Capítulo 18 de 25

La habitación sin ventanas

La primera noche juntos durmieron vestidos.

Habían conseguido una habitación pequeña, lejos de la casa donde se encontraron. La ventana daba a una pared y el refrigerador del pasillo encendía su motor cada pocos minutos.

María estaba acostada de lado, mirando la puerta.

Kaplan permanecía sentado junto a la cama.

—Puedes dormir —dijo él.

Ella reconoció la frase.

Durante años, dormir había significado dejar de vigilar.

Ahora también significaba permitir que otro se hiciera cargo de algo que ella no podía controlar.

—Tú tampoco has dormido.

Kaplan se frotó los ojos.

—Un poco más tarde.

María levantó la cabeza.

La marca que le había dejado en la mejilla seguía visible.

No había vuelto a pedirle perdón desde que salieron de la casa. Temía convertir la disculpa en una forma de exigirle que dejara de sentir dolor.

—¿Quieres que me quede aquí? —preguntó.

Él la miró.

—Sí.

María se acomodó otra vez.

Le creyó, aunque todavía no supiera qué hacer con esa confianza.

• • •

Ramiro recibió la noticia sin levantar la voz.

Darío estaba frente al escritorio.

El Ingeniero sostenía su propio teléfono. En la pantalla aparecía el nombre de María mientras la llamada seguía sin respuesta.

Dejó terminar el tono.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Darío sostuvo la mirada.

—Me escribió hace unas horas.

—¿Y no pensaste que debías venir antes?

El hombre bajó los ojos.

Ramiro se levantó.

Sobre la mesa había una fotografía de Kaplan y otra de María saliendo de una propiedad del Valle.

Las colocó una junto a la otra.

—Ahora no es una empleada que se quiere ir —dijo—. Es alguien que se está llevando lo que sabe.

Darío observó las imágenes.

El Ingeniero continuó:

—Armenta también la está buscando. La Costa quiere a los dos. No van a tener mucho espacio.

Al decirlo, parecía satisfecho.

Tres organizaciones enfrentadas podían coincidir en la necesidad de que una mujer dejara de hablar.

Octavio supo de La Mexicana a través de un hombre que había visto a Julián durante sus últimos días.

La descripción no le resultó suficiente.

Quiso una fotografía.

Cuando la recibió, llamó a Berta.

Ella tardó poco en reconocerla.

La peluca roja cambiaba el rostro, pero no los ojos.

—Es la que se fue —dijo.

Octavio permaneció callado.

Después preguntó:

—¿Estás segura?

Berta amplió la imagen.

Recordó la mesa de plástico, una muchacha que tardaba en responder y la ventana abierta del cuarto.

—Sí.

El nombre verdadero no le vino a la memoria.

Nunca lo había considerado necesario.

Octavio terminó la llamada y volvió a mirar la fotografía.

La fugitiva que había tratado como un problema menor llevaba meses convirtiéndose en pérdidas concretas.

Julián.

Luján.

Información entregada al Valle.

Por primera vez, le interesó averiguar quién era.

Por lo que todavía podía hacerles.

María despertó cuando Kaplan se acostó a su lado.

Habían pasado varias horas.

La luz estaba apagada, pero el resplandor del corredor entraba por debajo de la puerta.

Ella se volvió.

—¿Todo bien?

Kaplan tardó en responder.

—Por ahora no ha pasado nada.

María agradeció la precisión.

No le había prometido seguridad.

Se acercó hasta apoyar una mano sobre su pecho.

Sintió el latido bajo la camisa.

Kaplan le cubrió los dedos con los suyos.

—No puedo arreglarte la vida —dijo.

Ella permaneció quieta.

—No quiero que sigamos juntos porque creas que me necesitas para existir.

María levantó el rostro.

Había cansancio en su voz y algo que se parecía al miedo.

Él también estaba intentando no quedar encerrado en lo ocurrido aquella tarde.

—Quiero estar contigo —respondió—. No es lo mismo.

Kaplan la miró durante unos segundos.

Después asintió.

Durmieron poco.

Pero durmieron.

• • •

Por la mañana, Rosa llamó.

María se incorporó antes de contestar.

Su madre había pasado la noche inquieta. No podía explicarlo. Había revisado el teléfono varias veces y terminado sentándose en la cocina.

—¿Estás enferma? —preguntó.

María miró a Kaplan junto a la ventana.

—No.

—¿Te pasó algo?

Ella cerró los ojos.

Estaba cansada de utilizar respuestas pequeñas para esconder cosas enormes.

—Estoy tratando de salir de un lugar.

Rosa guardó silencio.

María escuchó el ruido de una silla.

—¿Del lugar donde te tenían?

—De otro.

No consiguió explicar más.

Su madre respiró despacio.

—¿Hay alguien contigo?

María observó a Kaplan.

—Sí.

—¿Te cuida?

La pregunta le dolió.

—Nos estamos cuidando.

Rosa permaneció callada un momento.

—Entonces dile que gracias.

María se cubrió la boca.

Kaplan apartó la mirada para dejarla llorar.

• • •

Darío escribió cerca del mediodía.

Encontré a la persona que vio a Lucía.

María leyó el mensaje dos veces.

Kaplan estaba guardando ropa dentro de un bolso.

Le mostró la pantalla.

Él dejó de moverse.

—¿Confías en él?

María tardó en contestar.

—No del todo.

La honestidad le produjo una tristeza inesperada.

Darío había ayudado a sostener lugares donde mujeres como Lucía desaparecían. Ahora le ofrecía una noticia.

Ambas cosas podían ser ciertas.

—Ramiro sabe que hablamos —añadió.

Kaplan observó el teléfono.

—Entonces tenemos que considerar que esto pueda estar pasando por él.

María asintió.

Antes habría discutido.

Habría defendido cualquier posibilidad que la acercara a Lucía, incluso si para hacerlo necesitaba dejar de pensar.

Ahora permaneció sentada.

Escribió:

¿Qué sabe?

La respuesta tardó.

• • •

La mujer que había visto a Lucía se llamaba Eva.

Había trabajado limpiando una propiedad usada por la gente de Octavio. Darío la conocía de años anteriores y consiguió hablar con ella después de varias negativas.

No quiso dar su dirección.

Aceptó enviar un mensaje de voz.

María lo escuchó junto a Kaplan.

Eva hablaba deprisa y se detenía cada vez que parecía recordar algo más.

La muchacha tenía una cicatriz en la rodilla.

Preguntaba por otra joven que había logrado irse.

Una vez le había dicho que, si salía de allí, quería encontrar un lugar donde pudiera comer sin pedir permiso. Le había contado que María prometió invitarla a desayunar cuando consiguieran salir.

María se llevó una mano al pecho.

Lucía.

No era solo la descripción.

Era una promesa que habían compartido durante una de las noches anteriores a la fuga, cuando inventaban desayunos que ninguna de las dos podía comprar.

El audio continuó.

Eva había dejado de verla meses atrás.

No sabía si seguía en la misma propiedad.

—Pero cuando me fui estaba viva —dijo.

María bajó la cabeza.

Kaplan puso el teléfono sobre la cama y esperó.

• • •

La noticia no les entregó un camino seguro.

Les dio un testimonio.

Un nombre.

Una fecha más reciente.

María tuvo que recordarse esa diferencia cuando sintió el impulso de volver a buscar a Darío.

—No voy a ir con Ramiro —dijo.

Kaplan la miró.

Ella repitió la frase, esta vez para sí misma.

—No voy a regresar.

Después abrió su declaración y añadió lo que Eva había contado.

Separó sus palabras de lo que ella sabía personalmente.

Guardó el audio.

Durante unos minutos trabajó sin mirar las fotografías del cuaderno.

Al terminar, comprendió que estaba haciendo algo por Lucía sin aceptar una orden de matar.

La idea le produjo alivio.

Y vergüenza por no haberla considerado suficiente antes.

• • •

Leonor y Renata se encontraron esa misma tarde.

La cantante llegó con una carpeta y una asistente que permaneció cerca.

Leonor acudió sin su equipo habitual.

Al principio hablaron del accidente.

Había nombres confirmados y otros que todavía esperaban noticias. Renata conocía a casi todos.

No consiguió terminar una frase sobre la maquillista.

Leonor le acercó agua.

La cantante negó con la cabeza.

—No me digas que lo sientes y después me pidas que calle.

Leonor dejó el vaso sobre la mesa.

—No vine para eso.

Renata abrió la carpeta.

Había contratos, transferencias y mensajes que vinculaban a varias personas con Luján.

Leonor reconoció una firma.

La suya.

Se quedó mirando el documento.

Había aceptado utilizar una asociación para recibir apoyos que nunca llegaron completos a sus destinatarios.

Recordaba haberse dicho que lo arreglaría después.

El después había ocupado años.

—Necesitamos a alguien que pueda recibir esto sin depender de ellos —dijo Renata.

Leonor levantó los ojos.

Por primera vez, no intentó controlar cómo sonaría su propia historia.

• • •

Al anochecer, Kaplan recibió una amenaza.

No venía acompañada de insultos.

Era una fotografía tomada antes de su salida del alojamiento donde había revisado la carpeta de la Costa.

Debajo figuraba una frase:

Los acuerdos no se dejan abiertos.

Se la mostró a María.

Ella sintió que la habitación se hacía más pequeña.

Habían llegado a ese cuarto para pasar una noche.

Ahora las paredes parecían contenerlos.

—Tenemos que irnos —dijo.

Kaplan asintió.

Recogieron sus cosas sin discutir.

María dejó dinero sobre la mesa por un vaso que se había roto durante la mañana. Ese gesto absurdo, casi doméstico, la hizo detenerse.

Todavía quería dejar un lugar sin dañarlo.

Todavía podía pensar en alguien que entraría después a limpiar.

Tomó el bolso.

Salieron.

En el automóvil, María llamó a Alma.

No le dijo dónde estaba.

Le pidió que escuchara hasta el final.

Habló de la declaración, de Eva y de la posibilidad de que Lucía siguiera viva. Después le dijo que necesitaba encontrar una manera de entregar aquella información sin volver a poner a Inés en peligro.

Alma escuchó.

—Voy a buscar con quién hablar —respondió—. Pero no me mandes algo creyendo que después ya no importa lo que te pase.

María miró hacia la carretera.

Kaplan conducía en silencio.

—Sí importa —dijo.

La frase salió baja.

Alma la oyó.

—Entonces empieza por eso.

• • •

Esa noche encontraron otra habitación.

No tenía ventanas.

María se detuvo en la puerta.

Durante unos segundos vio una cama distinta, una pared antigua y a Berta cerrando desde afuera.

Kaplan advirtió su expresión.

—Buscamos otro lugar.

Ella miró hacia el baño.

Después hacia la salida.

Entró y abrió la puerta otra vez.

Comprobó que podía hacerlo.

La dejó entreabierta mientras se sentaba.

Kaplan permaneció junto a ella sin pedirle que demostrara valentía.

Más tarde, María envió a Alma una copia de su declaración.

También el audio de Eva.

Antes de pulsar la pantalla, leyó la primera línea:

Me llamo María.

Esta vez no era un nombre que repetía para no olvidarlo.

Era el comienzo de algo que estaba dispuesta a contar.

Apoyó el teléfono sobre la mesa y buscó la mano de Kaplan.

Los tres grupos seguían detrás de ellos.

Lucía continuaba desaparecida.

Su madre todavía esperaba.

Nada de eso había terminado.

Pero dentro de aquella habitación sin ventanas, María comprendió que una puerta podía abrirse hacia algo más que la siguiente muerte.