Capítulo 15 de 25

Las que no subieron al avión

Renata tenía una fotografía de su primer escenario dentro de un cajón.

No era un teatro.

Era la plaza de su pueblo, con sillas plegables y una lona que amenazaba con desprenderse. Llevaba un vestido amarillo que su madre había ajustado durante la tarde y sostenía el micrófono con ambas manos.

Tenía diecisiete años.

En aquella fotografía todavía no sabía cómo sonreír para una cámara.

La encontró mientras buscaba documentos para marcharse.

La dejó encima de la cama.

Después guardó el pasaporte, una carpeta y un sobre con dinero que había retirado sin consultar al representante.

El teléfono sonó.

Octavio.

Renata lo observó hasta que la llamada terminó.

Luego apareció un mensaje.

No tomes decisiones por tu cuenta.

Ella apagó el aparato.

Por primera vez, hacerlo no le pareció una pequeña desobediencia.

Le pareció el comienzo de algo que podía costarle la vida.

• • •

María recibió el encargo al día siguiente.

Ramiro estaba de pie junto a la ventana. Sobre el escritorio había una fotografía de Renata en un aeropuerto.

—Va a viajar —dijo.

María miró la imagen.

La cantante llevaba lentes oscuros y una chamarra amplia. No se parecía a la mujer que aparecía sobre alfombras rojas.

—¿Para qué me necesitas?

El Ingeniero se volvió.

—Se está moviendo dinero de Luján. Ella tiene información y personas que todavía responden a Armenta.

María recordó lo que Nadia le había dicho.

—Entonces necesitamos escucharla.

Ramiro negó con la cabeza.

—Necesitamos impedir que siga ayudándolos.

Ella no tomó la fotografía.

El hombre esperó.

—No voy a ordenar algo si no tenemos certeza de que estará sola —añadió.

María levantó los ojos.

Aquella precaución no era compasión. Ramiro estaba pensando en consecuencias, titulares y pérdidas que no quería explicar.

Ella miró el avión al fondo de la imagen.

—No —dijo.

• • •

El Ingeniero dejó de moverse.

—¿No qué?

María sostuvo la fotografía sin levantarla.

—No voy a participar en algo donde puedan morir personas que no conocemos.

Ramiro la observó durante varios segundos.

—No sabes lo que estamos preparando.

—Entonces dime qué estamos preparando.

El hombre junto a la puerta cambió de postura.

María lo vio de reojo.

Por primera vez, negarse no era una conversación con Kaplan. Allí no había alguien dispuesto a dejarla marchar para que pensara.

Ramiro se sentó.

—Vas a salir y vas a esperar instrucciones.

Ella recogió el bolso.

Antes de abrir la puerta, él añadió:

—No confundas que te escuche con que puedas decidir por mí.

María salió sin responder.

En el corredor le costó volver a respirar con normalidad.

• • •

Darío la alcanzó junto al patio.

—¿Qué dijiste?

—Lo que escuchaste.

Él miró hacia el despacho.

—Estás empezando a incomodarlo.

María se volvió.

—¿Eso te preocupa?

—Me preocupa que creas que aquí se puede discutir como en otros lugares.

Ella apretó la correa del bolso.

—¿Van a hacerlo aunque yo no participe?

Darío tardó en contestar.

—Ramiro no depende de una sola persona.

La frase la dejó inmóvil.

Había llegado convencida de que sus habilidades le darían acceso y poder.

Ahora comprendía que también podían sustituirla.

El miedo a perder su lugar apareció antes que la indignación.

María lo reconoció.

Y se avergonzó de él.

• • •

Esa noche habló con su madre.

Rosa había pasado la tarde en una reunión del colectivo. Le contó que una mujer nueva había llegado con la fotografía de su hijo.

—No sabía por dónde empezar —dijo.

María estaba sentada junto a la ventana.

—¿Y qué le dijeron?

—Que viniera mañana. Que no se quedara sola con eso.

Hubo una pausa.

Rosa escuchó algo en el silencio de su hija.

—¿Estás acompañada?

María miró la habitación.

—Sí.

No era del todo mentira.

Había hombres en el edificio.

También había órdenes, dinero y un nombre que empezaba a circular.

Nada de eso era la compañía que su madre estaba preguntando.

—Me gustaría verte —dijo Rosa.

María cerró los ojos.

—A mí también.

La conversación terminó con otra promesa de llamar.

Después María se quedó mirando el teléfono, incapaz de devolverle a su madre una verdad completa.

• • •

La noticia llegó dos días después.

Un avión privado había sufrido un accidente. No se conocían todavía las causas ni la identidad de todos los ocupantes.

María leyó el primer aviso de pie.

Abrió otra página.

Después otra.

En una mencionaban a Renata Solís como posible pasajera.

Sintió que el estómago se le cerraba.

Llamó a Darío.

No contestó.

María tomó el bolso y fue al despacho del Ingeniero.

Lo encontró hablando con dos hombres. Uno sonreía.

La sonrisa terminó cuando ella entró.

—¿Cuántos? —preguntó.

Ramiro levantó la cabeza.

—No entres así.

—¿Cuántas personas iban?

Los hombres se miraron.

El Ingeniero apoyó las manos sobre la mesa.

—No vas a venir aquí a reclamar por una noticia que no entiendes.

María lo observó.

Él no confirmó nada.

Tampoco mostró sorpresa.

Ella comprendió que no recibiría una respuesta que pudiera utilizar sin ponerse en peligro.

Salió con las piernas rígidas.

• • •

En su habitación buscó los nombres de los tripulantes.

Durante horas solo encontró rumores.

En las redes, los seguidores de Renata compartían canciones y fotografías. Algunos periodistas anunciaban su muerte antes de tener confirmación. Otros aseguraban que estaba a salvo.

María permaneció mirando la pantalla.

Había deseado que la cantante pagara por todo lo que sabía.

Ahora intentaba encontrar una señal de que no hubiera estado dentro de aquel avión.

Era el descubrimiento de que Ramiro podía convertir su rabia en una autorización que ella nunca había dado.

Y de que las personas desconocidas morían sin ocupar siquiera una línea de su cuaderno.

Renata no había subido.

Cambió sus planes después de una discusión con su representante y se marchó del aeropuerto acompañada por una asistente llamada Paula.

El avión salió con parte del equipo. El representante, que había insistido en cumplir el itinerario, permaneció en tierra y dejó de responder después del accidente.

Habían insistido en que lo hiciera.

Había contratos, horarios y explicaciones que sonaban urgentes.

Cuando llegó la noticia, Renata se encontraba en una habitación de hotel, revisando documentos.

Paula le mostró el teléfono.

Durante unos segundos creyó que se trataba de un error.

Llamó al representante.

No contestó.

Llamó otra vez.

La pantalla siguió iluminada junto a su oído mientras comenzaba a entender.

Se sentó en el suelo.

Recordó a una maquillista que le había preguntado si necesitaba algo antes de salir.

Recordó al piloto bromeando sobre el clima.

No pudo seguir leyendo.

• • •

La confirmación de que Renata estaba viva apareció al anochecer.

María cerró los ojos.

El alivio duró poco.

Darío llegó después.

Permaneció junto a la puerta.

—No vuelvas a presentarte así con Ramiro.

Ella se puso de pie.

—¿Fue él?

Darío no respondió.

—¿La querían matar a ella?

Él miró hacia el corredor.

—Lo que te estoy diciendo es que no vuelvas a hacerlo.

María lo observó con cansancio.

—Abril. Nadia. La gente del avión. Siempre hay alguien de quien no puedes hablar.

Darío bajó la cabeza.

—Sí.

Aquella aceptación no servía de consuelo.

María se apartó para dejarlo salir.

• • •

Kaplan la llamó esa misma noche.

Había visto las noticias y quería saber si ella estaba bien.

María permaneció de pie junto a la cama.

—No fui yo —dijo antes de que preguntara.

Él guardó silencio.

Ella comprendió lo que acababa de revelar.

—Me habían hablado de Renata. Yo dije que no.

Kaplan respiró con lentitud.

—¿Estás en un lugar seguro?

María miró la puerta.

Por primera vez, no pudo contestar con rapidez.

—No sé.

—Entonces escucha lo que acabas de decir.

Se sentó.

El teléfono temblaba entre sus dedos.

—Si me voy, pierdo la posibilidad de encontrar a Lucía.

—No es la única posibilidad.

María se llevó una mano a la frente.

Estaba demasiado cansada para discutir.

Kaplan no aprovechó ese cansancio para prometer que podía resolverlo todo.

Le pidió que pensara en cómo conservar los datos que había reunido y en quién podía recibirlos sin depender de Ramiro.

Ella miró el documento de su declaración.

No respondió, pero abrió el archivo.

• • •

Mientras tanto, Leonor recibió una llamada de un número desconocido.

Era Renata.

Habían coincidido en recepciones y campañas. Nunca habían conversado sin alguien cerca.

Esta vez la cantante no la saludó.

—Necesito que escuches algo.

Leonor se quedó inmóvil.

Renata habló del vuelo, de los documentos y de mensajes que le habían llegado después del accidente.

No dijo que supiera quién lo había provocado.

Dijo que tenía miedo.

Leonor cerró la puerta de su oficina.

—¿Dónde estás?

—No voy a decirte todavía.

La diputada aceptó la desconfianza.

Le dolió porque era razonable.

—Tengo papeles de Luján —añadió Renata—. Algunos llevan tu nombre.

Leonor apoyó una mano sobre el escritorio.

Durante años había temido una amenaza semejante.

Ahora la voz del otro lado también temblaba.

Estaban descubriendo cuánto del suyo había sido prestado.

• • •

A la mañana siguiente, Ramiro convocó a María.

No mencionó el avión.

Le dijo que la Costa había contratado a alguien para eliminar a varios integrantes del Valle.

Un profesional que trabajaba por su cuenta.

María sostuvo el bolso sobre las piernas.

—¿Quién?

Ramiro dejó una fotografía sobre el escritorio.

Ella reconoció primero la cicatriz.

Después la camisa oscura.

El mundo pareció alejarse del despacho.

Kaplan.

El Ingeniero la observó.

—Necesito que te ocupes de él.

María miró la imagen sin tocarla.

Podía escuchar su voz preguntando si había dormido.

Podía recordar la llave sobre la mesa.

Ramiro se inclinó hacia delante.

—¿Lo conoces?

Ella levantó los ojos.

El silencio duró demasiado.

Al final respondió:

—Sí.

Y supo que, desde ese instante, incluso decir la verdad podía convertirse en otra forma de entregarlo.