Capítulo 2 de 25

El otro lado del río

María caminó hasta que las luces de la tienda desaparecieron detrás de ella.

Cada motor la obligaba a volverse. Cuando un automóvil disminuía la velocidad, entraba en la primera calle disponible y seguía andando con la cabeza baja. Todavía sentía en los dedos la mano de Lucía.

En el bolsillo llevaba su peine.

Se detuvo frente a una panadería cerrada. Detrás del vidrio había charolas vacías y una figura de plástico sosteniendo una baguette. Se vio reflejada junto a ella: sudadera gris, cabello enredado, una mancha oscura en la rodilla.

Parecía alguien que había salido a comprar algo y olvidado regresar.

Se llevó una mano al pecho. El corazón latía demasiado rápido.

Por primera vez desde la fuga, pensó en su madre.

Podía buscar un teléfono. Decirle que estaba viva.

Pero no recordaba el número completo.

Lo intentó varias veces, repitiendo en voz baja los dígitos que conservaba. Siempre llegaba al mismo vacío.

Se dejó caer junto a la cortina de la panadería.

Cuando amaneciera tendría que hacer algo.

No sabía qué.

• • •

Berta permanecía en el patio de la casa, mirando la ventana abierta.

El hombre que había recuperado a Lucía esperaba delante de ella.

—La otra se metió entre los edificios.

—¿La viste entrar?

—La perdimos.

Berta lo observó con una calma que él conocía bien.

—Entonces no sabes dónde se metió.

El hombre bajó los ojos.

En el piso superior, alguien lloraba. Berta alzó la cabeza y escuchó unos segundos. Después sacó el teléfono.

Octavio respondió a la cuarta llamada.

—No es buen momento.

—Se fue una.

Hubo un silencio.

—¿Cuál?

Berta describió a María sin mencionar su nombre verdadero. No lo sabía. En sus registros, las muchachas aparecían con edades aproximadas, fechas de llegada y anotaciones que permitían reconocerlas.

—La que lleva más tiempo —añadió—. La del sur.

Octavio apartó el teléfono. Berta oyó que daba una orden a alguien.

Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.

—¿Cuánto escuchó?

—No sé.

—Pues averígualo.

La llamada terminó.

Berta miró al hombre.

—Hoy no van a buscar una muchacha perdida. Van a buscar un problema.

• • •

A media mañana, María entró en una farmacia.

Llevaba más de una hora observando la puerta desde la acera de enfrente. La gente entraba con recetas, compraba agua, salía con bolsas pequeñas. Nadie parecía vigilar a nadie.

Se acercó al mostrador.

—¿Puedo usar un teléfono?

El dependiente señaló un aparato junto a la caja.

—Si es llamada local.

María levantó el auricular.

Permaneció inmóvil, escuchando el tono.

—¿Está bien? —preguntó él.

Ella volvió a colocar el teléfono.

—No me acuerdo.

El dependiente la miró con mayor atención. María sintió que aquella mirada podía convertirse en una pregunta, y la pregunta, en una llamada a la policía.

Retrocedió.

—Gracias.

Salió antes de que él respondiera.

En la calle empezó a temblar.

No era solo miedo. Conocía aquella inquietud en los músculos, el sudor que aparecía aunque tuviera frío, el malestar en el estómago. En la casa le habían dado sustancias durante tanto tiempo que ya no distinguía cuánto de su angustia le pertenecía y cuánto procedía de ellas.

Se dobló junto a una pared.

Una mujer que barría la entrada de un local dejó la escoba.

—Muchacha.

María se enderezó de inmediato.

—Ya me voy.

—Te pregunté si necesitas agua.

La mujer tendría unos sesenta años. Llevaba el cabello recogido y un delantal con manchas de harina.

María miró el vaso que le ofrecía.

—No tiene nada —dijo la mujer, y bebió un sorbo antes de extenderlo otra vez.

María lo tomó con ambas manos.

• • •

La mujer se llamaba Inés.

Atendía una fonda de cuatro mesas, donde los primeros clientes llegaron antes de que María terminara una taza de caldo.

Inés no la sentó cerca de la puerta. La llevó a una mesa del fondo y dejó a su lado un plato con tortilla.

—Come despacio.

María obedeció.

Había dormido muy poco. Cada vez que cerraba los ojos veía a Lucía corriendo hacia la camioneta.

—¿Te pegaron? —preguntó Inés.

María se cubrió la mano raspada.

—Me caí.

La mujer no discutió.

Al cabo de unos minutos regresó con una pequeña bolsa de ropa.

—Mi hija dejó esto aquí. Ve si algo te sirve.

María levantó la mirada.

—No tengo dinero.

—No te estoy vendiendo nada.

Aquella respuesta la hizo llorar.

Intentó detenerse, avergonzada. Inés acercó una silla y se sentó sin tocarla.

Durante un rato solo se escucharon platos y el ruido del refrigerador.

—Si alguien te está buscando para hacerte daño, hay lugares donde pueden ayudarte —dijo finalmente.

María negó con la cabeza.

—Ellos también conocen lugares.

Inés no respondió enseguida.

—¿Quiénes?

María observó las manos de la mujer, sus uñas cortas, una quemadura antigua junto al pulgar.

Quería contarle todo. También quería levantarse y huir antes de haber dicho demasiado.

—No puedo quedarme en México —susurró.

• • •

Esa tarde, Teresa Armenta encontró a su esposo en una casa que todavía olía a pintura.

Los niños estaban con una empleada en otra habitación. Octavio revisaba dos teléfonos sobre una mesa desnuda.

Teresa dejó una maleta junto a la puerta.

—Emilio preguntó si vamos a volver.

—Vamos a volver.

—¿A cuál casa?

Octavio levantó la vista.

—No empieces.

Ella permaneció frente a él.

—Necesito saber qué les digo.

Uno de los teléfonos vibró. Octavio leyó el mensaje y lo puso boca abajo.

Teresa alcanzó a ver una palabra: muchacha.

—¿Quién está desaparecida?

—Nadie que conozcas.

—¿La están buscando?

Octavio se levantó.

—Tú encárgate de los niños.

Le acomodó una mano sobre el hombro. Teresa sintió el peso de sus dedos y recordó al muchacho que años atrás le llevaba mandarinas escondidas dentro de la chamarra.

Seguía buscando a ese muchacho en el hombre que tenía delante.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

Octavio retiró la mano.

—Te he dado todo.

Desde el corredor llegó la voz de su hija preguntando dónde debía guardar sus libros.

Teresa fue a ayudarla.

• • •

María permaneció en la fonda hasta que oscureció.

Inés le permitió descansar en un cuarto donde guardaba cajas de refresco. Le ofreció llamar a una organización de apoyo. María se negó al principio, después aceptó escuchar opciones y finalmente volvió a negarse cuando oyó que tendría que explicar quién era.

El cansancio la hacía desconfiar incluso de sus propias decisiones.

—No tienes que resolverlo todo hoy —dijo Inés.

María miró la puerta del cuarto.

—Ellos sí.

Al anochecer, una clienta habitual encontró a Inés hablando con ella. Se llamaba Leticia y trabajaba limpiando casas. Había reconocido, en la forma en que María se sobresaltaba, algo que prefería no nombrar delante de extraños.

Cuando la fonda quedó vacía, las tres se sentaron.

Leticia tenía una hermana en El Paso.

La conversación duró mucho. Hubo desacuerdos, silencios y llamadas que María escuchó desde la cocina.

Nadie le prometió que cruzar fuera sencillo ni que al otro lado estuviera a salvo.

Inés insistió una última vez en buscar ayuda sin salir del país.

María apretó el peine dentro del bolsillo.

—Si me llevan de regreso, ya no voy a salir.

La mujer bajó los ojos.

Antes de despedirse, puso unos billetes en la mano de María.

—Guárdalos separados. Y cuando puedas, busca a alguien que te ayude con lo que te dieron. Eso también necesita atención.

María abrazó el pequeño bolso de ropa.

—¿Por qué hace esto?

Inés tardó en contestar.

—Porque llegaste a mi puerta.

• • •

Del cruce conservó recuerdos sueltos.

El frío, una espera que parecía no terminar y la vergüenza de necesitar ayuda sin poder ofrecer nada a cambio.

Después, el sonido de una puerta cerrándose dentro de una casa desconocida.

La hermana de Leticia se llamaba Alma. Vivía en El Paso y recibió a María con una cobija, comida y preguntas que dejó para más tarde.

María tenía veintiún años.

Había pasado ocho encerrada.

Sin embargo, aquella primera noche en Estados Unidos durmió junto a la puerta de la habitación, con los zapatos puestos.

Alma la encontró allí por la mañana.

No le pidió que se levantara.

Dejó una taza cerca de ella y se sentó en el suelo.

• • •

Las semanas siguientes fueron difíciles de contar.

Alma la acompañó a recibir atención en un servicio comunitario. María dio su nombre verdadero, pero ocultó gran parte de su historia. Aceptó ayuda para el malestar físico; todavía no soportaba hablar de lo demás.

Algunos días podía lavar platos, barrer y conversar.

Otros permanecía en la cama hasta la tarde.

Hubo recaídas y mentiras pequeñas. Dinero que desapareció. Una discusión en la cocina.

Alma no la echó, pero estableció límites.

—Quiero ayudarte. Necesito que me digas la verdad cuando estés mal.

María asintió sin mirarla.

La vergüenza le resultaba más familiar que la confianza.

Comenzó a buscar trabajo. En varios lugares le pidieron documentos que no tenía. En otros, experiencia, referencias o un inglés que apenas entendía.

Una noche, una conocida de Alma mencionó un club.

María escuchó la conversación desde el fregadero.

No preguntó nada entonces.

Dos días después fue por su cuenta.

• • •

La mujer que la recibió en el club se hacía llamar Vera.

Observó su ropa, su rostro y la manera en que mantenía los brazos pegados al cuerpo.

—¿Has bailado antes?

María miró el escenario vacío.

—Sí.

Vera le explicó las condiciones. Habló de horarios, pagos y descuentos. María pidió que repitiera varias cosas.

—Aquí no tienes que irte con nadie —añadió Vera—. Y si un cliente te molesta, avisas.

María quiso creerle, pero guardó la frase con cautela.

En el vestidor había una peluca roja sobre una cabeza de plástico. Vera se la ofreció cuando María dijo que no quería usar su nombre.

—¿Cómo te anunciamos?

Ella se observó en el espejo.

El rojo le cambiaba el rostro. No lo suficiente para borrarlo, pero sí para establecer una distancia.

—La Mexicana.

Vera escribió el nombre en una hoja.

María permaneció mirando las letras.

Por primera vez, había escogido cómo la llamarían.

• • •

Al terminar su primera noche, contó el dinero tres veces.

Apartó los descuentos. Volvió a preguntar si el resto era suyo.

Vera frunció el ceño.

—Sí. Eso te llevas.

María sostuvo los billetes entre las manos.

No sintió la alegría que había imaginado. Sintió alivio, tristeza y una rabia que la hizo encerrarse en el baño.

Había trabajado delante de desconocidos. Seguía teniendo miedo. Aun así, podía guardar aquel dinero, comprar comida, pagar una parte de lo que debía a Alma.

Nadie iba a arrebatárselo al llegar a la casa.

Se sentó sobre la tapa del inodoro y lloró sin hacer ruido.

Cuando abrió el bolso, encontró el peine de Lucía entre la ropa.

Lo colocó encima de los billetes.

—Esto también era para ti —murmuró.

• • •

Esa madrugada compró un cuaderno en una tienda abierta toda la noche.

En la primera página escribió su nombre.

María.

Debajo puso el de Lucía.

Después apareció otro.

Octavio Armenta.

Se detuvo con la punta del bolígrafo sobre el papel.

Hasta esa noche, recordar había sido algo que intentaba evitar. Ahora comenzó a reunir lo que sabía: nombres, voces, lugares, rostros que había visto después en las noticias.

Escribió Leonor Valcárcel.

Más abajo anotó el nombre del muchacho que le había prometido amor cuando tenía trece años.

Julián.

No recordaba su segundo apellido. Le enfureció descubrirlo.

Pasó la hoja y escribió lo que sí conservaba: el lunar junto a la oreja, el olor de su chamarra, una frase que repetía cuando quería que ella obedeciera.

Al amanecer, el cuaderno seguía abierto.

Desde la ventana de Alma se veían casas, cables y un pedazo pálido de cielo. María podía salir a la calle. Podía decidir si desayunaba o volvía a dormir.

Tomó el bolígrafo una vez más.

En la última línea de la página escribió:

No quiero que vuelvan a olvidarnos.

Permaneció mirando la frase.

Todavía no sabía cuánto de aquel deseo era justicia.

Ni cuánto comenzaba a convertirse en venganza.