Capítulo 10 de 25

El primero de la lista

El nombre estaba escrito al pie de una fotografía.

Julián Espinosa.

María leyó el apellido dos veces.

Durante años había intentado recordarlo. En sus sueños, Julián conservaba la cara del muchacho que la esperaba cerca de la escuela, con una chamarra demasiado grande y una sonrisa que parecía reservada para ella.

El hombre de la fotografía tenía barba, el cabello más corto y una cicatriz junto a la boca.

Había envejecido.

María sintió una rabia absurda al descubrirlo.

Él había seguido cumpliendo años mientras ella permanecía en las habitaciones de Berta.

—¿Lo conoces? —preguntó Ramiro.

La fotografía descansaba sobre su escritorio, junto a otras dos.

María mantuvo la voz estable.

—Sí.

—Trabaja con Armenta. Hace tiempo se ocupaba de conseguir gente. Ahora también mueve dinero y mensajes.

María siguió mirando el rostro.

No necesitaba que el Ingeniero le explicara qué significaba conseguir gente.

—¿Qué quieres de él? —preguntó.

Ramiro se acomodó las gafas.

—Está causando problemas.

Ella levantó los ojos.

—Para mí los causó hace casi diez años.

El hombre no comentó nada.

Había esperado aquella reacción.

• • •

La organización del Valle ya le había encargado otros trabajos.

María no había disparado.

Había reconocido personas en fotografías, señalado vínculos y corregido información que los hombres de Ramiro daban por cierta. También había observado reuniones donde entendió que algunas órdenes se decidían antes de que el supuesto responsable llegara a la mesa.

Durante esas semanas escuchó hablar de territorios, cargamentos, cobros y deudas.

Escuchó también hablar de mujeres.

Las esposas tenían que ser trasladadas antes que nadie. Las figuras públicas requerían explicaciones cuidadosas. Las funcionarias servían mientras pudieran resolver asuntos. Las dueñas de negocios aparecían junto a cifras y documentos.

Las muchachas encerradas se mencionaban al final.

María descubrió que la clasificación de Octavio no era una rareza de su organización.

Ramiro utilizaba palabras distintas para llegar al mismo lugar.

No se lo señaló.

Temía que, si comenzaba a decir en voz alta todo lo que veía, no pudiera seguir sentada frente a él.

• • •

Antes del encargo, el Ingeniero llamó a un hombre desde la puerta.

—Dale lo que necesita.

Se llamaba Darío. Había sido quien se rio cuando María ofreció por primera vez sus servicios.

Ahora no sonreía.

La acompañó hasta otra habitación y le mostró una carpeta.

María revisó las páginas sin hacer preguntas sobre los procedimientos. Allí estaban los datos que la organización había reunido sobre Julián, sus movimientos recientes y las razones por las que Ramiro quería apartarlo.

En una fotografía aparecía junto a una mujer y una niña.

María detuvo la mano.

—¿Quiénes son?

Darío miró la imagen.

—La familia.

La niña llevaba dos trenzas y sostenía un helado que comenzaba a derretirse.

María calculó que tendría seis o siete años.

—¿Su hija?

—Eso dicen.

Darío continuó hablando.

Ella dejó de escucharlo.

• • •

Esa noche llamó a Kaplan.

No había hablado con él desde su llegada a México. Los mensajes se habían vuelto breves, separados por varios días. María respondía que seguía viva y evitaba todo lo demás.

Él contestó al segundo tono.

—María.

Su nombre, pronunciado así, le produjo una debilidad que no esperaba.

—¿Te desperté?

—No.

Ella se sentó en el suelo, junto a la cama.

Durante unos segundos escuchó su respiración.

—Encontré a alguien.

Kaplan permaneció callado.

—Al muchacho que me llevó.

Del otro lado hubo un pequeño ruido, como si él hubiera dejado algo sobre una mesa.

—¿Cómo lo encontraste?

María miró la carpeta abierta sobre el colchón.

—No puedo contarte todo.

—Entonces dime lo que puedas.

Ella cerró los ojos.

Quería hablar de la niña. Preguntarle cómo era posible que Julián tuviera una hija, que supiera preparar una mochila escolar o secar una lágrima sin recordar lo que había hecho.

En cambio, dijo:

—Cambió mucho.

Kaplan tardó en responder.

—¿Qué te están pidiendo?

María sintió que la pregunta le quitaba la última posibilidad de fingir.

—Ya sabes.

Él respiró hondo.

—Todavía puedes salir de ahí.

Ella apretó el teléfono.

—No te llamé para que me lo repitieras.

—No voy a ayudarte a convencerte de que esto va a curarte.

María se quedó inmóvil.

Las lágrimas comenzaron antes de que pudiera contenerlas.

—No espero curarme.

Kaplan no respondió enseguida.

Cuando habló, su voz sonó más cerca.

—Yo sí quiero que tengas la oportunidad.

María terminó la llamada sin despedirse.

• • •

Al día siguiente, Alma le envió una fotografía.

Inés había colocado una mesa nueva en la fonda. Sobre ella descansaba una jarra de agua y un plato con pan.

Dice que aquí sigue habiendo lugar para ti.

María amplió la imagen.

La planta de la entrada había crecido.

Miró la fotografía hasta que la pantalla se apagó.

Luego volvió a encenderla y escribió:

Dile que gracias.

No añadió nada sobre Julián.

Durante un momento pensó en tomar su dinero, abandonar la habitación y regresar a la fonda. Inés le serviría algo. No le pediría que justificara cada decisión antes de sentarse.

Podía hacerlo.

La posibilidad estaba allí, completa.

María guardó el teléfono dentro del bolso.

Volvió a ver a Julián una tarde.

No en la casa de Berta, ni en una recepción, ni en uno de los lugares que conservaba en la memoria.

Lo vio junto a una pequeña tienda, hablando con otro hombre.

Estaba demasiado lejos para escuchar sus palabras, pero reconoció un gesto: la forma en que bajaba la cabeza antes de sonreír, como si quisiera hacer sentir importante a quien tenía enfrente.

Así le había sonreído a ella.

María tenía trece años cuando él comenzó a esperarla a la salida de la escuela.

Le preguntaba por las clases. Le llevaba dulces. Una vez le dijo que su madre no comprendía que ya no era una niña.

María había sentido orgullo.

Ahora recordaba aquellas palabras con el estómago cerrado.

Él tenía diecinueve años.

Ella había confundido la diferencia con una garantía de que sabía más del mundo.

Julián terminó la conversación y se quedó solo.

María pudo haberse marchado.

En lugar de hacerlo, se acercó lo suficiente para que la viera.

• • •

Él tardó en reconocerla.

Su mirada pasó primero por la peluca roja y después por el rostro.

María observó el momento exacto en que encontró a la niña debajo de la mujer.

Julián dejó de sonreír.

—María.

Ella había imaginado esa palabra durante años.

Creía que escucharla en su voz le devolvería algo.

No ocurrió.

—Sí —respondió.

Julián miró hacia los lados.

—¿Cómo saliste?

María sintió que aquella pregunta cerraba una última puerta.

No había preguntado dónde había estado ni si estaba bien.

Quería saber cómo se había roto el encierro.

—Caminando.

Él intentó acercarse.

María dio un paso atrás.

—No me toques.

Julián levantó las manos.

—Podemos hablar.

Ella lo miró.

Durante un instante volvió a ver la chamarra grande, el paquete de dulces, la seguridad con que le prometió que no tendría que preocuparse por nada.

Después recordó a Berta revisándole la ropa mientras él esperaba junto a una puerta.

—¿Cuánto te dieron? —preguntó.

Julián apartó los ojos.

—Las cosas no fueron como tú crees.

María sintió que la rabia le subía por el pecho.

Había pasado casi diez años con él dentro de la cabeza.

Él todavía intentaba corregirle la memoria.

• • •

No hubo una confesión.

Julián habló de deudas, de hombres peligrosos, de decisiones que supuestamente se habían tomado sin él. Dijo que había preguntado por ella. Que no sabía cómo encontrarla.

Cada explicación llegaba después de un vistazo a la calle.

María apenas podía escucharlo.

—Tenía trece años —dijo.

Él se quedó callado.

—Mi mamá me estaba esperando.

Julián se pasó una mano por la boca.

—Yo también era joven.

María miró la cicatriz junto a sus labios.

La niña de la fotografía volvió a su memoria.

Quiso preguntarle si su hija conocía los dulces que a ella le llevaba.

No pudo.

Julián sacó el teléfono.

Ese movimiento terminó la conversación.

• • •

La muerte ocurrió minutos después.

María disparó.

Julián cayó y el mundo no se detuvo.

Un vehículo siguió circulando. Alguien gritó desde una puerta. Una bolsa que él llevaba quedó junto a su cuerpo, abierta sobre el suelo.

María la vio sin comprender qué había dentro.

Había imaginado que aquel instante tendría una claridad terrible.

Encontró ruido.

Manos que no parecían suyas.

El rostro de Julián inmóvil, distinto al de todas las versiones que había conservado.

Se apartó de allí acompañada por hombres del Valle.

No recordó después todo el trayecto.

Recordó que uno le dijo que había hecho un buen trabajo.

Y que esa frase le produjo ganas de vomitar.

Ramiro la recibió al anochecer.

Sobre el escritorio había un sobre.

—Cumpliste.

María no se sentó.

El Ingeniero empujó el dinero hacia ella.

—Ahora sabemos que podemos contar contigo.

Ella miró el sobre.

La primera noche de trabajo en El Paso había contado los billetes tres veces, conmovida porque nadie iba a arrebatárselos.

Esta vez no quiso tocarlos.

Ramiro lo advirtió.

—Era de Armenta —dijo—. No perdiste a nadie.

María levantó los ojos.

Julián ya no podía hacerle daño.

Eso era cierto.

También era cierto que había salido de aquella tarde con algo que no había llevado al llegar.

Tomó el sobre.

Ramiro sonrió.

Para él, acababan de cerrar una cuenta.

• • •

En su habitación, María abrió el cuaderno.

La mano le temblaba demasiado para escribir.

Tardó varios minutos en encontrar la página.

Julián Espinosa.

Había querido recuperar aquel apellido para completar la lista.

Ahora lo tenía.

Trazó una línea sobre el nombre.

Esperó.

No sintió alivio.

Lucía seguía desaparecida. Su madre seguía sin saber de ella. Los ocho años no se movieron de su lugar.

María cerró el cuaderno y corrió al baño.

Vomitando, recordó las dos trenzas de la niña.

Se cubrió la boca para no hacer ruido.

• • •

Kaplan llamó cerca de la medianoche.

María observó el teléfono hasta que dejó de sonar.

Después llegó un mensaje.

Estoy aquí.

Ella se sentó en el borde de la cama y escribió:

Lo hice.

La respuesta no llegó de inmediato.

Cuando el teléfono volvió a sonar, contestó.

No dijo nada.

Kaplan escuchó su respiración entrecortada.

—María.

Ella se dobló hacia adelante.

—No cambió nada.

Él cerró los ojos al otro lado de la línea.

—Lo siento.

María apretó el teléfono contra la oreja.

Lloró sin pedirle que la perdonara. Él permaneció allí, incapaz de llevarse lo que acababa de ocurrir.

Sobre la mesa estaban el dinero y el cuaderno abierto.

Por primera vez, uno de los nombres había quedado atrás.

Y María comprendió, mientras escuchaba respirar al hombre que amaba, que ahora también tendría que aprender a vivir con el suyo.