Capítulo 2 de 25
Un lugar en sus planes
El martes, Valeria llegó a Novaterra treinta y cinco minutos antes de su entrevista. Se detuvo frente a los cristales del edificio y revisó su reflejo: pantalón negro, blusa color marfil, cabello recogido y una carpeta apretada contra el pecho. Había pasado buena parte de la noche repasando cifras, posibles preguntas y ejemplos de problemas que había resuelto durante sus prácticas profesionales.
El anillo brillaba sobre su mano izquierda. Lo contempló un segundo antes de entrar. En recepción le entregaron un gafete. Mientras esperaba, observó el movimiento de la oficina: personas que cruzaban con computadoras bajo el brazo, llamadas breves, dos empleados que discutían frente a una pantalla.
Quería estar allí. Quería que algún día alguien se acercara a su escritorio para preguntarle qué opinaba de una decisión importante. Su teléfono vibró.
Ya llegué, le escribió a Alejandro.
Él respondió casi de inmediato.
Mucho éxito, amor. Acuérdate de preguntar los horarios.
Valeria sonrió y guardó el teléfono. Cuando pronunciaron su nombre, se levantó sin sentir las piernas.
La entrevista duró casi una hora. La directora de operaciones le preguntó por su propuesta de inventarios, por el trabajo en la distribuidora y por una diferencia que había detectado entre las existencias físicas y los registros de compras.
Valeria explicó cómo había rastreado los errores. Al principio habló demasiado rápido. Después encontró el ritmo y hasta se permitió hacer una pregunta sobre los procesos de la empresa.
Al terminar, la directora cerró su carpeta.
—Nos interesa alguien que quiera aprender, pero que también se atreva a señalar lo que no funciona.
—Puedo hacer las dos cosas —respondió Valeria.
La mujer sonrió.
—Eso parece.
Le explicaron que el programa tendría horario completo y algunas visitas a centros de distribución. Si era seleccionada, comenzaría tres semanas después. Salió con las mejillas calientes y una sensación que no conseguía contener.
Llamó primero a su madre.
Después a Alejandro.
—Creo que me fue muy bien.
—Sabía que les ibas a gustar.
—Me preguntaron cosas que sí había preparado. Y la directora conocía mi proyecto, lo había leído completo.
—Qué bueno, amor. ¿Y el horario?
Valeria disminuyó el paso.
—De ocho y media a seis. Algunos días podría salir más tarde, según el área.
Hubo una pausa.
—Es bastante.
—Sí, pero es un programa de formación. Voy a aprender muchísimo.
—Claro. Luego me cuentas bien. Estoy entrando a una reunión con mi papá.
—¿Ya empezaste en la empresa?
—Hoy me está presentando con los gerentes.
—¿Y cómo te fue?
—Mi papá corrigió una cifra delante de todos. Yo llevaba el reporte que él me había dado, pero pareció que el error era mío.
Valeria disminuyó el paso.
—Puedes aclararlo con él.
—Con mi papá esas cosas no se aclaran.
Ella no supo qué responder. Alejandro cambió de tono antes de que pudiera preguntarle más. Ella sonrió otra vez.
—Entonces también es tu primer día.
—Algo así.
—Estoy orgullosa de ti.
—Gracias, preciosa. Paso por ti a las siete. Mi mamá quiere que veamos lo del jardín.
Valeria abrió la boca para decir que había pensado celebrar la entrevista con sus padres. Miró la carpeta que llevaba en la mano.
—Está bien —respondió—. A las siete.
Los Encinos tenía una entrada de piedra, árboles altos y un jardín que parecía preparado para una revista. Una mujer de traje beige los recibió con una carpeta de muestras y una sonrisa profesional. Beatriz ya estaba allí.
—Conseguí que nos apartaran el último sábado de abril —anunció.
Valeria miró a Alejandro. Se habían comprometido apenas cuatro días antes.
—¿De este año?
—Son casi siete meses —respondió él—. De finales de septiembre a finales de abril. Tenemos tiempo de sobra.
La coordinadora los condujo hasta una terraza desde donde podía verse el espacio para la ceremonia. Había una pérgola cubierta de enredaderas y, más allá, un estanque pequeño. Valeria imaginó a su padre caminando con ella por el sendero.
Se le cerró la garganta. Alejandro lo notó.
—¿Te gusta?
Ella asintió.
—Muchísimo.
Él la abrazó por detrás.
—Entonces aquí.
Por un momento, Valeria se permitió dejar de calcular plazos y pensar solamente en las luces encendidas entre los árboles. La coordinadora comenzó a hablar de menús, mobiliario y capacidad.
—Para trescientos invitados podemos distribuir las mesas…
—¿Trescientos? —interrumpió Valeria.
Beatriz revisó una hoja.
—Entre familiares, amistades y compromisos de la empresa, probablemente nos acerquemos a esa cifra.
—Yo había pensado en algo más pequeño.
—Mi amor, te lo mereces —dijo Alejandro.
Le besó la sien. Valeria sonrió con cierta timidez. La coordinadora les mostró dos montajes distintos. Ella eligió uno con manteles claros y flores de colores suaves. Beatriz deslizó otra fotografía sobre la mesa.
—El blanco completo se ve mucho más fino.
—A mí me gustan las flores con un poco de color —dijo Valeria.
—Podemos ponerlas en la mesa de los recuerdos —propuso la coordinadora.
Alejandro ya estaba mirando el presupuesto. Valeria sostuvo la fotografía que había elegido unos segundos más. Después la dejó junto a las otras.
La llamada de Novaterra llegó el viernes. Valeria estaba ayudando a su madre a acomodar productos en la tienda cuando sonó el teléfono. Salió a la banqueta para escuchar mejor.
Al volver, tenía una mano sobre el pecho.
—Me quedé.
Su madre dejó una caja a medio abrir.
—¿De verdad?
Valeria asintió, riéndose y llorando al mismo tiempo.
—Me mandan la oferta hoy. Quieren que vaya el lunes a entregar documentos.
Su madre la abrazó entre los estantes. Esa noche compraron un pastel pequeño. Su padre escribió Felicidades, licenciada en una cartulina que sostuvo detrás de ella para tomarle una foto.
Alejandro llegó después de las nueve. Llevaba una botella de vino y un beso preparado.
—A ver a esa ejecutiva.
Valeria corrió a abrazarlo. Él la levantó apenas del suelo y sus padres rieron. Durante la cena le preguntó por el sueldo, las prestaciones y las funciones. Ella le contó todo con entusiasmo.
Alejandro escuchó sin interrumpir.
Fue más tarde, cuando salieron a caminar hasta su coche, cuando dijo:
—Mi papá también tiene una propuesta para ti.
Valeria volvió la cabeza.
—¿Qué propuesta?
—Que te acerques al área administrativa. Podrías empezar con proyectos pequeños.
Ella vaciló.
—¿En qué puesto?
—Eso se puede definir.
—¿Y con quién trabajaría?
Alejandro sacó las llaves.
—No tengo todos los detalles, Vale. Solo sé que quiere ayudarnos.
—Se lo agradezco, pero ya acepté en Novaterra.
Él dejó de mover las llaves entre los dedos.
—Pensé que lo hablaríamos antes.
—Lo habíamos hablado. Sabías que quería entrar.
—Sabía que querías ir a la entrevista.
Valeria lo miró, desconcertada.
—Y trabajar ahí si me elegían.
Alejandro respiró hondo. Desde la casa les llegaban las voces de sus padres recogiendo los platos.
—No quiero discutir —dijo él—. Hoy estamos celebrando.
—Yo tampoco quiero discutir.
Él le acarició el brazo.
—Entonces ven.
La acercó y la besó. Valeria correspondió, aunque seguía intentando entender en qué momento una buena noticia se había convertido en algo que necesitaba defender.
Empezó a trabajar tres semanas después.
El primer día volvió agotada, con hambre y con una libreta llena de anotaciones. También volvió feliz. Le habían asignado una supervisora llamada Irene, una mujer de cuarenta años que hablaba sin rodeos y corregía los errores con un lápiz rojo.
—Aquí no espero que lo sepas todo —le dijo—. Espero que preguntes antes de inventar.
Valeria decidió que le caía bien. Durante las semanas siguientes aprendió a revisar reportes, acompañó una visita a un almacén y descubrió que algunos problemas administrativos tenían menos que ver con las cifras que con las personas que no se hablaban entre sí.
Alejandro comenzó su propio trabajo en la empresa familiar. Se veían por las noches y los fines de semana. Al principio resultó emocionante contarse lo que habían hecho durante el día. Después, las conversaciones empezaron a girar casi siempre alrededor de la boda.
Había que elegir invitaciones. Había que probar el menú. Había que visitar una tienda. Beatriz enviaba mensajes desde temprano y llamaba si Valeria tardaba en responder. Una tarde, durante una revisión de resultados, el teléfono vibró cinco veces sobre la mesa.
Irene bajó la mirada hacia la pantalla.
—Si necesitas atender algo urgente, sal.
Valeria retiró el teléfono de la mesa y lo puso en su regazo.
—No. Perdón.
Lo puso en silencio. Al terminar, encontró tres llamadas de Beatriz y dos de Alejandro. Le devolvió la llamada a él.
—Estaba en una reunión.
—Mi mamá te está buscando desde hace una hora.
—No podía contestar.
—Solo necesitaba confirmar el color de las invitaciones.
Valeria se quedó junto a una ventana del pasillo.
—Alejandro, estoy trabajando.
—Ya sé. Pero también estamos organizando nuestra boda.
Ella cerró los ojos un instante.
—Le llamo cuando salga.
—Bueno. Solo no la hagas sentir que te está molestando.
Cuando colgaron, Valeria permaneció inmóvil, con el teléfono todavía pegado a la oreja. Después volvió a su escritorio y cometió dos errores en un reporte que ya sabía hacer.
Camila la acompañó a probarse el vestido. La madre de Valeria lloró en cuanto la vio salir del vestidor. El diseño tenía la espalda descubierta, una falda ligera y un escote que enmarcaba sus hombros.
Valeria se miró de frente y luego de lado.
—Este —dijo.
No necesitó probarse otro. Camila se levantó para acomodarle la cola.
—Alejandro se va a quedar mudo.
Beatriz llegó quince minutos después. La dependienta le acercó una silla, pero ella prefirió rodear a Valeria lentamente.
—La tela es preciosa.
—Me encanta —respondió la joven.
Beatriz se detuvo a su espalda.
—¿No tienen algo para cubrir aquí durante la ceremonia?
La dependienta miró a Valeria antes de contestar.
—Podemos añadir una capa desmontable.
—No quería capa —dijo ella.
Su madre, sentada junto al espejo, levantó la vista.
—Así está muy bonito.
Beatriz sonrió.
—Desde luego. Solo pensaba en las fotografías familiares.
Camila dejó de acomodar la falda. Valeria miró otra vez su reflejo. Le gustaban sus hombros, la caída de la tela y la forma en que el vestido acompañaba su cuerpo. Había pasado años eligiendo su propia ropa sin que aquello pareciera una decisión difícil.
—Voy a dejarlo así —dijo finalmente.
La dependienta asintió y se agachó a marcar el largo. Beatriz no volvió a opinar. Al salir de la tienda, Valeria recibió un mensaje de Alejandro.
Mi mamá dice que te ves hermosa. Mándame una foto.
Ella se rio.
No. Es sorpresa.
La respuesta tardó unos minutos.
Solo espero que no hayas elegido algo demasiado atrevido. Va a estar toda mi familia.
Valeria leyó el mensaje dos veces. Camila, a su lado, buscaba las llaves del coche.
—¿Todo bien?
Ella apagó la pantalla.
—Sí.
En febrero le asignaron su primer proyecto completo en Novaterra.
Era pequeño, pero llevaría su nombre: debía revisar las diferencias de inventario de dos sucursales y proponer un procedimiento común.
Irene le dio seis semanas.
—Si sale bien, lo presentamos a las demás unidades.
Valeria pasó aquella tarde trabajando con una concentración que había extrañado durante los preparativos. Cuando miró el reloj eran casi las siete. Tenía cuatro mensajes de Alejandro. El último decía:
Ya entendí qué es más importante para ti.
Lo llamó de inmediato.
—Perdón. No vi el teléfono.
—Te estuve esperando para cenar con mis papás.
Valeria se llevó una mano a la frente. Lo había olvidado.
—Tienes razón. Se me pasó. Puedo llegar en cuarenta minutos.
—Ya no hace falta.
—Alejandro…
—Mi mamá preparó todo.
Valeria miró los reportes abiertos sobre el escritorio.
—Me dieron un proyecto. Me distraje revisándolo.
Él soltó una risa breve.
—Qué bueno que por lo menos tú tuviste una gran tarde.
La llamada terminó poco después. Valeria guardó sus cosas sin acabar el análisis. En el estacionamiento escribió una disculpa larga. La borró. Volvió a escribirla. Al final condujo hasta casa de los Villaseñor con una caja de chocolates comprada en el camino.
Beatriz la recibió con amabilidad.
Demasiada.
—No te preocupes, hija. Las personas ocupadas a veces olvidan que los demás también tenemos tiempo.
Valeria se disculpó otra vez. Alejandro la besó en la frente y le apartó una silla. Durante la cena habló de una negociación que había cerrado esa mañana. Todos lo felicitaron.
Nadie preguntó por su proyecto.
Dos meses antes de la boda, Alejandro la llevó a conocer la casa donde vivirían.
Tenía ventanales grandes, una cocina luminosa y un jardín en la parte de atrás. Valeria recorrió las habitaciones tocando las paredes recién pintadas. En el piso superior encontró un cuarto con vista a un árbol.
—Aquí podría poner mi escritorio.
Alejandro se apoyó en el marco de la puerta.
—Pensé que este sería para el bebé.
Ella lo miró y luego sonrió.
—Cuando tengamos uno. Mientras, puede ser mi estudio.
Él entró y le rodeó la cintura.
—Ya veremos.
Le entregó un sobre.
Dentro había una confirmación de viaje.
Valeria leyó el destino y soltó un grito.
—¡Venecia!
Se volvió para abrazarlo. Alejandro rio mientras ella lo besaba. Durante un rato recorrieron las fotografías del hotel en su teléfono. Valeria imaginó las calles estrechas, los canales y las mañanas lejos de los pendientes.
Luego revisó las fechas.
Veintiuna noches.
La reserva empezaba el lunes posterior a la boda y terminaba tres semanas después, también en lunes. A eso había que sumar los vuelos y el regreso a casa.
Levantó la cabeza.
—Amor, son tres semanas.
—Te habría llevado un mes, pero tengo que volver a trabajar.
Ella pasó el pulgar por el borde del papel.
—Yo también trabajo.
Alejandro guardó el teléfono.
—No vas a dejarme solo en nuestra luna de miel por una oficina.
Valeria volvió a mirar la reserva. Todavía no cumplía un año en Novaterra. Tendría que hablar con Irene, preguntar, buscar alguna manera de acomodarlo. Alejandro la observaba, esperando su entusiasmo.
Ella dobló cuidadosamente la hoja y la metió de nuevo en el sobre.
—Voy a ver cómo lo resuelvo.
Él sonrió y la besó.
Abajo, el jardín recibía la última luz de la tarde.
Valeria apoyó la cabeza en su pecho y pensó en el escritorio que había querido poner junto a la ventana. No volvió a mencionarlo.