Capítulo 2 de 10

El objeto más noble

«El objeto más noble que puede ocupar el hombre es ilustrar a sus semejantes».

—Simón Bolívar

Durante las siguientes cuatro semanas, Vesania Eleonora ilustró a sus semejantes con una constancia que habría conmovido a Simón Bolívar, siempre que alguien le hubiera proporcionado al libertador la contraseña de la plataforma.

Ilustró a cuarenta y siete alumnos sobre la diferencia entre una opinión y un argumento. Ilustró a una madre sobre la diferencia entre ayudar a su hijo y hacerle la tarea. Ilustró al director sobre la diferencia entre un proyecto educativo y una fotografía de personas sosteniendo cartulinas. Y trató de ilustrar a la compañía de electricidad sobre la diferencia entre recibir un salario y disponer de dinero. Esta última conversación fue la más breve.

La compañía aceptaba pagos, no matices.

⁂

Abril recuperó su dibujo el martes. Vesania se lo entregó dentro de una carpeta transparente para que no se arrugara.

—Le puse esto —dijo—. Puedes conservarlo.

La muchacha pasó un dedo sobre el plástico.

—Gracias.

No hubo revelación, abrazo ni música de fondo. Abril guardó la carpeta en la mochila y preguntó si el trabajo siguiente debía hacerse con pluma. Vesania agradeció aquella normalidad.

A veces un alumno confiaba algo y luego necesitaba que el adulto no lo convirtiera en ceremonia. Que no hiciera de su vulnerabilidad una actividad para compartir con el grupo.

—Con pluma está bien.

Abril regresó a su lugar. Desde la última fila, Kevin la observaba. Después del incidente del teléfono, Vesania había hablado con él al terminar una clase. Lo hizo a solas, con la puerta abierta y sin discursos.

—Puedes cuestionar una actividad. Puedes decir que estás aburrido. Lo que no puedes hacer es utilizar mi cuerpo para humillarme frente al grupo.

Kevin miró hacia el patio.

—Era broma.

—Te estoy diciendo cómo lo recibí.

—Pues ya no lo hago.

Vesania habría querido una disculpa. Aceptó, por entonces, el compromiso. Durante varios días él mantuvo el teléfono guardado. Una mañana incluso respondió correctamente una pregunta. Ella tuvo el cuidado de reconocerlo sin sorpresa. También eso era trabajo: impedir que un alumno se quedara encerrado dentro de la peor cosa que había hecho.

⁂

En noviembre anunciaron la Jornada Escolar de Valores y Convivencia. El nombre apareció en un oficio de cuatro páginas. El oficio incluía objetivos, metas, responsables y un apartado de «recursos materiales» donde decía: Los disponibles en cada plantel. La responsabilidad de coordinarla recayó en Vesania.

—Tienes facilidad de palabra —explicó el director Castañeda.

—Tengo seis grupos y los informes pendientes.

—Todos tenemos pendientes.

La palabra todos empezaba a darle la impresión de un costal: cabía dentro cualquier objeción, y luego alguien cerraba la boca con un cordón.

—Podemos distribuir las actividades —propuso.

—Claro. Tú coordinas.

La coordinación consistió en pedir ayuda a colegas que también estaban saturados, recoger respuestas incompletas y terminar lo que nadie había podido hacer. Mauricio aceptó trabajar con los alumnos una pequeña exposición sobre los derechos humanos. La profesora de Ciencias prepararía una actividad sobre el cuidado del agua. Barragán ofrecería una charla de ética. Vesania levantó la vista cuando escuchó su nombre. Castañeda interpretó el gesto como una duda logística.

—Tiene mucha experiencia hablando en público.

—Eso sí —respondió ella.

⁂

La semana de preparación coincidió con una avería en las tuberías. En uno de los baños, los alumnos debían llenar cubetas para descargar los inodoros. La actividad sobre el cuidado del agua se volvió involuntariamente práctica.

—Podemos empezar con esto —dijo la profesora de Ciencias.

El director le pidió que no mezclara los asuntos.

Yolanda se quedó revisando la circular. Cuando Castañeda salió, llamó al encargado de mantenimiento y preguntó por una pieza que faltaba. Vesania oyó que insistía en conseguirla antes del viernes. Al terminar, la subdirectora volvió a pedir las fotografías. Podía ocuparse de una avería y seguir defendiendo un procedimiento que agotaba a todos; aquella contradicción no la hacía menos real.

La jornada debía proyectar una imagen positiva del plantel. Vesania recibió la instrucción de colocar una lona junto a la entrada. FORMAMOS CIUDADANOS PARA UN FUTURO MEJOR. La lona costaba más que arreglar la llave del lavabo, según el cálculo de un conserje que había trabajado antes como plomero. Pero la llave no salía en las fotografías.

⁂

Aquella tarde encontró a una alumna esperando fuera de la sala de profesores. Se llamaba Marisol. Pertenecía a otro grupo, aunque Vesania la conocía por haber cubierto algunas clases.

—¿Tiene un minuto, maestra?

Vesania miró la hora. Su transporte pasaba en doce minutos.

—Sí.

Marisol llevaba una hoja doblada en cuatro.

—No quiero reprobar.

—¿En qué materia?

La muchacha señaló con la barbilla hacia el salón de Barragán. Vesania no necesitó que dijera el nombre.

—¿Ya hablaste con él?

Marisol asintió. Después extendió la hoja. Era una lista de temas para un examen de recuperación. Al pie aparecía una cantidad escrita a mano y un número telefónico.

—Dice que las asesorías son aparte.

—¿Fuera de la escuela?

—Sí.

—¿Son obligatorias?

Marisol bajó los ojos.

—Dice que los que no se preparan luego no deben quejarse.

Vesania leyó otra vez.

La hoja no demostraba, por sí sola, que hubiera un cobro por aprobar. Podía tratarse de clases particulares, aunque la manera de ofrecerlas a sus propios alumnos ya resultaba inquietante.

—¿Qué te dijo exactamente?

Marisol repitió las palabras. Vesania las anotó sin corregirlas.

—¿Puedo quedarme con una fotografía de esta hoja?

La muchacha vaciló.

—¿Él se va a enterar?

—Voy a pedir que revisen la situación. No voy a publicar tu nombre.

No le prometió algo que no podía garantizar. Aun así, cuando Marisol se fue, Vesania sintió el peso de haber recibido una confianza que quizá la institución no sabría proteger. Perdió el transporte. Esperó cuarenta minutos el siguiente.

⁂

Yolanda escuchó el relato sin tocar la hoja.

—Hay que tener cuidado con las interpretaciones.

—Por eso te estoy pidiendo que lo revisen.

—El profesor puede dar asesorías particulares.

—A los alumnos que él mismo va a evaluar.

—Mientras sean voluntarias.

Vesania señaló sus notas.

—La alumna no las entendió como voluntarias.

Yolanda suspiró.

—A veces los muchachos escuchan lo que quieren escuchar.

Vesania permaneció de pie.

—¿Lo vas a registrar?

La subdirectora la miró entonces.

—Mándamelo por escrito.

Ella lo envió esa misma tarde. Dos días después recibió una respuesta. Se dará seguimiento por los conductos correspondientes. No decía cuáles.

⁂

El viernes, Barragán la interceptó junto a las escaleras.

—Me dicen que andas preguntando por mis asesorías.

Vesania sintió un golpe de calor.

—Una alumna vino a hablar conmigo.

—Los alumnos inventan muchas cosas cuando no quieren estudiar.

—Pedí que revisaran lo que me contó.

Barragán sonrió.

—Está bien. Nada más te recomiendo que primero conozcas cómo funciona la escuela.

Había alumnos pasando alrededor. Dos cargaban una cartulina con la palabra RESPETO escrita en letras enormes.

—Estoy tratando de conocerlo —respondió Vesania.

Él dejó de sonreír.

—No todo se aprende en la universidad.

Subió las escaleras. Vesania se quedó mirando la cartulina hasta que desapareció detrás de una puerta.

⁂

La Jornada de Valores empezó a las ocho y media. A las ocho y veinte todavía no funcionaba el micrófono. A las ocho y veinticinco faltaban sillas. A las ocho y veintiocho Yolanda le preguntó por qué estaba sudando.

—Hay que cuidar la presentación.

Vesania fue al baño y se secó la frente con papel. En el espejo vio una mujer joven, bonita y agotada. Se acomodó un mechón detrás de la oreja. El teléfono vibró dentro de su bolsillo. Un mensaje del arrendador. Otro de una madre. Otro de Castañeda:

¿Dónde estás? Ya van a llegar los invitados.

Volvió al patio.

⁂

Barragán habló de la honestidad durante dieciocho minutos.

—La educación debe combatir la cultura del atajo —declaró—. No podemos permitir que nuestros jóvenes crean que todo tiene un precio.

Vesania sostenía la carpeta del programa. Clavó una uña en el cartón. Al fondo, Marisol estaba sentada junto a sus compañeras. No aplaudió al terminar. Castañeda sí. Después le tocó hablar a Vesania. Su intervención debía durar cinco minutos y tratar sobre la responsabilidad compartida de educar. Había preparado un texto amable. Lo llevaba impreso. Cuando llegó al micrófono, encontró la primera página pegada a la segunda por una gota de agua. Tiró suavemente.

El papel se rompió. Vio el hueco blanco donde antes estaba una frase sobre el compromiso de la comunidad. Le pareció una corrección oportuna.

—Educar necesita tiempo —comenzó—. Tiempo para explicar, para escuchar, para equivocarse y volver a intentar.

El patio fue quedándose quieto.

—Pero ese tiempo no aparece solo. Alguien tiene que proporcionarlo. También hacen falta materiales, espacios seguros y adultos que puedan cumplir su trabajo sin vivir al borde del agotamiento.

Yolanda levantó la vista. Vesania siguió.

—Podemos pedirles a los alumnos que valoren la educación. Tenemos que hacerlo. Pero también debemos mostrarles que la valoramos nosotros. Se nota en lo que reparamos, en lo que atendemos y en aquello que decidimos no ignorar.

Miró a Marisol sin detenerse en ella.

—Un cartel de respeto puede ser útil. Una respuesta cuando alguien pide ayuda suele serlo más.

Se produjo un silencio. Después Mauricio empezó a aplaudir. Algunos profesores lo siguieron. Los alumnos aplaudieron porque la intervención había terminado. Castañeda se acercó al micrófono con una sonrisa demasiado ancha.

—Excelente reflexión. Como bien dice la maestra, todos debemos poner de nuestra parte.

En una sola frase consiguió devolver el problema a quienes acababan de señalarlo.

⁂

La conversación en Dirección ocurrió antes del recreo.

—Te apartaste del discurso acordado —dijo Castañeda.

—Hablé de responsabilidad compartida.

—Dejaste una impresión de abandono institucional.

—Los baños llevan una semana funcionando con cubetas.

—Ese asunto está en proceso.

—No dije que no lo estuviera.

Yolanda intervino.

—También hiciste alusiones que pueden prestarse a malentendidos.

Vesania colocó sobre el escritorio su copia del programa.

—¿Qué parte fue incorrecta?

El director se recargó en la silla.

—No todo lo correcto es oportuno.

Ella pensó que habría que colocar esa frase en el patio. Era más instructiva que todas las demás.

⁂

Las fotografías de la jornada aparecieron aquella tarde en la página de la escuela. Vesania salía detrás del micrófono. El texto decía: Nuestros docentes reafirman su entusiasmo y compromiso con una educación de calidad. En la imagen no se veía la carpeta rota. Tampoco las cubetas. Ni Marisol. Una madre comentó: Qué bonita la maestra de azul. Otro perfil añadió: Así sí dan ganas de volver a estudiar.

Vesania leyó las respuestas mientras esperaba el autobús. Buscó alguna referencia a lo que había dicho. No encontró ninguna. Su discurso había durado cuatro minutos. Su blusa parecía haber hablado más.

⁂

A finales de noviembre, el sueño empezó a desordenarse.

No dejó de dormir de golpe. Primero perdió media hora. Después una más. Luego comenzó a despertar antes de que sonara la alarma, con la sensación de haber olvidado algo urgente.

Se levantaba para comprobar. La puerta. El archivo. El mensaje. La lista de alumnos. Volvía a acostarse y encontraba otro pendiente. Durante el día olvidó dos veces dónde había dejado las llaves. Una tarde corrigió el mismo cuaderno por segunda ocasión. Otra escribió la fecha equivocada en el pizarrón y sintió una vergüenza desproporcionada cuando un alumno se lo señaló.

—También me equivoco —dijo.

El grupo lo aceptó sin dificultad. Ella no.

⁂

Mauricio la encontró un jueves en la sala de profesores, mirando una hoja en blanco.

—¿Qué haces?

—El informe.

—No has escrito nada.

—Lo estoy organizando.

Él tomó la silla de enfrente.

—¿Cuánto dormiste?

—Lo suficiente.

Mauricio esperó.

—Cuatro horas —admitió ella.

—Eso no es suficiente.

Vesania dejó la pluma.

—Si duermo, se acumula.

—Se va a acumular de cualquier manera.

A ella le pareció una rendición. A él, que llevaba diecinueve años trabajando allí, le parecía una descripción.

—Pide una consulta —añadió.

—¿Para que me digan que camine y apague el teléfono?

—Para que te vea alguien.

Vesania dobló la hoja.

—Después del cierre de evaluaciones.

Mauricio no discutió.

—Ponle fecha.

Al decirlo miró una notificación de su hija. Tenía que llevarla a una consulta y aún no había conseguido el permiso. Le confesó a Vesania que a veces daba consejos que tampoco sabía cumplir.

—No soy el ejemplo —añadió—. Pero si seguimos esperando el día sin pendientes, no vamos a ir nunca.

Ella no la puso.

⁂

En diciembre, Renata llegó con una bolsa de mandarinas. Encontró la mesa cubierta de papeles y una taza con café viejo junto a la impresora.

—¿Cuándo fue la última vez que saliste a algo que no fuera trabajar?

Vesania intentó recordar. No pudo hacerlo con precisión.

—Fui a la farmacia.

Renata comenzó a despejar una esquina de la mesa.

—Voy a pedirte algo.

—No me ordenes el trabajo.

Su hermana retiró las manos. Vesania se sintió avergonzada al instante.

—Perdón.

—No quiero ordenarte nada. Quiero que me acompañes a comer el domingo.

—Tengo calificaciones.

—Una hora.

—Tengo doscientos ochenta y tantos alumnos.

Renata miró los cuadernos.

—No tienen que caber todos aquí.

Vesania siguió su mirada. Durante un momento, la mesa le pareció demasiado pequeña para la cantidad de personas que vivían sobre ella.

⁂

El domingo salió. Renata eligió un restaurante económico con ventanas hacia la calle. Vesania miró el teléfono seis veces antes de que llegara la comida. En la séptima, su hermana puso la mano sobre la pantalla.

—Si es una emergencia, van a llamar.

—También llaman.

—Entonces hoy pueden llamar a alguien más.

Vesania dejó el teléfono. Comieron.

Hablaron de una gata que había parido dentro de un armario de la clínica, de una vecina que practicaba trompeta y de una receta que su madre siempre preparaba sin medidas.

Vesania se rio. La risa le salió extraña al principio, como una prenda guardada demasiado tiempo. Después recordó que existían conversaciones sin objetivos de aprendizaje. Al volver al departamento se sentía más ligera. Hasta que abrió los mensajes. Había una instrucción nueva. Debían entregar, antes del lunes, una propuesta para mejorar el bienestar emocional de los docentes. Miró la hora. Renata acababa de mandarle una fotografía de las dos en el restaurante.

Vesania alternó entre la imagen y la instrucción. Luego encendió la computadora.

⁂

La propuesta le tomó tres horas. Escribió sobre reducir comunicaciones fuera del horario laboral, reservar tiempo para labores administrativas y facilitar atención profesional. El martes recibió observaciones. Las acciones deberán ajustarse a los recursos existentes y no afectar la operación del plantel.

Su segunda versión incluyó respiración, pausas activas y pensamiento positivo. Mientras la escribía recordó que había prometido llamar a su madre. Lo hizo con el documento abierto, dispuesta a corregir una frase si la conversación le dejaba un silencio.

—Te escucho ocupada —dijo su madre.

—Estoy terminando algo.

Hablaron de la casa, de una gotera y de los pasos que su padre podía dar ya sin ayuda después de una operación. La recuperación había obligado a reorganizar los gastos. Su madre no le pidió dinero; Vesania oyó de todos modos las cantidades detrás de las palabras y ofreció mandar una parte al cobrar.

—Si te alcanza —respondió la mujer.

La condición no la tranquilizó. Había aprendido a agradecer que no le exigieran lo que después se exigía sola.

—Me alcanza.

Era una respuesta que todavía no había comprobado.

Su madre preguntó si comería con Renata en Navidad. Vesania dijo que sí. Luego contó lo de la propuesta de bienestar, primero como una anécdota graciosa y después con una rabia que no había previsto.

—Tú eras muy buena para esto —dijo su madre.

—¿Era?

—Eres. Me refiero a que desde niña te gustaba enseñar.

Vesania miró el documento. Había querido escuchar que podía dejar de hacerlo un rato. Le estaban devolviendo un recuerdo verdadero, y ese recuerdo empezaba a pesar.

—También me gustaban otras cosas.

Su madre no contestó enseguida. Después preguntó por la cámara.

Vesania cerró el archivo para responder. Hablaron unos minutos de las fotografías viejas de su padre. Al colgar, no transfirió el dinero que había ofrecido. Esperaría al pago y haría las cuentas. Aceptar una pequeña limitación le dejó un remordimiento mucho mayor de lo que merecía.

Fue aprobada.

⁂

Una noche regresó a la página de suscripciones para adultos. Esta vez leyó durante casi una hora.

Las creadoras hablaban de ingresos, pero también de gastos, filtraciones y jornadas largas. Una explicó que el dinero no llegaba simplemente por abrir una cuenta. Otra describió cómo había perdido seguidores al dejar de responder mensajes durante un fin de semana.

Vesania reconoció, con cierta decepción, la disponibilidad permanente. Aun así, había una diferencia que la mantenía mirando. Allí el esfuerzo tenía, al menos en apariencia, una relación visible con el ingreso. No guardó fotografías. No se registró. Anotó dos cantidades en una libreta. Luego calculó cuántos suscriptores necesitaría para cubrir la renta. Debajo escribió: Nadie me pediría hacerlo por vocación. La frase la hizo reír. Después dejó de parecerle un chiste.

⁂

El último viernes antes de vacaciones, Castañeda entregó reconocimientos. Barragán recibió uno por su trayectoria. Mauricio, por participación institucional. Vesania, por compromiso y entusiasmo. El director dijo su nombre completo delante de todos.

—Vesania Eleonora, ejemplo de juventud al servicio de la educación.

Ella caminó hasta el frente. Recibió una hoja dentro de un marco de plástico. Se tomó la fotografía. Agradeció. No preguntó qué había ocurrido con el reporte de Marisol. Ya había enviado dos recordatorios. El segundo seguía sin respuesta.

⁂

Al llegar a casa apoyó el reconocimiento sobre la mesa. El marco tenía una esquina astillada. Lo puso junto al recibo de electricidad y abrió la fotografía publicada por la escuela. Otra vez los comentarios se detenían en su aspecto. Otra vez nadie mencionaba su trabajo. Vesania fue al baño. Se soltó el cabello. Se quitó los lentes. Miró su rostro bajo la luz amarilla.

No estaba haciendo nada sensual. Solo permanecía frente al espejo, con la blusa arrugada y una marca roja donde había rozado el armazón. Trataba de entender qué veían los otros con tanta facilidad y qué parte de ella resultaba tan difícil de escuchar. Volvió a la mesa. Abrió el documento titulado Lo que vale una maestra. Debajo de las dos preguntas escribió: Si quieren mirar, tendrán que escuchar. Releyó la oración. Le gustó la firmeza.

Le gustó más de lo que habría podido explicar.

⁂

A las dos de la mañana seguía despierta. El departamento estaba frío. En el patio interior alguien había dejado una luz encendida. Vesania abrió otra página y escribió un título: La mañanera.

Por entonces imaginó un espacio de opinión. Un video diario antes de ir a trabajar. Podría hablar de los grupos saturados, de los alumnos que necesitaban ayuda y de la facilidad con que una institución confundía obediencia con compromiso.

Escribió un saludo. Buenos días. Soy maestra y hoy vamos a revisar quién está haciendo la tarea. Sonrió. Se levantó, acomodó el teléfono sobre unos libros y activó la cámara. No transmitió. Grabó.

—Buenos días —dijo—. Hoy vamos a hablar de una profesión muy noble.

Hizo una pausa. Miró el reconocimiento fuera de cuadro.

—Tan noble que a veces consideran vulgar preguntarle cuánto le van a pagar.

Se rio sola. Continuó durante ocho minutos. Habló con claridad, aunque cada tanto aceleraba para no perder una idea. Volvió sobre el mismo ejemplo dos veces. Al terminar, reprodujo la grabación. Se vio cansada. También se vio convincente. Por primera vez en semanas podía terminar una frase sin que alguien le pidiera una evidencia. Guardó el video. Después grabó otro.

⁂

Cuando Renata llamó al día siguiente, Vesania apenas había dormido.

—Se me ocurrió algo —dijo antes de saludar.

Su hermana escuchó la propuesta.

—Puedes hablar de educación en internet. Pero primero necesitas descansar.

—Siempre parece que descansar es lo contrario de hacer algo.

—Ahorita puede ser lo que te permita hacerlo.

Vesania miró la pantalla de la computadora. Había escrito seis temas para futuras emisiones.

—Estoy bien.

Renata no respondió enseguida.

—Te oigo muy acelerada.

—Estoy emocionada.

Las dos cosas podían parecerse desde lejos. Vesania terminó la llamada prometiendo acostarse temprano. Durante la tarde hizo otro guion. Y otro. La idea crecía con una velocidad que le produjo alivio: por fin algo avanzaba. Al caer la noche colocó el reconocimiento detrás del teléfono, como parte del fondo. En la pantalla quedó visible la frase: Por su invaluable entrega a la labor educativa. Vesania acercó la imagen con los dedos. Invaluable.

Lo que no podía calcularse. Lo que podía admirarse sin pagar. Comenzó una nueva grabación.

—El objeto más noble que puede ocupar el hombre es ilustrar a sus semejantes —leyó.

Luego miró directamente a la cámara.

—Qué curioso que a los semejantes les salga tan barato.

Esta vez no se rio. Dejó un silencio, esperando una respuesta de un público que todavía no existía. Una notificación de Renata apareció sobre la imagen mientras el teléfono seguía grabando. Vesania detuvo la toma, silenció los avisos y empezó de nuevo desde la última frase.