Capítulo 1 de 25
Antes de decir que sí
La mañana de su graduación, Valeria Robles terminó la última serie con las pesas y sonrió al verse en el espejo.
No porque hubiera alcanzado una figura perfecta. Había días en que se sentía fuerte y otros en que solo quería terminar la rutina y volver a dormir. Aquella mañana sonrió porque había cumplido: cuatro años antes se había prometido terminar la carrera sin abandonar las cosas que la hacían sentirse bien.
Y allí estaba.
Con los brazos temblándole por el esfuerzo, la frente húmeda y un título universitario esperándola a unas horas de distancia.
—Si sigues sonriendo así, voy a pensar que te gustan las sentadillas —dijo Camila desde la máquina de al lado.
Valeria dejó las mancuernas en su sitio.
—Me gusta haber terminado.
—¿La rutina o la carrera?
—Las dos.
Camila se incorporó y tomó su botella de agua.
—Todavía podemos abrir aquel gimnasio con cafetería que inventaste en segundo semestre.
—No lo inventé. Hice un estudio de mercado.
—En una servilleta.
—Toda empresa tiene un comienzo humilde.
Las dos rieron. Valeria recogió su toalla del banco. En la pantalla de su teléfono había un mensaje de Alejandro.
Buenos días, licenciada. Hoy vas a ser la más hermosa de todo el auditorio.
Debajo apareció otro.
Aunque eso ya lo eras desde antes.
Lo leyó con esa sonrisa que Camila conocía demasiado bien.
—Ahí está. La cara de novia enamorada.
—Me felicitó.
—Todavía no te entregan el título.
—Está practicando.
Valeria escribió una respuesta y guardó el teléfono. Llevaban un año y ocho meses juntos. Se habían conocido en una clase de Planeación Estratégica, cuando Alejandro llegó tarde, encontró ocupado el único lugar junto a sus amigos y terminó sentado a su lado.
Ella recordaba el reloj costoso, la camisa impecable y la facilidad con la que él había intentado convencerla de compartir sus apuntes. También recordaba haberle dicho que una sonrisa bonita no sustituía la asistencia.
Alejandro se había reído. Después le pidió un café. Valeria aceptó dos semanas más tarde, cuando comprobó que podía conversar con él de algo más que restaurantes y automóviles.
Desde entonces había aprendido a esperar sus mensajes por la mañana y a reconocer su coche antes de verlo estacionarse frente a su casa.
—¿Hoy viene toda su familia? —preguntó Camila.
—Su mamá y su papá.
—Ah.
Valeria la miró.
—¿Qué significa ese “ah”?
—Nada.
—Camila.
Su amiga cerró la botella.
—Que su mamá me pone nerviosa. Parece que te está haciendo una auditoría cada vez que te ve.
Valeria bajó la vista hacia el cierre de su mochila. Había conocido a Beatriz Villaseñor seis meses antes, durante una comida en casa de Alejandro. La señora había sido educada. Le preguntó por su familia, por la tienda de su madre, por la beca con la que había cursado parte de la universidad.
Luego, al servir el café, comentó que admiraba a las muchachas que sabían “salir adelante con lo que tenían”.
Valeria no supo por qué aquella frase le resultó incómoda.
—Es muy seria —dijo.
—También mi dentista, pero no me pregunta cuánto gana mi papá.
—No me preguntó cuánto gana.
—Te preguntó si la casa era propia.
Valeria se echó la mochila al hombro.
—Hoy no voy a pensar en eso.
Camila la observó unos segundos antes de sonreír.
—Tienes razón. Hoy voy a llorar cuando te den el reconocimiento y tú vas a fingir que no me conoces.
—Voy a grabarte.
En casa olía a café recién hecho y a tortillas calientes. Su madre había dejado el desayuno sobre la mesa y su padre estaba en el patio, tratando de quitarle una mancha a los zapatos que solo usaba en ocasiones importantes.
—No te vayas a acabar la suela —le dijo Valeria al pasar.
Él levantó un zapato.
—Esta mancha estuvo en tu bautizo. Ya es parte de la familia.
Su madre apareció con una taza en cada mano.
—Déjalo. Desde las siete anda buscando algo que hacer para no ponerse sentimental.
—No estoy sentimental.
Valeria le besó la mejilla. Su padre la abrazó con el zapato todavía en la mano. El gesto la conmovió más de lo que esperaba. Habían llegado hasta ese día entre los tres: su madre haciendo cuentas en la tienda, su padre aceptando trabajos los fines de semana y ella aprovechando cada beca, cada empleo temporal, cada oportunidad de no aumentar los gastos de la casa.
Alejandro conocía esa historia. Más de una vez se había ofrecido a ayudarla con dinero. Valeria siempre se lo agradecía y siempre se negaba. Quería sentarse algún día frente a sus padres y decirles que podían descansar un poco.
En su habitación, extendió sobre la cama el vestido que había elegido para la ceremonia.
Era azul profundo, de tirantes anchos, ceñido en la cintura y con una abertura discreta en la pierna izquierda. Lo había comprado con parte de lo que ganó llevando el inventario de una pequeña distribuidora durante las vacaciones.
Su madre la ayudó a subir el cierre.
—Te queda precioso.
Valeria se giró frente al espejo. El cabello castaño oscuro le caía en ondas por la espalda. Había decidido dejarlo suelto. Se maquilló con cuidado, delineó sus ojos y eligió unos labios en tono rosado.
Su madre permaneció en la puerta.
—¿Qué? —preguntó Valeria.
—Nada. Estoy aprendiendo cómo te ves hoy.
Ella sonrió.
—Me vas a ver en las fotos.
—No es igual.
Valeria fue a abrazarla antes de que alguna de las dos empezara a llorar. El teléfono sonó sobre la cómoda.
Era un correo de Grupo Novaterra.
Lo abrió con el corazón acelerado. Había participado en su convocatoria para jóvenes profesionistas un mes antes. Primero envió el currículum. Después resolvió una evaluación y presentó una propuesta para mejorar el control de inventarios de una cadena comercial.
Leyó el mensaje dos veces.
—Mamá.
—¿Qué pasó?
—Me citaron a la entrevista final.
Su madre se acercó.
—¿En la empresa que querías?
Valeria asintió.
De pronto, el futuro tuvo una dirección concreta, una fecha y un horario.
El martes, a las nueve de la mañana.
Alejandro llegó al auditorio con un ramo de rosas blancas. Llevaba un traje gris oscuro y esa seguridad que hacía que la gente se apartara ligeramente para dejarlo pasar.
Cuando vio a Valeria, se detuvo. La miró de arriba abajo y sonrió.
—No es justo.
—¿Qué cosa?
—Que yo haya tardado una hora en arreglarme para que nadie me mire.
Ella soltó una carcajada. Alejandro le entregó las flores, la tomó por la cintura y la besó. Valeria sintió el perfume que le conocía tan bien y apoyó un instante la mano sobre su pecho.
—Estás guapísimo.
—Tú estás…
No terminó la frase.
Apartó una onda de cabello de su hombro y volvió a mirarla.
—Vas a distraer a medio auditorio.
—Que miren al escenario.
—Más les vale.
Lo dijo sonriendo. Ella también sonrió. Un fotógrafo de la universidad los llamó para tomarles una imagen junto al letrero de la generación. Alejandro la abrazó por la cintura. Valeria sostuvo las flores y levantó un poco la barbilla, feliz.
Su madre quiso otra foto. Luego su padre. Después llegó Camila y exigió una con las dos juntas. Por unos minutos todo fueron manos acomodando togas, teléfonos que cambiaban de dueño y alguien diciendo que faltaba una fotografía más.
Beatriz Villaseñor apareció cuando Valeria estaba guardando el ramo.
Vestía un conjunto color marfil y llevaba el cabello recogido en un peinado sin un solo mechón fuera de lugar.
—Valeria. Muchas felicidades.
Le ofreció la mejilla.
—Gracias, señora Beatriz. Qué gusto que viniera.
La mirada de la mujer descendió brevemente hasta la abertura del vestido.
—Qué bueno que las togas son largas. A veces ponen el aire acondicionado demasiado fuerte.
Valeria tardó un instante en contestar.
—Sí. Aunque afuera hace muchísimo calor.
Beatriz ya se había vuelto hacia su hijo. Le acomodó la corbata con dos movimientos precisos.
—Tu padre está hablando con el director. Ve a saludarlo antes de que empiece.
Alejandro asintió. Antes de alejarse, se inclinó junto al oído de Valeria.
—Hoy quiero que lo recuerdes todo.
Ella creyó que hablaba de la graduación.
La ceremonia comenzó a las doce. Valeria escuchó los discursos con las manos entrelazadas sobre el regazo. Reconocía a profesores que la habían hecho dudar de sí misma y a otros que le habían devuelto la confianza con una observación escrita al margen de un trabajo.
Cuando anunciaron su nombre para recibir el reconocimiento al mejor proyecto de emprendimiento, tardó unos segundos en levantarse. Camila le apretó el brazo.
—Es tuyo. Anda.
Subió al escenario procurando que no se le enredaran los tacones con la toga. El director le estrechó la mano. Luego su profesora de Finanzas la abrazó.
—No dejes ese proyecto en un cajón, Robles.
—No, maestra.
Desde el escenario encontró a sus padres. Su madre tenía el teléfono levantado, aunque parecía estar grabando parte del techo. Su padre aplaudía con los ojos húmedos.
Más atrás, Alejandro la miraba sonriente.
Valeria sostuvo el reconocimiento contra el pecho al bajar las escaleras. Aquel día podía haber terminado allí y habría sido uno de los mejores de su vida.
Pero, al concluir la entrega de documentos, el maestro de ceremonias volvió a tomar el micrófono.
—Antes de despedir a esta generación, uno de nuestros egresados ha solicitado un momento para compartir algo especial.
Valeria seguía buscando su teléfono cuando escuchó el nombre.
—Alejandro Villaseñor.
Levantó la cabeza.
Él caminó hasta el frente del escenario. Al principio pensó que iba a dar unas palabras de agradecimiento en representación de su familia. Su padre había colaborado con algunos programas de la universidad y conocía a varios directivos.
Entonces Alejandro la buscó entre las filas.
—Vale, ¿puedes venir?
Camila se llevó las manos a la boca.
—No puede ser.
El auditorio comenzó a murmurar. Valeria se puso de pie despacio.
Mientras caminaba, vio que Alejandro tenía una mano dentro del bolsillo del saco.
El corazón empezó a latirle tan fuerte que apenas escuchó los primeros aplausos. Él le tendió la mano para ayudarla a subir.
—Sé que teníamos muchos planes para después de hoy —comenzó—. Y llevo semanas pensando cómo decirte que todos los míos te incluyen.
Valeria se llevó una mano a los ojos. Ya estaba llorando antes de ver el anillo. Alejandro también parecía nervioso. Aquello la enterneció. Él, que siempre sabía qué pedir, qué responder y cómo resolver una situación, tuvo que respirar hondo antes de continuar.
—Te amo. Admiro tu inteligencia, tu fuerza y esa manera que tienes de entrar a cualquier lugar como si ya supieras que vas a conseguir lo que buscas.
Hubo risas suaves.
Valeria se cubrió los labios con los dedos.
—Quiero estar contigo cuando abras tu primera empresa. Quiero viajar contigo, construir una familia contigo y llegar a casa sabiendo que vas a estar ahí.
Sacó una caja pequeña. Se arrodilló.
Alguien gritó desde las últimas filas.
Los teléfonos se alzaron.
—Valeria Robles, ¿quieres casarte conmigo?
Ella miró el anillo. Después lo miró a él. Pensó en las cenas, en los besos dentro del coche frente a su casa, en las llamadas durante las semanas de exámenes. Pensó en Venecia, porque una vez le había contado que soñaba con conocerla. Pensó en una oficina propia y en Alejandro celebrando con ella la inauguración.
Todo pareció caber en aquel instante.
—Sí —respondió, llorando—. Sí quiero.
Los aplausos se mezclaron con silbidos y gritos. Alejandro se levantó, le puso el anillo y la besó mientras el auditorio entero parecía celebrar con ellos. Valeria le rodeó el cuello con los brazos.
Durante unos segundos olvidó a todos los demás.
La comida fue en un restaurante con terraza y manteles blancos. Los padres de Alejandro habían reservado un salón privado. Había arreglos florales sobre las mesas y una botella de champaña esperando en una cubeta de hielo.
Valeria no dejaba de mirar su mano. El anillo le resultaba hermoso y un poco extraño, como si todavía estuviera acostumbrándose a la noticia. Su madre pidió verlo de cerca.
Su padre estrechó la mano de Alejandro y le dijo:
—Cuídense mucho los dos.
—Claro que sí —respondió él.
Beatriz ya hablaba de fechas.
—Sería conveniente aprovechar la primavera. El jardín de Los Encinos se reserva con muchos meses de anticipación.
Valeria levantó la vista.
—¿Los Encinos?
—Un lugar precioso —explicó Alejandro—. Te va a encantar.
—Podemos ir a verlo —dijo ella.
—Por supuesto —intervino Beatriz—. Aunque primero debemos calcular cuántos invitados tendrá cada familia.
Su madre acomodó la servilleta sobre sus piernas.
—Nosotros somos pocos.
—Nosotros no tanto —respondió Beatriz con una sonrisa.
Alejandro sirvió un poco más de agua en el vaso de Valeria. Ella aprovechó que los demás empezaban otra conversación para acercarse a él.
—Tengo una noticia.
—¿Otra? Hoy estamos imparables.
—Me llamaron de Novaterra. Tengo la entrevista final el martes.
Alejandro dejó la botella sobre la mesa.
—¿La empresa de la convocatoria?
—Sí. ¿Te acuerdas de la propuesta de inventarios? Les gustó.
Él asintió, pero no dijo nada enseguida. Valeria continuó:
—El programa dura un año. Si me quedo, puedo rotar por operaciones, compras y planeación. Sería buenísimo para lo que quiero hacer después.
—Suena pesado.
—Lo es. Por eso me interesa.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Vamos a estar organizando una boda, Vale.
—Lo sé. Me voy a organizar.
—No necesitas empezar a matarte trabajando apenas salgas de la universidad.
Ella lo miró.
—Quiero trabajar.
—Y vas a hacerlo. Solo digo que podrías tomarlo con calma. En la empresa de mi papá también puedes aprender.
Valeria giró el vaso entre las manos.
—Pero esta oportunidad la conseguí yo.
Alejandro pareció advertir algo en su voz, porque le tomó la mano.
—Lo sé, amor. Y estoy orgulloso.
Le besó los nudillos, justo debajo del anillo.
—El martes vas a ir y los vas a impresionar. Después vemos qué nos conviene.
Valeria dejó escapar el aire despacio.
—Sí. Después vemos.
En el otro extremo de la mesa, su padre levantó la copa para brindar.
Todos se volvieron hacia él.
Habló poco. Dijo que su hija siempre había sido perseverante, que estaban orgullosos de ella y que deseaban que los dos fueran felices. Valeria lloró otra vez. Alejandro le pasó un brazo por los hombros.
En las fotografías de aquella comida aparecería sonriendo, con los ojos brillantes y la cabeza apoyada en él.
Ya de noche, Alejandro la llevó a casa.
Antes de bajar del coche, Valeria se quedó contemplando el anillo bajo la luz del tablero.
—Todavía no me lo creo.
Él le acarició la mejilla.
—Pues créelo, futura señora Villaseñor.
Ella rio.
—Voy a seguir siendo Robles.
—Ya sé.
La besó.
Fue un beso largo, familiar, lleno de las promesas que habían empezado a hacerse ese día.
Cuando se separaron, Alejandro miró hacia la casa. En el patio seguían encendidas las luces.
—¿Camila viene mañana?
—Sí. Vamos a desayunar después del gimnasio.
Él hizo una pequeña mueca.
—Pensé que podíamos pasar el día juntos.
—Podemos vernos después. Quedé con ella desde la semana pasada.
—Acabamos de comprometernos.
Valeria lo observó. Alejandro se recargó en el asiento y sonrió antes de que ella respondiera.
—Está bien. Te comparto unas horas.
Ella sonrió también, aunque la frase la dejó sin saber qué decir. Se despidieron con otro beso. En su habitación, dejó los zapatos junto a la puerta y se quitó los aretes. Tenía los pies adoloridos y una felicidad tan grande que le costaba quedarse quieta.
Extendió sobre el escritorio su diploma, el reconocimiento y el teléfono con el correo de Novaterra abierto.
Luego fotografió su mano. Le envió la imagen a Camila.
¿Puedes creerlo?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Todavía estoy llorando. Mañana necesito todos los detalles.
Valeria empezó a escribir que ella también necesitaba hablar, repetirlo todo, escuchar cómo sonaba en voz alta. Antes de terminar, apareció un mensaje de Alejandro.
Ya te extraño, prometida.
Se quedó mirándolo. Después borró lo que estaba escribiendo a Camila.
¿Podemos dejar lo de mañana para otro día? Alejandro quiere que celebremos juntos.
Su amiga tardó un poco en contestar.
Claro. Felicidades otra vez. Te quiero.
Valeria dejó el teléfono boca abajo.
Mañana vería a Alejandro.
El martes iría a la entrevista.
Y en unos meses se casaría.
Apagó la lámpara con una sonrisa, convencida de que había tiempo para todo.