Capítulo 5 de 25

Las cuentas pendientes

El jueves llegó con una llamada desde México.

María estaba en la cocina de Alma, esperando que hirviera el agua, cuando escuchó el nombre de Inés.

Se volvió de inmediato.

Alma sostenía el teléfono junto a la ventana. Su hermana Leticia hablaba tan fuerte que algunas palabras atravesaban el auricular.

Local.

Dos hombres.

Preguntando.

Alma se apartó un poco.

María apagó la estufa.

Cuando terminó la llamada, ninguna de las dos fingió que podía continuar la mañana como si nada.

—¿Qué pasó? —preguntó María.

—Fueron a la fonda.

Sintió que el piso se movía.

—¿Por mí?

Alma dejó el teléfono sobre la mesa.

—Llevaban una fotografía.

María apoyó las manos en el respaldo de una silla.

Recordó una pared gris, una orden de levantar la cara, el destello de un teléfono. En aquella casa les habían tomado fotografías muchas veces. Nunca les explicaban para qué.

—¿Le hicieron algo?

—La asustaron. Registraron el lugar. Inés dijo que te había dado comida y que después te fuiste.

—¿Le creyeron?

Alma no respondió enseguida.

María entendió.

—Tengo que irme.

La mujer se acercó, pero dejó espacio entre ambas.

—Primero vamos a pensar.

María ya estaba caminando hacia su habitación.

• • •

Abrió el bolso sobre la cama.

Metió dos mudas de ropa, el sobre con sus ahorros y el cuaderno. Sacó la peluca del cajón, la miró sin saber si debía llevarla y terminó guardándola también.

Alma apareció en la puerta.

—No sabes a dónde vas.

—Eso es mejor.

—¿Para quién?

María cerró el bolso con dificultad.

—No pueden encontrarme aquí.

Su voz se quebró.

Por primera vez, el miedo tenía la cara de Alma.

La imaginó abriendo la puerta a desconocidos. Contestando preguntas. Intentando explicar que solo había querido ayudar.

María se sentó en la cama.

—Usted no sabe lo que hacen.

Alma permaneció junto al marco.

—Tienes razón. No lo sé como tú.

Aquella respuesta la desarmó.

—Pero tampoco puedes seguir resolviendo todo sola —añadió.

María miró el bolso.

Había empacado en menos de cinco minutos. Le sorprendió descubrir lo fácil que seguía siendo desaparecer de un cuarto.

• • •

Canceló la consulta con Elena.

No dijo lo de Inés. Alegó un problema en el trabajo y prometió llamar para reagendar.

Después avisó a Vera que no podría presentarse esa noche.

El último mensaje fue para Kaplan.

Habían intercambiado números después de la cafetería. María había guardado el suyo sin apellido, como si escribir más letras pudiera comprometerla con algo.

Necesito hablar contigo.

Él respondió al cabo de unos minutos.

Dime dónde.

María miró alrededor de la habitación.

No quería llevarlo a casa de Alma. Tampoco quería exponerse delante de clientes del club.

Eligió la cafetería.

Antes de salir, dejó parte del dinero sobre la mesa de la cocina.

Alma lo vio.

—Guárdalo.

—Es lo que le debía.

—No estamos haciendo cuentas hoy.

María retiró los billetes con una vergüenza que no sabía cómo explicar.

Le resultaba más sencillo pagar que quedarse.

• • •

Kaplan llegó antes que ella.

María le contó lo ocurrido sin sentarse. Él escuchó hasta el final y después señaló la silla.

—Estás temblando.

Ella se sentó solo porque las piernas empezaban a fallarle.

—Tengo que salir de la casa.

—¿Ellos saben que cruzaste?

—No sé.

—¿Saben algo de Alma?

—No sé.

María golpeó la mesa con la palma.

—Eso es lo que están averiguando.

Kaplan miró su mano enrojecida.

—No voy a decirte que no hay peligro.

Ella levantó la cabeza.

—Pero una visita a la fonda no significa que ya estén aquí.

María apretó los labios.

Él esperó antes de continuar.

—Puedes buscar alojamiento con apoyo de gente que atienda estos casos. No tienes que volver a dar tu historia completa hoy.

—Ya intentaron ayudarme.

—Y puedes intentarlo otra vez.

Ella volvió el rostro hacia la ventana.

Kaplan no había ofrecido una habitación en su casa ni prometido encargarse de todo. Una parte de María agradeció esa distancia. Otra se sintió abandonada.

—Pensé que ibas a decirme que me fuera contigo.

Él sostuvo su mirada.

—Mi vida tampoco es segura.

María bajó los ojos.

Al menos no le estaba mintiendo.

• • •

En Ciudad Juárez, Inés volvió a abrir la fonda a la mañana siguiente.

La cerradura estaba dañada. Una mesa tenía una pata rota. Habían vaciado dos cajones y pisado el azúcar derramada sobre el suelo.

Leticia llegó temprano y la encontró limpiando.

—No deberías abrir hoy.

—La renta no sabe lo que pasó.

Leticia recogió una silla.

Durante un rato trabajaron sin hablar.

Los hombres habían preguntado quién acompañó a la muchacha. Si hizo llamadas. Si mencionó familiares. Uno de ellos había levantado el vaso donde María bebió agua, como si pudiera encontrar una respuesta dentro.

Inés había dicho lo poco que necesitaban escuchar.

Una joven con hambre.

Un plato de comida.

Después, nada.

—¿Van a volver? —preguntó Leticia.

Inés sujetó con más fuerza el trapo.

—Puede ser.

La mujer observó la puerta.

—Si te hubiera dicho lo que yo sabía…

—La habría dejado entrar igual.

Leticia dejó la silla junto a la pared.

Inés se sentó por primera vez desde que había llegado.

Entonces comenzó a llorar.

Lloraba porque tenía miedo y necesitaba hacerlo antes de que entraran los primeros clientes.

• • •

María aceptó hablar con una trabajadora de apoyo.

Alma la acompañó. Kaplan se mantuvo al margen.

Hubo preguntas que respondió y otras que dejó abiertas. Explicó la visita a la fonda, el cautiverio y su temor de poner a Alma en peligro. Le ofrecieron opciones de alojamiento temporal y atención.

María no sintió alivio inmediato.

Firmó una hoja con la mano temblorosa y pasó varios minutos mirando su nombre.

Todavía esperaba que cada institución escondiera una puerta por la que pudieran devolverla.

Esa noche durmió en un lugar distinto.

Antes de acostarse llamó a Alma.

—¿Cerró bien?

—Sí.

—¿Y la ventana de la cocina?

—También.

María cerró los ojos.

—Perdón.

—Puedes llamarme mañana.

La frase le permitió quedarse dormida unas horas.

• • •

Al otro lado de la frontera, Octavio recibió una lista de negocios vinculados a Nadia Cárdenas.

Su esposo estaba frente al escritorio.

—La estética sigue abierta —dijo—. Ella dice que cerrar llamaría la atención.

Octavio hojeó las páginas.

—No le pago para que me explique cómo hacer las cosas.

El hombre se quedó inmóvil.

Octavio levantó los ojos.

—Tú puedes hablar con ella.

Cuando el esposo de Nadia salió, encontró un mensaje suyo.

No voy a dejar el local. Necesito verte.

Se quedó mirando la pantalla.

La quería. A veces incluso conseguía recordar cómo era quererla sin sentirse avergonzado.

También sabía que no podía ofrecerle una vida donde las decisiones de Octavio dejaran de pesar.

Respondió:

Espérame en casa.

Después borró el mensaje.

• • •

El sábado, María regresó al club.

Necesitaba trabajar. Necesitaba comprobar que todavía podía cumplir un horario y recibir dinero sin que el miedo ocupara todo.

Vera la llevó a la oficina antes de su turno.

—Si vas a faltar, avisa con tiempo. Si necesitas ayuda, dilo.

María asintió.

—Y si alguien pregunta por ti, no le damos información.

Ella levantó la mirada.

—¿Alma le contó?

—Me dijo que estás pasando por algo serio.

Vera abrió un cajón y buscó unas llaves.

—No necesito los detalles para entender eso.

María se quedó junto a la puerta.

Le costaba acostumbrarse a que hubiera personas que no exigieran una confesión a cambio de ayudar.

• • •

Kaplan apareció cerca del cierre.

María no salió de inmediato. Lo vio desde el pasillo y observó cómo levantaba la taza, cómo miraba hacia la entrada, cómo la buscaba al escuchar su nombre anunciado por última vez.

Se acercó cuando terminaron de retirar las mesas.

—Encontré dónde quedarme.

—Me alegra.

—Alma me acompaña a las citas.

Él asintió.

María apoyó los dedos sobre la silla vacía.

—¿Estás esperando que te dé las gracias?

Kaplan dejó la taza.

—No.

Ella se sentó.

Había preparado una discusión durante toda la tarde. Su tranquilidad la dejaba sin un lugar donde descargarla.

—Sigo queriendo que me enseñes —dijo.

Él miró alrededor. El club se había quedado casi vacío.

—No voy a cambiar de respuesta por lo que pasó con Inés.

María tragó saliva.

—Mientras yo voy a consultas, ellos la amenazan. Mientras hago ejercicios para dormir, Lucía sigue allá.

Kaplan escuchó.

—¿Qué se supone que haga con eso?

Él tardó en responder.

—No tengo una respuesta que te vaya a gustar.

—Entonces dime una que sea verdad.

Kaplan se frotó la cicatriz de la ceja.

—Hay cosas que no vas a poder reparar. Ni siquiera si consigues todo lo que estás imaginando.

María se puso de pie.

Esta vez él también lo hizo.

—No te estoy pidiendo que los perdones —añadió.

—No sabes lo que estoy imaginando.

Kaplan la miró con tristeza.

María comprendió que sí tenía una idea.

• • •

En el estacionamiento, ella caminó hasta la acera y se detuvo.

Kaplan salió unos segundos después.

—María.

No se acercó más.

Ella se volvió.

—¿Por qué regresaste?

Él parecía sorprendido.

—Me escribiste.

—No hoy. Antes.

Kaplan bajó la vista un instante.

María esperó, con los brazos cruzados.

—Porque quería verte —dijo.

La respuesta fue tan sencilla que ella no encontró dónde protegerse.

El enojo no desapareció. Tampoco el miedo por Inés ni la imagen de Lucía dentro de la camioneta.

Pero había algo más.

Kaplan estaba allí sin una promesa grandiosa, sin pedirle que sonriera y sin decirle que sabía cómo arreglarla.

María se acercó.

Él permaneció quieto.

—Puedes irte si quieres —dijo ella.

—Lo sé.

María levantó una mano y le tocó la mejilla. Sintió la aspereza de la barba, el calor de una piel que no pertenecía a un recuerdo.

Lo besó.

Kaplan respondió despacio. Cuando ella se apartó, no intentó retenerla.

María apoyó la frente un instante contra su pecho.

Escuchó su respiración.

Le sorprendió que aquel contacto no le exigiera nada.

• • •

Más tarde, en su alojamiento, abrió el cuaderno.

Las páginas seguían allí. Los nombres no habían cambiado.

Buscó el peine de Lucía y lo colocó sobre la mesa. Después miró su teléfono.

Tenía un mensaje de Kaplan.

¿Llegaste bien?

Respondió que sí.

Enseguida recibió una llamada de Alma.

Leticia había vuelto a hablar con Inés. La fonda estaba abierta. Por el momento, los hombres no habían regresado.

María cerró los ojos y escuchó hasta el final.

Cuando colgó, lloró.

Era alivio, pero también una culpa que no cedía: ella había encontrado comida, un techo y ahora un hombre cuya voz quería escuchar.

Lucía no había conseguido nada de eso.

María tomó el bolígrafo.

Durante varios segundos lo sostuvo sobre la lista.

Después lo dejó.

Acercó el teléfono y leyó otra vez el mensaje de Kaplan.

No borró los nombres.

Tampoco borró la conversación.

Aquella noche se quedó sentada entre ambas cosas, sin saber todavía cuál de ellas acabaría llevándosela.