Capítulo 16 de 25
El hombre de la fotografía
Ramiro no preguntó de inmediato cómo lo conocía.
Dejó que el silencio ocupara el despacho.
María tenía las manos sobre el bolso. Dentro estaban el cuaderno, el peine de Lucía y el teléfono donde Kaplan había preguntado, apenas unas horas antes, si se encontraba en un lugar seguro.
La fotografía descansaba entre ambos.
Era reciente.
Él salía de un edificio con una carpeta bajo el brazo. Llevaba el cabello más corto que cuando se conocieron y tenía la misma expresión que María recordaba de las noches en el club: atento a algo que no aparecía en la imagen.
—Me enseñó —dijo finalmente.
Ramiro se reclinó en la silla.
—¿Esto?
María asintió.
No mencionó la cafetería.
Ni las consultas.
Ni la noche en que pudo quedarse junto a él porque sabía que tenía permiso para irse.
El Ingeniero observó otra vez la fotografía.
—Entonces debe ser bueno.
María sostuvo la mirada sobre el escritorio.
—Lo es.
Ramiro sonrió apenas.
Había encontrado una manera de medirla que le resultaba más interesante que cualquiera de sus encargos anteriores.
• • •
—¿Sabe que trabajas conmigo? —preguntó.
María negó.
Kaplan sabía que estaba dentro de una organización, pero ella nunca había pronunciado el nombre de Ramiro ni descrito su lugar en el Valle.
—¿Siguen en contacto?
Esta vez tardó demasiado.
El Ingeniero lo advirtió.
—De vez en cuando.
Él levantó la fotografía.
—La Costa está negociando con él. No tengo confirmación de todo lo que le han pedido.
María alzó los ojos.
La noche anterior Ramiro había hablado de Kaplan como si ya hubiera comenzado a actuar contra ellos. Ahora la certeza era menor.
—¿Entonces todavía no ha aceptado?
—No voy a esperar a averiguarlo por la muerte de uno de los nuestros.
Ella miró la puerta.
Ramiro continuó:
—Hay información de varios objetivos. Tú apareces entre las personas que les interesan.
María sintió que el bolso se volvía pesado sobre sus piernas.
—¿Él sabe?
—Eso tendrás que descubrirlo.
• • •
El Ingeniero no le entregó un plazo exacto.
Le entregó una condición.
Mientras Kaplan siguiera disponible para la Costa, su relación con el Valle sería considerada un riesgo.
María lo escuchó sin interrumpir.
Después Ramiro abrió otra carpeta.
En la primera hoja figuraban los nombres de Berta y Salvatierra.
Ella se quedó inmóvil.
—Estamos consiguiendo información —dijo él.
No necesitó explicar por qué mostraba aquello en ese momento.
María comprendió que el camino hacia Lucía acababa de quedar detrás de la fotografía de Kaplan.
—No tienes que decidir aquí —añadió el Ingeniero.
Era una concesión aparente.
La decisión ya tenía una respuesta que él esperaba.
María se levantó.
—Necesito llevarme la fotografía.
Ramiro la deslizó hacia ella.
—Por supuesto.
• • •
Darío la esperaba en el corredor.
La vio guardar la imagen dentro del bolso.
—¿Qué te pidió?
María siguió caminando.
—No quiero hablar.
Él la alcanzó junto a la salida.
—Si es quien creo…
Ella se volvió.
Darío levantó las manos.
—Escuché algo.
María lo observó con desconfianza.
—Aquí todos escuchan algo.
El hombre bajó los brazos.
—Ramiro quiere saber qué haces cuando una orden te cuesta.
Ella miró hacia el despacho.
Pensó en Nadia.
En Renata.
En las personas del avión.
El Ingeniero no estaba buscando solamente eliminar a Kaplan.
Quería comprobar cuánto podía quitarle antes de que dejara de obedecer.
• • •
Esa tarde María no contestó el teléfono.
Kaplan llamó una vez.
Después escribió:
¿Podemos hablar?
Ella abrió el mensaje y lo cerró.
Se sentó frente al espejo sin quitarse la peluca. La fotografía estaba sobre la mesa, junto a la imagen de Rosa con el cartel de búsqueda.
Su madre había esperado casi diez años.
Kaplan había esperado bajo un árbol.
Lucía seguía en un lugar que no conseguía encontrar.
María miró las tres cosas hasta que comenzaron a confundirse.
Había entrado en el Valle convencida de que cada decisión la acercaría a una salida.
Ahora todas parecían pedirle una pérdida.
• • •
Kaplan estaba en México cuando recibió la información definitiva de la Costa.
Había aceptado viajar para revisar el encargo. Aún no había dado su conformidad final, pero había dejado que le pagaran gastos y le reservaran alojamiento.
Se decía que todavía podía retirarse.
El intermediario llegó con una carpeta delgada.
—Por fin tenemos una imagen clara.
Kaplan la abrió.
La mujer llevaba una peluca roja.
Durante un instante pensó en el club.
En la primera noche.
En María acercándose a su mesa para preguntar quién lo había enviado.
Después miró el rostro.
Dejó de respirar.
—Esta es la persona principal —dijo el intermediario—. Trabaja para Castañeda.
Kaplan no levantó la cabeza.
La fotografía parecía haberse vuelto más pesada que la carpeta.
• • •
El intermediario continuó hablando.
Mencionó a Julián, a Luján y otras actividades atribuidas a La Mexicana. Algunas procedían de información comprobada. Otras eran rumores que habían crecido alrededor de las dos muertes.
Kaplan apenas escuchó.
En la imagen, María estaba de pie junto a Darío.
No sonreía.
Había algo en su postura que él reconoció con dolor: la rigidez que aparecía cuando estaba intentando sostenerse sin permitir que nadie lo advirtiera.
—¿La conoces? —preguntó el hombre.
Kaplan cerró la carpeta.
—Necesito revisar esto solo.
El intermediario lo observó.
—Hay gente esperando una respuesta.
—La tendrán cuando haya terminado.
El hombre se marchó sin parecer satisfecho.
Kaplan permaneció sentado.
Durante mucho tiempo no hizo nada.
• • •
Después llamó a María.
Ella no respondió.
Volvió a intentarlo.
El tono sonó hasta terminar.
Kaplan abrió sus mensajes y escribió varias líneas. Las borró porque no sabía quién podía verlas.
Finalmente envió:
Estoy en México. Necesito verte. No es sobre nosotros.
María leyó el mensaje en su habitación.
La frase final le produjo una tristeza inesperada.
Miró la fotografía sobre la mesa.
Ya no podía preguntarse si Kaplan estaba cerca.
Lo estaba.
Y la Costa le había puesto su rostro delante.
• • •
Se hablaron al anochecer.
María contestó cuando el teléfono estaba a punto de dejar de sonar.
—¿Dónde estás? —preguntó él.
Ella no respondió.
—Necesito que sepas algo.
María cerró los ojos.
Podía adivinar las palabras siguientes.
—Me dieron un encargo —dijo Kaplan.
El silencio se extendió.
—La persona que buscan eres tú.
Ella apoyó la frente en la pared.
Escucharlo no se parecía a saberlo.
Había una parte de ella que todavía esperaba una explicación distinta.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Hoy.
—¿Ya habías aceptado?
Kaplan tardó un segundo.
—Había aceptado venir a revisar la información.
María abrió los ojos.
—Siempre hay una forma de decirlo que suena menos grave.
Él recibió la frase sin defenderse.
—Sí.
• • •
Kaplan le explicó lo que había visto.
No intentó justificar su presencia con el dinero ni con la posibilidad de abandonar el trabajo después.
María escuchó de pie.
Cuando terminó, él preguntó:
—¿Puedes salir de donde estás?
Ella miró la puerta.
—¿Para qué?
—Para verte. Para hablar sin ellos.
María apretó el teléfono.
—¿Y qué les vas a decir?
—Que no voy a hacerlo.
—No van a aceptar eso.
Kaplan miró la carpeta cerrada.
—Lo sé.
La certeza de su voz le dolió.
No estaba hablando como quien creía poder deshacerlo todo con una llamada.
Estaba escogiendo un problema.
Por ella.
• • •
María pensó en contarle el encargo de Ramiro.
Las palabras llegaron hasta su boca.
No salieron.
Si lo advertía, él se protegería.
Tal vez no iría.
Tal vez comprendería que todavía no había decidido rechazar la orden.
Kaplan escuchó su respiración.
—María, ¿qué pasa?
Ella miró el bolso.
La carpeta con Berta y Salvatierra parecía seguir allí aunque no se la hubiera llevado del despacho.
Lucía viva en una fecha.
Rosa esperándola.
El Ingeniero dispuesto a cerrar todas las puertas.
—Necesito pensar —dijo.
—Está bien.
No estaba bien.
Ambos lo sabían.
• • •
Después de colgar, María recibió una llamada de Ramiro.
Contestó de inmediato.
—¿Hablaste con él?
La pregunta le produjo un frío súbito.
—Sí.
El Ingeniero dejó pasar unos segundos.
—Entonces podemos avanzar.
Ella permaneció callada.
—No olvides lo que estamos buscando para ti.
María miró el peine sobre la mesa.
Ramiro terminó la llamada.
No hubo amenaza expresa.
Había aprendido a dejar que ella la completara.
• • •
Kaplan llamó al intermediario de la Costa.
—No voy a aceptar.
Del otro lado no hubo sorpresa.
Solo una pregunta.
—¿Por qué?
Él miró la fotografía.
—Tengo un vínculo personal.
El hombre guardó silencio.
Kaplan comprendió demasiado tarde que había entregado información que también podía utilizarse.
—Eso debiste decirlo antes.
—No sabía quién era.
—Ahora ya lo sabes.
La conversación terminó sin acuerdo.
Kaplan dejó el teléfono junto a la carpeta y se puso de pie.
No volvería a considerar aquel encargo una oportunidad para salir.
Había llegado con su trabajo hasta la mujer de la que deseaba alejar ese mundo.
• • •
María escribió a Kaplan después de medianoche.
Propuso verse dos días más tarde.
Él respondió que sí.
Ella permaneció mirando la pantalla.
No había escrito que lo amaba.
Tampoco que tenía órdenes de matarlo.
Sobre la mesa estaba la fotografía que Ramiro le había entregado.
María la volvió boca abajo.
Después abrió el cuaderno y buscó una página limpia.
No pudo escribir el nombre de Kaplan junto a los demás.
Lo intentó.
La punta del bolígrafo tocó el papel y dejó una pequeña mancha.
Nada más.
Durante años había reunido nombres para recordar quién le había hecho daño.
Ahora un hombre le pedía que añadiera al único que había sabido quedarse al teléfono mientras lloraba.
María cerró el cuaderno.
Se sentó en el suelo y esperó a que amaneciera.
Al otro lado de la ciudad, Kaplan seguía despierto, mirando una fotografía de la mujer que había querido llevar a una casa con dos árboles.
Ninguno sabía todavía cómo llegar al encuentro sin llevar también a quienes los habían contratado.
Pero ambos habían dicho que irían.