Capítulo 12 de 25

El benefactor

El empresario se llamaba Esteban Luján.

María había escrito su nombre en el cuaderno mucho antes de conocer a Ramiro. Junto a él figuraban dos palabras: reloj azul.

Durante años no estuvo segura de si el azul pertenecía a la esfera o a un reflejo de la habitación. Conservaba aquel detalle porque, después de algunas noches, recordar un objeto resultaba menos doloroso que recordar un rostro.

Ahora tenía una fotografía completa.

Esteban aparecía frente a una clínica privada, sosteniendo unas tijeras sobre un listón. A su lado había un médico, una funcionaria y dos niños con camisetas blancas.

La imagen procedía de una nota sobre una donación.

María leyó el titular.

Luego dejó el teléfono sobre la cama.

Necesitó ponerse de pie para no romperlo.

• • •

Ramiro conocía al empresario desde antes de la disputa con Octavio.

Habían compartido intermediarios, favores y negocios que nunca aparecieron en los documentos donde Esteban figuraba como inversionista.

Ahora una deuda y varias decisiones lo habían colocado en el lado contrario.

El Ingeniero expuso sus razones sin mencionar a las muchachas.

María escuchó con el cuaderno dentro del bolso.

—¿Tienes alguna duda? —preguntó él.

Ella miró la fotografía.

—Tenía una clínica.

—Tiene varias inversiones.

—Escuché hablar de personas que llevaban allí.

Ramiro se quedó inmóvil un instante.

—Había un médico —continuó María—. Lo llamaban Salvatierra.

El Ingeniero observó al hombre situado junto a la puerta.

María reconoció el intercambio.

La información no era nueva para ellos.

—Eso no tiene que ver con el encargo —dijo Ramiro.

Ella levantó los ojos.

—Tiene que ver conmigo.

El hombre cerró la carpeta.

—Entonces no permitas que te distraiga.

María sostuvo su mirada.

Había acudido al Valle buscando acceso a sus victimarios. Cada vez que encontraba algo útil, descubría que sus nuevos jefes ya conocían una parte.

Y que la habían dejado existir.

• • •

Darío la acompañó al salir.

En el corredor no estaba la muchacha de la bolsa de ropa.

María miró la silla vacía.

—¿Dónde está?

Darío siguió caminando.

—¿Quién?

Ella lo alcanzó.

—La joven que esperaba aquí.

El hombre suspiró.

—Mexicana…

—Te estoy haciendo una pregunta.

Él se volvió.

Por primera vez pareció cansado de algo más que su insistencia.

—La trasladaron.

—¿A dónde?

—No lo sé.

María quiso discutir, pero advirtió que aquella respuesta podía ser cierta.

Darío no necesitaba conocer cada destino para colaborar con él.

Ella tampoco había necesitado conocer el de Nadia para salir del despacho.

Siguieron caminando.

• • •

Nadia llevaba nueve días encerrada.

No estaba en una celda. Tenía una cama, un baño y una ventana que no se abría. La comodidad hacía más difícil explicar lo que le estaba ocurriendo, incluso para sí misma.

Su esposo había sido llevado a otra parte.

Nadie le decía dónde.

Cada día aparecía un hombre con documentos. Le pedían nombres, claves que ella no conocía y explicaciones sobre firmas que reconocía demasiado bien.

Al principio respondía que no sabía nada.

Después comenzó a distinguir lo que no sabía de lo que había preferido ignorar.

Recordó a un proveedor sin mercancía.

A una empleada que preguntó por qué la caja nunca coincidía con los depósitos.

Al contador que le dijo que algunas hojas no debían pasar por el correo del negocio.

Nadia había despedido a la empleada.

Aquello ya no podía atribuírselo a Octavio.

Lo había decidido ella.

Una tarde, cuando volvieron a interrogarla, pidió papel.

Escribió todo lo que recordaba.

Al terminar, tenía los dedos manchados de tinta y el miedo intacto.

• • •

Leonor recibió respuesta a su mensaje dos días después.

El contacto antiguo no quiso escribir nombres. Le pidió que dejaran el asunto.

Ella llamó.

—Solo necesito saber dónde están.

El hombre soltó una risa breve.

—¿Ahora?

Leonor sintió que la palabra le abría una herida.

—Sí. Ahora.

—No hagas preguntas que no vas a sostener cuando te contesten.

La llamada terminó.

Leonor permaneció sentada en el automóvil, con el teléfono sobre las piernas.

Su asesora esperaba afuera, junto a la puerta de una oficina.

Tocó el vidrio.

Leonor bajó la ventanilla.

—¿Nos vamos?

Ella negó.

—Dame cinco minutos.

Durante aquellos cinco minutos escribió lo que recordaba de la recepción.

La dirección.

La fecha aproximada.

El nombre del anfitrión.

Y una muchacha sosteniendo una bandeja.

No sabía cómo se llamaba.

Esa ausencia le pareció, por primera vez, algo que debía responder.

• • •

María buscó noticias sobre Esteban.

Encontró entrevistas, reconocimientos y fotografías de cenas benéficas. En una hablaba de su infancia y del esfuerzo que le había permitido construir sus empresas.

En otra anunciaba apoyos para familias de personas desaparecidas.

María leyó esa frase varias veces.

Después llamó a Kaplan.

Habían pasado cuatro días desde la última conversación. Él respondió con la misma rapidez de siempre.

—¿Cómo estás?

Ella miró la fotografía del empresario.

—No sé qué contestarte cuando preguntas eso.

Kaplan guardó silencio.

María se sentó junto a la ventana.

—Hay un hombre.

No dijo el nombre al principio.

Habló del reloj, de una puerta y de los años en que creyó que no conseguiría recordar su rostro sin quedarse paralizada.

Kaplan la escuchó.

—Está en mi lista —añadió.

Él exhaló lentamente.

—¿Y también en la de ellos?

María cerró los ojos.

—Sí.

—Eso no significa que estén haciendo algo por ti.

Ella apretó el teléfono.

Lo sabía.

Pero necesitaba que aquella coincidencia conservara algún sentido.

• • •

—¿Sigues pensando en la casa? —preguntó.

Kaplan tardó en responder.

—A veces.

María se apoyó contra la pared.

—¿Había árboles?

—Dos.

—Nunca me dijiste.

—No alcanzamos a hablar de todo.

Ella miró la habitación donde dormía.

Una silla, el bolso y una ventana que daba a otra pared.

—Lo siento —dijo.

Kaplan no preguntó por qué parte.

Tampoco le dijo que no importaba.

—Yo también.

María dejó la llamada abierta mientras él contaba una cosa pequeña de su día. Había comprado pan y descubierto que la panadería estaba cerrando.

Lo escuchó hablar de una pérdida común.

Una puerta que dejaba de abrirse.

Por unos minutos, el mundo tuvo una medida que ella podía soportar.

• • •

La muerte de Esteban ocurrió una semana después.

María había aceptado el encargo.

Cuando terminó, no hubo una frase triunfal ni una imagen del pasado borrándose. Hubo gente corriendo y alguien pidiendo ayuda con una voz que no se parecía a la de sus recuerdos.

Ella se retiró de allí bajo la presión de continuar moviéndose.

Durante el trayecto sintió que el cuerpo funcionaba sin pedirle permiso.

La mente regresó después.

Lo hizo en una habitación donde pudo lavarse las manos y descubrir que llevaba varios minutos frotándolas.

No había nada que quitar.

Aun así, tardó en cerrar la llave.

• • •

Ramiro no la felicitó esta vez.

Le entregó dinero y habló del siguiente conflicto.

Eso fue peor.

La muerte de Esteban ya había sido incorporada a un cálculo. Un colaborador perdido para Octavio. Una oportunidad para negociar. Una señal enviada a quienes dudaban de la fuerza del Valle.

María escuchó desde una silla.

Esperó que alguien mencionara a las muchachas.

Nadie lo hizo.

—La Costa va a intentar aprovechar esto —dijo uno de los hombres.

Ramiro asintió.

Después miró a María.

—Mantente disponible.

Ella guardó el sobre.

Al salir, vio una hoja sobre un escritorio abierto.

Reconoció el apellido Salvatierra.

Se detuvo.

Darío cerró la carpeta antes de que pudiera leer más.

—Vamos.

María lo miró.

El hombre evitó sus ojos.

• • •

En las noticias, Esteban murió como empresario.

La clínica publicó un comunicado. Una asociación agradeció su generosidad. Leonor canceló un evento y apareció en una fotografía junto a funcionarios que pedían esclarecer los hechos.

María observó la transmisión sin sonido.

La palabra benefactor volvió a pasar debajo del rostro del hombre.

Tomó el cuaderno y escribió la fecha junto a su nombre.

Antes de tacharlo, dejó el bolígrafo.

Había algo que la muerte no había conseguido hacer.

Contar la verdad.

Julián seguía siendo un hombre muerto en un hecho violento.

Esteban seguía siendo un donante.

Ella seguía sin aparecer en ninguna parte.

• • •

Aquella noche abrió un documento en su teléfono.

No una lista.

Una declaración.

Escribió su nombre completo. Su edad cuando Julián la llevó. El pueblo donde había vivido con su madre.

Se detuvo muchas veces.

Algunos recuerdos llegaban juntos y otros se negaban a encontrar palabras. Había fechas que no podía precisar, nombres que había escuchado sin ver a sus dueños y rostros que reconocería aunque no supiera llamarlos.

Separó lo que sabía de lo que suponía.

Después escribió el nombre de Lucía.

Sus diecinueve años.

El peine roto.

La fuga.

Al terminar, había amanecido.

María leyó las primeras líneas y sintió miedo.

Aquel texto podía ser descubierto. Podía poner a otros en peligro. También podía demostrar que había existido antes de convertirse en La Mexicana.

Lo guardó sin enviarlo.

• • •

Kaplan recibió una llamada cerca de la mañana.

No era María.

Un intermediario con quien había trabajado años atrás quería saber si estaba disponible. Había una organización interesada en contratarlo para un asunto en México.

Kaplan miró la ventana de su casa.

—Estoy reduciendo trabajos.

El hombre respondió que lo sabía.

Por eso ofrecían una cantidad considerable.

—¿Qué asunto?

—Una persona que está perjudicando a varios.

Kaplan permaneció callado.

—Todavía estamos reuniendo información —añadió el intermediario—. Cuando la tengamos, hablamos.

Él no aceptó.

Tampoco rechazó.

Terminó la llamada y buscó la conversación con María.

El último mensaje decía:

Gracias por escucharme ayer.

Kaplan apoyó el teléfono sobre la mesa.

• • •

En Ciudad Juárez, María volvió a sacar el peine.

Lo colocó junto al cuaderno y miró los dos nombres tachados.

La habitación seguía vacía.

No había una noticia de Lucía.

No había una dirección a la que llevar a su madre.

Abrió el documento que había escrito durante la noche.

En la última línea añadió:

Si alguien encuentra esto, no crean que ellos fueron los únicos.

Después pensó en Salvatierra.

En la carpeta dentro del despacho del Valle.

Y en el hombre que había decidido cerrar la tapa cuando ella se acercó.

Por primera vez desde su regreso, comprendió que su lista podía estar llevándola hacia sus victimarios mientras le ocultaba a otros que estaban sentados a su lado.