Capítulo 9 de 25
El enemigo de sus enemigos
María regresó a México sin la peluca roja.
La llevaba guardada en el fondo del bolso, junto a la ropa, pero no quiso ponérsela durante el viaje. Aquel nombre había nacido en El Paso. Todavía le pertenecía al vestidor del club, a las conversaciones con Vera y al hombre que se había quedado sentado bajo un árbol.
Al llegar a Ciudad Juárez, lo primero que sintió fue una familiaridad insoportable.
El aire seco.
La luz sobre las fachadas.
Una camioneta estacionada frente a una tienda.
Nada tenía que ver necesariamente con ella y, sin embargo, todo parecía advertirle algo.
Había imaginado que volvería transformada.
Descubrió que podía haber cambiado sin dejar de tener miedo.
• • •
No fue a la fonda.
Durante dos días se quedó en una habitación modesta y salió solo para comprar comida. Dormía con dificultad. Cada ruido en el corredor la hacía incorporarse.
Alma le escribió.
Avísame que llegaste.
María respondió.
Después apareció un mensaje de Kaplan.
No necesitas contestarme nada más. Solo dime que estás viva.
Sostuvo el teléfono durante varios minutos.
Escribió tres respuestas diferentes.
Borró las tres.
Finalmente envió una sola palabra:
Sí.
Kaplan no volvió a escribir aquella noche.
María dejó el aparato boca abajo y abrió el cuaderno.
En la primera página seguía estando su nombre.
Lo recorrió con el dedo, como si necesitara comprobar que había regresado con él.
• • •
Al tercer día salió para ver a Inés.
Se detuvo frente a la fonda y permaneció al otro lado de la calle hasta que la mujer levantó la cabeza.
Inés dejó de secar un plato.
María sintió una vergüenza casi infantil.
Había pasado un año y medio desde aquella mañana en que le ofreció agua. La cortina estaba reparada y una de las mesas tenía patas diferentes. En la entrada había una planta que antes no estaba.
Inés salió.
—¿Qué haces aquí?
María no supo responder.
La mujer cruzó la calle sin esperar que lo hiciera y la abrazó.
María se quedó rígida al principio. Después cerró los ojos.
—Estoy bien —dijo.
Inés la apartó lo suficiente para mirarla.
—No te pregunté eso.
La llevó al interior.
Durante unos minutos hablaron de Alma, de Leticia y del frío de El Paso. Inés sirvió caldo. María sostuvo la cuchara sin comer.
—No debiste volver —dijo finalmente la mujer.
María levantó los ojos.
—Lucía sigue aquí.
Inés conocía el nombre. Lo había oído aquella primera noche.
—¿Lo sabes?
Ella miró el plato.
—No.
La respuesta les quitó algo a las dos.
• • •
María no explicó todos sus planes.
Habló de encontrar a la muchacha y de averiguar qué había ocurrido con la casa. Inés escuchó con las manos juntas sobre la mesa.
—Vinieron dos veces —dijo.
María sintió que se le endurecía el pecho.
—Alma solo me contó una.
—Le pedí que no te dijeran lo demás.
—¿Por qué?
Inés tardó en responder.
—Porque estabas empezando a vivir.
María apartó la cuchara.
La segunda visita había sido más breve. Los hombres ya no llevaban una fotografía. Querían nombres. Uno había mencionado a Leticia.
Inés no les dio nada.
—No vuelvas aquí después de hoy —añadió.
María levantó la cabeza.
La mujer le tomó la mano.
—No es porque no quiera verte.
Ella entendió.
El miedo tenía sitio en aquella fonda. Inés seguía abriendo la puerta cada mañana, pero eso no significaba que no lo sintiera.
María terminó el caldo.
Antes de irse dejó dinero debajo del plato.
Inés lo encontró y salió para devolvérselo.
María ya se había marchado.
• • •
El contacto que buscaba apareció a través de un hombre al que conocía de los años de cautiverio.
Se llamaba Saúl.
Había trabajado durante un tiempo para la gente de Octavio, haciendo entregas y cobrando pagos. María recordaba su voz porque era uno de los pocos que utilizaba los nombres de las muchachas cuando hablaba con ellas.
Nunca la había ayudado a escapar.
Tampoco lo había puesto en la lista.
Encontrarlo no fue inmediato. Cuando consiguió verlo, descubrió que caminaba con dificultad y que había envejecido más de lo que correspondía al tiempo transcurrido.
Saúl la reconoció después de varios segundos.
—Tú estabas…
María asintió.
Él miró alrededor.
—No deberías decir que me conoces.
—Entonces ayúdame a no necesitar decirlo.
Saúl quiso marcharse.
Ella le mostró una página del cuaderno.
No la lista completa. Solo nombres y una dirección que él conocía.
Su expresión cambió.
—¿Qué quieres?
—Hablar con alguien del Valle.
Saúl la miró como si acabara de pedirle que la encerraran otra vez.
• • •
—No son diferentes —dijo.
María guardó el cuaderno.
—Ya lo sé.
Saúl negó con la cabeza.
—No. Sabes que se pelean con Octavio. Eso no significa que sepas lo que hacen.
Ella sostuvo su mirada.
—Estuve ocho años aprendiendo lo que hacen hombres como ellos.
Saúl bajó los ojos.
La frase lo dejó sin una defensa que no sonara obscena.
—¿Para qué quieres verlos?
—Tengo información.
—Hay gente que muere por saber menos.
—Y gente que sigue viva por haber hecho más.
Saúl se frotó la pierna.
Durante un rato, María creyó que volvería a negarse.
Finalmente él tomó un papel y escribió un número.
—No digas que te lo di yo.
María lo guardó.
No le agradeció.
Había algo en aquella conversación que ninguno quería confundir con un favor.
• • •
La hicieron esperar.
Primero fueron llamadas breves. Después una reunión con un hombre que no dio su nombre y que escuchó sin mostrar interés hasta que María mencionó a Octavio Armenta.
Más tarde conoció a Ramiro Castañeda.
La gente del Valle lo llamaba el Ingeniero.
No tenía la apariencia que ella había imaginado. Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con una camisa sencilla. Sobre el escritorio había unas gafas de lectura, un frasco de medicina y una fotografía de un niño con uniforme escolar.
María se detuvo al verla.
Ramiro lo advirtió.
—Mi nieto.
Ella volvió los ojos hacia él.
—Yo no pregunté.
El hombre sonrió.
La hizo sentarse.
• • •
María le ofreció información sobre varias propiedades y personas vinculadas a Octavio. Advirtió cuáles datos provenían de sus recuerdos y cuáles podían haber dejado de servir.
Ramiro escuchó hasta el final.
—¿Trabajabas para él?
Ella sostuvo el bolso sobre las piernas.
—Me tenía encerrada.
El hombre dejó de sonreír, pero no por indignación.
Parecía estar calculando.
—¿Cuánto tiempo?
—Ocho años.
Ramiro miró al hombre situado junto a la puerta.
María sintió una rabia súbita al comprender que su historia acababa de convertirse en un recurso.
No había sorpresa moral en aquel cuarto.
Había utilidad.
—¿Y ahora quieres dinero? —preguntó Ramiro.
—Quiero llegar hasta él.
El hombre apoyó los codos sobre el escritorio.
—Todos los que vienen aquí quieren llegar hasta alguien.
María dejó el bolso en el suelo.
—Puedo hacer más que recordar direcciones.
Ramiro la observó de otra manera.
Ella pronunció por primera vez, frente a alguien que podía utilizarla, lo que había ido a ofrecer.
• • •
La reacción inicial fue una risa.
No de Ramiro, sino del hombre junto a la puerta.
María no se volvió.
Había esperado esa posibilidad. Su edad, su cuerpo, su historia: todo podía servir para disminuirla.
Ramiro levantó una mano y la risa terminó.
—¿Quién te enseñó?
Ella sostuvo su mirada.
—Alguien que ya no tiene nada que ver conmigo.
Al decirlo, sintió una punzada en el pecho.
Ramiro hizo algunas preguntas. María respondió sin dar el nombre de Kaplan.
No explicó dónde vivía ni cuánto tiempo habían estado juntos.
Había cruzado la frontera con recuerdos que pensaba convertir en armas, pero todavía conservaba una parte de su vida que no quería entregar.
El Ingeniero se recostó en su silla.
—No voy a contratarte porque me cuentes una tragedia.
—No te estoy pidiendo compasión.
Él asintió lentamente.
—Eso está bien. Aquí no sirve de mucho.
• • •
Antes de salir, María vio a una muchacha al final del corredor.
Llevaba una bolsa de ropa y tenía los ojos hinchados.
Junto a ella había una mujer mayor revisando un teléfono. Cuando la joven quiso decir algo, la otra la hizo callar con un movimiento de la mano.
María se detuvo.
La muchacha levantó los ojos.
No pidió ayuda.
Fue peor.
Miró a María como se mira a alguien que ya ha decidido seguir caminando.
El hombre que la acompañaba se volvió.
—Por aquí.
María permaneció un segundo más.
Pensó en el corredor donde Leonor le había dicho que hablara con la encargada.
—¿Quién es? —preguntó.
—Eso no es asunto tuyo.
La muchacha bajó la mirada.
María salió.
Afuera, el sol le hizo doler los ojos.
Había sabido a qué iba.
Aun así, saberlo no la protegió de lo que acababa de hacer.
• • •
Ramiro la recibió otra vez una semana después.
Durante esos días habían verificado parte de su información y observado lo suficiente para dejar de tratar su ofrecimiento como una fantasía.
No la consideraban una figura excepcional. Era alguien con preparación, un motivo que podían explotar y conocimientos útiles sobre sus enemigos.
Para Ramiro, aquella combinación merecía una oportunidad.
—No trabajamos con nombres completos —dijo.
María pensó en todas las veces que le habían quitado el suyo.
Esta vez contestó antes de que él pudiera escoger uno.
—La Mexicana.
Ramiro lo repitió.
—¿Así te dicen?
—Así me llamo aquí.
Él abrió una carpeta.
La primera persona de la que habló no era Octavio.
Era un hombre cuyo nombre María no reconocía, aunque figuraba entre sus colaboradores.
Ella miró la hoja.
—No está en mi lista.
Ramiro se quedó inmóvil.
—Si estás aquí, también vas a trabajar con la nuestra.
María levantó los ojos.
Por primera vez, el acuerdo mostró su forma completa.
• • •
Aquella noche escribió a Kaplan.
Estoy bien.
No añadió dónde estaba.
Él respondió casi de inmediato.
¿Necesitas algo?
María miró la pantalla.
Necesitaba que volviera a llevar la llave.
Que la cafetería siguiera abierta.
Que el corredor donde había visto a la muchacha no existiera.
Apagó el teléfono sin contestar.
Después abrió el cuaderno y buscó la página de Lucía.
El peine descansaba junto a su mano.
En la calle, un vehículo tocó el claxon. Habían venido a recogerla para una nueva reunión.
María cerró el cuaderno.
Se puso la peluca roja frente al espejo y acomodó una hebra sobre la sien.
Durante un instante reconoció a la mujer que Kaplan había besado bajo la lluvia.
Luego tomó el bolso y salió.
En el corredor de la casa del Ingeniero, la muchacha seguía sentada.
Esta vez María no preguntó por ella.
Y supo, antes de que nadie se lo dijera, que ese silencio sería parte del precio.