Capítulo 3 de 10
La flor y el formulario
«Enseñar no debe parecerse a llenar una botella con agua, sino más bien a ayudar a crecer una flor a su manera».
—Noam Chomsky
En enero, la escuela recibió doce plantas para promover el bienestar de la comunidad. Llegaron un martes, dentro de macetas pequeñas, acompañadas de una circular que pedía asignar a cada grupo la responsabilidad de su cuidado. No llegaron las herramientas. No llegó la tierra adicional. Tampoco había agua en los baños. La subdirectora explicó que aquel inconveniente podía convertirse en una oportunidad de aprendizaje.
—Que los alumnos traigan una botella desde su casa.
Vesania miró los tallos inclinados sobre la caja.
—¿Y si no traen?
—Hay que fomentar el compromiso.
Una de las plantas tenía las raíces asomadas por los agujeros del recipiente. Parecía haber crecido hasta donde le permitieron y luego haber intentado escapar por debajo. Vesania la eligió para su grupo.
⁂
Las vacaciones no la habían descansado.
Durante los primeros días había dormido más, pero después empezó a acostarse tarde para escribir los guiones de La mañanera. A veces terminaba uno y se le ocurría otro antes de cerrar el documento.
La idea de hablar sin interrupciones le daba una energía que confundió con recuperación. Grabó catorce videos. No publicó ninguno.
En algunos aparecía con la misma blusa azul de la Jornada de Valores. En otros, con un suéter y el cabello suelto. Había aprendido a colocar el teléfono a la altura de sus ojos y a orientar una lámpara hacia la pared para suavizar las sombras.
Descubrió también que una frase dicha frente a la cámara podía sonar firme y, al reproducirla, parecer un reclamo. Entonces la repetía. La versión siguiente salía más rápida. La tercera, más dura. La cuarta le parecía perfecta hasta que la escuchaba al día siguiente. Renata vio dos grabaciones.
—Aquí explicas bien lo de los grupos —dijo—. En esta otra saltas de las calificaciones a la renta y luego al voto.
—Todo está relacionado.
—Sí, pero tú conoces el camino entre las cosas. El que te escucha necesita que se lo muestres.
Vesania recibió el comentario como una corrección escolar.
—No quiero simplificarlo todo para que nadie tenga que pensar.
—No te estoy pidiendo eso.
Su hermana cerró el video. Vesania volvió a abrirlo cuando Renata se fue. Le pareció que se entendía perfectamente.
⁂
Una tarde de enero se encontró con Irene en una librería de segunda mano. No habían acordado verse. Vesania llevaba una lista de cuentos para sus grupos; Irene buscaba un libro que le habían pedido corregir y que no conocía.
Compraron uno entre las dos para prestárselo por turnos, una costumbre de la universidad. Al salir pidieron café en vasos de cartón. Irene le habló de un contrato que la editorial todavía no pagaba y de su intención de buscar otro empleo.
—¿Tú qué quieres hacer este año? —preguntó.
Vesania empezó a describir sus videos.
—¿Además de hablar de la escuela?
La pregunta la dejó sin respuesta. Miró una bicicleta atada a un poste. Quiso decir que iba a aprender a conducir, que tenía ganas de viajar a un lugar donde nadie le pidiera una constancia o que le gustaría pasar una tarde con alguien sin consultar el reloj. Le parecieron deseos ridículos junto a lo que llevaba semanas denunciando.
—Quiero que lo que hago sirva —respondió.
Irene bebió un poco de café.
—Te pregunté qué querías. No te estoy haciendo una evaluación.
Vesania se rio y después cambió de tema. Le preguntó por un hombre con quien Irene había salido meses atrás. Su amiga contestó que habían terminado; la explicación era larga y prefirió contarla mientras caminaban. Vesania intentó escuchar. El teléfono vibró dos veces y le costó no mirarlo.
Al salir de la librería se encontraron con Tomás, un amigo de Irene que trabajaba preparando archivos para una imprenta. Llevaba un paquete de libros y los dejó sobre una silla para saludarlas. Irene había hablado alguna vez de sus fotografías; él le preguntó a Vesania qué cámara usaba.
Durante unos minutos pudo conversar sin explicar su carga de trabajo. Tomás conocía un taller donde todavía reparaban aquel modelo. Le pidió permiso para enviarle la dirección y ella le dio su número. Cuando él propuso tomar café otro día, sintió una alegría rápida que enseguida intentó esconder.
—Ahorita tengo demasiadas cosas —respondió.
Tomás dijo que lo entendía y no insistió. Su facilidad para aceptar la negativa la desconcertó. Le pareció que la invitación no había importado y luego se avergonzó de querer que él hubiera discutido un límite que acababa de poner.
Al despedirse, Irene le pidió que la llamara cuando pudiera estar en una conversación completa. Vesania prometió hacerlo. Esa noche escribió un guion sobre el valor de escuchar a los demás. No advirtió de inmediato la contradicción.
Tomás le envió la dirección del taller y una fotografía de la fachada para que pudiera encontrarlo. No añadió un cumplido ni volvió a pedirle la cita. Vesania le agradeció. Después abrió la conversación de Andrés, que conservaba archivada, y tuvo que dejar el teléfono antes de empezar a comparar frases.
Irene le preguntó días más tarde si quería que los tres fueran a otra exposición. Vesania dijo que no sabía. Al final reconoció lo que no había podido decir en la librería.
—Me da miedo volver a confiar y que después me digan que yo no entendí lo que estaba pasando.
Irene guardó silencio antes de responder.
—Tomás no tiene por qué ser como Andrés. Pero tampoco tienes que salir con él para demostrar que lo superaste.
Vesania agradeció que no intentara convencerla de nada. Le habría gustado poder elegir sin sentir que cada respuesta era una repetición de la ruptura.
⁂
La planta quedó sobre el escritorio del salón. Era una alegría del hogar, según la tarjeta de la caja. El nombre provocó algunas bromas.
—Entonces hay que llevarla a una casa —dijo Kevin.
—También puede crecer aquí.
—Pues que aguante.
Vesania pidió que observaran las hojas. Después repartió una hoja para escribir qué necesitaba un ser vivo para desarrollarse.
—Agua —respondió un alumno.
—Luz.
—Comida.
—Que no lo pisen.
Abril añadió:
—Que no lo estén cambiando de lugar.
Vesania escribió las respuestas en el pizarrón.
Quería llevarlos de la planta a las condiciones del aprendizaje: alimento, descanso, seguridad, atención. No para convertirlos en flores obedientes, sino para que reconocieran que aprender no dependía únicamente de «echarle ganas».
—¿Una planta crece más si le gritamos? —preguntó.
—Depende de qué música le ponga —dijo Kevin.
Hubo risas. Esta vez ella sonrió.
—Podemos investigar eso. Pero primero pensemos en el agua.
Los cuatro alumnos que habían llegado de otro grupo seguían allí. La plaza de su profesor continuaba sin cubrirse; lo temporal ya llevaba meses y la lista oficial aún no coincidía con los cuerpos que Vesania contaba cada mañana.
Dejó una botella junto a la maceta. En un papel anotaron los turnos de cuidado. El primer voluntario fue Kevin. Cuando los demás comenzaron a escribir, ella le preguntó si tenía plantas en casa.
—Mi abuela tiene un patio lleno. Cuando se fue a cuidar a mi tío, me dejó las suyas. Si se secan, sí se enoja.
Lo dijo sin buscar una risa. Vesania descubrió que él sabía comprobar la humedad de la tierra antes de regar. Le pidió que lo explicara al grupo; Kevin tardó un momento en aceptar, como si una tarea que podía hacer bien le resultara más comprometida que una burla.
Vesania escribió su nombre sin hacer comentarios.
⁂
Aquel día la subdirectora pasó a observar la clase. Se sentó al fondo con una tableta y permaneció veinte minutos. Al terminar, le pidió a Vesania que fuera a su oficina.
—La actividad es atractiva —dijo—. Pero falta precisar el producto.
—Están escribiendo una reflexión sobre las condiciones necesarias para aprender.
—¿Cómo lo vas a medir?
Vesania explicó los criterios. Yolanda deslizó un dedo sobre la pantalla.
—Necesitamos algo más visible.
—Va a haber un texto.
—Sí, pero para el seguimiento de la estrategia.
La planta necesitaba agua. La estrategia necesitaba fotografías. Vesania salió con la indicación de elaborar una ficha individual, una rúbrica, un registro de riego y una gráfica semanal de crecimiento. Antes de llegar al salón comprendió que iban a documentar la flor con una intensidad que podía impedirles cuidarla.
⁂
La noticia sobre Marisol llegó el jueves. Su madre había solicitado el cambio de escuela. Vesania se enteró por una lista de bajas que recibió para actualizar los registros. Buscó el nombre dos veces. Después fue a Dirección.
—¿Se dio seguimiento a lo de las asesorías?
Castañeda abrió un cajón.
—La familia decidió otra opción educativa.
—Estoy preguntando por el reporte.
—No se acreditó ninguna irregularidad.
—¿Hablaron con ella?
—Vesania, el asunto ya fue atendido.
El director cerró el cajón. Ella permaneció unos segundos frente al escritorio. Había preparado una pregunta más, pero no la hizo. Le resultó imposible encontrar una manera de formularla que atravesara aquella frase: ya fue atendido. Al salir vio a Barragán en el patio. Conversaba con un padre de familia. Tenía una mano sobre el hombro del hombre y sonreía. Vesania volvió al salón y corrigió cinco trabajos sin recordar qué había leído.
⁂
Por la noche recibió un mensaje de Marisol. Gracias por escucharme, maestra. Mi mamá dice que es mejor empezar de nuevo. Vesania escribió: Lamento que no hayamos podido resolverlo aquí. Borró la frase. No sabía quiénes cabían en aquel «hayamos». Probó otra: Espero que te vaya muy bien. No dejes de estudiar. Le pareció una despedida demasiado pequeña. Finalmente envió:
Me dio gusto conocerte. Si en tu nueva escuela necesitas ayuda, busca a una persona adulta de confianza. Lo que me contaste merecía ser escuchado. Marisol respondió con un corazón. Vesania dejó el teléfono sobre la mesa. El corazón no cerró el asunto. Solo lo volvió más difícil de acomodar.
⁂
Durante la segunda semana de enero, comenzó a despertarse con una sensación extraña. No era únicamente preocupación. Sentía que algo importante estaba a punto de volverse evidente. Se quedaba inmóvil, mirando el techo, mientras las ideas llegaban con una rapidez que antes no conocía. La jornada de valores. Las asesorías. La lona. El video de la mujer del automóvil. Los comentarios sobre su blusa. El reconocimiento que llamaba invaluable a su trabajo.
Todo parecía formar parte de una misma lección. Tomaba la libreta y escribía. Algunas anotaciones tenían sentido. Otras quedaban reducidas a palabras unidas por flechas:
CUERPO → ATENCIÓN → DINERO
ESCUELA → OBEDIENCIA → SILENCIO
FLOR → CUIDADO → DEUDA Cuando las revisaba por la tarde, debía esforzarse para recuperar lo que había querido decir. Pero recordaba la certeza. Aquella claridad de madrugada. Pensó que quizá sus mejores ideas aparecían antes de que el día las ensuciara.
⁂
Renata la acompañó a consulta después de encontrarla llorando frente a la impresora. El aparato había arrugado tres hojas. Vesania intentó explicar que no estaba llorando por las hojas. No encontró el inicio.
—Lo sé —dijo Renata.
Le puso un vaso de agua en la mano.
La médica le preguntó por el sueño, el apetito y el trabajo. Vesania respondió con precisión al principio. Después empezó a hablar de Marisol, de los baños, de los mensajes nocturnos y de la facilidad con que una queja se convertía en un problema de actitud.
La médica la dejó terminar.
—Lo que está pasando en tu trabajo importa —dijo—. Y también importa cómo te está afectando.
Vesania bajó los ojos. Esperaba escuchar que debía aprender a organizarse. La frase le aflojó algo en el pecho.
Acordaron una revisión próxima y una valoración de salud mental. La médica insistió en que buscara atención antes si pasaba varias noches casi sin dormir o si notaba cambios que le resultaran difíciles de explicar.
Renata apuntó la fecha. Vesania guardó la hoja dentro de su bolso, entre una lista de calificaciones y el recibo del internet. Durante tres noches intentó cumplir las indicaciones. Apagó la computadora temprano. Dejó el teléfono fuera del dormitorio. La cuarta noche fue a buscarlo porque necesitaba anotar una idea. Después contestó un mensaje. Después abrió el guion.
⁂
A finales de enero publicó su primer video. No lo llamó todavía La mañanera. Escribió:
¿Quién cuida a quienes enseñan?
Duraba cuatro minutos. No mencionó alumnos, colegas ni el nombre de la escuela. Habló de grupos numerosos, de trabajo fuera del horario y de la costumbre de exigir entusiasmo a personas agotadas. Lo compartió desde una cuenta nueva. Durante la primera hora tuvo doce reproducciones. Dos eran suyas. Renata le puso un corazón. Mauricio comentó: Hay mucho que conversar sobre esto. Vesania sintió una alegría moderada, casi tranquila. Al día siguiente había ochenta reproducciones.
Un profesor de otra ciudad escribió que vivía algo parecido. Una mujer contó que su madre había sido docente y nunca la había visto descansar los domingos. Vesania respondió a ambos. Por unos minutos, la pantalla se pareció a lo que había esperado de una sala de profesores: personas hablando sin defender primero a la institución. El cuarto video tuvo más visitas.
Había elegido una blusa sencilla, se había soltado el cabello y estaba sentada cerca de la ventana. Explicó que pedir vocación para justificar salarios insuficientes era una manera elegante de solicitar subsidios personales. La frase empezó a compartirse. También aparecieron otros comentarios. Con una maestra así yo no faltaba. Pasa tu cuenta privada. Mucho discurso, pero está guapa. Vesania los eliminó. Llegaron más. Uno escribió: El conocimiento entra por los ojos.
Ella se quedó mirando la frase. Reconoció la misma burla del salón, ahora multiplicada por desconocidos que no tenía cómo llamar aparte. Bloqueó al usuario. Después revisó las estadísticas. Las visitas seguían subiendo.
⁂
En febrero, la planta dio su primera flor. Pequeña, rosada, casi escondida debajo de una hoja. Kevin la descubrió.
—Maestra, ya salió una.
Abril acercó la maceta a la ventana. Otros alumnos se levantaron para mirar. Durante un minuto, los cuarenta y siete cuerpos dejaron de parecer una multitud imposible. Eran muchachos inclinándose para ver algo que había crecido gracias a una atención compartida. Vesania sintió un alivio tan intenso que tuvo que apoyarse en el escritorio.
—Sin tocarla —dijo suavemente.
Kevin tomó una fotografía.
—Esta sí es evidencia.
Ella se rio. Había en la frase una ironía limpia, sin humillación. Pensó que todavía podía quedarse.
⁂
La posibilidad duró hasta la reunión de seguimiento. Yolanda revisó el registro.
—Faltan tres firmas.
—Dos alumnos no vinieron y uno olvidó hacerlo.
—Entonces el instrumento está incompleto.
Vesania señaló la fotografía.
—La planta creció.
—Estamos evaluando la implementación.
—Lo sé.
—También falta la gráfica.
—La termino mañana.
Yolanda acercó la hoja.
—Necesitamos profesionalizar estos procesos.
Vesania miró la línea donde faltaba la firma de Kevin. Él había regado. Ella lo había visto. La flor existía. Pero el trabajo seguía incompleto.
⁂
Esa noche grabó sin preparar un guion. Colocó la maceta de su cocina frente a la cámara. Era una planta distinta, una que Renata le había regalado tiempo atrás y que apenas sobrevivía.
—Hoy vamos a aprender a cuidar una flor —dijo.
Levantó un formato.
—Primero hay que comprobar que desea crecer.
Añadió una casilla con la pluma.
—Luego identificar sus barreras para el desarrollo.
Hizo otra.
—Si no florece, elaboramos un plan de intervención. Si florece sin haber firmado, no cuenta.
Se rio. La risa se prolongó más de lo que había previsto. Se interrumpió, tomó aire y volvió a empezar. Esta vez habló de los alumnos. De la manera en que sus nombres se convertían en porcentajes. De los docentes que acababan midiendo una clase por la cantidad de registros que podían producir. El video tenía partes lúcidas y otras repetidas. Saltaba entre la planta, Marisol y el reconocimiento, sin nombrar a nadie.
Vesania lo vio a las dos de la mañana. Le pareció su mejor trabajo. Lo publicó.
⁂
Al despertar encontró miles de reproducciones. Una cuenta había recortado la parte del formulario y la había compartido como humor. Otra había añadido música. Alguien tituló el fragmento: Maestra pierde la paciencia con la burocracia. Vesania leyó la frase. No había perdido la paciencia, pensó. Había encontrado una forma. Durante el trayecto a la escuela respondió comentarios. Casi perdió su parada. En el salón, dos alumnos le preguntaron si era ella la del video.
—Sí.
—Está chistoso.
—También habla de un problema.
—Sí, maestra. Pero está chistoso.
Ella dejó la mochila. Lo que para ella había sido una denuncia regresaba convertido en entretenimiento. Aun así, la habían escuchado. O habían permanecido el tiempo suficiente para que algo pudiera llegarles. Empezó a considerar esa diferencia menos importante.
⁂
Castañeda la llamó antes de la salida. Tenía el video abierto.
—Estamos preocupados por la imagen institucional.
—No mencioné la escuela.
—Se puede identificar.
—La maceta no tiene domicilio.
Él no sonrió.
—Te estoy hablando en serio.
Vesania tampoco. El director le pidió prudencia, responsabilidad y cuidado con su exposición pública.
—Los docentes somos figuras de referencia.
Ella miró el escritorio. Sobre una carpeta estaba el reconocimiento de Barragán, todavía pendiente de entrega.
—Entonces deberíamos revisar qué referencias estamos ofreciendo.
Castañeda cerró el video.
—Tu actitud empieza a ser un problema.
⁂
Aquella tarde no volvió directamente a casa. Se sentó en una banca y permaneció casi una hora mirando la pantalla apagada. Tenía la sensación de que cada esfuerzo regresaba con una advertencia. Hablar en la jornada. Escuchar a Marisol. Publicar un video. Pedir recursos. Todo producía una nueva instrucción sobre cómo debía comportarse. Renata la llamó tres veces. Vesania contestó a la cuarta.
—¿Dónde estás?
—Pensando.
—¿Ya comiste?
—No tengo hambre.
—Voy por ti.
—No hace falta.
Al decirlo, sintió una irritación súbita. La preocupación de su hermana, que otras veces la había sostenido, empezó a parecerle una vigilancia más. No quería que nadie siguiera preguntándole si había dormido. Quería que preguntaran por qué no podía dormir.
⁂
La valoración de salud mental quedó programada para marzo. Vesania anotó la fecha. Después calculó los grupos que tendría que dejar y los documentos necesarios para justificar la ausencia. No canceló la cita. Tampoco pidió todavía el permiso. Mientras tanto, continuó grabando. Ahora empezaba siempre con el mismo saludo:
—Buenos días. Esta es La mañanera.
Algunos días hablaba durante diez minutos. Otros, durante cuarenta. Cuando terminaba, tenía la garganta seca y una energía inquieta que no desaparecía al apagar la cámara. Caminaba por el departamento. Reordenaba libros. Anotaba frases en papeles sueltos. Una madrugada creyó escuchar una notificación. Revisó el teléfono. Nada. Volvió a oírla cuando lo dejó sobre la mesa. Pensó que algún vecino usaba el mismo tono. Cerró la ventana. El viernes, Kevin olvidó regar la planta.
El lunes, otro alumno vertió demasiada agua. Al final de la semana algunas hojas estaban amarillas. Vesania levantó la maceta y encontró líquido acumulado en el plato. Lo vació.
—No necesita todo de una vez —explicó—. Necesita que la observemos.
Abril tocó una hoja caída.
—¿Se puede recuperar?
—Vamos a intentarlo.
Kevin pidió disculpas. Vesania lo miró. No había broma.
—A cualquiera se le puede olvidar.
Lo dijo con una paciencia que le costó más de lo habitual. Luego recogió la hoja del suelo y la puso sobre el escritorio. Durante el resto de la clase la miró varias veces.
⁂
En casa, abrió la libreta de las flechas. Añadió una palabra: DOSIS. Después la rodeó con un círculo. Agua. Trabajo. Atención. Todo podía sostener o ahogar, pensó, según la cantidad. La idea le pareció enorme. Más que una observación. Una explicación que unía todo lo sucedido. Buscó el video de la mujer del automóvil. Volvió a la plataforma de contenido para adultos. Esta vez dejó de calcular únicamente los ingresos.
Imaginó un público que pagara por entrar. Que eligiera quedarse. Que no pudiera exigirle disponibilidad gratuita a cualquier hora. Y, entre esas ideas, apareció otra: si la gente insistía en mirar su cuerpo, quizá podía usar aquella atención para obligarla a escuchar. No pensó en los riesgos con la misma claridad con que pensó en la salida. La salida ocupó toda la pantalla.
⁂
Comenzó el registro. Usó un correo nuevo. Escribió su fecha de nacimiento. Leyó algunos apartados y pasó otros con rapidez. Cuando llegó al nombre visible, se detuvo. Vesania Eleonora. Lo borró. Probó otro. Lo borró también. Finalmente escribió: La maestra de SexyFans. Miró las palabras. Le parecieron provocadoras. También le parecieron una respuesta a Kevin, a Castañeda, a los comentarios sobre su blusa y a las cuentas pendientes. Todavía no había ingresado información de pago.
Todavía no había subido contenido. Pero permaneció frente al nombre como si acabara de encontrar un lugar que la estaba esperando.
⁂
A la mañana siguiente, antes de ir a la escuela, grabó un video que no publicó. Llevaba una bata cerrada sobre la ropa con la que había dormido. Sobre la mesa colocó su reconocimiento y una maceta.
—Hoy hablaremos de las flores —comenzó—. De las que crecen a su manera y de las que deben pedir autorización.
Hizo una pausa.
—También hablaremos del precio del agua.
Miró la cámara durante varios segundos. Luego bajó la voz.
—Ustedes creen que están pagando por mirar.
Aún no había nadie. Aún no había pagos. Vesania continuó como si los hubiera.
—Vamos a ver si aprenden algo.
El despertador sonó desde el dormitorio. Era la hora de vestirse. Ella detuvo la grabación, guardó el archivo y se quedó sentada. Por primera vez, el sonido que marcaba el comienzo de su jornada le pareció una orden que podía desobedecer. No lo hizo. Se levantó. Abotonó la blusa. Metió los cuadernos en la mochila. Antes de salir, volvió a mirar el nombre escrito en la pantalla. Dejó la computadora encendida.
En el salón la esperaba una flor enferma, cuarenta y siete alumnos y una gráfica pendiente. En casa empezaba a esperarla otra versión de sí misma. Todavía pensaba que podía elegir cuánto darle de comer.