necesario para la tarea.
—A mi abuela le gusta cantar mientras cocina —explicó—. Yo quiero aprender a grabarla, pero siempre dice que está desafinada.
Vesania le propuso pedirle permiso y empezar solo con una canción. Abril preguntó cómo podía evitar que se oyera demasiado fuerte el refrigerador. Por primera vez hablaron de algo que la muchacha deseaba hacer fuera de una calificación.
Vesania continuó caminando entre las filas.
Un alumno necesitaba un lápiz. Otro preguntó si podía inventar un lugar porque en su casa no se sentía seguro. Dos discutieron sobre quién había copiado a quién. Alguien quiso saber si aquello contaba para la calificación.
Durante cuarenta minutos, la clase fue un trabajo difícil que tuvo sentido. Cuando sonó el timbre, Abril dejó la hoja sobre el escritorio.
—¿Me la puede guardar? No quiero llevarla a mi casa.
Vesania la colocó dentro de una carpeta. Aquel gesto mínimo le dio fuerzas suficientes para recoger las sillas que otros habían dejado atravesadas. No suficientes para pagar la renta.
⁂
Al llegar al departamento encontró el aviso debajo de la puerta. El propietario aumentaría el alquiler al renovar el contrato.
«Espero que comprendas la situación económica».
Vesania leyó dos veces. Todo el mundo tenía una situación económica que ella debía comprender. La tienda. El arrendador. La compañía de internet. La farmacia. El transporte. Su propia situación económica, en cambio, solía resolverse con una recomendación: organizarse mejor. Dejó el aviso junto al recibo de electricidad. Hizo cuentas en el reverso de una planeación. La cifra no cambió cuando repitió la suma. Tampoco cuando eliminó el café.
Ni cuando pospuso la compra de zapatos.
Había algo ofensivo en la precisión matemática de la pobreza. Una podía esforzarse, amar su profesión y escribir objetivos de aprendizaje con verbos adecuados; el resultado seguía siendo negativo.
Abrió el refrigerador. Dos huevos. Medio jitomate. Una botella de agua. El queso había adquirido una textura que sugería independencia. Preparó los huevos y comió frente a treinta y seis cuadernos. A las seis comenzó a revisar. A las siete respondió mensajes. A las ocho abrió la plataforma. A las nueve recibió una instrucción marcada como urgente. Debía rehacer las planeaciones en el formato actualizado. El contenido era el mismo.
Las columnas habían cambiado de lugar.
⁂
Su hermana Renata llamó cuando Vesania estaba copiando por quinta vez la expresión «pensamiento crítico».
—¿Ya cenaste?
—Estoy cenando.
—Son las diez.
—Es una cena conceptual.
Renata trabajaba en una clínica veterinaria y vivía al otro lado de la ciudad. Compartía un departamento y cubría turnos que a veces se alargaban después de una urgencia; tampoco disponía de dinero ni de tiempo ilimitados. Había desarrollado la costumbre de llamar sin preguntar primero si podía. Si preguntaba, Vesania contestaba que estaba ocupada.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Desperté el placer de la expresión creativa.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende de quién reproduzca el audio.
Le contó lo de Kevin. Renata guardó silencio unos segundos.
—No todos son así.
—Ya sé.
—Te lo digo porque cuando estás cansada…
—Ya sé, Renata.
Le molestó su propio tono.
No quería convertirse en una de esas profesoras que hablaban de los alumnos como si fueran una enfermedad colectiva. Había visto a Abril dibujar una cocina. Había prestado un lápiz a un muchacho que llegó sin desayunar. Sabía que dentro de aquel grupo había personas, historias y necesidades que no cabían en una estadística.
Pero también sabía que comprender sus circunstancias no hacía desaparecer las suyas.
—Perdón —dijo—. Es que hoy no me queda nada.
—Entonces deja el trabajo.
Vesania miró la computadora.
—No puedo.
—Por hoy.
—Ah.
Durante un instante, la posibilidad de dejarlo todo había entrado al cuarto con una claridad vergonzosa.
—Por hoy tampoco —respondió.
⁂
Renata le mandó después un video. Una mujer de su edad mostraba las llaves de un automóvil nuevo. Hablaba de independencia, de libertad financiera y de una plataforma de suscripción para adultos.
«Antes me daba miedo lo que dijeran. Ahora ellos hablan y yo facturo».
Vesania observó el tablero del coche. Después observó el tablero eléctrico de su departamento, cuya tapa llevaba meses sosteniéndose con cinta. La mujer del video no parecía pedir permiso para existir. No tenía que entregar evidencias de vocación. No explicaba por qué necesitaba ganar dinero. Simplemente lo ganaba. Vesania cerró el video. Volvió a abrirlo. La mujer hablaba de organización, constancia y estrategia. Palabras conocidas. Las mismas que aparecían en sus cursos de formación docente.
La diferencia estaba en el automóvil. Le escribió a Renata:
¿Por qué me mandaste esto?
La respuesta llegó enseguida. Porque dice lo mismo que tú sobre trabajar por tu cuenta. No te estoy diciendo que abras una cuenta. Vesania dejó el teléfono boca abajo. La aclaración, por alguna razón, hizo que la idea se quedara.
⁂
Al día siguiente recibió un mensaje de Irene, una compañera de la universidad con quien solía ir a ver exposiciones gratuitas. Trabajaba corrigiendo textos para una editorial pequeña y aceptaba encargos por su cuenta cuando el sueldo no alcanzaba. Había conseguido dos entradas para una muestra de fotografía.
¿Todavía te gustan las fotos o ya te convertiste en un formato?
Vesania sonrió. Escribió que sí, que le gustaban, y preguntó la hora. Irene propuso el sábado por la tarde. Antes de responder, Vesania abrió la lista de pendientes. Calculó cuánto podría adelantar si se levantaba temprano y cuánto perdería en el transporte. La invitación empezó a parecerle otra cuenta.
Le dijo que intentaría ir.
Irene contestó que necesitaba confirmación para ofrecer la entrada a alguien más. No lo dijo con dureza; tenía derecho a organizar su tarde. A Vesania, sin embargo, le dolió no poder reservarse un lugar con una promesa imprecisa.
El viernes rechazó la invitación. Irene mandó una fotografía de la entrada sobre su escritorio y escribió: La próxima dime que no desde el principio. No me enojo por eso.
Vesania quiso explicarle los grupos y los informes. Había utilizado la misma explicación demasiadas veces. Se limitó a pedirle disculpas. La conversación terminó y ella sintió que otra parte de su vida seguía adelante sin esperarla.
Durante la exposición, Irene le envió una imagen de una ventana reflejada en un charco. Vesania la guardó. No supo qué decir sobre ella, aunque años atrás habría encontrado una conversación entera.
A las once y media apareció un mensaje de una madre. Maestra, buenas noches. Disculpe la hora. Mi niña no entiende la tarea. ¿Nos puede explicar por audio? Vesania grabó una explicación. La borró. En el primer intento se escuchaba el cansancio. Grabó otra. Al enviarla, recibió una respuesta inmediata. Gracias. ¿Y podría mandar un ejemplo resuelto? Preparó el ejemplo. Después otro padre preguntó por qué su hijo tenía siete. Una alumna solicitó prórroga.
La subdirectora recordó que faltaba completar la encuesta de bienestar. Vesania la abrió.
¿Con qué frecuencia se siente satisfecha con sus actividades profesionales?
Miró las opciones. Siempre. Casi siempre. A veces. Casi nunca. Nunca.
Buscó una casilla que dijera: Hoy una niña me confió un dibujo y eso me sostuvo durante una hora; después me pidieron cambiar de lugar seis columnas y quise golpear la pared.
No existía. Seleccionó «a veces». La siguiente pregunta decía: ¿Cuenta con estrategias personales para afrontar el estrés? Pensó en los huevos, en las galletas de Mauricio, en la voz de Renata. Seleccionó «sí». Era importante no parecer incapaz de gestionar el bienestar que la institución no podía proporcionarle.
⁂
El viernes hubo una reunión sobre innovación. El director Castañeda proyectó una presentación con fotografías de niños que no pertenecían a la escuela. Todos tenían uniformes limpios y tabletas.
—Debemos abandonar las prácticas tradicionales.
Vesania miró el techo. Una mancha de humedad crecía encima del proyector.
—La educación requiere docentes flexibles, comprometidos y dispuestos a dar un poco más.
Mauricio escribió algo en su libreta. Ella alcanzó a leer:
¿Más de qué depósito?
Contuvo la risa. El director continuó.
—Sabemos que existen carencias. Precisamente por eso hay que ser creativos.
Vesania levantó la mano. El director la señaló con cierta cautela.
—¿Habrá materiales para las actividades que se solicitan?
—Tenemos que aprovechar los recursos disponibles.
—¿Y tiempo asignado para elaborar los informes?
—Forma parte de nuestras responsabilidades.
—¿Se cubrirá el grupo que lleva tres semanas sin maestro?
Castañeda apagó el apuntador.
—Vesania, entiendo tu inquietud, pero esta reunión busca soluciones.
Ella bajó la mano. Había confundido, una vez más, una pregunta con una participación.
⁂
Al salir, Yolanda la llamó aparte.
—Te noto muy negativa.
—Estoy preguntando cómo vamos a hacerlo.
—Todos estamos cansados.
La frase cayó entre ellas como una puerta con llave. Si todos estaban cansados, nadie podía estar demasiado cansado.
—No quiero que pierdas tu entusiasmo —añadió la subdirectora—. Eres joven. Tienes mucho que aportar.
Vesania pensó que su juventud empezaba a parecerse a una reserva de combustible que cualquiera podía utilizar.
—Lo estoy aportando.
—Entonces cuida la actitud.
⁂
El sábado intentó dormir hasta tarde. A las seis y doce abrió los ojos.
Había soñado que llegaba al salón y encontraba cuarenta y siete recibos sentados en las bancas. Todos levantaban la mano. Todos querían saber por qué no les prestaba atención.
Tomó el teléfono. Veintitrés mensajes. No los abrió. Se levantó a limpiar el departamento, pero terminó frente a la computadora. La planeación nueva no aceptaba algunas celdas. El archivo se cerró. Perdió una hora de trabajo. Volvió a empezar. Al mediodía descubrió que no había tomado agua. A las dos recordó que debía comer. A las tres llamó Renata.
—Vamos a salir. Te invito.
—Tengo que terminar.
—Siempre tienes que terminar.
—Porque nunca termino.
Ninguna de las dos habló. Vesania apoyó la frente sobre el borde de la mesa.
—No quiero que me digas que respire —murmuró.
—No iba a decirte eso.
—Todo el mundo me dice que respire.
—Yo iba a decirte que me abras. Estoy abajo.
Por primera vez en varios días, Vesania lloró.
⁂
Renata llevó comida y se sentó a su lado sin tocar los cuadernos.
—No estás descansando —dijo después.
—Descanso cuando puedo.
—No estás pudiendo.
Vesania desdobló una servilleta.
—Si falto, se quedan sin clase.
—Si te enfermas, también.
—No es tan fácil.
—Ya sé.
Aquello la calmó más que cualquier consejo. Que alguien admitiera la dificultad. Que no la convirtiera inmediatamente en un problema de actitud. Renata miró el recibo de electricidad.
—Te puedo ayudar este mes.
Vesania negó con la cabeza. Luego volvió a mirar la fecha de vencimiento.
—Te lo regreso cuando me paguen.
—Primero duerme.
⁂
Esa noche dejó el teléfono en la cocina. A las diez se acostó. A las diez y cuarto se levantó para revisar si había un mensaje importante. A las once ya estaba corrigiendo. Cuando terminó, el edificio estaba en silencio. Se acostó otra vez. Durante unos segundos creyó escuchar el timbre de la escuela. Abrió los ojos. Nada.
Lo atribuyó al día, al cansancio, a la facilidad con que ciertos sonidos se quedaban dentro de la cabeza. No le dio importancia. Todavía podía encontrar una explicación sencilla para casi todo.
⁂
El lunes recibió su pago. Antes de entrar al primer grupo, hizo las transferencias. Renta. Primer abono a Renata. Electricidad. Internet. Le quedó una cantidad que miró durante largo rato, como si fuera una calificación injusta. Después entró al salón. Kevin tenía el teléfono en la mano.
—Guárdalo, por favor.
—Ya voy.
No lo guardó. Vesania dejó sus materiales sobre el escritorio. Abril se acercó.
—¿Todavía tiene mi dibujo?
—Sí.
—¿Me lo puede dar al final?
—Claro.
La muchacha sonrió y regresó a su banca. Vesania sacó el marcador. Debajo de la frase de Einstein escribió la fecha.
Miró a los alumnos. Algunos hablaban, otros se empujaban, dos compartían una bolsa de papas. Una niña tenía los ojos hinchados. Un muchacho intentaba ocultar que su zapato estaba abierto de la punta.
Quiso enseñarles algo que sirviera. Quiso tener fuerzas para descubrir qué necesitaba cada uno. Quiso que ese deseo no tuviera que pagarse con el abandono de sí misma.
—Hoy vamos a hablar del valor de las palabras —dijo.
Desde el fondo, Kevin levantó su teléfono. En la pantalla apareció la mujer del automóvil.
—Ella sí sabe cuánto valen, maestra.
Las risas empezaron antes de que él terminara. Vesania reconoció el video. Sintió calor en el rostro.
—Guarda el teléfono.
—¿Qué? Si estamos hablando del valor.
Alguien añadió:
—Usted también podría ganar así.
Esta vez no se rio todo el grupo. Abril bajó la mirada. Vesania sostuvo el marcador con tanta fuerza que se le marcó la tapa en la palma. Había una respuesta correcta para aquello. Debía existir en algún protocolo, dentro de algún curso, debajo de alguna palabra como contención. No la encontró.
—Abran el cuaderno —dijo.
Su voz salió firme. Dio la clase. Registró la incidencia. Cumplió el horario. Por fuera, fue una maestra normal.
⁂
Esa noche buscó el video sin que Renata se lo mandara. Después buscó la plataforma. Leyó sobre comisiones, suscripciones, verificación de identidad. No abrió una cuenta. Solo comparó números. Cuarenta y siete alumnos por grupo. Seis grupos. Horas de trabajo. Mensajes. Renta. Electricidad. Luego una suscripción mensual. Cien suscriptores. Quinientos. Mil. Los números adquirieron una docilidad que nunca habían tenido en su nómina. Cerró la página.
Sacó de la carpeta el dibujo de Abril para devolverlo al día siguiente. Debajo de la cocina, la muchacha había escrito: Cuando hay ruido, parece que todavía está todo bien. Vesania colocó la hoja junto a la computadora. Permaneció sentada, escuchando el zumbido del refrigerador. Después abrió un documento nuevo. Lo tituló: Lo que vale una maestra. Escribió una pregunta.
¿Cuánto tendría que mostrar para que alguien estuviera dispuesto a pagar por mirarme?
La leyó. Se avergonzó. Intentó borrarla, pero antes añadió otra:
¿Y cuánto más tendría que dar para que alguien quisiera escucharme?
En la pared, encima de su mesa, conservaba una copia pequeña de la frase de Einstein. La había colocado allí para recordar por qué había elegido enseñar. Aquella noche le pareció que faltaba una línea. Tomó un lápiz y la escribió en el margen: El placer corre por cuenta del maestro. Luego apagó la computadora. El documento quedó guardado.