Capítulo 14 de 25
El nombre en la fotografía
Alma tardó seis días en volver a llamar.
María había aprendido a no preguntar cada mañana. Contestaba mensajes breves, fingía paciencia y miraba el teléfono cuando despertaba durante la noche.
El sexto día estaba en el despacho de Ramiro.
Habían muerto dos hombres del Valle y el Ingeniero hablaba de recuperar lo perdido. Sobre la mesa había fotografías, una lista de propiedades y una taza que llevaba horas sin tocar.
El teléfono de María vibró dentro del bolso.
Vio el nombre de Alma.
—Tengo que contestar.
Ramiro levantó los ojos.
—Estamos hablando.
María ya se había puesto de pie.
—Es importante.
Salió antes de recibir permiso.
En el corredor, un hombre le preguntó si necesitaba algo. Ella lo ignoró y caminó hasta un patio vacío.
Contestó con la respiración contenida.
—La encontramos —dijo Alma.
María apoyó la mano en la pared.
Durante unos segundos no consiguió preguntar nada.
—Está viva —añadió la mujer.
• • •
Su madre ya no vivía en el mismo pueblo.
Alma había comenzado por los datos que María recordaba: una calle sin pavimentar, una tienda junto a una capilla y el nombre de una maestra.
Las primeras respuestas llegaron incompletas.
Una vecina dijo que la familia se había ido. Otra recordó haber visto a la madre preguntando por su hija varios años antes.
Finalmente, a través de Leticia, consiguieron comunicarse con una mujer que participaba en un colectivo de búsqueda.
Allí conocían a Rosa.
Allí la llamaban la mamá de María.
—¿Ella sabe? —preguntó.
Alma respiró despacio.
—Le dije que habíamos tenido contacto contigo.
María cerró los ojos.
—¿Qué dijo?
La respuesta tardó.
—Me pidió que no jugara con eso.
María se dobló ligeramente, como si algo le hubiera golpeado el estómago.
—Después me preguntó cómo podía estar segura —continuó Alma—. Le conté algunas cosas que tú me habías dicho.
María recordó la cocina de su infancia. La mesa coja. Una taza con flores azules que su madre guardaba aunque tuviera una grieta.
—¿Me creyó?
—Quiere oírte.
• • •
No llamó enseguida.
Permaneció en el patio hasta que Darío salió a buscarla.
—Ramiro está preguntando por ti.
Ella miró el número que Alma acababa de enviar.
—No voy a regresar ahora.
Darío observó su rostro.
No hizo más preguntas.
María volvió a su habitación y se sentó en la cama. Puso el teléfono sobre las rodillas.
Durante casi diez años había imaginado aquel momento.
En algunas versiones, su madre gritaba de alegría.
En otras, le cerraba la puerta.
Nunca había imaginado algo tan pequeño como marcar un número mientras los dedos se negaban a obedecer.
Lo hizo al tercer intento.
La llamada sonó cuatro veces.
Después respondió una voz.
—¿Bueno?
María abrió la boca.
No salió nada.
—¿Bueno?
Se cubrió el rostro con una mano.
—Mamá.
• • •
Rosa no gritó.
Preguntó quién hablaba.
María repitió su nombre y comenzó a decir cosas desordenadas: la taza de flores, el perro de una vecina, el día en que había perdido un zapato en un arroyo.
Rosa la interrumpió.
—¿Cómo te decía cuando no querías levantarte?
María cerró los ojos.
Recordó las mañanas de escuela. Una mano apartando la cobija. Su madre fingiendo enojo.
—Mi dormilona.
Del otro lado se escuchó una respiración rota.
Después, un ruido, como si el teléfono hubiera golpeado una mesa.
—María.
Esta vez su nombre no fue una pregunta.
Ella comenzó a llorar.
—Perdón.
Rosa tardó en contestar porque también estaba llorando.
—No me pidas perdón por estar viva.
• • •
Hablaron durante casi una hora.
María no contó todo.
Dijo que Julián la había engañado. Que la habían retenido. Que durante años no pudo comunicarse. Habló de la fuga y de El Paso, de Alma y de Inés.
No mencionó las armas.
Tampoco el Valle.
Rosa la escuchó sin exigir detalles.
En algunos momentos solo preguntaba si había comido o si le dolía algo.
Aquellas preguntas le hicieron más daño que cualquier interrogatorio.
Su madre todavía quería cuidarla.
María había dejado de imaginar que alguien pudiera hacerlo.
—¿Dónde estás? —preguntó Rosa.
—En el norte.
—¿Puedes venir?
María miró el bolso junto a la cama.
Dentro estaban el cuaderno y el dinero.
—Todavía no.
Su madre guardó silencio.
Ella quiso explicar. No encontró una verdad que pudiera decir sin poner otra sombra sobre aquella llamada.
—Necesito resolver algo.
Rosa habló más despacio.
—No tienes que volver con nada. Ni con dinero. Ni con una explicación.
María apretó el teléfono.
—Lo sé.
Pero no estaba segura de saberlo.
• • •
Al terminar la llamada recibió una fotografía.
Rosa aparecía frente a una pared blanca, con el cabello recogido y una blusa oscura. Sostenía una imagen de María a los trece años.
Debajo había un nombre completo y una fecha.
Su fecha de desaparición.
María amplió la fotografía.
La niña del cartel sonreía con la boca cerrada. Tenía el cabello sujeto con una cinta que su madre le había comprado para una ceremonia escolar.
La había buscado.
Durante todos aquellos años, alguien había cargado su rostro.
María dejó el teléfono sobre el pecho y se acostó.
Lloró hasta quedarse dormida.
• • •
Ramiro la recibió al día siguiente.
No le preguntó qué había ocurrido.
—No vuelvas a levantarte de una reunión así.
María permaneció frente al escritorio.
—Necesitaba contestar.
El Ingeniero la observó durante unos segundos.
—Todos necesitamos cosas.
Ella reconoció el tono.
La concesión no estaba incluida en el pago.
Ramiro abrió una carpeta.
—Luján dejó asuntos pendientes. Armenta está moviendo gente y la Costa quiere aprovechar. Necesito saber si puedo contar contigo.
María pensó en la voz de Rosa.
En la niña de la fotografía.
—Estoy aquí —respondió.
El hombre asintió.
Era suficiente para él.
• • •
Dos días después, Darío le entregó una hoja.
—Lo de Lucía.
María se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.
Había una dirección antigua y el nombre de una propiedad. Debajo, una fecha posterior a la fuga.
—La llevaron allí —dijo Darío—. La persona que me lo contó trabajó en ese lugar.
—¿La vio?
—Sí.
María leyó la fecha.
Lucía había sobrevivido al regreso.
Era la primera certeza.
Tuvo que sentarse.
—¿Y después?
Darío negó con la cabeza.
—Todavía no sé.
Ella sostuvo la hoja con cuidado.
Ya no era solo una frase escrita para no rendirse.
Lucía había estado viva en un sitio concreto, en un día que alguien podía recordar.
—Necesito hablar con esa persona.
Darío miró hacia la puerta.
—Voy a intentarlo.
• • •
Aquella tarde hubo movimiento en el despacho del Ingeniero.
María no estaba invitada a la reunión, pero escuchó el nombre de Renata Solís al pasar por el corredor.
Se detuvo.
Una voz decía que la cantante había cancelado compromisos y que su representante estaba intentando sacar documentos de una oficina vinculada a Luján.
Ramiro preguntó por los viajes programados.
María se acercó a la puerta abierta.
El Ingeniero la vio.
—¿Qué quieres?
Ella sostuvo su mirada.
—Saber de qué están hablando.
Los hombres guardaron silencio.
Ramiro cerró una carpeta.
—De un asunto que todavía no es tuyo.
María pensó en Nadia.
En lo que había dicho de Renata.
—Puede saber cosas que necesitamos.
El Ingeniero sonrió apenas.
—Todos saben algo cuando empiezan a tener miedo.
Ella no respondió.
Por primera vez, le preocupó menos llegar hasta la cantante que descubrir quién llegaría primero.
• • •
En Monterrey, Renata discutía con su representante.
Había encontrado documentos donde su nombre aparecía vinculado a empresas que nunca había visto.
Él insistía en que eran acuerdos administrativos.
Ella dejó las hojas sobre la mesa.
—No me vuelvas a hablar como si fuera estúpida.
El hombre se pasó una mano por la frente.
—Estoy intentando cuidarte.
Renata señaló una firma.
—¿De quién?
Él no contestó.
Ella recogió los documentos.
Había pasado años ocultando su relación con Octavio. Creía que el secreto protegía su carrera.
Ahora descubría que también había servido para dejarla sola cuando comenzaran las preguntas.
• • •
Kaplan recibió nueva información sobre el encargo de la Costa.
Había versiones de dos muertes y datos que seguían sin ser suficientes para identificar a la persona buscada.
El intermediario habló de alguien del Valle, una incorporación reciente que había ganado la confianza de Ramiro.
Kaplan escuchó con incomodidad.
Las fechas coincidían con el regreso de María a México.
No era una certeza.
La ciudad estaba llena de historias que podían parecerse.
—Necesito una fotografía clara —dijo.
—La tendrás.
Kaplan terminó la llamada.
Después abrió la conversación con María.
Ella le había enviado un mensaje aquella mañana.
Encontraron a mi mamá.
Él lo leyó otra vez.
Durante unos minutos logró pensar únicamente en eso.
• • •
María habló con Kaplan al anochecer.
Le contó la llamada, la taza azul y el cartel.
Él la escuchó con una ternura que ella reconoció incluso a través del teléfono.
—Te estuvo buscando —dijo.
María miró la fotografía.
—Sí.
No pudo añadir más.
Kaplan esperó.
—Me pidió que fuera.
—¿Vas a ir?
Ella apretó la hoja con la dirección de Lucía.
—Cuando la encuentre.
Del otro lado hubo silencio.
—María, puedes ver a tu madre y seguir buscando ayuda para Lucía.
Ella cerró los ojos.
Lo sabía.
Había más de una forma de continuar.
Pero Ramiro acababa de darle un nombre nuevo. Darío había encontrado una dirección. Berta seguía libre.
Todo parecía ocurrir demasiado cerca del siguiente paso.
—Necesito un poco más de tiempo —respondió.
Kaplan no discutió.
Aquella frase le había servido a él durante años.
• • •
Antes de dormir, María pegó la fotografía de Rosa en una página limpia del cuaderno.
No junto a los nombres tachados.
La colocó al principio.
Después escribió la dirección de Lucía en otra hoja y guardó ambas con cuidado.
Su madre había cargado durante casi diez años la imagen de una niña desaparecida.
María contempló ese rostro.
No se parecía a La Mexicana.
Tampoco le resultaba completamente ajeno.
Pasó el dedo sobre la cinta del cabello y recordó las manos de Rosa haciéndole un nudo frente al espejo.
El teléfono vibró.
Un mensaje de su madre.
No importa la hora. Puedes llamarme.
María respondió:
Buenas noches, mamá.
Apagó la lámpara.
En la oscuridad, aquella palabra siguió sonando dentro de ella.
Por primera vez en mucho tiempo, el pasado no le había devuelto únicamente algo que deseaba destruir.
También le había devuelto a alguien que todavía la esperaba.