Capítulo 1 de 25
Las que tenían nombre
La noche en que María decidió escapar, una mujer de vestido blanco apareció en el televisor hablando de libertad.
La pantalla colgaba sobre la puerta del comedor. Tenía una grieta que atravesaba el rostro de la entrevistada desde la frente hasta la barbilla. Debajo, una franja anunciaba la presentación de una fundación dedicada a proteger a las niñas.
María reconoció la voz antes de levantar la cabeza.
—Ninguna mujer debería vivir con miedo —dijo la entrevistada.
A su alrededor había flores, cámaras y personas que asentían.
En el comedor de la casa, nadie respondió.
Había seis platos sobre una mesa de plástico. La sopa estaba fría. Una de las muchachas llevaba varios minutos moviendo la cuchara sin acercársela a la boca.
María dejó de comer.
En la pantalla, la diputada Leonor Valcárcel sonrió.
María la había visto una vez, tres años antes, en una recepción privada. Recordaba sus pendientes verdes y una pequeña mancha de vino sobre el puño de su blusa. Recordaba también que había apartado la mirada cuando una muchacha pidió ayuda.
Ahora hablaba de dignidad.
—Cámbiale —murmuró María.
La mujer que vigilaba la puerta ni siquiera volteó.
—¿Desde cuándo das órdenes?
Se llamaba Berta y llevaba las llaves prendidas a la cintura. Nunca gritaba si podía evitarlo. Había aprendido que el sonido del metal bastaba para que las muchachas se callaran.
En el televisor comenzaron los aplausos.
María bajó los ojos hacia su plato.
Ocho años atrás también había creído que alguien iba a ayudarla.
• • •
En aquella casa no se utilizaban apellidos.
Los hombres tenían sobrenombres. Las mujeres, nombres que podían cambiar si un cliente los encontraba difíciles de pronunciar.
A María le habían quitado el suyo durante la primera semana.
Después vinieron otros: unos escogidos por Berta, otros por hombres que no se molestaban en preguntar. Ella había dejado de responder con rapidez. Conservaba ese pequeño retraso como una desobediencia que nadie había logrado arrancarle.
María era el nombre que pronunciaba para sí misma antes de dormir.
María.
Su madre lo decía desde la puerta de la cocina cuando la comida estaba lista.
María.
Su maestra lo había escrito con tinta azul en la portada de un cuaderno.
María.
A veces tenía miedo de olvidar cómo sonaba en una voz que la quisiera.
—Come —le susurró Lucía.
Estaba sentada junto a ella, con las rodillas juntas y una manga demasiado larga cubriéndole la mano.
María tomó la cuchara.
Lucía tenía diecinueve años. Había llegado cuatro meses antes y todavía preguntaba la fecha. Las otras habían dejado de hacerlo.
—Hoy hubo mucho movimiento —añadió, apenas moviendo los labios.
María asintió.
Desde la mañana se escuchaban teléfonos, puertas y discusiones. Dos hombres habían salido cargando bolsas de viaje. Otro había arrancado fotografías de una pared del despacho.
Algo estaba ocurriendo fuera de la casa.
Berta apagó el televisor.
El silencio que dejó la pantalla hizo más fuerte el rumor de los vehículos en la calle.
—Acaben. Nos vamos a mover.
Una de las muchachas levantó la cabeza.
—¿Todas?
Berta tardó en contestar.
—Las que diga el patrón.
María sintió que Lucía buscaba su mano debajo de la mesa.
No se la soltó.
• • •
A cientos de kilómetros de Ciudad Juárez, Teresa Armenta estaba preparando la cena para sus hijos cuando su marido llamó.
El teléfono no tenía su nombre guardado. Nunca lo tenía.
Teresa reconoció el número y se apartó de la estufa.
—¿Los niños? —preguntó él.
—Haciendo tarea.
—Que mañana no vayan a la escuela.
Ella miró hacia el corredor.
—Emilio tiene examen.
—Teresa.
Bastó su nombre.
Se apoyó en la cubierta de la cocina y cerró los ojos.
Había conocido a Octavio Armenta cuando ambos eran adolescentes, en un pueblo donde los camiones levantaban tierra y la gente dejaba abiertas las puertas durante la tarde. Él cargaba cajas en una bodega. Ella ayudaba a su madre a vender comida.
Entonces podían caminar juntos por la plaza.
Ahora llevaban once meses sin salir a cenar.
—¿Tenemos que irnos otra vez? —preguntó.
—Solo unos días.
Teresa observó una marca en el marco de la puerta. Allí había medido a su hija el verano anterior. Cada vez que cambiaban de casa, perdía algo que no cabía en las maletas.
—Siempre dices eso.
Octavio no respondió de inmediato.
Detrás de su voz se oían hombres conversando.
—Tú y los niños están primero. Ya lo sabes.
Teresa quería preguntarle primero respecto a qué.
En cambio, dijo:
—Necesito sus documentos.
—Se encargan de todo.
La llamada terminó.
En el corredor apareció su hija con un cuaderno abierto.
—Mamá, ¿cómo se escribe “pertenecer”?
Teresa tardó unos segundos en contestar.
• • •
En Monterrey, Renata Solís llevaba un vestido plateado que pesaba más de lo que parecía.
La fotógrafa le pidió que levantara el mentón.
—Perfecto. Otra.
Renata sonrió.
A su lado, el cantante Adrián Vela le rodeó la cintura. Ambos tenían instrucciones de parecer enamorados y de no contradecirse cuando les preguntaran cuánto tiempo llevaban juntos.
Tres meses.
Habían ensayado la respuesta en el automóvil.
—Renata, ¿qué les dices a las jóvenes que quieren seguir tus pasos? —preguntó una reportera.
—Que trabajen por sus sueños.
La frase salió limpia, familiar.
Dentro del bolso, su teléfono vibró.
Renata siguió sonriendo hasta que la fotógrafa bajó la cámara. Después se apartó lo suficiente para leer el mensaje.
No regreses al departamento. Espera instrucciones.
Adrián vio cambiar su expresión.
—¿Qué pasó?
Ella bloqueó la pantalla.
—Nada.
Él no insistió. También conocía el precio de hacer ciertas preguntas.
Un asistente se acercó con una caja de joyería. Renata reconoció el empaque y sintió un malestar súbito.
Había días en que los regalos la hacían sentirse elegida.
Aquella noche parecían una advertencia.
• • •
En la capital de un estado del norte, Leonor Valcárcel se quitó los pendientes verdes frente al espejo de un baño.
Su asesora esperaba junto a la puerta.
—La entrevista salió muy bien.
Leonor dejó los pendientes sobre una servilleta.
—¿Dónde está Esteban?
—Intentando localizar al licenciado.
El licenciado no era abogado.
Leonor se lavó las manos aunque no estaban sucias.
Años atrás había aceptado dinero para una campaña pequeña. Después aceptó un vehículo, una recomendación, una reunión que supuestamente no comprometía a nadie.
Conservaba una explicación para cada decisión.
Esa noche ya no conseguía ordenarlas.
—Dile que no firme nada —indicó.
La asesora dejó de sonreír.
—¿Qué está pasando?
Leonor cerró la llave.
—Todavía no lo sé.
Era mentira.
Sabía lo suficiente para tener miedo.
• • •
En Ciudad Juárez, Nadia Cárdenas bajó la cortina de su estética antes de la hora habitual.
Había publicado una fotografía esa misma tarde: ella junto a un arreglo de rosas, debajo de un letrero que decía Lo soñé. Lo logré.
Los comentarios seguían llegando.
Inspiración.
Reina.
Mujer que factura.
La caja del negocio contenía apenas dinero suficiente para pagar dos servicios. El depósito que sostenía la renta no había llegado.
Su esposo estaba junto a la puerta, mirando la calle.
—Nos tenemos que ir —dijo.
—¿A dónde?
Él se encogió de hombros.
Nadia lo observó. Llevaban cinco años casados y, sin embargo, había asuntos de su propia vida que ambos evitaban mencionar.
—¿Viene Octavio?
—No pronuncies su nombre aquí.
Ella miró los espejos, los sillones nuevos, las fotografías de clientas sonrientes. Había escogido cada color del local. Le gustaba pensar que al menos eso le pertenecía.
—No puedo dejar todo.
Su esposo abrió la puerta trasera.
—Ya lo decidieron.
• • •
En la casa del comedor de plástico, María oyó un golpe en el piso superior.
Después, pasos apresurados.
Berta salió al corredor y recibió una llamada. Por primera vez en mucho tiempo, parecía incapaz de prestar atención a las muchachas.
Lucía apretó la mano de María.
—Dicen que los del Valle entraron a la ciudad.
María conocía aquel nombre.
La gente de Octavio Armenta llamaba enemigos a los integrantes de la organización del Valle. Los del Valle utilizaban la misma palabra para referirse a ellos. Había un tercer grupo, la Costa, que aparecía en las discusiones cuando alguien desaparecía o un acuerdo dejaba de cumplirse.
María había oído hablar de cargamentos, secuestros y clínicas privadas. Recordaba conversaciones sobre personas como si fueran mercancía. No entendía todos los términos. Entendía lo que ocurría cuando alguien decía que una pérdida debía recuperarse.
Siempre pagaba otro.
Desde el despacho llegó una voz.
—Primero la familia. Después la diputada. La cantante que se quede donde está.
Otro hombre preguntó algo que María no alcanzó a escuchar.
—Las del negocio pueden esperar.
Hubo una risa breve.
—¿Y estas?
María miró hacia la puerta.
Berta regresó.
—Arriba. Recojan sus cosas.
Nadie tenía muchas cosas.
Lucía guardaba un peine roto. Otra muchacha conservaba una fotografía doblada. María tenía una sudadera y una tarjeta de felicitación que había encontrado en una bolsa de basura. En la tarjeta aparecía un perro junto a una vela de cumpleaños.
La había conservado porque no exigía nada de ella.
• • •
En el cuarto, Lucía intentó meter el peine dentro de un zapato.
Le temblaban las manos.
María abrió la ventana.
El aire frío le tocó la cara. Al otro lado había un patio pequeño y una puerta de servicio que siempre permanecía cerrada.
Esa noche estaba abierta.
Dos hombres cargaban cajas hacia una camioneta. Uno regresó al interior. El otro recibió una llamada y caminó hasta la calle.
María sintió que su cuerpo se quedaba inmóvil.
Había imaginado escapar tantas veces que la posibilidad real resultaba difícil de reconocer.
—Lucía.
La muchacha levantó los ojos.
María señaló el patio.
Durante unos segundos no dijeron nada.
Luego Lucía miró hacia el corredor.
—Nos van a encontrar.
María también lo pensó.
Recordó otras fugas, otros castigos. Recordó al muchacho que le había prometido llevarla lejos de su pueblo cuando tenía trece años. Había confundido su insistencia con amor. Durante mucho tiempo se había culpado por haberle creído.
Puso una mano sobre el borde de la ventana.
—No quiero irme otra vez con ellos.
Lucía comenzó a llorar en silencio.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Desde la escalera, Berta llamó.
María se volvió hacia la puerta.
Aún podían obedecer. Tomar sus escasas pertenencias. Subir al vehículo. Esperar otra oportunidad que quizá nunca llegaría.
Lucía dejó el peine sobre la cama. Dio un paso hacia la ventana, pero volvió por él y lo guardó en el bolsillo.
Se acercó a María.
• • •
Bajaron al patio con torpeza.
María se raspó una mano. Lucía cayó de rodillas y ahogó un grito. Ambas permanecieron agachadas, esperando que alguien apareciera.
No apareció nadie.
Desde la casa llegó una discusión. Un teléfono sonaba sin que nadie lo contestara.
María tomó la mano de Lucía y caminaron hacia la puerta.
En la calle, las luces de la camioneta estaban encendidas. El hombre que hablaba por teléfono les daba la espalda.
María no pudo recordar después qué vio primero: la banqueta, un perro debajo de un automóvil o el resplandor de una tienda en la esquina.
Solo recordó que Lucía empezó a correr.
Ella corrió también.
Dos calles después, Lucía tropezó.
María volvió por ella.
Tenía sangre en la rodilla y respiraba con dificultad.
—Sigue —dijo Lucía.
María intentó levantarla.
Al fondo de la calle se escuchó un motor.
Las dos miraron hacia atrás.
Una camioneta dobló la esquina.
Lucía se incorporó a medias, empujó a María hacia un pasillo entre dos edificios y corrió en dirección contraria.
María quiso llamarla.
No pudo.
El vehículo frenó. Una puerta se abrió. Alguien gritó un nombre que no era el verdadero nombre de Lucía.
María se cubrió la boca con ambas manos.
Esperó en la oscuridad mientras el motor permanecía encendido.
Después oyó cerrarse la puerta.
La camioneta se marchó.
• • •
Cuando salió del pasillo, la calle estaba vacía.
Encontró el peine roto junto a la banqueta. Debía de habérsele caído a Lucía cuando tropezó.
María lo recogió.
Lo apretó con tanta fuerza que una de las puntas se le clavó en la palma.
No sabía dónde estaba la frontera ni cuánto faltaba para amanecer. No tenía documentos, dinero ni una dirección a la cual llegar.
Comenzó a caminar.
En un aparador vio una televisión encendida. Sin sonido, Leonor Valcárcel repetía su sonrisa bajo el anuncio de la fundación.
María se detuvo frente al vidrio.
La mujer de la pantalla tenía un nombre que todos conocían.
Lucía tenía uno que casi nadie había querido escuchar.
María metió el peine en el bolsillo y continuó.
Por primera vez en ocho años, nadie le había ordenado hacia dónde ir.
Y por primera vez, descubrirlo no le produjo alegría.
Le produjo un dolor tan grande que tuvo que apoyarse en una pared para seguir respirando.
—Me llamo María —susurró.
Esperó a que su cuerpo dejara de temblar.
Después lo dijo otra vez.
Más fuerte.