Capítulo 11 de 25
El precio de una mujer
María despertó con el teléfono debajo de la almohada.
No recordaba haber terminado la llamada con Kaplan. En la pantalla figuraban dos horas y diecisiete minutos.
Durante parte de ese tiempo habían hablado.
Durante el resto, ella había llorado mientras él permanecía al otro lado.
Se incorporó despacio.
El sobre seguía encima de la mesa. La noche anterior había contado el dinero sin saber por qué. Después lo había guardado otra vez, como si ocultar los billetes pudiera cambiar su procedencia.
Abrió el cuaderno.
La línea sobre el nombre de Julián le pareció torpe, demasiado gruesa. En un extremo, la punta del bolígrafo había roto el papel.
Lo tocó con el dedo.
Julián estaba muerto.
Esa certeza llegó entera, sin el alivio que había esperado.
María cerró el cuaderno cuando llamaron a la puerta.
• • •
Darío llevaba café en un vaso de cartón.
Ella no lo tomó.
—El Ingeniero quiere verte.
María miró la hora.
—¿Ahora?
—Ahora.
Él observó el sobre sobre la mesa y luego su rostro.
—No eres la primera a la que le pasa.
María levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
Darío se encogió de hombros.
—La primera vez.
Ella sostuvo la puerta.
—No hables de eso conmigo.
El hombre retrocedió un paso.
Dejó el café sobre un mueble del corredor y se marchó.
María se vistió con lentitud. Antes de salir guardó el cuaderno, el peine y el dinero dentro del bolso.
No quería que nadie los tocara.
• • •
Ramiro la recibió con una cordialidad nueva.
Había dos hombres en el despacho. Uno revisaba documentos; el otro permanecía junto a la ventana.
—Siéntate, Mexicana.
María obedeció.
El Ingeniero esperó a que cerraran la puerta.
—Armenta está molesto.
Ella no respondió.
—Eso significa que hiciste bien tu trabajo.
Ramiro deslizó una fotografía sobre el escritorio.
Una mujer salía de una estética, con lentes oscuros y una bolsa grande colgada del hombro.
María reconoció el letrero detrás de ella. Lo había visto en una de las carpetas sobre los negocios de Octavio.
Nadia Cárdenas.
—¿Qué hizo? —preguntó.
Ramiro apoyó la espalda en la silla.
—Está donde no debe.
María miró la fotografía.
—Eso no me dice nada.
Los hombres del despacho dejaron de conversar.
Ramiro se quitó las gafas.
—Su marido mueve cosas para Armenta. El negocio sirve para recibir dinero. Ella firma.
María recordó otras mujeres obligadas a asentir delante de hombres que decidían por ellas.
También recordó a las que sabían perfectamente qué estaban firmando.
La fotografía no distinguía unas de otras.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
Ramiro sostuvo su mirada.
—Porque necesito que Armenta entienda que podemos tocar lo que cree suyo.
María sintió un frío conocido.
Para Ramiro, Nadia valía por el daño que su ausencia podía causarle a Octavio.
• • •
La vio dos días después.
Nadia esperaba en una oficina del Valle, sentada junto a su esposo.
María no había sido informada de que la llevarían allí. Darío solo le dijo que Ramiro quería que escuchara una conversación.
El marido de Nadia tenía sangre seca junto a la nariz.
Ella sostenía una carpeta contra el pecho.
Cuando María entró, ambos levantaron la mirada.
Nadia observó la peluca roja y después el rostro.
No pareció reconocerla.
—No sabía que me iban a traer aquí —dijo.
María se quedó junto a la pared.
El hombre encargado de hablar abrió la carpeta.
Le preguntó por depósitos, empresas y personas cuyos nombres María escuchaba por primera vez. Nadia contestó algunas cosas. En otras, dijo que no sabía.
Cada vez que respondía así, su esposo miraba al suelo.
—Yo atiendo el local —insistió—. Él se encarga de lo demás.
El hombre señaló una firma.
—Esto es tuyo.
Nadia bajó los ojos.
—Sí.
—Entonces algo sabes.
Ella apretó la carpeta con más fuerza.
María vio en sus manos la misma tensión con que había sostenido una bandeja ante Leonor.
No eran la misma historia.
Pero aquel gesto las acercaba de una manera que Ramiro no habría querido escuchar.
• • •
La conversación continuó hasta que Nadia dejó de intentar parecer tranquila.
—Pregúntenle a Octavio.
Su esposo se volvió hacia ella.
—Cállate.
Nadia lo miró con una furia repentina.
—¿Por qué? Aquí ya saben.
Él bajó la cabeza.
—Yo no decidí esto —añadió ella.
María no sabía a qué parte de su vida se refería.
Al negocio.
A los documentos.
A Octavio.
Tal vez a todo.
El hombre de la mesa cerró la carpeta y salió para hacer una llamada. Darío lo siguió.
María quedó con ellos.
Nadia la observó.
—¿Tú qué haces aquí?
La pregunta era sencilla.
María tardó demasiado en contestar.
—Trabajo.
El marido de Nadia soltó una risa amarga.
Ella lo ignoró.
—Yo también decía eso.
María apartó la mirada.
• • •
Cuando salieron de la oficina, Ramiro ya había cambiado de decisión.
Nadia y su esposo tenían información útil. Él quería conservarlos vivos mientras esa utilidad durara.
María lo supo en el despacho.
—No tendrás que ocuparte de ella —dijo el Ingeniero.
Ella sintió alivio y lo odió de inmediato.
Ramiro había advertido su resistencia. Ahora podía utilizar incluso la concesión.
—Pero necesito saber si vas a tener problemas cada vez que aparezca una mujer.
María miró la fotografía que aún estaba sobre el escritorio.
—Necesito saber qué hizo.
El Ingeniero sonrió sin amabilidad.
—No eres juez.
Ella sostuvo su mirada.
No respondió que él tampoco.
• • •
Esa tarde fue a la fonda.
No entró.
Inés había pedido que no regresara y María no quiso convertir una necesidad propia en otro peligro para ella.
Se quedó al otro lado de la calle.
La vio servir comida, limpiar una mesa y discutir con un proveedor. La vida de Inés seguía teniendo cosas pequeñas que resolver.
María sintió envidia.
Después vergüenza por sentirla.
Su teléfono vibró.
Kaplan.
Cruzó hacia una calle menos ruidosa y contestó.
—¿Dormiste? —preguntó él.
María cerró los ojos.
Aquella pregunta había comenzado a parecerle una forma de amor.
—Un poco.
—¿Has comido?
—Sí.
Era mentira.
Kaplan guardó silencio.
Ella sabía que no le creía.
—Hoy iban a pedirme que matara a una mujer —dijo finalmente.
Del otro lado se escuchó una respiración lenta.
—¿Iban?
—Cambiaron de idea.
María se apoyó en una pared.
—Creo que eso me hizo sentir agradecida con ellos.
Kaplan no habló de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz era grave.
—Necesitas salir.
Ella miró hacia la fonda.
—Todavía no.
• • •
La noticia sobre Julián apareció en un portal local esa noche.
No ocupó mucho espacio.
Un hombre había muerto en un hecho relacionado con la violencia entre grupos criminales. Las autoridades investigaban.
María leyó la nota hasta el final.
No decía que él captaba adolescentes.
No decía que una muchacha de trece años había confiado en él.
Su historia no aparecía en ninguna línea.
Debajo había comentarios de desconocidos.
Algunos celebraban la muerte. Otros preguntaban qué estaba pasando con la ciudad. Una mujer escribió que había familias sufriendo.
María recordó a la niña de las trenzas.
Cerró la página.
Había imaginado que matar a Julián revelaría algo.
El mundo apenas se había enterado de su ausencia.
• • •
Mientras tanto, Octavio recibió noticias de Nadia.
No supo de inmediato dónde la tenían. Sus hombres habían encontrado la estética cerrada y el teléfono de su esposo apagado.
—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida? —preguntó.
Le dieron una cifra.
Octavio golpeó la mesa con la mano.
—¿Y hasta ahora me dicen?
Uno de los hombres quiso explicar.
Él no lo dejó.
Más tarde llamó a Teresa.
Ella contestó desde una habitación donde sus hijos hacían tarea.
—¿Todo bien? —preguntó Octavio.
Teresa oyó algo extraño en su voz.
—Sí.
—No salgan.
Miró a su hija, inclinada sobre un cuaderno.
—¿Otra vez?
Octavio ya estaba dando una orden a alguien más.
Teresa esperó.
Cuando él volvió a la llamada, le repitió que no salieran.
No le dijo el nombre de Nadia.
• • •
Leonor vio circular la noticia de Julián en un grupo privado.
Conocía su rostro.
Lo había visto en recepciones y pasillos donde las personas se presentaban solo con nombres de pila. Ahora varios mensajes aseguraban que alguien estaba atacando a colaboradores de Octavio.
Uno mencionaba a una mujer.
La Mexicana.
Leonor leyó el sobrenombre.
Después abrió la carpeta del refugio.
En una hoja había escrito una frase durante su visita: Escuchar sin pedir que repitan todo.
La recordó frente al corredor de aquella casa.
Recordó también a la muchacha con la bandeja.
Buscó un contacto antiguo y escribió:
Necesito saber qué pasó con las jóvenes que estaban aquella noche.
Antes de enviarlo, se quedó mirando la pantalla.
Lo borró.
Luego volvió a escribirlo.
Esta vez lo envió.
• • •
Ramiro llamó a María cerca de medianoche.
—Tenemos otro asunto.
Ella estaba sentada en la cama.
—¿Quién?
El Ingeniero pronunció el nombre de un empresario.
María lo reconoció antes de que terminara.
Estaba en el cuaderno.
Había aparecido en una recepción donde todos brindaban por una nueva inversión. Uno de los hombres lo había presentado como benefactor de una asociación infantil.
María recordaba su reloj.
Recordaba también que nadie había abierto la puerta cuando ella golpeó desde adentro.
Apretó el teléfono.
—Lo conozco.
—Entonces nos entendemos.
Ramiro terminó la llamada.
María abrió el cuaderno y buscó el nombre.
Esta vez no tuvo que preguntarse qué sabía de él.
Eso la alivió de una manera que le dio miedo.
• • •
Antes de dormir sacó el peine de Lucía.
Lo sostuvo sobre las rodillas.
Había regresado para encontrarla, pero llevaba semanas reuniéndose con hombres que no le habían dado una sola noticia de ella.
En cambio, ya le habían entregado fotografías.
Dinero.
Órdenes.
María miró el teléfono.
Podía escribirle a Kaplan.
Podía reconocer que aquello se parecía cada vez menos a la promesa que había hecho.
No lo hizo.
Guardó el peine y dejó el cuaderno abierto en el nombre del empresario.
Al otro lado de la ciudad, Nadia seguía esperando que alguien decidiera cuánto valía mantenerla viva.
María apagó la lámpara.
En la oscuridad intentó convencerse de que el siguiente nombre sería distinto.
Y empezó a comprender cuánto necesitaba creerlo.