Capítulo 6 de 25
La mujer del vestido blanco
María reconoció a Leonor Valcárcel en una pantalla del club.
No buscaba noticias. Esperaba que Vera terminara de revisar las cuentas cuando el rostro apareció entre un anuncio de automóviles y el pronóstico del tiempo.
La diputada estaba rodeada de mujeres.
Detrás de ellas, una manta anunciaba la entrega de apoyos a un refugio. Leonor sostenía una caja y escuchaba a una señora que hablaba frente a varios micrófonos.
María dejó de acomodarse la manga.
En la casa de Ciudad Juárez había visto a aquella mujer hablar de libertad. Ahora volvía a encontrarla en una ceremonia semejante, repartiendo algo que otras personas necesitaban.
—¿Puedes subirle? —pidió.
Vera buscó el control.
La voz de Leonor llenó la oficina.
—No basta con escucharlas. Tenemos que devolverles la posibilidad de decidir sobre sus vidas.
María sintió una náusea repentina.
La diputada continuó hablando.
Vera apagó la pantalla cuando advirtió su expresión.
—¿Es alguien que conoces?
María negó con la cabeza por costumbre.
Después corrigió:
—Es alguien que me vio.
• • •
La recepción había ocurrido tres años antes de su fuga.
María recordaba una casa amplia, un patio iluminado y el olor dulce de unas flores que no sabía nombrar. Habían llevado a varias muchachas desde otro inmueble. Antes de salir, Berta les indicó que no hablaran a menos que les preguntaran algo.
En aquella ocasión las pusieron a servir bebidas durante la primera parte de la noche.
María llevaba una bandeja demasiado pesada.
Un hombre le pidió que se acercara. Otro le quitó una copa sin mirarla. En una esquina, un invitado contaba un chiste que hizo reír a todos menos a la mujer que estaba junto a él.
Entonces vio a Leonor.
Vestía una blusa clara y tenía pendientes verdes. Un hombre la presentó como alguien que pronto ocuparía un cargo más importante.
María no sabía cuál.
Solo entendió que los demás la escuchaban.
La siguió hasta un corredor próximo al baño. Había esperado meses una oportunidad que no supiera explicar: una persona distinta, una puerta abierta, alguien que no perteneciera enteramente a la casa.
—Señora —dijo.
Leonor se volvió.
María sintió que las palabras se le amontonaban.
—No puedo irme.
La mujer miró hacia el salón.
—¿Cómo?
—Nos tienen aquí. Necesito llamar a mi mamá.
Leonor observó su rostro.
No fue una mirada distraída. María la recordaba precisamente por eso.
La había escuchado.
Desde el otro extremo del corredor apareció un hombre.
—Licenciada, la están esperando.
Leonor bajó los ojos hacia la bandeja.
—Habla con la encargada —dijo.
Después regresó al salón.
María permaneció junto a la pared hasta que Berta fue por ella.
Durante años se había preguntado si debió decir otra cosa. Gritar. Soltar las copas. Aferrarse a la manga de aquella mujer.
Ahora sabía que había pedido ayuda con claridad.
Lo que no conseguía soportar era que la respuesta siguiera viviendo dentro de ella.
• • •
Kaplan la encontró sentada en un banco frente al club.
No tenía puesta la peluca.
Había terminado su turno antes de lo previsto y Vera le había permitido salir por la puerta principal.
—¿Qué pasó? —preguntó él.
María le mostró una captura de la entrevista.
Kaplan miró el teléfono.
—Leonor Valcárcel.
Ella levantó la cabeza.
—¿La conoces?
—Sé quién es.
María sostuvo la pantalla entre ambos.
—Yo también.
Le contó lo del corredor.
Kaplan escuchó sin interrumpir. Al terminar, María esperaba encontrar en su rostro una indignación parecida a la suya.
Vio algo más difícil de soportar: reconocimiento.
—¿Sabías de sus vínculos? —preguntó.
Él tardó un segundo.
—He oído cosas.
—¿Qué cosas?
Kaplan le devolvió el teléfono.
—Sobre gente que financia su carrera.
María se levantó del banco.
—Todos han oído cosas.
Él no discutió.
—Todos saben un pedazo, pero nadie sabe lo suficiente para hacer algo.
Kaplan bajó la mirada.
María deseó que dijera que estaba equivocada.
• • •
Esa noche él le contó por primera vez cómo había comenzado a trabajar por su cuenta.
Estaban en la cafetería. María no había tocado la comida.
Kaplan habló de una juventud sin dirección, de empleos breves y de personas que identificaron en él una disposición a obedecer cuando el pago era suficiente. Más adelante había recibido formación y se había vuelto útil para hombres que preferían no aparecer junto a quienes ejecutaban sus órdenes.
No describió sus trabajos.
María tampoco se lo pidió.
—¿Siempre sabías para quién lo hacías?
—No.
—¿Preguntabas?
Kaplan sostuvo su mirada.
—Menos de lo que debía.
Ella observó las manos de él sobre la mesa.
Las mismas que le habían sostenido la mano bajo la lluvia.
—¿Y ahora preguntas?
—Sí.
—Pero sigues aceptando.
Él respiró despacio.
—Sí.
María apartó el plato.
Comprendió que había querido encontrar una diferencia sencilla entre Kaplan y los hombres de su cuaderno.
• • •
Durante las semanas siguientes siguieron viéndose.
A veces caminaban después de comer. Otras, María lo llamaba cuando despertaba de una pesadilla y él permanecía al teléfono mientras ella conseguía reconocer la habitación.
Kaplan comenzó a hablar de un futuro fuera de su trabajo.
Lo hacía con cautela.
Mencionaba una casa pequeña, un lugar donde no tuviera que observar cada automóvil que se detenía frente a la puerta. María escuchaba y encontraba detalles que la conmovían: una mesa para dos, una ventana que pudiera dejar abierta, el sonido de alguien lavando platos en otra habitación.
Luego recordaba a Lucía.
La vida que Kaplan imaginaba empezaba a parecerle una habitación tibia desde la cual cerrarían los ojos al resto.
No quería decirlo.
Todavía necesitaba entrar en ella de vez en cuando.
• • •
Leonor visitó el refugio un martes.
Había solicitado leer las historias antes de acudir, pero recibió resúmenes breves que su asesora consideraba apropiados para preparar el discurso. En ellos abundaban palabras generales: vulnerabilidad, recuperación, acompañamiento.
Durante la ceremonia, una mujer se negó a salir en las fotografías.
Leonor aprobó la decisión con una sonrisa.
Más tarde, cuando se retiraron los camarógrafos, la mujer se acercó.
—Necesitamos recursos para seguir atendiendo —dijo—. No cajas para la foto.
Leonor sintió el impulso de responder como funcionaria: explicar presupuestos, procesos, gestiones pendientes.
Se contuvo.
—¿Qué hace falta?
La directora le entregó una lista.
Era concreta. Medicamentos. Sueldos atrasados. Transporte. Reparaciones.
Leonor guardó la hoja en su bolso.
Al regresar al automóvil encontró tres llamadas de Octavio.
No contestó la primera vez.
A la cuarta, respondió.
—Te estás tomando demasiada libertad —dijo él.
Leonor miró el edificio del refugio a través del vidrio.
—Estaba trabajando.
—Recuerda quién hizo posible ese trabajo.
La llamada terminó antes de que ella pudiera contestar.
Leonor permaneció con el teléfono junto al oído.
Había ayudado a construir la jaula.
Solo comenzaba a advertir que también estaba dentro.
• • •
María acudió a otra consulta con Elena.
Esta vez habló de la culpa por Lucía.
—Cuando estoy bien, siento que la estoy dejando otra vez.
Elena le preguntó cómo se imaginaba ayudarla.
María miró sus propias manos.
—Encontrándola.
—¿Y qué necesitarías para eso?
Pensó en nombres, dinero, contactos.
Pensó en Kaplan.
—Poder.
La palabra quedó en el cuarto.
Elena no la corrigió.
—¿Qué significa para ti tener poder?
María se acomodó en la silla.
—Que alguien tenga que escucharme.
Por primera vez desde que comenzó las consultas, lloró delante de ella sin intentar disculparse.
• • •
Kaplan recibió una llamada cuando estaban terminando de cenar.
Se levantó para atenderla afuera.
María lo vio a través de la ventana. El gesto de su rostro cambió. Permaneció inmóvil, escuchando, y después respondió con frases cortas.
Cuando regresó, ella ya sabía que tendría que irse.
—¿Cuántos días?
—No estoy seguro.
María asintió.
Él no se sentó.
—Estoy intentando cerrar asuntos.
—Siempre hay asuntos.
Kaplan recibió la frase sin defenderse.
María sacó el cuaderno del bolso.
Lo colocó sobre la mesa.
Él miró la cubierta.
—¿Qué es?
Ella lo abrió en la página de los nombres.
Kaplan leyó en silencio.
Octavio Armenta.
Leonor Valcárcel.
Julián.
Otros nombres acompañados de signos de interrogación. Descripciones de rostros. Una clínica. Una dirección incompleta.
Después llegó a Lucía.
Sigue viva.
Kaplan levantó los ojos.
María estaba llorando, aunque su voz no tembló.
—No quiero quedarme esperando a que ellos decidan lo que pasa.
Él cerró el cuaderno con cuidado.
—Eso no te obliga a convertirte en alguien como yo.
—Quiero poder volver.
Kaplan se sentó.
Durante mucho tiempo ninguno habló.
• • •
La decisión no se resolvió esa noche.
Tuvieron otras conversaciones, algunas demasiado duras. Kaplan le advirtió que aprender a matar no resolvería su cautiverio ni garantizaría encontrar a Lucía. María le respondió que tampoco lo harían sus negativas.
En una ocasión él se marchó antes de que terminaran de hablar.
En otra, fue ella.
La relación continuó entre acercamientos y discusiones. María descubrió que podía quererlo y desconfiar de una parte de él. Kaplan empezó a comprender que su deseo de protegerla contenía también el temor de verse reflejado en ella.
La última discusión ocurrió después de que María faltara a una cena. Cuando volvió, contó que había preguntado por otro instructor. Kaplan conocía a quienes podían aceptar una petición semejante sin preocuparse por lo que le ocurriera después.
—Si te digo que sí, voy a convencerme de que puedo controlar lo que hagas —dijo.
—No puedes.
Él lo sabía. Aun así, el miedo a perderla pesó más que su negativa. Aceptó enseñarle y llamó prudencia a una decisión que también nacía de su necesidad de seguir siendo importante para ella.
María no sintió triunfo.
Lo vio inclinar la cabeza, agotado, y comprendió que había conseguido algo que él consideraba una equivocación.
—No te estoy prometiendo que vaya a ayudarte a cumplir esa lista —dijo.
Ella sostuvo el cuaderno contra el pecho.
—Lo sé.
Kaplan la miró.
No estaba seguro de que lo supiera.
• • •
Al regresar a su habitación, María recibió un mensaje de Alma.
Inés había preguntado por ella.
Quería saber si estaba comiendo bien.
María se sentó al borde de la cama.
Había personas que la recordaban por su hambre. Por su miedo. Por una taza de caldo compartida.
Todavía podía buscar una vida alrededor de esas cosas.
Abrió el cuaderno.
En la página de Leonor anotó la fecha de la entrevista y el nombre del refugio.
Luego pasó hasta la línea de Lucía.
Añadió una frase debajo:
Voy a volver por ti.
La leyó varias veces.
Le pareció una promesa.
También una forma de darse permiso.
Esa noche guardó el cuaderno junto al peine y apagó la luz, convencida de que finalmente había empezado a avanzar.
No alcanzó a ver cuánto se parecía aquel primer paso a una nueva entrada al cautiverio.