Capítulo 8 de 25

La casa que no existía

Kaplan llegó a la cena con una llave.

La dejó junto a su vaso y tardó varios minutos en explicar por qué la había llevado.

María la observó mientras él acomodaba los platos. Era una llave común, con una pequeña etiqueta de cartón atada por un hilo.

No había dirección escrita.

—¿Te mudaste? —preguntó.

—Todavía no.

Kaplan se sentó frente a ella.

Aquella noche no estaban en la cafetería. Había cocinado en su casa y abierto una ventana para quitar el olor a cebolla. Sobre la mesa había dos servilletas diferentes y una vela que María le pidió apagar antes de sentarse.

Él lo hizo sin preguntar.

Ahora miraba la llave como si necesitara recordar el orden de algo que había ensayado.

—Encontré una casa —dijo.

María levantó los ojos.

—¿Dónde?

—Lejos de aquí. En un pueblo pequeño.

Ella volvió a mirar la etiqueta.

Durante un instante imaginó a Kaplan recorriendo habitaciones vacías. Abriendo armarios. Preguntando por el agua, por el techo, por la distancia hasta una tienda.

Pensar que había hecho todo eso le produjo una ternura dolorosa.

—¿La compraste?

—Está en renta. Dejé un depósito para que me dieran unos días.

María se quedó callada.

Kaplan no había prometido un palacio ni una vida en la que nunca volvieran a tener miedo. Había llevado una llave.

Aquello resultaba mucho más difícil de rechazar.

• • •

Comieron antes de seguir hablando.

María preguntó si la casa tenía patio.

—Sí.

—¿Grande?

—Suficiente para una mesa. Y quizá un perro.

Ella sonrió a pesar de sí misma.

—Siempre metes un perro en tus planes.

—Me gustan.

—A mí también.

Kaplan apoyó los cubiertos sobre el plato.

—Podríamos ir a verla.

La sonrisa de María desapareció lentamente.

—¿Para quedarnos?

—Si tú quisieras.

Ella miró la ventana abierta.

Del otro lado se escuchaba un automóvil estacionándose. Una voz llamó a alguien por su nombre. Después hubo silencio.

—¿Y tu trabajo?

—Lo dejaría.

María volvió el rostro hacia él.

Había oído esa intención antes. Esta vez la llave la volvía concreta.

—¿Qué cambió?

Kaplan respiró hondo.

—Ya no quiero seguir diciendo que algún día.

Ella bajó los ojos hacia sus manos.

Quería creerle.

Quería tanto que esa esperanza le dio miedo.

María no había abandonado el club.

Seguía trabajando algunos turnos y había conseguido que sus ahorros crecieran sin depender del dinero de Kaplan. Él había intentado ayudarla con la renta una vez. Ella se negó, y no volvieron a discutirlo.

También continuaba con Irene y Elena.

Habían transcurrido diecisiete meses desde la fuga. El aprendizaje con Kaplan se había prolongado cerca de once meses. Había avanzado sin la rapidez que imaginó al principio. Su resistencia era mayor, su concentración más estable y su relación con el miedo había cambiado.

El miedo seguía allí.

Ahora podía reconocerlo antes de obedecerlo.

Kaplan sabía, sin embargo, que cada nueva habilidad tenía un lugar dentro del cuaderno.

Por eso había empezado a hablar menos de regresar a México y más de aquella casa.

María lo entendía.

No se sentía engañada.

Se sentía dividida.

• • •

—Podrías seguir atendiendo tu salud —dijo él—. Buscar otro trabajo cuando estés lista. Yo también tendría que aprender a vivir de otra cosa.

María lo miró con atención.

—¿De qué?

Kaplan soltó una pequeña risa.

—No lo sé todavía.

Aquella incertidumbre le gustó.

Era la primera vez que lo veía hablar de un futuro sin fingir que conocía todos sus riesgos.

—Podría arreglar cosas —añadió—. Me sale mejor que cocinar.

María miró su plato vacío.

—No estuvo tan mal.

Él sonrió.

Ella imaginó verlo regresar con pintura en la ropa, preocupado por una tubería y no por una llamada que lo obligara a marcharse.

Imaginó su propio cansancio al final de un día común.

Un sueldo pequeño.

Una lista de compras.

El aburrimiento.

Nunca había deseado algo tan sencillo con tanta fuerza.

Luego pensó en Lucía.

La imagen apareció completa: las rodillas ensangrentadas, la mano empujándola hacia el pasillo, el peine junto a la banqueta.

María apartó la silla.

—Necesito aire.

• • •

Kaplan la encontró en el patio.

No se acercó de inmediato.

María estaba apoyada en una pared, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Yo también quiero esa casa —dijo sin mirarlo.

Él permaneció junto a la puerta.

—Lo sé.

—No. No sabes cuánto.

Se volvió hacia él.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Quiero levantarme y saber dónde voy a dormir esa noche. Quiero que alguien toque la puerta y no sentir que se me acaba la vida. Quiero poder querer algo sin pensar quién me lo va a quitar.

Kaplan dio un paso.

Ella no retrocedió.

—Podemos intentarlo.

María negó con la cabeza.

—Lucía no puede.

El nombre quedó entre ambos.

Kaplan miró hacia el suelo.

—Podemos seguir buscando ayuda para encontrarla.

—¿Desde una casa con un perro?

Él recibió la pregunta como un golpe.

María se cubrió el rostro.

—No quería decirlo así.

—Pero lo sientes así.

Ella asintió.

• • •

Esa misma noche, en México, Teresa preparaba una habitación para recibir a su esposo.

No sabía si llegaría.

Octavio había anunciado una visita y luego dejado de contestar. Los niños se durmieron esperando. Teresa guardó la comida dentro del refrigerador y recogió los dibujos que su hija había extendido sobre la cama.

Uno representaba una casa.

En la ventana había cuatro personas.

Teresa acarició el papel.

Su hija seguía dibujándolos juntos, aunque cada vez pasaban menos tiempo así.

Cerca de la medianoche escuchó abrirse la puerta.

Octavio entró acompañado de un hombre que permaneció en el corredor.

Teresa lo abrazó.

Durante unos segundos, el cuerpo de su marido respondió con una confianza antigua. Después él se apartó y preguntó por los niños.

—Dormidos.

Octavio dejó una bolsa sobre la cómoda.

Dentro había un reloj para ella.

Teresa no lo abrió.

—¿Cuánto tiempo te quedas?

—Hasta mañana.

Ella miró hacia la ventana.

Había un vehículo encendido afuera.

—¿Alguna vez vamos a vivir en una casa donde no haya alguien esperándote en la puerta?

Octavio soltó un suspiro.

—Siempre estás buscando lo que falta.

Teresa pensó en la niña del dibujo.

No respondió.

• • •

María pasó aquella noche junto a Kaplan.

No hablaron de la llave mientras se abrazaban. Tampoco intentaron resolver la discusión a través del deseo.

Hubo ternura.

Hubo un momento en que María lloró y él le preguntó si quería quedarse sola. Ella negó con la cabeza y se acomodó contra su pecho.

Kaplan le besó el cabello.

—Te amo —dijo.

María cerró los ojos.

Ya se lo habían dicho otras veces. Esa noche, María tardó más en responder.

—Yo también.

La respuesta no lo alivió como habría esperado.

Escuchó lo que ella no añadía.

Que amarlo todavía no significaba quedarse.

Por la mañana, María preparó café.

La llave continuaba sobre la mesa.

Kaplan apareció en la cocina y se detuvo al verla vestida.

El bolso estaba junto a la puerta.

—¿Hoy? —preguntó.

Ella sostuvo la taza con ambas manos.

—Todavía no me voy de la ciudad.

Él se sentó.

María colocó café frente a él y tardó en encontrar las palabras.

—Voy a regresar a México.

Kaplan miró el bolso.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Para buscarla?

María no contestó.

Él levantó los ojos.

—Dímelo completo.

Ella apoyó la taza sobre la mesa.

—Para buscar a Lucía. Y para llegar hasta ellos.

Kaplan se pasó una mano por el rostro.

—Con lo que sabes todavía no tienes una forma de hacer eso.

—La encontraré.

Él negó con la cabeza.

—María, aprender algo no significa estar preparada para todo lo que viene después.

Ella conocía esa verdad.

Lo había visto llegar herido. Había escuchado sus silencios al teléfono. Sabía que la experiencia no protegía a nadie por completo.

Aun así, ya estaba acomodando sus dudas alrededor de la decisión.

• • •

—Si me voy contigo —dijo—, voy a pasarme la vida preguntándome qué habría ocurrido si volvía.

Kaplan sostuvo la taza sin beber.

—Y si vuelves, puedes perder cualquier vida que todavía tengas.

María miró hacia la puerta.

—Ya perdí una.

—Esta también es tuya.

Aquella frase la hizo llorar otra vez.

Él no hablaba solo de la relación. Hablaba de Alma, de Inés, de las clases con Irene. Del pequeño espacio que María había conseguido abrir fuera de la casa de Ciudad Juárez.

Ella lo sabía.

Por eso le dolía escucharlo.

Kaplan tomó la llave.

La sostuvo unos segundos y después la acercó a ella.

—No tienes que decidir esta mañana.

María no la recogió.

• • •

Durante los días siguientes se despidió de algunas cosas sin decir que estaba despidiéndose.

Fue a su consulta.

Elena advirtió su distancia.

—¿Estás pensando en irte?

María miró hacia la ventana.

—Sí.

—¿De dónde?

Tardó en responder.

—De todo esto.

Elena le pidió que hablaran de un plan que no la dejara sola ni sin apoyo. María escuchó y aceptó anotar un número al que podría llamar.

No prometió utilizarlo.

Con Alma fue más difícil.

La mujer la encontró doblando ropa y supo, antes de preguntar, que el bolso no era para una mudanza dentro de El Paso.

—No tienes que contarme una mentira para irte —dijo.

María dejó una blusa sobre la cama.

—No sé cómo explicártelo.

Alma se sentó a su lado.

—Entonces empieza por eso.

María apoyó la cabeza en su hombro.

Por un rato volvió a sentirse joven.

No la niña de trece años.

Una muchacha que todavía podía pedirle a alguien que se quedara mientras lloraba.

• • •

La despedida con Kaplan ocurrió dos noches después.

María había rechazado acompañarlo a ver la casa. Él retiró el depósito y devolvió la llave.

No se lo dijo como un reproche.

Simplemente ya no la llevaba.

Caminaron hasta un parque pequeño y se sentaron junto a un árbol. A esa hora quedaban pocas personas.

—No quiero que vengas conmigo —dijo ella.

Kaplan miró al frente.

—Lo imaginé.

—

Él cerró los ojos un instante.

María buscó su mano.

—Si vienes, voy a empezar a cuidarte. Voy a pensar en ti antes de hacer cualquier cosa.

—Eso no sería lo peor que podría pasarte.

Ella intentó sonreír.

No pudo.

Kaplan volvió el rostro.

—No voy a perseguirte para obligarte a vivir conmigo.

María apretó sus dedos.

—Necesito que me olvides.

Él negó despacio.

—Eso no te lo puedo prometer.

Ella se inclinó y lo besó.

Después permanecieron abrazados hasta que el frío les atravesó la ropa.

• • •

Cuando María se levantó, Kaplan no la sujetó.

Esa libertad le dolió más que cualquier intento de detenerla.

Caminó unos pasos y se volvió.

Él seguía sentado bajo el árbol.

Durante un segundo, María estuvo a punto de regresar.

Pensó en el patio de una casa que nunca había visto. En una mesa para dos. En el perro que Kaplan ya había imaginado.

Se llevó una mano al bolsillo.

Encontró el peine de Lucía.

Continuó caminando.

Kaplan la observó hasta que desapareció detrás de los vehículos estacionados. Luego bajó la cabeza y permaneció allí mucho tiempo, con las manos vacías.

María lloró en silencio durante el regreso.

Se dijo que ya no podía detenerse.

Y esa fue la primera mentira que necesitó para abandonar la vida que habían empezado a construir.