Capítulo 4 de 25

Lo que cuesta quedarse

Kaplan dejó de ir al club durante doce días.

María los contó sin proponérselo. Al principio buscaba su mesa cuando salía del vestidor. Después empezó a mirar la entrada mientras fingía escuchar a Vera.

La ausencia le produjo un enojo que no esperaba.

Había contado demasiado.

Recordaba las palabras que él había utilizado y trataba de descubrir qué había querido conseguir con ellas. Tal vez se había compadecido. Tal vez no deseaba volver a sentarse junto a una mujer que llevaba ocho años dentro de la garganta.

La posibilidad de extrañarlo le parecía más peligrosa que cualquiera de esas explicaciones.

El décimo día escribió su nombre en el cuaderno.

Kaplan.

Lo miró durante un rato.

Después arrancó la hoja.

• • •

Aquella semana, Alma la acompañó a una consulta.

María había conseguido pasar varios días sin consumir, pero dormía mal y la inquietud regresaba en oleadas. Algunas mañanas se levantaba convencida de que alguien había estado en su habitación. Necesitaba revisar la cerradura antes de poder respirar con normalidad.

La mujer que la atendió se llamaba Elena. Le había explicado desde el primer encuentro que podía detener la conversación cuando quisiera.

—¿Ha ocurrido algo que te preocupe? —preguntó.

María pensó en Kaplan.

—Conocí a alguien.

Elena esperó.

—Un hombre.

—¿Cómo te sientes cuando estás con él?

María se acomodó en la silla.

—Depende.

Había momentos en que podía conversar sin vigilar cada palabra. Otros en que deseaba saber dónde estaba, con quién hablaba, por qué tardaba en regresar. Le molestaba descubrir cuánto espacio podía ocupar una persona que apenas conocía.

—Creo que sabe hacer cosas que yo necesito aprender.

—¿Qué cosas?

María bajó la mirada.

—Cuidarse.

Elena no le pidió que precisara de inmediato.

—¿Quieres aprender a sentirte segura o a no volver a necesitar ayuda?

María levantó los ojos.

Aquella diferencia le pareció insoportable.

—¿No es lo mismo?

—Podemos hablar de eso.

Pero María ya había cerrado la conversación.

En México, Leonor Valcárcel recibió una invitación para visitar un refugio de mujeres.

Su asesora dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Quieren que entregues los apoyos personalmente. Habrá prensa.

Leonor abrió la carpeta y encontró fotografías de camas, un patio con plantas y varias mujeres sentadas alrededor de una mesa. Algunas aparecían de espaldas.

Una llevaba una sudadera gris.

Leonor sostuvo la página demasiado tiempo.

—¿Diputada?

—¿Quién administra el lugar?

La asesora le explicó. Leonor tomó notas, hizo dos preguntas y aprobó la visita.

Cuando se quedó sola, buscó en su teléfono un mensaje antiguo de Octavio.

No decía nada sobre muchachas ni casas.

Solo una dirección, una hora y la instrucción de acudir sin asistentes.

Leonor recordaba la recepción. Los invitados, los regalos, el hombre que le habló de financiar proyectos en su distrito. Recordaba también a una joven detenida junto a la puerta, con una bandeja entre las manos.

La muchacha había dicho algo muy bajo.

Leonor había entendido.

Había seguido caminando.

Cerró la carpeta del refugio y llamó a su asesora.

—Quiero conocer las historias antes del evento.

• • •

Kaplan regresó un miércoles.

María acababa de ponerse la peluca cuando Vera entró al vestidor.

—Llegó tu amigo.

—No es mi amigo.

Vera dejó unas toallas sobre una silla.

—Entonces llegó el hombre al que buscas cada cinco minutos.

María se miró en el espejo.

Sintió alegría.

La convirtió en enojo antes de salir.

Kaplan estaba en una mesa próxima a la barra. Parecía más cansado. Tenía un pequeño corte en el labio y movía el hombro izquierdo con cuidado.

—Pensé que ya no volvería —dijo ella.

Él levantó la vista.

—Tuve que salir.

—No tiene que darme explicaciones.

—Lo sé.

La respuesta la irritó.

Se sentó.

Kaplan no hizo comentarios sobre su tono. María observó el corte, la rigidez de su postura y una mancha oscura en el borde de la manga.

—¿Fue uno de esos trabajos?

—Sí.

—¿Le pagan bien?

Él dejó la taza sobre la mesa.

—¿Eso quieres saber?

María pensó en el sobre donde guardaba sus ahorros.

—Quiero saber si puede enseñarme.

Kaplan sostuvo su mirada.

La música cambió detrás de ellos.

—¿Enseñarte qué?

Ella no bajó la voz.

—A hacer lo que usted hace.

Kaplan rechazó la petición.

No dio un discurso. Dijo que no y permaneció callado.

María sintió que volvía a estar frente a una puerta cerrada por alguien que tenía las llaves.

—No le estoy pidiendo que lo haga por mí.

—Lo entendí.

—Puedo pagarle.

—Guarda tu dinero.

Ella se levantó.

Kaplan hizo ademán de decir algo, pero se detuvo cuando María retrocedió.

—Todos quieren decidir por mí —dijo.

Él recibió la acusación sin apartar los ojos.

—Esto sí lo decido yo.

María regresó al vestidor y cerró su casillero con tanta fuerza que dos compañeras se volvieron.

Durante el resto de la noche no lo miró.

Cuando terminó, él ya se había ido.

• • •

El domingo, Kaplan apareció durante el día.

El club estaba cerrado al público. María ayudaba a Vera a revisar unas prendas cuando escuchó su voz en la entrada.

Fue a verlo con la esperanza de que hubiera cambiado de opinión.

—Hay un lugar donde puedes tomar clases de defensa personal —dijo él—. Lo lleva una instructora que conozco. Si quieres, te doy la dirección.

María cruzó los brazos.

—Eso no fue lo que le pedí.

—Es lo que puedo ofrecerte.

Vera se apartó hacia la oficina, dejándolos junto a la barra vacía.

María estudió su rostro.

—¿Por qué?

Kaplan tardó en responder.

—Porque sé lo que pasa cuando alguien aprende a vivir de hacer daño.

—Ellos ya me enseñaron eso.

Él bajó la cabeza un instante.

—No todo lo que te hicieron tiene que convertirse en algo que hagas.

María sintió ganas de golpearlo.

También de llorar.

Lo odió un poco por haber encontrado una frase que no podía contestar.

—Déjeme la dirección —dijo finalmente.

• • •

La instructora se llamaba Irene.

La primera clase no se pareció a nada de lo que María había imaginado. No hubo una transformación inmediata ni una demostración que la hiciera sentirse invulnerable.

Hubo cansancio.

Hubo vergüenza cuando perdió el equilibrio.

Hubo un momento en que Irene se acercó demasiado rápido y María se quedó inmóvil.

La instructora se detuvo.

—¿Quieres descansar?

María apretó los dientes.

—Puedo seguir.

—No tienes que demostrarme nada hoy.

Aquello la enfureció porque era verdad.

Se sentó junto a la pared hasta que dejó de temblar.

Al finalizar, Irene le preguntó si quería volver.

María miró a las otras mujeres recogiendo sus cosas. Una hablaba de sus hijos. Otra buscaba el teléfono dentro de una bolsa de gimnasio.

Para ellas, aquella hora era una parte de sus vidas.

María sintió que ella todavía estaba intentando conseguir una.

—Sí —respondió.

• • •

Kaplan no asistía a las clases.

A veces preguntaba cómo le había ido cuando se encontraban en el club. María contestaba con pocas palabras. Le costaba admitir que algo que él le había ofrecido empezaba a ayudarla.

Una noche salió con un dolor intenso en las piernas y encontró un mensaje suyo a través de Vera.

Decía que, si quería conversar, la esperaría en una cafetería cercana.

María fue.

Kaplan estaba sentado frente a una ventana. A plena luz, sin música y sin mesas oscuras entre ambos, parecía otro hombre.

Ella eligió la silla de enfrente.

—No estoy acostumbrada a verlo aquí.

—Yo tampoco.

Pidieron comida.

María mantuvo el bolso sobre las piernas hasta que llegó el mesero. Después lo dejó a su lado, al alcance de la mano.

Kaplan lo notó.

No comentó nada.

Hablaron de Irene, del trabajo y de una película que María recordaba haber visto de niña. A mitad de la conversación, ella se rio.

El sonido la sorprendió.

Se llevó una mano a la boca.

Kaplan sonrió apenas.

María volvió a mirar el plato, pero esta vez no sintió vergüenza.

Fue ella quien preguntó por su infancia.

—Dijo que no tiene a nadie esperando.

Kaplan removió el café, que había pedido sin azúcar.

—Crecí cambiando de casa.

—¿Con su familia?

—A veces.

María esperó.

Él dejó la cuchara.

—Hubo personas que debieron cuidarme y no lo hicieron.

No añadió detalles. María no los necesitó para comprender que había tocado algo que seguía doliendo.

—¿Por eso hace ese trabajo?

Kaplan miró hacia la ventana.

—Durante un tiempo lo utilicé para explicármelo.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que hubo decisiones mías.

María se quedó callada.

En la casa, los hombres siempre encontraban a alguien a quien culpar. Una deuda, una traición, una mujer que había hablado demasiado.

Kaplan no parecía dispuesto a regalarse esa absolución.

—¿Quiere dejarlo? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué no lo hace?

Él la miró.

—Todavía no he resuelto cómo.

María entendió demasiado bien aquella respuesta.

Al salir de la cafetería comenzó a llover.

Se refugiaron bajo un toldo. Kaplan permaneció junto al borde, dejando espacio entre ambos.

María observó el agua correr por la banqueta.

Podía regresar a casa de Alma. Guardar el dinero del turno. Acudir a su próxima consulta. Volver a las clases con Irene.

Durante unos segundos, imaginó una semana compuesta únicamente por esas cosas.

No había hombres muertos en ella.

Tampoco sabía dónde estaba Lucía.

El pensamiento le borró la calma.

—Mi amiga me ayudó a salir —dijo.

Kaplan volvió el rostro.

María le contó lo de la ventana, el patio y la camioneta. Al llegar al momento en que Lucía corrió en dirección contraria, tuvo que detenerse.

—Yo me escondí.

Kaplan no respondió de inmediato.

—Tú no la llevaste de regreso.

—Pero la dejé.

—No pudiste llegar hasta ella.

María negó con la cabeza.

Había repetido tantas veces su propia condena que cualquier otra explicación le parecía una concesión inmerecida.

Kaplan levantó una mano y la detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

Ella miró sus dedos.

Asintió.

Él le sostuvo la mano sin apretarla.

María sintió deseos de quedarse allí, escuchando la lluvia, hasta que dejara de dolerle el recuerdo.

El dolor no se fue.

Aun así, pudo respirar mejor.

• • •

Cuando llegó a casa, Alma estaba leyendo en la cocina.

—¿Comiste?

María asintió.

Dejó el bolso sobre una silla.

—Conocí una cafetería.

Alma levantó los ojos del libro.

—¿Te gustó?

—Sí.

La respuesta quedó entre ambas como algo pequeño que merecía ser conservado.

Más tarde, María abrió el cuaderno.

Leyó los nombres de sus victimarios. Recorrió con el dedo la línea donde había escrito que Lucía seguía viva.

Pensó en Kaplan bajo el toldo.

En la forma en que había esperado su permiso.

Buscó una página limpia y anotó la fecha de su siguiente clase.

Después escribió la hora de la consulta.

Durante un momento contempló ambas citas.

Cerró el cuaderno sin arrancar ninguna hoja.

Aún quería venganza.

Pero aquella noche descubrió que también había empezado a querer que llegara el jueves.