Capítulo 7 de 25
La parte de sí misma
El aprendizaje comenzó con una discusión.
María había imaginado que Kaplan la llevaría a un lugar apartado y que, desde el primer día, conocería una versión de sí misma capaz de no tener miedo.
En cambio, él apareció con una pregunta.
—¿Dormiste?
Estaban en una cafetería, frente a dos tazas que ninguno había tocado.
—Eso no importa.
—Importa.
María cruzó los brazos.
Kaplan esperó hasta que ella apartó la mirada.
—Tres horas —respondió.
—¿Y has estado consumiendo?
La pregunta le encendió el rostro.
—No tienes derecho a interrogarme.
—No voy a participar en esto si estás intentando hacerte daño de otra manera.
Ella lo miró con rabia.
Había tardado semanas en convencerlo y ahora él volvía a levantar una puerta frente a ella.
—Puedo cuidarme.
Kaplan bajó los ojos hacia sus manos. Le temblaban ligeramente.
María las escondió debajo de la mesa.
Él no insistió en señalarlo.
—Podemos empezar cuando estés en condiciones de hacerlo.
Ella tomó su bolso y se levantó.
No regresó hasta tres días después.
• • •
Durante los primeros meses, el progreso fue irregular.
María se cansaba más de lo que esperaba. Algunas jornadas terminaban antes de empezar porque había dormido mal o porque el sonido de un golpe cercano la devolvía, sin aviso, al patio de Ciudad Juárez.
Kaplan suspendía entonces la sesión.
Ella lo acusaba de tratarla como a una niña.
Él le recordaba que detenerse también era una decisión.
Aquello le resultaba insoportable. Su deseo de aprender estaba hecho, en gran parte, de la necesidad de no volver a detenerse por nadie.
Pero hubo días diferentes.
Días en que lograba permanecer en el presente. En que el cuerpo respondía sin abandonarla. En que podía reconocer el cansancio antes de confundirlo con debilidad.
El aprendizaje de las armas quedó fuera de sus conversaciones con Alma. María apenas lo mencionó en consulta. No podía hablar de ello sin sentir que alguien intentaría quitárselo.
Todavía no sabía distinguir entre algo que deseaba y algo a lo que empezaba a aferrarse.
• • •
Cumplió veintidós años en la cocina de Alma.
Había salido del alojamiento temporal semanas antes, después de ahorrar lo suficiente para alquilar una habitación. Alma insistió en que cenaran juntas y preparó un pastel pequeño.
María no le había dicho la fecha.
—Me la contaste una vez —explicó la mujer cuando vio su sorpresa.
Había dos velas sobre el pastel.
Alma las encendió y apagó la luz de la cocina.
María permaneció inmóvil.
El humo de una vela apagada, una mesa de plástico, un hombre que había dicho que aquella noche tenía que sonreír.
Cerró los ojos.
—¿Quieres que las quite? —preguntó Alma.
María respiró.
Abrió los ojos otra vez.
Allí estaban la taza azul, el refrigerador que hacía demasiado ruido y la mujer que la había recibido sin preguntar qué podía ofrecer a cambio.
—No.
Alma esperó.
María apagó las velas.
No pidió que muriera nadie.
Pidió saber algo de Lucía.
• • •
Kaplan llegó más tarde, cuando Alma ya había cortado el pastel.
Se quedó junto a la puerta hasta que lo invitaron a pasar. María observó con una inquietud extraña cómo sus dos mundos ocupaban la misma cocina.
Alma le sirvió café.
—Ella habla de usted —dijo.
María levantó la cabeza.
—Alma.
La mujer sonrió apenas.
—No he dicho nada malo.
Kaplan sostuvo la taza con ambas manos.
—Yo también la escucho mucho.
Alma lo estudió durante unos segundos. No le preguntó de qué trabajaba.
Cuando María salió al patio para recoger una prenda, los dejó solos.
—Quiero verla bien —dijo Alma.
Kaplan miró hacia la puerta.
—Yo también.
—Entonces no la haga sentir que tiene que ganarse el derecho a quedarse.
Él permaneció callado.
La frase lo acompañó durante el resto de la noche.
• • •
En México, Nadia encontró una irregularidad que ya no pudo explicar como un descuido.
Estaba revisando documentos de la estética cuando apareció el nombre de una empresa que no reconocía. Figuraba junto a servicios que nunca se habían realizado.
Llamó a su esposo.
Él tardó en llegar. Cuando vio las hojas sobre la mesa, no preguntó dónde las había encontrado.
—Déjalas como están.
—Esto tiene mi firma.
—Son cosas del contador.
Nadia se levantó.
—No conozco a ese contador.
Su esposo miró hacia la calle.
—Habla más bajo.
Ella sintió que aquella frase resumía los últimos años de su matrimonio.
Hablar más bajo.
No preguntar en ciertos lugares.
No publicar algunas fotografías.
Agradecer dinero cuyo origen nunca debía precisar.
—¿Qué están haciendo con mi negocio?
Él recogió las hojas.
Nadia intentó quitárselas, pero él las sostuvo contra el pecho.
—No es solo tu negocio.
Ella retrocedió.
Durante mucho tiempo había sabido algo sin permitirse saberlo entero.
Esa tarde ya no encontró dónde esconderlo.
• • •
Leonor consiguió recursos para el refugio.
La directora le envió una carta de agradecimiento y un desglose de lo que podrían pagar. Leonor lo leyó dos veces.
Luego recibió un mensaje de Octavio.
Necesito que vengas.
No había amenaza escrita.
Tampoco hacía falta.
Lo encontró en una vivienda donde las cortinas permanecían cerradas. Sobre la mesa había varias carpetas y una caja de fotografías familiares.
—Te estás dejando ver demasiado con esas mujeres —dijo él.
Leonor dejó el bolso junto a su silla.
—Es parte de mi trabajo.
Octavio sonrió.
—Tu trabajo es recordar a quién le debes el puesto.
Ella miró la caja.
En la fotografía superior aparecía Teresa con sus hijos.
—¿Qué necesitas? —preguntó.
Él abrió una carpeta.
Leonor escuchó la petición y sintió que la ayuda enviada al refugio se hacía pequeña, casi vergonzosa, frente a lo que estaban pidiéndole a cambio.
—No puedo garantizar eso.
Octavio dejó de sonreír.
—Nunca te he pedido garantías. Te estoy pidiendo que lo resuelvas.
Leonor salió con la carpeta dentro del bolso.
La carta de agradecimiento seguía en su teléfono.
No volvió a abrirla.
• • •
Con Kaplan, María comenzó a descubrir una intimidad que no se parecía a lo que conocía.
La primera noche que durmió en su casa, permaneció despierta durante horas.
Él había preparado otra habitación y dejado la puerta abierta.
María observó las sábanas limpias, una lámpara pequeña y una botella de agua sobre la mesa. Preguntó dos veces dónde estaba la salida.
Kaplan se la mostró sin hacer comentarios.
Más tarde, ella apareció en el corredor.
—¿Estás despierto?
Él dejó el libro que tenía entre las manos.
—Sí.
María se sentó a su lado.
Conversaron de cosas pequeñas. Un perro que él había tenido años atrás. El pan que hacía Inés. Una canción que María no escuchaba desde su infancia.
Cuando lo besó, Kaplan esperó a que ella volviera a acercarse.
Hubo pausas, preguntas y momentos en que María necesitó apartarse. Él no convirtió ninguna de esas interrupciones en un reproche.
Mucho después, acostada junto a él, se sorprendió al pensar que podía levantarse.
Podía vestirse.
Podía regresar a su habitación.
La posibilidad de irse fue lo que le permitió quedarse.
• • •
Elena advirtió algunos cambios.
María sostenía mejor las conversaciones difíciles. Podía identificar ciertos momentos de angustia antes de sentirse completamente arrastrada por ellos. Seguía teniendo noches malas, pero había comenzado a buscar ayuda en lugar de ocultarlas todas.
También hablaba de Kaplan.
—¿Te sientes segura con él? —preguntó Elena.
María miró hacia la ventana.
—A veces.
—¿Y las otras veces?
Pensó en sus ausencias. En llamadas que lo hacían salir de una habitación. En el aprendizaje que ambos mantenían apartado del resto de sus vidas.
—Tengo miedo de parecerme a él.
La frase la sorprendió al salir.
Elena no respondió de inmediato.
—¿En qué?
María volvió los ojos hacia sus manos.
—En que un día lo que hago ya no me duela.
• • •
Cerca del primer aniversario de su llegada a El Paso, Kaplan recibió una llamada mientras María estaba en su casa.
Él salió al patio.
Ella no trató de escuchar. Continuó lavando dos platos hasta que oyó una frase a través de la ventana abierta.
—No acepto menores involucrados.
El agua siguió corriendo.
María cerró la llave.
Kaplan tardó varios minutos en regresar.
La encontró frente al fregadero.
—¿Qué pasó?
Ella se volvió.
—¿Eso es suficiente para ti?
Él comprendió enseguida.
María se secó las manos con lentitud.
—¿Si no hay menores, puedes aceptar?
Kaplan dejó el teléfono sobre la mesa.
—No es tan simple.
—Para alguien siempre lo es.
Él permaneció en silencio.
María recogió su bolso.
Al llegar a la puerta se detuvo.
No quería irse.
Tampoco podía abrazarlo y fingir que la conversación no había ocurrido.
—Me estás enseñando —dijo—. Pero sigues esperando que yo crea que hay una forma de hacer esto sin convertirme en lo mismo.
Kaplan bajó la mirada.
Aquella noche no encontró una respuesta honesta que pudiera conservarla junto a él.
• • •
María volvió dos días después.
No hubo reconciliación inmediata.
Hablaron durante horas. Kaplan reconoció que seguía trabajando, que deseaba salir, que había utilizado demasiadas veces ese deseo como una manera de aplazar la decisión.
Ella admitió que ya no aprendía solamente para defenderse.
Quería regresar a México.
Quería llegar hasta los nombres del cuaderno.
Kaplan cerró los ojos.
—Eso es lo que intentaba evitar.
—Lo sabías desde el principio.
Él asintió.
Su silencio era una confesión.
María sintió tristeza al comprender que el hombre que más cuidado había puesto en no obligarla también había comenzado a ayudarla a destruirse.
Y ella había insistido hasta conseguirlo.
• • •
Esa semana compró otra peluca roja.
La primera estaba gastada y había perdido parte del brillo.
Se probó la nueva frente al espejo de su habitación. Después se la quitó y observó su cabello oscuro, su rostro sin maquillaje.
La mujer del reflejo tenía veintidós años.
Ya no estaba encerrada en Ciudad Juárez. Trabajaba, pagaba una habitación y conservaba personas que esperaban sus llamadas.
También guardaba una lista de muertos futuros.
María abrió el cuaderno.
En una página limpia escribió cuánto dinero había conseguido ahorrar. Luego anotó una pregunta.
¿Y después?
Se quedó mirándola.
Hasta entonces, todos sus planes terminaban en el último nombre de la lista.
No había imaginado una casa después, ni una mañana con alguien sentado frente a ella compartiendo café.
Su teléfono vibró.
Era Kaplan.
Podemos cenar mañana, si quieres.
María sostuvo el aparato entre las manos.
Respondió que sí.
Después regresó al cuaderno.
Debajo de la pregunta, intentó escribir algo.
No pudo.
Dejó la página abierta sobre la mesa y se acostó sin apagar la lámpara.