Capítulo 13 de 25

Las mujeres que sabían

Darío encontró a María esperándolo junto a su automóvil.

Había terminado de llover. El agua permanecía dentro de los baches y una bolsa vacía se desplazaba lentamente por la banqueta.

Él se detuvo al verla.

—¿Qué necesitas?

María sostuvo su mirada.

—Hablar de Salvatierra.

Darío dejó de buscar las llaves.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

—No sé de qué estás hablando.

—Cerraste la carpeta cuando viste que estaba mirando.

Él observó la puerta del edificio.

—Aquí no.

María no se movió.

Darío comprendió que no iba a marcharse con una respuesta vaga.

—Camina.

• • •

Se sentaron en una pequeña cafetería donde Darío escogió una mesa lejos de la entrada.

María lo observó hacerlo.

El gesto le recordó a Kaplan y le produjo un dolor breve, inesperado.

—Salvatierra trabajaba con Luján —dijo.

Darío miró su taza.

—Trabajaba con mucha gente.

—¿Con Ramiro?

Él levantó los ojos.

Aquello bastó.

María apretó las manos debajo de la mesa.

—Yo escuchaba conversaciones sobre una clínica. Llevaban personas. Después decían que habían surgido complicaciones.

—No todo lo que escuchaste significa lo mismo.

—Entonces explícame qué significa.

Darío respiró con dificultad.

No parecía estar buscando una mentira convincente. Parecía medir cuánto podía decir sin convertirse en otro nombre dentro de una carpeta.

—Había expedientes que no coincidían con los pacientes —respondió—. Personas trasladadas sin que sus familias supieran dónde estaban. Pagos que nadie podía justificar.

María sintió un frío en la nuca.

—¿Y tú qué hacías?

Darío apartó la mirada.

—Llevaba cosas.

—¿Personas?

Él no respondió.

Ella retiró las manos de debajo de la mesa y las apoyó junto a su taza.

Necesitaba tenerlas a la vista.

• • •

Darío no intentó presentarse como inocente.

Eso no lo hacía menos culpable, pero cambió la conversación.

—Hay cosas que hice sin preguntar —dijo—. Y otras que seguí haciendo después de saber.

María pensó en la muchacha del corredor.

—¿Dónde está?

Él cerró los ojos un instante.

—Se llama Abril.

María permaneció inmóvil.

Había visto su bolsa de ropa, sus ojos hinchados y la silla donde esperaba.

Nunca le había preguntado el nombre.

Darío continuó:

—La llevaron a otra casa.

—¿Por qué estaba con ustedes?

—La recibieron por un acuerdo.

María sintió ganas de arrojarle la taza.

Darío vio cambiar su rostro.

—No voy a decirte que es diferente.

Ella se inclinó sobre la mesa.

—Quiero saber dónde está.

Él negó lentamente.

—Si empiezo a darte nombres, vas a descubrir que no termina.

María lo miró con una rabia que ya no sabía dirigir a una sola persona.

—Nunca terminó para nosotras.

Nadia llevaba casi tres semanas retenida cuando la llevaron al despacho del Ingeniero.

Había perdido peso. Su ropa seguía limpia, pero las mangas le quedaban más holgadas.

Ramiro repasó los documentos que ella había entregado.

—Has colaborado.

Nadia no respondió.

A su lado, María permanecía de pie.

El Ingeniero había pedido que asistiera. Quería que escuchara ciertos nombres y confirmara lo que recordaba de la gente de Octavio.

Nadia reconoció a la mujer de la peluca roja.

Esta vez sostuvo su mirada más tiempo.

—¿Dónde está mi esposo? —preguntó.

Ramiro cerró la carpeta.

—Todavía estamos hablando con él.

—Quiero verlo.

—Cuando podamos.

Nadia miró la fotografía del nieto sobre el escritorio.

María advirtió el movimiento.

La misma imagen que ella había observado al entrar por primera vez.

La familia allí, dentro de un marco.

La de los demás convertida en una respuesta que podía aplazarse.

• • •

Ramiro salió para atender una llamada.

El hombre que vigilaba la puerta se apartó unos pasos.

Nadia bajó la voz.

—Tú no empezaste aquí.

María la miró.

—¿Por qué lo dices?

—Porque todavía preguntas.

Ella apartó los ojos.

Nadia frotó una mancha de tinta en su dedo.

—Yo también preguntaba al principio.

—Y dejaste de hacerlo.

La mujer recibió la frase sin defenderse.

—Sí.

María sintió que esa aceptación le quitaba una respuesta que había preparado.

Nadia continuó:

—Había dinero. El negocio estaba abierto. La gente decía que me estaba yendo bien. Cada vez que algo no cuadraba, encontraba una explicación.

—¿No sabías de las muchachas?

Nadia tardó en contestar.

—Escuché cosas.

María apretó la mandíbula.

La mujer levantó la cabeza.

—No estoy diciendo eso para que me perdones. Estoy diciendo que escuché y preferí no entender.

Del corredor llegó la voz de Ramiro.

Nadia se inclinó apenas.

—Hay una mujer que sabe más que yo.

María esperó.

—Renata Solís.

• • •

El nombre estaba en sus recuerdos, aunque no en la lista principal.

Una cantante.

Una pantalla encendida.

Una canción que Berta tarareaba mientras revisaba teléfonos.

María había visto fotografías de Renata junto a Octavio, pero nunca imágenes en las que él apareciera de frente. Un hombro, una mano, un reflejo cortado.

Nadia habló deprisa.

—Luján pagaba algunas cosas por él. Viajes, tratamientos, contratos. Renata conocía a la gente que llevaba los papeles.

—¿Por qué me dices esto?

La mujer sostuvo su mirada.

—Porque tú puedes salir de este cuarto.

María sintió una presión detrás de los ojos.

Ramiro regresó.

Nadia se enderezó y volvió a preguntar por su esposo.

Él le contestó lo mismo.

• • •

Renata estaba en Monterrey cuando recibió la noticia de la muerte de Luján.

Su representante se la mostró en un teléfono y después comenzó a hablar de una presentación que convenía cancelar.

Ella lo escuchó sin responder.

Esteban había firmado contratos.

Había pagado facturas.

También le había enviado mensajes que nunca debieron formar parte de una relación profesional.

Renata miró hacia la puerta del vestidor.

Sobre un perchero colgaban tres vestidos nuevos.

Durante años, los regalos habían llegado antes de las peticiones. Cuando las peticiones se volvieron órdenes, ella ya tenía una carrera que parecía depender de seguir recibiéndolos.

—Octavio quiere que esperes —dijo el representante.

Renata lo miró.

—¿Tú trabajas para mí?

Él abrió la boca.

No encontró una respuesta suficientemente rápida.

Ella comprendió que aquel silencio llevaba años sentado junto a ella.

• • •

María comenzó a reunir lo que podía saber de Renata sin acercarse.

Encontró entrevistas donde hablaba de independencia, fotografías de una casa enorme y mensajes de admiradores que la llamaban ejemplo de superación.

Entre las publicaciones había una visita a una asociación de mujeres desaparecidas.

Renata aparecía abrazando a una madre.

María amplió la imagen.

La mujer sostenía la fotografía de una adolescente.

Se quedó mirando el rostro de la muchacha hasta que perdió la noción del tiempo.

Después buscó sus mensajes con Alma.

¿Puedes averiguar si mi mamá sigue viviendo en el mismo lugar?

Envió la pregunta antes de arrepentirse.

Había postergado aquel intento desde su llegada a El Paso. Temía descubrir que su madre había muerto. Temía que ya no quisiera verla.

También temía encontrarla viva y tener que contarle en qué se había convertido.

• • •

Darío la buscó dos noches después.

No entró en su habitación. Permaneció en el corredor.

—Tengo algo para ti.

María no abrió del todo.

Él sostenía una hoja doblada.

—¿De quién?

—De Nadia.

Ella tomó el papel.

Dentro había un nombre y una fecha aproximada. Nadia había recordado un encuentro con Luján, una conversación sobre una propiedad y la presencia de una mujer encargada de varios traslados.

Berta.

María apoyó la espalda en el marco.

Hasta entonces había buscado a los hombres como si la casa no hubiera tenido a una mujer con llaves.

Darío la observó.

—Hay algo más.

Ella levantó la cabeza.

—Pregunté por Lucía.

El cuerpo de María se quedó inmóvil.

• • •

Darío no le dio una dirección.

Le dio una posibilidad.

Había encontrado a alguien que recordaba a una joven recuperada después de una fuga. La descripción coincidía: una muchacha con una lesión en la rodilla, llevada a una propiedad distinta poco después de que evacuaran la casa de Juárez.

—Eso pasó hace más de un año —dijo María.

—Lo sé.

—¿Está viva?

Darío sostuvo su mirada.

—No puedo asegurarlo.

Ella apretó el papel de Nadia.

Durante un instante quiso obligarlo a responder otra cosa. Convertir aquella noticia incompleta en una certeza.

Pero él no tenía una.

—¿Por qué me ayudas?

Darío miró el suelo.

—Porque preguntaste por Abril.

María sintió vergüenza.

—No hice nada.

—Todavía puedes.

Él se marchó antes de que ella respondiera.

• • •

Kaplan recibió la carpeta del nuevo encargo esa misma semana.

La organización interesada pertenecía a la Costa. El intermediario lo explicó sin utilizar nombres de dirigentes.

Querían eliminar a una persona que trabajaba para el Valle y había comenzado a alterar acuerdos entre varios grupos.

La información todavía era incompleta.

Kaplan abrió la carpeta.

Había fechas, testimonios contradictorios y una imagen borrosa en la que apenas se distinguía una figura entrando en un vehículo.

No figuraba un nombre verdadero.

—Necesito identificación suficiente —dijo.

El intermediario asintió.

—La estamos consiguiendo.

Kaplan dejó la carpeta sobre la mesa.

Pensó en rechazar.

Después pensó en el dinero necesario para desaparecer de su propio mundo.

Todavía seguía llamando salida a otro trabajo.

• • •

María pasó la noche frente al cuaderno.

Berta no necesitaba una fotografía nueva. Recordaba las llaves, su voz y el cuidado con que mantenía las uñas limpias después de cerrar una puerta.

Renata, en cambio, era una historia que todavía no conocía.

Nadia había dicho que sabía.

No que hubiera ordenado.

María escribió ambos nombres en una página distinta y dejó espacio debajo.

Luego abrió el documento donde estaba contando su cautiverio.

Añadió lo que Darío había dicho de la clínica y lo separó claramente de aquello que había visto.

Por primera vez, estaba reuniendo algo que no servía solo para escoger a quién matar.

El teléfono vibró.

Alma.

Voy a intentarlo. ¿Qué quieres que le diga a tu mamá si la encuentro?

María leyó el mensaje varias veces.

Miró la lista, el peine y el dinero.

Después escribió una respuesta que le tomó mucho más tiempo que cualquier nombre.

Dile que sigo siendo María.

No la envió de inmediato.

Se quedó contemplándola hasta que comenzó a llorar.

Al final pulsó la pantalla.

Y, por primera vez desde la muerte de Julián, sintió que acababa de hacer algo para volver.