Capítulo 3 de 25

El hombre que miraba la puerta

La primera vez que María vio al señor Kaplan, pensó que había ido a buscarla.

Estaba sentado al fondo del club, lejos del escenario. Llevaba una camisa oscura y una chamarra doblada sobre las piernas. No levantó la mano para llamar a ninguna bailarina. Tampoco miró el teléfono.

Observaba la entrada.

María lo descubrió a través del espejo que había junto a la barra. Se acomodó la peluca roja y fingió revisar la correa de un zapato mientras lo estudiaba.

Desde su llegada a El Paso habían transcurrido cuatro meses. Durante ese tiempo había aprendido a reconocer ciertas miradas. La del hombre que deseaba presumir frente a sus amigos. La del que confundía una sonrisa de trabajo con una promesa. La del que esperaba encontrar a alguien demasiado cansada para discutir.

Aquel hombre no parecía pertenecer a ninguna de esas clases.

Eso la inquietó más.

—¿Lo conoces? —preguntó a Vera.

La mujer siguió contando unas fichas.

—Ha venido otras veces.

—¿Con quién?

—Solo.

María volvió a mirar.

El hombre tenía una cicatriz corta junto a la ceja y un rostro que podía parecer joven o cansado, dependiendo de la luz. Calculó que estaría cerca de los cuarenta.

Él alzó los ojos.

María apartó los suyos.

• • •

Su turno comenzó poco después.

Había noches en que podía escuchar la música y concentrarse en el siguiente movimiento. Aquella no fue una de ellas. El desconocido permanecía dentro de su campo de visión, inmóvil entre mesas donde los demás bebían y conversaban.

Cuando terminó, encontró un billete sobre la orilla del escenario.

Había otros, pero reconoció el suyo porque había visto cuándo lo dejó.

No le había hecho señas.

No le había pedido nada.

María se cubrió con una bata y regresó al vestidor. Necesitó varios minutos para decidir que prefería acercarse a él antes que continuar imaginando quién lo había enviado.

—¿Busca a alguien? —preguntó al llegar a su mesa.

El hombre levantó la vista.

—Esta noche, no.

Hablaba español con fluidez.

—Estuvo mirando la puerta.

—Me gusta saber quién entra.

María no se sentó.

Él señaló una silla, pero retiró la mano al advertir su expresión.

—Puedes quedarte de pie.

—¿Quién le dijo que viniera?

El hombre la observó unos segundos.

—Nadie me habló de ti.

María sintió que la respuesta llegaba demasiado cerca de la pregunta que había intentado ocultar.

—No dije que preguntaran por mí.

—Tienes razón.

No sonrió. Tampoco fingió haber entendido otra cosa.

Eso la desconcertó.

Vera apareció junto a la mesa.

—¿Todo bien?

María asintió.

El hombre dejó dinero para pagar y se puso de pie.

—Buenas noches.

Salió sin volverse.

María permaneció junto a la silla vacía.

• • •

A la mañana siguiente, Alma encontró el cuaderno sobre la mesa de la cocina.

Estaba cerrado. No lo abrió.

María salió de su habitación y lo recogió antes de servir café.

—Puedes dejar tus cosas aquí —dijo Alma.

—Ya sé.

Pero volvió a guardarlo en el bolso.

Alma había empezado a acostumbrarse a sus silencios. Algunos significaban cansancio. Otros, vergüenza. Aquel tenía una dureza nueva.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

—¿Dormiste?

—Un poco.

La mujer apoyó los codos sobre la mesa.

—La cita es el jueves. ¿Quieres que te acompañe?

María recordaba la cita. También recordaba haber pensado en cancelarla.

—Puedo ir sola.

—Está bien.

Alma bebió café antes de añadir:

—Ayer te oí llorar.

María fijó los ojos en una grieta del mantel.

—No era por algo de aquí.

—Lo supuse.

Esa respuesta la hizo levantar la cabeza.

Alma no le estaba pidiendo que se explicara. Por un instante, María sintió el impulso de contarle lo del hombre del club, pero le dio miedo que le aconsejara dejar el trabajo.

Necesitaba el dinero.

Había comenzado a ahorrar dentro de un sobre. Cada billete representaba algo que todavía no sabía nombrar con precisión: la posibilidad de irse, de volver, de dejar de depender de alguien.

—Estoy tratando de estar mejor —dijo.

Alma asintió.

—Lo veo.

María tomó su taza y permaneció con ella entre las manos hasta que se enfrió.

• • •

En una oficina sin letrero, Octavio Armenta escuchaba un informe sobre pérdidas.

La organización del Valle había ocupado dos puntos de distribución. La Costa retenía un cargamento y exigía una compensación que Octavio consideraba un insulto. Un empresario que antes contestaba de inmediato llevaba un día entero evitando sus llamadas.

Todo aquello tenía cantidades, responsables y posibles soluciones.

La muchacha fugada no.

—Puede haber cruzado —dijo Berta por teléfono.

Octavio se reclinó en su silla.

—¿Puede o cruzó?

—No tenemos confirmación.

—Entonces seguimos igual.

Berta respiró al otro lado de la línea.

—No ha habido denuncia.

—Todavía.

Sobre el escritorio había una fotografía escolar de su hija. Octavio la enderezó mientras escuchaba.

—La otra muchacha no sabe nada —añadió Berta.

—No quiero que vuelva a pasar.

La conversación terminó allí.

Berta permaneció con el teléfono en la mano. En el cuarto contiguo, Lucía estaba sentada frente a una ventana cerrada.

Desde que la habían recuperado, había dejado de preguntar por María.

Berta interpretaba aquel silencio como obediencia.

Lucía lo utilizaba para conservar una esperanza que no quería entregarles.

• • •

Kaplan regresó al club cinco noches después.

María lo vio entrar y sintió el mismo sobresalto, aunque menos intenso. Él eligió otra mesa. Esta vez pidió café.

Cuando Vera se lo llevó, María estaba junto a la barra.

—¿Cómo se llama?

—Dice que Kaplan.

—¿Dice?

Vera alzó un hombro.

—Aquí casi nadie entrega su acta de nacimiento.

María miró al hombre.

—¿Se porta bien?

—Hasta ahora.

Aquella noche se acercó después de terminar su turno.

—Señor Kaplan.

Él levantó la cabeza.

—¿Ese es mi nombre completo ahora?

María se sentó, dejando suficiente espacio para levantarse sin mover la mesa.

—Es el único que conozco.

—Y yo solo conozco el tuyo de aquí.

—La Mexicana.

—Lo escuché.

Hubo una pausa.

—¿De qué parte? —preguntó él.

María endureció el rostro.

Kaplan bajó los ojos hacia su taza.

—No tienes que contestar.

Ella estaba acostumbrada a que las preguntas se repitieran hasta convertirse en exigencias. Esperó la insistencia.

No llegó.

—Del sur —dijo finalmente.

Él asintió como si aquella respuesta fuera suficiente.

Conversaron unos minutos sobre el café malo y el frío que comenzaba a sentirse de madrugada. Kaplan no preguntó cuánto cobraba ni dónde vivía.

Cuando María se levantó, él dijo:

—Gracias por sentarte.

Ella regresó al vestidor con una sensación incómoda.

Había pasado un rato junto a un hombre sin tener que calcular cuándo terminaría.

• • •

Las visitas se volvieron frecuentes.

Kaplan faltaba algunos días y reaparecía sin explicar dónde había estado. María aprendió que prefería el café sin azúcar, que no bebía cuando conducía y que tenía la costumbre de tocarse la cicatriz de la ceja cuando algo lo preocupaba.

Él aprendió que ella detestaba que se colocaran detrás de su silla.

Una noche, al mover la suya para dejar pasar a un mesero, quedó a su espalda. María se levantó de golpe y derramó parte del agua.

Kaplan retrocedió.

—Perdón.

Ella miró sus manos.

Estaban vacías.

—No pasa nada —dijo, demasiado rápido.

Pero sí pasaba. Tenía el pulso desbocado y ganas de salir.

Él no intentó tocarla ni convencerla de sentarse.

—Puedo irme.

María respiró con dificultad.

—No.

Se apoyó en el respaldo de la silla.

Kaplan esperó.

Al cabo de unos minutos, ella volvió a sentarse.

—No me gusta que hagan eso.

—Lo recordaré.

María se quedó mirándolo.

Quiso creer que lo haría.

• • •

En su habitación, empezó a añadir detalles al cuaderno.

No eran solo nombres. Dibujó un pasillo de memoria. Anotó una voz escuchada detrás de una puerta y el apellido de un médico que aparecía en conversaciones sobre una clínica.

Algunas cosas las sabía.

Otras apenas las sospechaba.

Cuando la incertidumbre la enfurecía, apretaba tanto el bolígrafo que terminaba con dolor en los dedos.

En otra página escribió: Lucía sigue viva.

La leyó varias veces.

No tenía pruebas.

La dejó allí.

• • •

Una madrugada, Kaplan la encontró sentada junto a la salida de empleados.

María esperaba a una compañera con quien compartiría el regreso. Había terminado antes que ella y el frío atravesaba la sudadera.

—¿Esperas a alguien? —preguntó él desde unos pasos de distancia.

María asintió.

Kaplan se quedó bajo la luz de la puerta, sin acercarse.

—¿Siempre viene solo? —preguntó ella.

—Casi siempre.

—¿No tiene familia?

Él tardó en responder.

—No tengo a nadie esperando que llegue.

María miró la calle.

—Yo no sé si todavía me esperan.

Kaplan dejó de observar el estacionamiento.

Ella sintió la vergüenza inmediata de haber dicho demasiado.

—No importa.

—A ti sí.

María frotó el borde de la manga entre los dedos.

Por primera vez mencionó los ocho años.

No explicó todo. Habló de una casa, de otras muchachas, de un novio que no había sido quien decía ser. Las palabras salieron desordenadas. En varias ocasiones se detuvo y dijo que mejor lo olvidara.

Kaplan no la interrumpió.

Cuando María terminó, la puerta seguía cerrada y su compañera todavía no había salido.

—Tenía trece —dijo ella.

Él bajó la mirada.

—Era una niña.

María sintió una presión en la garganta.

Había pasado años oyendo otras versiones: que debió saber, que había aceptado irse, que nadie la había obligado a enamorarse.

Kaplan no le preguntó por qué había confiado.

—Sí —respondió—. Era una niña.

• • •

Antes de marcharse, María le hizo una pregunta.

—¿Usted a qué se dedica?

Kaplan permaneció quieto.

Podía inventar una ocupación. Ella lo vio considerarlo.

—Hago trabajos para personas a las que no deberías acercarte.

María miró la cicatriz de su ceja.

—¿Trabajos como los de ellos?

—A veces, para gente como ellos.

La respuesta cambió algo entre ambos.

María se levantó.

Kaplan no intentó detenerla.

—¿Ha matado gente?

Él sostuvo su mirada.

—Sí.

Desde el interior llegó una risa, seguida del ruido de un casillero.

María sintió miedo.

Después reconoció, debajo, una emoción que la avergonzó más: interés.

Pensó en Octavio. En Leonor. En el rostro de Julián, que seguía apareciendo en sus sueños con la misma edad que tenía cuando la entregó.

—¿Por eso mira siempre la puerta?

—Entre otras cosas.

María metió las manos en los bolsillos. Sus dedos encontraron el peine roto.

—Hay personas que creen que nunca les va a pasar nada —dijo.

Kaplan la observó con una atención distinta.

—María…

Ella se quedó inmóvil.

Era la primera vez que él utilizaba el nombre que le había confiado unos minutos antes.

—No tomes una decisión esta noche —añadió.

La puerta se abrió y su compañera apareció buscando las llaves del automóvil.

María se apartó de la pared.

Antes de seguirla, miró otra vez a Kaplan.

Ya no veía solamente a un hombre que podía encontrarla.

Veía a alguien que quizá supiera cómo llegar hasta los demás.

Y Kaplan, al verla marcharse, comprendió que haberle dicho la verdad podía ser el principio de otra mentira: la de creer que conseguiría mantenerla lejos de su mundo.