Capítulo 17 de 25
Lo que quedaba de María
La mañana del encuentro, Rosa le envió una fotografía de la cocina.
Había cambiado la mesa.
María reconoció, sin embargo, la taza de flores azules junto a la estufa. La grieta seguía allí, más oscura de lo que recordaba.
La guardé, escribió su madre.
María amplió la imagen.
Durante unos segundos, el día dejó de contener órdenes.
Vio una silla vacía, una ventana abierta y un trapo doblado junto al fregadero. Imaginó llegar, dejar el bolso en el suelo y escuchar a su madre preguntarle si quería café.
Después miró el arma sobre la cama.
No contestó el mensaje.
• • •
Darío apareció antes del mediodía.
La encontró vestida, con el cabello oscuro recogido. La peluca roja estaba guardada.
—¿Vas a verlo?
María asintió.
Él permaneció junto a la puerta.
—Ramiro quiere una respuesta hoy.
Ella ajustó la correa del bolso.
—Ya lo sé.
Darío observó su rostro.
—¿Quién es para ti?
María levantó los ojos.
Durante un instante quiso decir que eso no le importaba.
Pero estaba cansada.
—El hombre con el que quería quedarme.
Darío bajó la mirada.
No hizo ningún comentario.
A María le sorprendió que no sonriera ni utilizara su respuesta para recordarle lo absurdo de estar allí.
—Entonces todavía puedes irte —dijo.
Ella negó.
—Tú sabes lo que pasa cuando alguien deja de servir.
Darío miró hacia el corredor.
—Sí.
La respuesta ya no era una advertencia.
Era algo que le pesaba.
• • •
El lugar del encuentro había sido elegido para hablar, no para cumplir ninguna orden.
Una casa desocupada que Kaplan había conseguido utilizar durante unas horas. María conocía la dirección desde la noche anterior.
Él había escrito:
No habrá nadie más.
Ella leyó aquella frase varias veces antes de salir.
No había dado la dirección a Ramiro.
Eso constituía ya una desobediencia.
Se sostuvo de ella durante el trayecto, como si fuera la prueba de que todavía no había decidido todo.
Al llegar, vio a Kaplan en la puerta.
No llevaba la chamarra oscura de la fotografía.
Tenía una camisa sencilla y el cansancio de varias noches sin dormir.
María sintió deseos de abrazarlo.
Ese impulso la asustó más que la posibilidad de que él estuviera armado.
• • •
Kaplan se apartó para dejarla entrar.
La casa tenía pocos muebles. Una mesa, dos sillas y un sofá cubierto con una tela clara.
Sobre la mesa había agua.
María dejó el bolso junto a sus pies.
Él no intentó tocarla.
—Gracias por venir.
Ella miró las ventanas.
—No tienes que hablarme como si no me conocieras.
Kaplan bajó la cabeza un instante.
—Estoy intentando saber cómo hablarte ahora.
María se sentó.
Él ocupó la otra silla.
Durante unos segundos, el silencio les devolvió la cafetería de El Paso.
Las tazas, el ruido de la máquina de café y la primera vez que ella se rio sin prepararse.
María apartó el recuerdo.
—¿Rechazaste el encargo?
—Sí.
—¿Te dejaron ir?
Kaplan negó.
—No he dicho que me voy. Les dije que no iba a hacerlo.
Ella observó sus manos.
Estaban apoyadas sobre la mesa.
Vacías.
• • •
Kaplan habló de la Costa.
No dio detalles que María pudiera utilizar contra ellos. Le explicó lo suficiente para que comprendiera que su negativa no había cerrado el asunto.
Otra persona podía aceptar.
Y ahora sabían que él tenía un vínculo con ella.
—Ramiro también lo sabe —dijo María.
Kaplan permaneció inmóvil.
—¿Cómo?
Ella abrió el bolso y sacó la fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Él la reconoció.
No por el lugar donde había sido tomada, sino por lo que significaba verla allí.
—¿Qué te pidió?
María sostuvo su mirada.
Por primera vez no dejó espacio para una respuesta incompleta.
—Que te mate.
Kaplan bajó los ojos hacia la imagen.
Cuando volvió a mirarla, no había sorpresa en su rostro.
Había dolor.
—¿Y qué le dijiste?
María tardó en contestar.
—Que te conocía.
• • •
Él se levantó despacio.
María también.
La silla se desplazó con un ruido que la hizo sobresaltarse.
Kaplan se detuvo.
—No voy a acercarme si no quieres.
Ella apretó la mandíbula.
Aquella consideración le resultó insoportable.
Necesitaba que estuviera furioso.
Que le gritara.
Que le facilitara convertirlo en alguien a quien pudiera odiar durante los segundos necesarios.
—Defiéndete —dijo.
Kaplan la miró.
—María…
—No digas mi nombre así.
Él permaneció donde estaba.
Ella se acercó y lo empujó.
Kaplan retrocedió un paso.
No respondió.
María sintió que la garganta se le cerraba.
Volvió a golpearlo, esta vez en el pecho.
—Haz algo.
Él levantó los brazos para protegerse.
—Voy a parar esto.
Ella intentó apartarlo.
El forcejeo fue breve y torpe. Nada tenía la precisión que María había imaginado al pensar en él como un objetivo. Había llanto, muebles golpeados y el miedo de lastimarse de una manera que ninguno pudiera retirar después.
María había abierto el bolso al levantarse. Durante el forcejeo, el arma cayó junto a la silla. Kaplan le sujetó los antebrazos cuando intentó agacharse; con el pie desplazó el arma fuera de su alcance. Después de soltarla, la recogió y la dejó sobre el extremo de la mesa, lejos de ambos.
María se quedó rígida.
Él lo advirtió y se apartó.
Retrocedió.
—Ya te solté.
Ella apoyó la espalda en la pared.
No podía respirar bien.
• • •
Kaplan no se acercó.
Permaneció a varios pasos de distancia, con una mano sobre la mesa.
María miró el espacio entre ambos.
La puerta estaba libre.
Podía salir.
Nadie la sujetaba.
Se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo.
—No puedo —dijo.
Kaplan tardó en comprender qué estaba diciendo.
Ella se cubrió el rostro.
—No puedo hacerlo.
Él cerró los ojos.
El alivio no llegó limpio.
Tenía una marca en la mejilla y le temblaban las manos.
María lo vio.
Por primera vez comprendió que negarse a herirla no lo volvía inmune a lo que ella había hecho.
—Te lastimé.
Kaplan miró hacia la puerta antes de contestar.
—Sí.
La palabra quedó entre ambos.
No la acusó de ser igual a sus victimarios.
Tampoco borró lo ocurrido para tranquilizarla.
María empezó a llorar.
• • •
Pasaron varios minutos antes de que Kaplan se sentara.
Lo hizo lejos de ella, junto al sofá.
María permaneció en el suelo.
—Me está ofreciendo información de Lucía —dijo finalmente.
Él levantó la mirada.
—¿A cambio de esto?
Ella asintió.
Kaplan se pasó una mano por el rostro.
—Eso no significa que vaya a entregártela.
María apoyó la cabeza contra la pared.
—Lo sé.
Hasta esa mañana no había podido decirlo.
Mientras Ramiro conservara una promesa, ella podía fingir que obedecer era una forma de ayudar.
Ahora la promesa tenía la fotografía de Kaplan delante.
Y él seguía vivo porque, cuando llegó el momento, María no había conseguido convertirlo en una parte de la lista.
—Quiero verla —dijo.
Kaplan guardó silencio.
Ella tomó aire.
—Quiero ver a mi mamá. Quiero encontrar a Lucía. Quiero que lo que me pasó no se quede en un cuaderno.
Él la escuchó.
María miró el arma apartada sobre la mesa.
—Pero ya no quiero seguir haciendo esto.
Las palabras la asustaron al salir.
No porque fueran nuevas.
Porque, por primera vez, no las acompañó con una condición.
No dijo después de Berta.
Ni después de Salvatierra.
Ni después de Octavio.
Kaplan se inclinó hacia delante.
—Podemos empezar por salir de aquí.
Ella volvió el rostro hacia la ventana.
—Van a buscarnos.
—Sí.
No hubo una promesa de que todo terminaría bien.
María necesitaba eso.
Una verdad que no intentara seducirla.
• • •
Le mostró la declaración.
Kaplan leyó desde su nombre completo hasta la última página.
No interrumpió.
Cuando llegó a la parte de Julián y Luján, María observó su expresión.
—También escribí lo que hice.
Él asintió.
Ella se sostuvo las manos.
—No sé qué va a pasar si lo cuento.
Kaplan dejó el teléfono sobre la mesa.
—No lo sé tampoco.
María miró el archivo.
El futuro que él había imaginado no podía consistir en borrar todo.
Había una niña que había esperado ayuda.
Había víctimas que merecían algo más que los nombres de sus agresores tachados.
Y había dos hombres muertos por su mano.
María cerró los ojos.
Le dolía reconocer que podía ser sobreviviente y responsable al mismo tiempo.
Kaplan no intentó elegir una sola palabra para ella.
• • •
Fue María quien se acercó después.
Se detuvo frente a él.
—¿Puedo abrazarte?
Kaplan levantó la cabeza.
Asintió.
Ella se arrodilló junto al sofá y apoyó el rostro en su hombro.
Solo un abrazo cansado, incómodo por las horas que acababan de vivir.
—No voy a pedirte que olvides esto —dijo María.
Él le sostuvo la espalda.
—Necesito que no vuelva a pasar.
Ella asintió contra su camisa.
Permanecieron así hasta que el llanto disminuyó.
Más tarde se besaron.
María se apartó una vez y él esperó. Cuando volvió a acercarse, le preguntó si también quería quedarse. Kaplan asintió. La intimidad llegó despacio, con el cansancio y las marcas de aquella tarde todavía entre ambos.
• • •
Al anochecer, María escribió a Darío.
No voy a hacerlo.
La respuesta llegó casi de inmediato.
No regreses.
Ella miró la pantalla.
Kaplan estaba recogiendo los papeles que habían extendido sobre la mesa.
María le mostró el mensaje.
Él dejó de moverse.
Después llamó al intermediario de la Costa y sostuvo su negativa.
La conversación fue corta.
Demasiado corta.
Cuando colgó, no dijo que estaban a salvo.
Buscó la mirada de María.
—Nos vamos juntos.
Ella recogió el peine, el cuaderno y la fotografía de Rosa.
Dejó la peluca roja sobre una silla.
Antes de salir recibió otro mensaje de Darío.
Ramiro ya sabe que estás con él.
María sintió miedo.
Esta vez no intentó convertirlo en rabia.
Tomó la mano de Kaplan.
Salieron de la casa sin saber dónde dormirían la noche siguiente.
La vida tranquila que habían imaginado seguía lejos.
Pero por primera vez en muchos meses, María había escogido un futuro donde alguien no necesitaba morir para que ella pudiera seguir caminando.